Basta de derrotas

Mario Roberto Morales

Las dos cumbres intelectuales, morales y militares del independentismo latinoamericano son Simón Bolívar y José Martí. Y lo son porque ambos situaron sus luchas más allá de la retórica liberal europea y fijaron sus metas en la liberación (vía modernización) de todos los pueblos que entonces constituían el continente (y no solo de los hijos y nietos de los españoles); también dejaron atrás las ataduras que sus congéneres tenían respecto de los ideales medievales, sobre todo en lo referido a la mantención de la propiedad feudal del “reino de este mundo” y a los mecanismos políticos para obtener la propiedad espiritual del “reino de los cielos”. Por el contrario, Bolívar luchó por fundar un solo país desde el río Bravo hasta la Patagonia, unido por los ideales de la época, que eran los de la modernidad laica, republicana y capitalista, como condición para que Estados Unidos no nos absorbiera, como en fin de cuentas ocurrió. Ese fue el precio que pagamos por la traición a Bolívar que perpetraron los criollos que no pudieron ver más allá de sus haciendas, sus indios, sus negros, sus mestizos, mulatos y zambos. Y el resultado son las patrias y naciones criollas que tenemos. Por eso Martí inventó el concepto Nuestra América (con mayúsculas) para nombrar a la América que no es anglosajona, sino que posee una rica diversidad cultural de origen, pautada por el activo sustrato precolonial que la identifica mestizamente hasta hoy. También él advirtió contra la fragmentación de nuestro territorio como preludio para entregarlo a Estados Unidos. Y lo mismo hicieron criollos preclaros como José Enrique Rodó, en 1900, y el mestizo Rubén Darío, ya entrado el siglo XX. Para entonces es obvio que ya era demasiado tarde porque los bancos ingleses habían endeudado el legado bolivariano y sellado nuestra condición colonizada.

La modernidad no llegó a pesar de que se peleó por ella, y las mayorías nunca alcanzaron el estatus de ciudadanías, con lo que permanecieron fuera de los deberes y las ventajas del Estado porque no accedieron a la educación, la salud y demás servicios públicos. Bolívar había dicho que “Por la ignorancia nos han dominado más que por la fuerza”, aludiendo a la hegemonía cultural basada en la dominación colonial. Por eso soñó con ciudadanías educadas por el Estado y afirmó que “las naciones marchan hacia su grandeza al mismo paso que avanza su educación”. Sueños de modernidad que Martí también expresó cuando dijo que “la felicidad general de un pueblo descansa en la independencia individual de sus habitantes”. Por eso invitaba a la lucha espetando que “los derechos se toman, no se piden; se arrancan, no se mendigan”. Y que “vale más un minuto de pie que una vida de rodillas”. Ante estos ejemplos de moralidad independentista diferente a la criolla, podemos preguntarnos no sólo qué se puede celebrar en el Bicentenario, sino quienes tienen motivos para la celebración. También, si es válido rechazar el hecho histórico al grito de ¡cuál Independencia!, jugando a que ese hecho no ocurrió o abjurando de él porque ocurrió tal como ocurrió. Lo cierto es que la necesidad de luchar por nuestra independencia y por la autodeterminación de nuestros pueblos sigue vigente y es más necesaria que nunca. Y, si como también dijo Bolívar, “El arte de vencer se aprende en las derrotas”, estarán ustedes de acuerdo en que ya va siendo hora de vencer, porque de derrotas está profusamente sembrado el arduo camino de nuestra sangrienta historia.

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PublicoGT es una publicación del Consejo de Investigaciones en Desarrollo, una entidad de investigación que desarrolla proyectos de comunicación social y análisis sociopolítico.

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