Hacer todo lo que se les pida

Autor: Jairo Alarcón Rodas
Los genocidios, crímenes en masa, excesos y perversiones humanas no serían posibles sin la participación, complicidad y colaboración de personajes siniestros: los instrumentalizados; de aquel tipo de personajes abyectos que no tendrían ninguna oportunidad de sobresalir sino bajo el cobijo de los tiranos. Y lo han hecho y lo hacen, sirviendo incondicionalmente, pisoteando su dignidad, convirtiéndose en simples piltrafas robotizadas al servicio del mejor postor, de aquellos que ostentan el poder.

Los tiranos, los psicópatas con hambre insaciable de poder, de dominar y someter, seleccionan, dentro de las personas que los rodean, a individuos anodinos, de poco criterio, que les sirvan para la ejecución de actos oscuros y perversos; ante tal comportamiento sumiso, para el hechor y consentidor no cabe dispensa alguna. Así, los que a través del control y el autoritarismo garantizan su permanencia en el poder, en el poder sobre, la utilización de los tontos útiles se hace imprescindible.
La psicopatía es una alteración de la personalidad caracterizada por el narcisismo, la impulsividad y la conducta de control y manipulación. De modo que ese tipo de personajes poseen una autoestima sobrevalorada, de convicción mesiánica que los hacen verse a sí mismos superiores, con derecho a someter a los demás e incluso de eliminarlos, ya que su ideal es someter y el control y la represión constituyen sus principales y preferidas herramientas.

De ahí que, dentro de las relaciones de poder, unos lo ejercen mientras que otros se someten. En este caso, personajes con personalidad psicopática, al tener la oportunidad de ostentar algún tipo de poder, pretenden someter, sin cuestionamiento de ningún tipo, a todos aquellos que se encuentren dentro de su radio de dominio. Una de las características de este tipo de individuos es que no escuchan opiniones ni aceptan consejos; como estos hay muchos en el mundo.

Durante el juicio de Núremberg, muchos de los autores y ejecutores directos de las atrocidades cometidas por los nazis pudieron argumentar a su favor, como lo hizo posteriormente Adolf Eichmann, en sentido de que todas sus acciones respondían a la obediencia debida a sus superiores y que estos se aprovecharon de esta circunstancia, por lo que eso los eximía de la responsabilidad y de los cargos que les fueron imputados ante tales actos de barbarie, cometidos durante el Tercer Reich. Sin embargo, criminales de guerra como Hermann Goering, Rudolf Hess, Alfred Rosenberg, Albert Speer, entre otros, e incluso el mismo Eichmann, fueron juzgados y condenados.

Genocidios, crímenes de lesa humanidad, persecuciones, perversiones, hechos en la historia que se repiten en gobiernos dictatoriales y autoritarios, en espacios laborales, en donde evidenciar quién es el que manda, requiere de vasallos que cumplen lo que se les pida y los constituye en cómplices directos de tales perversiones.

Ante tales hechos, ocurridos a lo largo de la historia, Hannah Arendt apunta a un aspecto de capital importancia, desvelado en el juicio en Israel, del criminal alemán, señalando que el problema con Eichmann fue precisamente que muchos fueron como él, y que la mayoría no eran ni pervertidos ni sádicos, sino que eran y siguen siendo terrible y terroríficamente normales. Ocultar las verdaderas intenciones, engañar, parecer normales, son características de la psicopatía que deben desenmascararse.

Por ejemplo, lo ocurrido durante el conflicto armado interno en Guatemala, en donde hechos criminales de lesa humanidad fueron perpetrados por el ejército, muestran la impunidad y crueldad, las barbaridades que son capaces de ejecutar, el tipo de individuos obedientes, faltos de conciencia y sin poder de decisión ante órdenes del alto mando. Estos individuos, pudiéndose revelar, optaron por ejecutar las miserables acciones. ¿Qué es lo que motiva a un individuo, aparentemente normal, que cometa tan execrables crímenes?

