EEUU: El golpazo a la economía está todavía por llegar

Giorgio Ardeni

Ahora que (casi) han concluido las elecciones norteamericanas, hay más razones para no tener demasiada confianza en el futuro. No el del mundo —sobre el que se extiende la amenazadora ola de la pandemia, mortífera, obscureciendo otra tragedia, y bastante más aterradora: la del cambio climático— sino el de los Estados Unidos y, sobre todo, de su economía. Ha ganado Biden, y la perspectiva de una autocracia que domine el planeta se ha convertido en algo cada vez menos probable, pero todos los problemas están ahí y se pudieron ver en el voto. Porque la economía más rica de la Tierra – rica en general, pero en la que solo el 1% posee tres cuartas partes de la riqueza y todas las palancas de poder — se va encontrando con que está atascada en medio de la autopista y sin saber adónde ir.

Norteamérica ha sido siempre la vanguardia del capitalismo, el laboratorio de soluciones progresistas, el lugar elegido para la consagración de los modelos. La edad dorada del capitalismo salvaje, descrita por Mark Twain con satírico realismo, el New Deal de Roosevelt tras la Gran Depresión – muy “norteamericano”, aunque se basara en las teorías formuladas por ese dandy británico, John Maynard Keynes — y las políticas de gestión de la demanda y el Estado del Bienestar, la desregulación de Reagan, el neoliberalismo del Consenso de Washington…Todos ellos proceden de allí, de esa tierra de oportunidades. Sin embargo, es precisamente en los Estados Unidos, impávido promotor de la globalización desregulada, donde ésta ha producido sus efectos más agudos entre todas las economías avanzadas.

Pues hay una razón por la que Biden – y los demócratas – no vencieron “de modo aplastante”. Si Norteamérica se encuentra dividida, como dice la gente, no es porque los partidos se hayan dividido los votos 51 a 47, sino porque esos 73 millones de votantes que eligieron a Trump y el Partido Republicano están verdaderamente divididos respecto a los 79 millones que escogieron a Biden y a los diversos demócratas que se presentaban al Congreso. Están divididos política, económica, geográficamente. Más allá del mecanismo del Colegio Electoral, que hace de la interpretación del voto algo confuso, está claro que no son sólo los votantes blancos sin formación de la clase trabajadora los que han elegido una vez más al aspirante a autócrata y a su partido. En docenas de condados residenciales y rurales, los demócratas no han hecho mella; por el contrario, han perdido apoyo.

No es verdad que la pandemia y su fallida gestión por parte de la administración Trump no afectara al voto. Esos factores han despertado ciertamente el deseo de un Estado eficiente que ofrezca protección, de un gobierno que esté a la altura de la norma, pero solamente en una parte del electorado, la que ha sufrido más por los contagios y la que está más informada y mejor formada, principalmente urbana. Pero la pandemia, utilizada como pantalla de humo, permitió a Trump y a su gente disfrazar una vez más su mensaje. Mientras las élites conservadores encuentran su lugar en el Partido Republicano, el partido tiene el grueso de su apoyo entre las masas, no de los que están abajo del todo sino de los que vienen justo antes de los que están más abajo.

Porque Norteamérica es un país desigual, y es esta desigualdad la que está alimentando a los seguidores de los republicanos y su inverosímil líder. Y son las grandes dimensiones de esta desigualdad las que convierten a los Estados Unidos en un gigante con pies de barro. La pandemia ha impuesto un tiempo muerto de proporciones históricas a la economía, no a causa de los confinamientos sino de la caída del consumo y el cierre de cientos de pequeños y medianos negocios. Esto ha tenido un efecto demoledor sobre los ingresos y el empleo. Y luego, quienquiera que se viese más afectado por la pandemia votó por Biden, y no habría votado de otro modo en cualquier caso. Pero si estamos quizás rebasando ahora el peor momento de la pandemia, todavía hay que alcanzar el punto más bajo de la economía.

Que el famoso “estímulo” se ponga otra vez en marcha o no supondrá, desde luego, una diferencia. Y el nuevo Congreso que surgió de las elecciones no será generoso. El 40% de los trabajadores de bajos ingresos que ha perdido su empleo luchará por encontrar otro, y cuanto más tiempo pase desempleado, peor se pondrán las cosas. Y eso se centra en esa masa de quince millones de familias, la mayoría inmigrantes —a menudo ni siquiera legales— que viven de trabajos precarios e irregulares, incluso en sectores “esenciales”. Y en esas familias que viven de alquiler o con hipoteca, la clase media baja de zonas residenciales, blanca, negra, de cualquier color. Y está también el enorme deficit en los presupuestos de los cincuenta estados, así como en los municipios de las grandes ciudades (con la amenaza de desempleo para millones de empleados públicos, que podrían verse despedidos de un día para otro). Todo esto está llevando a la economía al borde del precipicio, por mucho que el Big Tech, las grandes tecnológicas, siga teniendo beneficios.

Si a Wall Street parece que le va estupendamente de momento, eso no significa que se haya evitado una verdadera depresión, ni tampoco significa que Biden vaya a ser capaz de restaurar un cuerpo social hecho añicos y una economía que se ve baqueteada de un día para otro. Pues si hay una cosa que el Donald ha sacado a la luz es el descontento del actual enojo de quienes se han sentido abandonados, desposeídos por la globalización neoliberal (sin ser conscientes de la verdadera causa, además). Ciertamente, se pueden comprar más cosas a precios de ganga, pero hay que tener dinero para poder comprarlas. “Cuando se rompe la promesa/ Sigues viviendo, pero te roba algo de lo profundo de tu alma” (Springsteen). Una sociedad dividida en clases, chovinista, en la que el racismo subyacente resulta funcional para la máquina capitalista desregulada, no se puede poner seriamente en cuestión con una clase de pensamiento liberal que apela a las almas educadas, pero no convence en los hogares en los que la gente ve Fox News y los centros comerciales de las zonas yermas de los barrios residenciales.

“¿Qué tierra es esta de Norteamérica? / Tanta es la gente que viaja allá”, cantaba Pete Seeger, dando voz a un inmigrante como los que procedían de Italia. Ahora habrá que reflexionar seriamente para comprender lo que es esta Norteamérica, dividida entre la implosión social y un largo camino por delante que nadie sabe adónde podría conducir.
Giorgio Ardeni
Giorgio Ardeni es profesor de Economía Política y Economía del Desarrollo en la Universidad de Bolonia
Fuente:
il manifesto global, 21 de noviembre de 2020
Traducción:
Lucas Antón

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PublicoGT es una publicación del Consejo de Investigaciones en Desarrollo, una entidad de investigación que desarrolla proyectos de comunicación social y análisis sociopolítico.

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