La educación transformadora

Autor: Jairo Alarcón Rodas
La educación transformadora es aquella que provee a la sociedad de sujetos críticos que, inspirados en la razón, dejan atrás concepciones míticas, conjeturas absurdas y juicios subjetivos para lograr la comprensión y socialización de la realidad, permitiéndoles utilizar con propiedad el aprendizaje obtenido. La educación, indica Werner Jaeger, participa en la vida y el crecimiento de la sociedad, así en su destino exterior como en su estructuración interna y en su desarrollo espiritual. La educación debe convertir a las personas en entes activos capaces de transformar la realidad y transformarse a sí mismos dentro de un marco de honestidad.

Además, permite en el educando una actitud reflexiva dentro de una circunstancia política y social, de manera que no solo se adapte a las circunstancias, sino que pueda discernir y tomar el control de estas. Comprender para transformar es lo que inspira ese tipo de educación, aunque muchas veces se pretende construir en el mundo, sin entenderlo. Transformar a sujetos obedientes en sujetos beligerantes que puedan accionar críticamente, como factores de cambio, cuando esté en peligro valores esenciales en la que toda sociedad democrática debe sustentarse.

La educación tradicional, la que constituye el instrumento ideológico del sistema, al igual que las religiones, adormecen los pensamientos, domestican el entendimiento y pretende convertir a los educandos en piezas de su engranaje. Con relación a eso, Paulo Freire dice, El acomodamiento exige una dosis mínima de crítica. La integración, por el contrario, exige un máximo de razón y conciencia. El acomodarse a un sistema que convierte en esclavos, en sujetos dóciles y sin criterio, fácilmente cautivos de entretenimientos, modas y consumo.

En tal sentido, la racionalidad constituye el factor que permite discernir los juicios correctos de los que no lo son, estructurar ideas, elaborar pensamientos y comunicarlos. En síntesis, la razón posibilita pasar de lo concreto a lo abstracto de manera que se cometan el mínimo de errores, con la finalidad de que el accionar sea más certero al solidificar los pensamientos. Racionalidad que deriva conocimiento, bien decía Platón, el conocimiento genera virtud y la ignorancia entraña maldad.

La racionalidad, el conocimiento y el pensamiento crítico también proveen la visión ética y humana, en la cual se le otorga más importancia al ser humano y a las relaciones sociales que puede establecer para una convivencia en armonía, que la acumulación de riqueza y el poder que esto engendra dentro de una visión capitalista. De tal modo que, a la educación transformadora le interesa la formación de sujetos integrales, que no solo ven en su aprendizaje la acumulación de competencias técnicas y teóricas sino esencialmente humanas.

La racionalidad es el factor esencial en la especie humana, es lo que los distingue del resto de seres vivos del planeta; pero, además, estos construyen vínculos afectivos que les permiten fortalecer aspectos como la cooperación, la fraternidad y potencializar en calidad la perpetuación de la especie. Por lo tanto, es importante reconocer que la emotividad le da sentido a la existencia humana. La racionalidad y la emotividad son inherentes a la especie, pero al excederse una, corrompe a la otra.

La razón les permite a los humanos accionar en el mundo a partir de su comprensión. La emotividad, en cambio, fortalece los vínculos sociales, de ahí que las emociones cobran relevancia en los seres humanos debido a la particular cualidad: la razón, que es la que distingue a esta especie de primates bípedos del resto de animales de la tierra.

Como consecuencia, la emotividad, los sentimientos, se potencializan, ya sea en la vía correcta o la incorrecta, en cada individuo, dependiendo de sus intencionalidades, inquietudes y circunstancia. Dado que en cada ser humano subyace la razón, pues es su característica esencial, su ejercicio puede ser instrumental o normativo. De ahí que se puede ser noble o perverso, pasivo o activo, domesticado o autónomo.

La razón, al poder ser objetiva o subjetiva, requiere que se le comprenda y atienda. La instrumental o razón subjetiva privilegia la utilidad de la acción y considera los objetos como medios para alcanzar un fin determinado. La normativa en cambio es la que posibilita no solo la orientación objetiva sino también la interacción humana.

De ahí que no es la razón instrumental sino la razón objetiva, la normativa, la que contempla al otro como parte de un accionar individual, la que permite a una persona ser sujeto de cambio dentro de una realidad social caótica y en crisis. La educación, por tanto, debe dotar de herramientas críticas que les permitan distinguir la verdad del engaño, la justicia de la injusticia, la honradez de la corrupción.

Henry Giroux, en su libro la inocencia robada describe como la cultura empresarial está invadiendo la vida de niños, intentando robar su inocencia, para incorporarlos rápidamente al mercado, convirtiéndolos en consumidores. Cultura que toma por vehículo a la educación tradicional, alienante y pragmática en su más ruin expresión. Proteger a la niñez, brindarles la oportunidad de un espíritu libre de cadenas de cualquier tipo, es el ideal de la educación crítica.

Transformar las mentes de aquellos que han crecido y se han formado dentro de un sistema de pensamientos míticos y religiosos, de conciencias adormecidas que, bajo un manto de creencias inciertas, se niegan a aceptar los criterios develados por la ciencia. El proceso de abstracción fetichizada, en donde se anteponen intereses personales y se conduce por la senda del accionar pragmático, el cual señala Morin, refleja a una sociedad que no tiene tiempo de recordar, ni de reflexionar, es clara intención de un sistema dominador, embrutecedor y elitista.

La concepción que se tenga del mundo puede dar lugar a interpretaciones irreales, mundos ficticios, distractores que retardan el avance del conocimiento humano. Descartar las concepciones dogmáticas que absolutizan los criterios del pensamiento y no le permiten avanzar, en la dialéctica de la naturaleza, es tarea de un modelo educativo transformador y crítico. Popper con su racionalismo crítico alertaba de alejarse de tautologías, contradicciones y metafísica. Es decir, de postulados que no permiten el avance del conocimiento; de criterios ilógicos y aseveraciones indemostrables experimentalmente.

Los criterios dogmáticos son peligrosos, quizás no tanto porque cautivan a las mentes ingenuas, ávidas de algún tipo de esperanza, sino porque al ser manipuladas y constituirse en factores de dominación de las élites imperantes, se convierten en armas letales en contra del entendimiento y la libertad de pensamiento.
Transformar a través de la educación significa no solo liberar de la ignorancia, sino también de valores egocéntricos, de excesos que impiden una mejor cercanía con el otro y con ello, el fortalecimiento de una sociedad distinta a la que el capitalismo salvaje está empecinado en universalizar y sembrar en las mentes de las nuevas generaciones.

Y así como dijo Gramsci: La conquista del poder cultural es previa a la del poder político y esto se logra mediante la acción concertada de los intelectuales llamados orgánicos, infiltrados en todos los medios de comunicación, expresión y universitarios, la educación transformadora debe instalarse gradualmente en las aulas de enseñanza a manera de liberar las mentes de los educandos, para que estos tengan injerencia directa en el poder político.

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PublicoGT es una publicación del Consejo de Investigaciones en Desarrollo, una entidad de investigación que desarrolla proyectos de comunicación social y análisis sociopolítico.

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