Por qué es importante entender al Partido Comunista chino, a su proyecto y a Tiktok

Eduardo García Granado
@eduggara

“Zhonghua Minzu dao liao zui wei xian de shi hou”. “La nación china enfrenta su mayor peligro”, reza el himno de la Nación del centro. De los grandes cantos patrióticos pueden extraerse referencias interesantes para comprender las naciones, sus mitos constitutivos y sus figuras épicas. Zhongua Minzu se traduce del mandarín como “nación china”. Este dato, aunque pueda no suscitar un especial interés en el campo de la filología y la lingüística, lo cierto es que a escala política, cultural y en el campo de lo identitario rebosa importancia.

Zhonghua Minzu explica la nación china en términos de nostalgia imperial. Tomando como referencia lo acontecido siglos atrás, el concepto evoca una idea de país que va más allá de la etnia han y de las fronteras nacionales en vigor. Un ejemplo claro es el esfuerzo de una parte de la historiografía china en incorporar a Goguryeo, figura mítica coreana, como un sujeto más de la historia nacional china. Bien sea como una explícita voluntad de cubrir parte o la totalidad del Asia Oriental bajo el manto de la bandera roja de cinco estrellas, bien sea como una actitud paternalista con Corea, Japón, Mongolia y las “comunidades secundarias” del interior del Estado, la realidad es que el Partido Comunista Chino (PCCh) convenía —y conviene— con el Kuomintang en que China es algo más que lo que marcan sus fronteras.

Ocurre que, como plantea Eric Hobsbawm en Nación, naciones y nacionalismo desde 1780 (Crítica, 2013), “la nación moderna […] difiere en tamaño, escala y naturaleza de las comunidades reales con las cuales se han identificado los seres humanos a lo largo de la mayor parte de la historia”. Hasta el desarrollo del capitalismo, en las vastas regiones de lo que hoy conocemos como naciones no se pudieron de ningún modo generar vínculos identitarios sólidos entre aldeas, pueblos o colectividades separadas por cientos de kilómetros. Resulta ridículo pensar que un campesino de lo que hoy es Qinghai pudiera, siglos atrás, sentirse parte de algo conjuntamente a un artesano de Jilin. Pero el modo de producción capitalista se está desarrollando en China y está forzando el avance de un nacionalismo fundamental para entender los entresijos del conflicto con Estados Unidos (sobre el que se volverá más adelante).

Al hablar de la existencia de un nuevo sistema bipolar entre EE UU y China merece la pena pensar en las diferentes concepciones que tienen de qué significa liderar un bloque, una región o al mundo en su totalidad

Conviene sumergirse en algunos aspectos del PCCh para poder profundizar en la comprensión de la disputa de China con el Tío Sam. Al hablar de la existencia (o potencial existencia) de un nuevo sistema bipolar entre ambos, merece la pena pensar en las diferentes concepciones que tienen uno y otro al respecto de qué significa liderar un bloque, una región o al mundo en su totalidad.

A inicios del siglo XX, el primero de los tres grandes nombres de la China post dinástica, Sun Yatsen, dejó su impronta. Sus contemporáneos liberales comenzaron a poner en duda la centralidad de la tradición confuciana, durante siglos el eje organizativo de las relaciones sociales en el país, como norma edificante. El segundo, Mao Tse-tung, trató de condenar a la misma al ostracismo mediante la Revolución Cultural por ser anti o, como mínimo, pre revolucionaria. Deng Xiaoping, el tercer gran nombre, abrió las ventanas hasta tal punto que penetró en el país y en el partido una verdadera tormenta liberal y occidentalista de algunos intelectuales relegados durante el maoísmo. Este hecho, especialmente traumático en un pueblo que se vanagloriaba de haberse librado de los imperialismos yanqui y japonés tan solo unas décadas atrás, generó una reacción nacionalista de tipo tradicional que puso a la tradición confuciana de nuevo a la orden del día.