Stanley Milgran en su famoso experimento sobre la obediencia, llevado a cabo en 1963 en la Universidad de Yale, detalla cómo, en algunos individuos, su comportamiento y obediencia ciega, responde a mensajes directivos, a órdenes de una autoridad superior, incluso si estas riñen con un accionar ético y humano. De ahí que cumplir con las órdenes de matar, por ejemplo, no solo trae consigo un problema ético, sino también uno de índole político y jurídico que tiene que ver con la autoridad.
La obediencia, señala Milgram, es el mecanismo sicológico que hace de eslabón entre la acción del individuo y el fin político. Por lo tanto, no hay ejercicio de poder sin obediencia, pero esta no debe estar al margen de lo que es justo y honesto. De modo que en el deber ser, el ejercicio del poder está circunscrito a la justicia y fuera de esta se pervierte, determinado todo tipo de abusos y desmanes.

El novelista Charles Percy Snow dijo, cuando piensas en la larga y sombría historia del hombre, podrás encontrar que han sido cometidos crímenes más repugnantes en nombre de la obediencia que lo hayan podido ser jamás cometidos en nombre de la rebelión. De modo que revelarse ante un tirano es más difícil que obedecer órdenes de criminales.

Aduladores, lambiscones, achichincles son términos para referirse a este tipo de personajes que se convierten en actores directos de crímenes, corrupción y engaño. Sin embargo, cumplir órdenes, por aberrantes que sean, es decisión que puede ser producto del miedo o de un acomodamiento perverso, no obstante, en ambos casos existe una inquietud egoísta de prevalecer incluso a costa de cometer crímenes.

Ese tipo de personajes, los que hacen lo que se les pida, son individuos que manifiestan servilismo total ante los tiranos. De ahí que cumplen órdenes sin objetar y lo hacen, muchas veces, complacientemente. En ellos, la reflexión, el análisis crítico, la sensibilidad humana queda al margen y prevalece el accionar pragmático, en donde es mejor servir al poderoso que hacer lo que es justo; hacer lo que se les pida pues ello le confiere la protección del que consideran su jefe, la autoridad.
En la parte final del poema de Bertolt Brecht, que se titula General, se ilustra con mucha claridad la diferencia entre un comportamiento servil, el de los instrumentalizados, y el de los que pueden pensar y lo hacen antes de actuar. General, dice el verso, el hombre es muy útil. Puede volar y puede matar. Pero tiene un defecto: puede pensar. La racionalidad humana, no la instrumentalizada, obliga a pensar antes de actuar y con ello a regularizar el accionar.

Es el pensamiento, el criterio, que se convierte en aliado del accionar humano, de su moral, el que impide que los hombres y mujeres actúen perversamente y cumplan órdenes tiránicas e injustas. En distintos espacios de sociedades corrompidas, en la iniciativa privada, en el sector público, en las universidades, este tipo de personas tiene su margen de acción ya que, al convertirse en instrumentos para concretar los actos de poder, son buscados y reclutados para tal fin y así, dentro de esta lógica, más vale contar con un tonto útil que un sujeto beligerante, con autonomía de criterio, que sepa pensar.

En Guatemala, las condiciones están dadas para que los perversos, los instrumentalizados se posesionen de los espacios a partir de lisonjeras, adulaciones, servilismo y una mal entendida lealtad que, convertida en sumisión enfermiza, pisotea la dignidad humana y desestabiliza la cohesión social.

Hacer lo que se les pida, incluso efectuando acciones deshonestas, ruines y criminales, no les representa ningún problema a estas personas, las cuales besan la mano del amo que circunstancialmente les protege, a cambio de ceder el control de sus vidas y de sus acciones. Identificar este tipo de personalidades, denunciarlos y castigar en igual forma su participación en actos abyectos es sin duda lo que les corresponde a aquellos que deseen construir una sociedad justa, un mundo mejor.

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PublicoGT es una publicación del Consejo de Investigaciones en Desarrollo, una entidad de investigación que desarrolla proyectos de comunicación social y análisis sociopolítico.

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