No basta con un acomodamiento

Autor: Jairo Alarcón Rodas
La era de la tecnología, de la cibernética y de las comunicaciones digitales está mecanizando a los seres humanos convirtiéndolos en seres pragmáticos, para los cuales el hacer, no importando como se logre, está sustituyendo al criterio del por qué hacerlo y en qué momento se deba hacer. Como lo indica Bauman, la modernidad convierte en liquidez el accionar humano. La estabilidad, la permanencia es cuestión del pasado y, ahora, el mundo de lo desechable se abre camino para complacer los gustos y las necesidades artificiales de las personas.

El vigente capitalismo funciona así, vive del consumo, del despilfarro, de los excesos, de las necesidades innecesarias, de la alienación. Los patrones de conducta están cambiando y es natural, ya que el flujo de interacciones culturales, así como la circunstancia, necesariamente modifican el comportamiento de las personas. Y cuando un modelo económico, cuando determinadas relaciones sociales de producción se imponen, lo hacen también desde el aspecto del conjunto de elementos que subyace en la vida social y la interpretación de las cosas, es decir, desde la supraestructura.

Al imponerse el tener sobre el ser, la obediencia sobre la autonomía, la domesticación sobre el criterio, el egoísmo sobre la solidaridad, determinan la consolidación de sujetos autómatas, robotizados que, al no darse cuenta de su situación de esclavos del sistema, fortalecen su condición. Religiones, educación bancaria y medios de comunicación al servicio de una élite, constituyen instrumentos para adormecer las conciencias, impidiendo con ello todo proceso de cambio y preservando el estado de cosas.

Pese a ello, la tecnología avanza en un mundo de superficialidades e ignorancia, no importa si las personas no cuentan con el criterio para su uso, lo importante es incorporarse dentro del mercado de consumo y alienación. Actualmente se dice que la información está a disponibilidad de cualquier persona, que con solo teclear en una computadora los resultados aparecerán en segundos, sin embargo, dentro de ese torrente de información, cómo distinguir lo falso de lo verdadero si no se cuenta con el criterio para determinarlo.

La era de la tecnología presenta toda una gama de información, con inmediatez asombrosa, ya no hace falta investigar, preguntarle a la naturaleza como lo planteaba Telesio, simplemente es cuestión de apachar botones. Sin embargo, tal hecho está minando el espíritu de búsqueda, concomitante a la racionalidad humana. El asombro, la búsqueda incesante, que debería inquietar a todo ser humano, está desapareciendo y su lugar lo ocupa el acomodamiento, el mimetismo social y sin conciencia de una circunstancia que les afecta, le es impuesta y que demanda otro tipo de tratamiento.

Ante tal panorama, en los años 70, Alvin Toffler alertó sobre que, si no cambiamos el futuro, nos veremos obligados a soportarlo. Y eso podría ser peor. No es suficiente con revisar los errores del pasado, sino prever y cambiar todo aquello que, instalándose en el futuro, denigra a lo humano y que a su vez es impuesto arbitrariamente para beneficio de unos pocos.

En tal sentido, no se trata simplemente de acomodarse a las nuevas circunstancias, más bien se debe tomar el control sobre la realidad, adoptando de lo nuevo lo que es beneficioso y desechando lo perjudicial para la humanidad. El impulso tecnológico es avasallador y puede atropellar a cualquier ser humano que permita que eso suceda.

Las personas están siendo absorbidas por el mundo de la tecnología, de la inmediatez, de la actualización y del cambio permanente, pues si no lo hacen, están destinados a ser excluidos, a no sobrevivir, a desaparecer; según la óptica del darwinismo moderno solo subsistirán los mejor adaptados.

No obstante, tal acomodamiento está ocasionando que las personas, entre otras casas, ya no lean o, en el mejor de los casos, se concreten a leer lecturas lúdicas, distractores o evasores de la realidad. Lo cual no significa que se descalifique a ese tipo de lectura, que se afirme que es perjudicial hacerlo. Sino que, simplemente, es necesario estar conscientes de que cada cosa debe estar en su lugar. Una cosa es el aprendizaje y otra la distracción, tanto la una como la otra son necesarias en la existencia de los seres humanos.

Algunos dicen que la poesía y la literatura son innecesarias, superficiales, banales, ya que no traen consigo un beneficio utilitario, económico. Sin embargo, reducir al ser humano al rango de costos y beneficios es convertirlo en mercancía. Por el contrario, los seres humanos no tienen solo una dimensión, también requieren cultivar su emotividad y sus sentimientos, por lo que leer poesía es recrearse en la espiritualidad humana y si a eso se le agrega el estar conscientes de la posibilidad que tiene el ser humano de ubicarse en distintos planos de la realidad, para su provecho, constituye un nivel superior que le da sentido a su vida.
Vivir en el mesocosmos, en un ambiente tridimensional, de colores, sabores, olores, superficies y gustos, de interacciones físicas, de transacciones económicas no puede descartar el hecho y posibilidad de sumergirse en un mundo lúdico en donde, en aras de la magia y la fantasía, se alcance un estado de furor y emoción, necesarios para una existencia placentera.

Es claro que el ser humano no solo requiere del conocimiento de la realidad, del contacto con las cosas concretas, de un lenguaje declarativo, sino también demanda fortalecer su espíritu con metáforas, ficciones, música, lo cual lo proporciona un lenguaje expresivo, que se patentizan en la poesía, en la música y la literatura.
Perder circunstancialmente un mundo para ganar otro, es lo que por momentos sucede en el accionar humano, a pesar de que se pueden ganar los dos estando consciente de ello. Es decir, si se cultivan y se distingue esos dos planos o formas de ver e interpretar la realidad. Una, a través de juicios de valor y la otra, por medio de la razón; ya que, al no comprenderlo, se puede correr el riesgo de perderse en uno de ellos y con eso empobrecer la condición humana.

Leer es importante, no obstante que los libros pueden ser tan beneficiosos como perjudiciales, dependiendo de quién los lea, del criterio e intenciones que este tenga. Los libros en sí mismos no otorgan inteligencia, sabiduría, criterio; pero sirven para nutrir a aquellos que tienen el expertis de lo que leen. La amplitud de criterio es lo que cuenta.

La inteligencia humana le ha permitido subsistir en un medio hostil, la adaptación biológica quedó atrás y ahora, la era de la tecnología lo obliga a poner en práctica su criterio, no simplemente ser su prisionero. Con relación a eso, Toffler señala: El futuro será para aquellos que desarrollen habilidades o técnicas de pensamiento crítico y eso significa no solo tener habilidades en el uso de la tecnología.

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