Así se llega hasta nuestra época, en la que algunas ideas confucianas están ejerciendo una verdadera influencia en el partido. Algunas incluso guían su accionar. De todas ellas interesa en este texto el concepto Hehe wenhua o Cultura de la Armonía. Tras el 11-S, Jiang Zemin, Presidente de la República Popular China hasta 2003, propuso una vía alternativa a la de los Estados Unidos para encarar los conflictos internacionales. “Junzi he er butong”, enunció. “El hombre superior busca la armonía manteniéndose en la diferencia”, por su traducción. Él mismo dio especial relevancia al concepto he (literalmente, “armonizar”) y destacó que debe traducirse “en lo político como respeto mutuo, en lo económico como reciprocidad y en lo cultural como conocimiento mutuo”. Esta retórica se esfuerza en defender que debe ser el multilateralismo del respeto a la diversidad quien ofrezca una salida a los conflictos y no el unilateralismo violento y ombliguista que los Estados Unidos han mostrado en Iraq, Venezuela o Corea.

Por mucho que pueda parecer extravagante traer estos términos a colación, son fundamentales para entender la disputa. El PCCh ha aceptado al confucianismo como faro en materia de política internacional y China se ha asumido a sí misma como líder de una forma a priori distinta de relacionar a los distintos Estados y regiones del mundo entre sí. Esto es relevante por cuanto supone un planteo diferente al de Estados Unidos y su doctrina de liderazgo indiscutido e indiscutible. En materia internacional, coloca a las dos potencias en marcos distintos en los que una prima la zanahoria y la otra el palo.

Nacionalismo del crecimiento
Hay que convertir a China en “una gran nación socialista, moderna, próspera y poderosa”. Este es uno de los grandes objetivos del gobierno, tal como quedó constatado en el V Plenario del PCCh celebrado el pasado octubre. De hecho, entre el gobierno y el pueblo chino hay un consenso bastante profundo a este respecto. La legitimidad política en China tuvo durante siglos —y tiene hoy— mucho que ver con la eficacia a la hora de mejorar la calidad de vida de la gente, lo que en la China de hoy se traduce como ensanchar la base social con capacidad suficiente para acceder al consumo.

Por supuesto, el camino escogido para este ensanchamiento requiere de una interpretación bastante heterodoxa del socialismo incluso a nivel regional. China se ha querido dotar de algunos elementos del capitalismo que favorecen el dinamismo de los flujos internos de dinero y promocionan el consumo interno. De esta manera, y aprovechando condiciones únicas del país como la ingente cantidad de trabajadores, está logrando un crecimiento vertiginoso aunque desigual entre unas y otras zonas del país. Como contraste puede mirarse al otro socialismo existente en un país de herencia confuciana: el socialismo juche de Corea del Norte. La RPDC mantiene un modelo de reparto del crecimiento que trata de reducir al máximo las diferencias entre regiones y municipios, de tal forma que ningún punto del país avance dos pasos mientras otro no avanza ninguno (con la excepción de Pyongyang).

Estudiantes, militares, trabajadores y empresarios son los nuevos sujetos de la Revolución China. La propia Televisión Central China a través de CGTN mostró así al corpus de un nuevo nacionalismo que pone el énfasis sobre el crecimiento económico en el marco de los conflictos con la región de Hong Kong:

Sobre ellos, aunque fundamentalmente sobre el Partido, reposa la responsabilidad de alzar al país al estatus de nación desarrollada y hacerlo transitar definitivamente al socialismo. Y si China tiene que transitar hacia el socialismo, ¿significa que no es un país socialista? No exactamente. Según la línea oficial del PCCh, el país está experimentando un desarrollo de las fuerzas del capitalismo —entre ellas, el capital privado— tutelado y conducido por el Estado, garante último de la promesa de un futuro socialista. Cuánto haya de cierto en este deseo solo el tiempo lo podrá decir. Lo que sí parece evidente es que quien quiera ver en China un paradigma de capitalismo salvaje o de todo lo contrario estará faltando a la evidencia.

