Un país corrupto

Autor: Jairo Alarcón Rodas
La corrupción se ha extendido a todos los ámbitos de la sociedad guatemalteca, socavando las relaciones sociales, la confianza y la credibilidad no solo de las instituciones sino también entre las relaciones interpersonales. Sacar provecho, ventaja dentro de las instituciones públicas y privadas, pervertir el orden social, es lo que se logra a través de actos de corrupción en donde el bien común se convierte en utopía.

La lógica señala que para que la corrupción se haga presente debe existir un corruptor y alguien que se deje corromper. Tanto el corruptor como el corruptible, dan la pauta a reflexionar sobre las causas de que eso suceda, que ameritan un análisis socioeconómico, así como de un planteamiento antropológico-filosófico, que a su vez deriva una interrogante ética. ¿Serán los seres humanos poseedores de una naturaleza perversa que determina un escenario social, dentro del cual las personas tienen un precio?

Karl Marx indicaba que, dentro del capitalismo, a las personas se les reduce a mercancía y por consiguiente tienen un precio, se les puede comprar y vender. El trabajador es visto como un simple componente de la producción. Esa despersonalización del individuo determina en estos una frágil dignidad, que paulatinamente es sustituida por el deseo ficticio de la comodidad. Dentro de ese sistema, el imaginario de aspiraciones no tiene límite y, a través del fomento de necesidades artificiales, el lucro se impone.

No es que se discuta que los seres humanos requieren pasar de un estado de insatisfacción a un estado de satisfacción, sino que sus aspiraciones no se pierdan en los excesos. La convivencia social no constituye un campo de batalla donde la competitividad abone sustancialmente el saldo de ganancias y pérdidas ni mucho menos un escenario de ganadores y perdedores. Vivir en sociedad, la configuración de un Estado-ciudad es significativamente otra cosa.

Escapar de un sistema perverso donde las personas son vistas como números que responden a resultados estrictamente económicos, donde el tener cuenta más que el ser, resulta casi imposible. Dentro de estas condiciones sociales se asienta el comportamiento de los guatemaltecos, en donde la forma más burda de pragmatismo se hace presente a través del accionar, donde el fin justifica los medios y la indiferencia hacia los demás los coloca más allá del bien y el mal como lo planteaba Nietzsche.

Los incentivos para el accionar humano no pueden ser estrictamente económicos, aunque en el capitalismo así lo plantee y por consecuencia mantenga prisioneras a las personas dentro de ese criterio. Las personas, aunque requieren seguridad económica para subsistir, no solo eso necesitan y los motiva.

Liberar a los seres humanos de sus necesidades económicas, dotarlos de las oportunidades para lograr satisfacer sus necesidades más ingentes, es tarea importante de toda sociedad, pero eso no significa que la existencia humana se reduzca a ello, pues son necesarios también el desarrollo de atributos espirituales como la dignidad, la solidaridad, la fraternidad.

Según el Índice de Percepción de Corrupción (CPI por sus siglas en inglés) del 2019, elaborado por Transparencia Internacional, Guatemala ocupa la posición 146 de 180 de la medición, siendo uno de los países con las percepciones más altas de corrupción en la región. En la escala de cien puntos el país tiene 25 puntos, nada comparable con los 88 puntos que tiene Nueva Zelanda. Dicho índice de percepción sobre la corrupción se refleja también en indicadores sociales como el bienestar, pobreza, desnutrición y seguridad.

La corrupción generalizada en Guatemala se inserta en una sociedad cuyos valores distan mucho de ser justos e ideales. Se ha dicho que en este país los buenos son más, pero qué se debe entender por buenos, ¿se tiene claro lo que significa ese término dentro del contexto social en el que se vive? Buenos en qué sentido, en el sentido de la moral religiosa cristiana o buenos para un sistema en el que se pretenda consolidar una sociedad justa y humana.

En un país cuyos índices de educación son muy bajos, el ser bueno se mide de acuerdo con sus creencias religiosas. Por ello el propio sistema ha creado un Dios a su medida. Con relación a eso Simone de Beauvoir decía, La burguesía capitalista, a su vez, tomó a Dios inmediatamente a su servicio. Lo cual puede verse con notoriedad con la serie de iglesias pentecostales y sobre todo con la llamada teología de la prosperidad.

Ver que más de tres mil abogados son cómplices del pacto de corruptos y consideran que el actual sistema de justicia es el que debe imperar y, por otra parte, 20 mil permanecen indiferentes a la crisis de justicia, es razón suficiente para señalar la miseria en todos los ámbitos que se viven en Guatemala.

La universidad de San Carlos no es la excepción; la reciente elección de sus representantes ante la Corte de Constitucionalidad fue claro ejemplo de lo corruptibles que pueden ser las instituciones y desde luego lo vulnerables que son las personas que forman parte de ellas. A pesar de que ganó la candidata que representa la lucha en contra de la corrupción, la elección estuvo en riesgo de caer en manos de la red que persigue intereses oscuros y mezquinos.

Por otra parte, es inaudito que algunas personas que forman parte del máximo organismo de la universidad estatal se abstuvieran de votar argumentando que desconocían a los dos candidatos que participaban en la elección, más bien parecería que no quisieron evidenciar con su voto a qué sector representan, si a los que luchan en contra de la corrupción o a los que se favorecen con ella.

La corrupción se ha enquistado en todas partes y a todo nivel en Guatemala, reflejándose en escala menor, por ejemplo, en el caso de los trámites administrativos, en donde para que den trámite a una jubilación y se accione con celeridad, se tenga que sobornar a los empleados y funcionarios y en una escala mayor, a partir del otorgamiento de las obras públicas, por parte de los gobiernos de turno, a empresas privadas sin la debida selección dentro de un proceso justo y honesto. En este país, la realización de las obras públicas se otorga fraudulentamente, ya sea por medio de sobornos o como en pago al financiamiento recibido por esas empresas, durante las campañas políticas.

Una sociedad en donde la concentración de la riqueza está en pocas manos y las oportunidades de desarrollo son mínimas para el resto de sus habitantes, la corrupción se hace presente, lo cual es entendible más no justificable, pero lo es menos que funcionarios del Estado y de la iniciativa privada la fomenten y se sirvan de ella para satisfacer sus aviesos intereses.

Por ello, el cambio del sistema, la refundación del Estado se hace necesaria para la construcción de una sociedad más justa, en donde germinen valores humanos y dignos.

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