Según la línea oficial del PCCh, el país está experimentando un desarrollo de las fuerzas del capitalismo tutelado y conducido por el Estado, garante último de la promesa de un futuro socialista

Por supuesto, China no es una democracia liberal como las de la vieja Europa, pero tampoco tiene por qué aspirar a ello. Quizá deba tratar de perfeccionar su modelo de partido único en el que el PCCh es el gran puente, el nexo entre la sociedad y el Estado gracias a su lógica meritocrática y su inserción democrática en el ámbito local. Al menos eso es lo que piensan figuras de la academia como Zhang Weiwei, para el que China es un Estado-civilización que ni puede ni debe adoptar el modelo multipartidista. De hecho, cuando lo hizo a inicios del siglo XX el país se hundió entre disputas sangrientas y guerracivilismo. Por el contrario, Zhang plantea que China no solo ha sacado a 500 millones de personas de la pobreza con su modelo actual, sino que no adolece de problemas estructurales de la democracia liberal como el cortoplacismo o la excesiva influencia de las élites económicas. En este formato de organización política, el Partido Comunista es más que un partido, erigiéndose en un verdadero marco donde caben debates de todo tipo.

Comprendiendo esto puede darse una pincelada sobre el gran poder que tiene el Estado —y, por extensión, el Partido— en el desarrollo de ese capitalismo transicional. Cualquier empresa extranjera que pretenda operar en China debe asociarse de alguna forma con alguna empresa local pública o privada, asegurándose así el progreso de la industria nacional. Además, las empresas chinas y extranjeras que operan dentro del país tienen la obligación de darle información al Estado si éste la solicita, y esto inquieta a los núcleos de poder económico de la gran potencia norteamericana.

La importancia de Tiktok
Es evidente que las grandes empresas chinas tienen un vínculo estrecho con el Estado. El propio gobierno del PCCh lo reconoce y se enorgullece de tutelar, como se ha planteado ya, el desarrollo del capitalismo en el país. No por casualidad el caso Tiktok ha sido en los últimos meses uno de los núcleos de la ofensiva del bloque estadounidense contra China. Con Microsoft intentando comprar la app en un paso más de su esfuerzo por regresar al mercado de los consumidores a golpe de talonario, Trump envalentonando un nuevo nacionalismo anti-China y otros elementos —con mayor o menor veracidad—, la realidad es que en la amplia disputa que mantienen ambas potencias, Tiktok ha sido colocado (especialmente desde fuera de China) como punta de lanza del Gigante Asiático.

Tiktok es relevante por cuanto todos los espacios de encuentro (físicos o digitales) son políticos. Capitalizar los discursos de Twitter siendo capaces de volcar relatos y lenguajes y hacerlos hegemónicos fue fundamental para el feminismo en España. Inundar Forocoches de memes racistas y misóginos fue clave durante los primeros meses de crecimiento exponencial de Vox, siendo su primer núcleo duro. De la misma forma Tiktok importa en tanto es un marco aceptado para el desarrollo de nuevos lenguajes y discursos y en tanto pieza de un tablero geopolítico en constante tensión.

El sociólogo Iago Moreno ha producido trabajos de investigación alrededor del rol de Tiktok en las nuevas formas de comunicación política y de su vinculación en el auge de algunos de los movimientos de extrema derecha de los últimos años. En conversación con él, Moreno explica que “en India, el sueño de convertirse en tiktoker de renombre llegó a competir con el del estrellazgo en Bollywood o el éxito en el cricket; se convirtió en una forma de salir de la política de castas y la pobreza, de escapar de la ausencia de ascensores sociales y de la desigualdad más atroz”. Además de eso, como explica, se ha convertido en un lugar de expresión política no solo en Mumbay o Delhi “sino también en las agitadas calles de Bangkok que hoy protestan contra Maha Vajiralongkorn o en las polarizadas redes de Filipinas”.

Tiktok refleja poder. Mientras lo digital ocupa cada vez más espacios en nuestras vidas, “la popularización de TikTok a una escala global rompe con el monopolio occidental del podio de las grandes redes. Hasta ahora existían redes de extensión regional muy fuertes (VK en Rusia, WeChat en China) y muchos éxitos locales interesantes (en España Tuenti es un ejemplo). Con Tiktok las tornas se dan vuelta”.

Sucede que el capitalismo de la libre competencia no existe. Ya sean los trust que explicó Lenin hace ya un siglo, los chaebol coreanos o cualquier otro ejemplo concreto: el desarrollo capitalista tiende al monopolio y el monopolio se asienta gracias a la intervención de una burocracia estatal conectada con los grandes capitalistas. Los grandes tenedores del capital no quieren arriesgarse a pelear en la selva de las libertades individuales, prefieren el cobijo de un Estado clientelar del que forman parte aunque le pese a los liberales doctrinales más honestos.

Como expone Moreno, “es comprensible que la administración trumpista y Facebook confluyesen en un intento desesperado por censurar a Tiktok”. No por un especial compromiso con la democracia y los derechos de los trabajadores estadounidenses, sino porque “saben que la minería de datos que puede hacer China teniendo bajo su ala una red de esa escala es brutal. Pero, ¿por qué lo saben? Porque llevan años beneficiándose de tener ellos mismos el monopolio”.
Sinofobia: el proyecto nacional de Trumpismo
El 20 de enero de 2017 Donald Trump comenzó su etapa como 45º presidente de los Estados Unidos de América. The Donald no encaró la candidatura únicamente como un intento de enaltecimiento personal. El ya ex presidente de los Estados Unidos ha querido reconfigurar la identidad nacional estadounidense en una dirección más reaccionaria y a menudo con más ojos puestos hacia dentro del país. El sentir trumpista que se pudo ver este mismo mes encarnado en los fanáticos del Capitolio refleja que el paso de Trump por el Despacho Oval no ha sido testimonial, sino que ha asentado nuevos lenguajes y una nueva forma de ser estadounidense.

Como expone Diego H. Gómez, historiador y sociólogo experto en cuestiones de la nación, los nacionalismos y la historia de los Balcanes, “una de las características del nacionalismo como ideología de Estado es la construcción de un yo en relación a un otro para generar un consenso interno que legitime las políticas que tome ese gobierno. […] Una retórica que legitime su accionar, aunque luego ese mismo accionar de gobierno no tenga que ver con esa misma retórica”. En el caso del trumpismo, esos otros a la interna fueron los denominados progresismos (con todo lo laxa que es esta etiqueta) y “la dirigencia no trumpista, fundamentalmente demócrata, con su debilidad, claudicación y autoderrota”.

Sin embargo, no por mirar mucho dentro de sus propios confines se olvidó el trumpismo del enemigo externo. En ese sentido el otro de afuera, el bárbaro, la clave para comprender este asunto, ha sido “el ascenso y la reprendida competencia desleal del capitalismo chino”. Cuando uno estudia cómo ha crecido un ahijado de Estados Unidos como lo es Corea del Sur, valiéndose de un Estado que ha impulsado y mimado a los grandes chaebol como Samsung o Hyundai de la mano de gobiernos militares como el de Park Chung-hee, o cómo el propio Trump ha hecho de la política arancelaria su orgullo y bandera, uno no puede sino asombrarse de la ligereza con la que se acusa al Estado chino de aplicar políticas de control sobre las empresas, las importaciones y los datos.

Pero al margen de consideraciones, la evidencia es que sin el crecimiento continuado de China siguiendo una senda que, como mínimo, no sigue los dictámenes de los grandes think tanks y núcleos de poder asociados a Estados Unidos, no se explicaría buena parte del proyecto identitario nacionalista que Donald Trump ha instalado en el pensamiento colectivo de un sector considerable del país. Atrás quedaron los tiempos en los que las élites de los States profesaban admiración por el modelo chino de desarrollo.

Las tornas han cambiado por un detalle no menor: cada día que pasa se acorta la diferencia entre la influencia que puede ejercer uno y otro en los mercados y la política internacionales. Es por esto que Tiktok y todos los capítulos que vendrán de esta disputa a dos bandas importan y mucho. Cuesta prever cuándo y si llegará a ocurrir que China se convierta en la primera potencia mundial, pero lo innegable es que sus movimientos se sienten como verdaderos puñetazos sobre el tablero de la política internacional: sus acuerdos económicos pueden llegar a condicionar el modelo económico de países como Argentina a años vista, su influencia política y militar influye en conflictos en varios puntos del globo y su cultura gana peso a tenor de los factores anteriores.

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PublicoGT es una publicación del Consejo de Investigaciones en Desarrollo, una entidad de investigación que desarrolla proyectos de comunicación social y análisis sociopolítico.

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