La tragedia de «La tragedia de los comunes»

Matto Mildenberger

Hace cincuenta años, Garrett Hardin, profesor de la Universidad de California, escribió un influyente ensayo en la revista Science. Hardin consideraba a todos los seres humanos pastores egoístas: nos preocupa que el ganado de nuestros vecinos paste en la mejor hierba. De manera que mandamos más vacas nuestras a consumir la hierba primero. Las llevamos primero antes de que algún otro nos robe nuestra parte. Así se crea un círculo vicioso de degradación ambiental que Hardin describió como la “tragedia de los comunes”.

Es difícil exagerar la repercusión de Hardin en el medioambientalismo moderno. Sus puntos de vista se enseñan en ecología, en economía, en ciencias políticas y estudios medioambientales. Su ensayo sigue siendo un taquillazo académico, con casi 40.000 citas. Todavía se sigue publicando en destacadas antologías ambientales.

Pero aparecen aquí algunas verdades incómodas: Hardin era un racista, eugenista, nativista e islamófobo. El Centro Legal para la Pobreza Sureña [Southern Poverty Law Center, ONG norteamericana de derechos civiles fundada en 1971] lo cataloga como reconocido nacionalista blanco. Sus escritos y su activismo político contribuyeron a inspirar el odio a los inmigrantes que hoy se disemina por los Estados Unidos.

Y promovió una idea llamada “ética del bote salvavidas”: puesto que los recursos globales son finitos, Hardin creía que los ricos deberían lanzar a los pobres por la borda para mantener su bote por encima del agua.

Para crear un futuro justo y dinámico, nos hace falta, por el contrario, echar por la borda a Hardin y su defectuosa metáfora.

A quienes revisan el ensayo original de Hardin les espera una sorpresa. Sus seis páginas están repletas de apelaciones al miedo. Los subtítulos proclaman que “la libertad de engendrar es intolerable”. Opina largo y tendido acerca de los beneficios de que “los hijos de padres carentes de previsión se mueran de hambre”. Unos cuantos párrafos más tarde escribe Hardin: “Si amamos la verdad debemos negar abiertamente la validez de la Declaración Universal de los Derechos Humanos”. Y así una y otra vez. Hardin apela prácticamente a un Estado fascista que borre el acervo génico indeseado.

O que construya un muro que deje fuera a los inmigrantes. Hardin fue un virulento nativista cuyas ideas inspiraron algunas de las ideas más desagradables contrarias a los inmigrantes. Era de la creencia de que sólo podían sobrevivir las sociedades racialmente homogéneas. Estuvo asimismo implicado en la Federación para la Reforma de la Inmigración Norteamericana (Federation for American Immigration Reform -FAIR), un grupo de odio que aclama hoy las medidas políticas racistas del presidente Trump. Hoy en día, los neonazis norteamericanos citan las teorías de Hardin para justificar la violencia racial.

Y esas no eran simples palabras en papel. Hardin presionó al Congreso para que no enviara ayuda alimentaria a países pobres, pues creía que la población de los mismos amenazaba la “capacidad de carga” del planeta.

Por supuesto, mucha gente equivocada ha dejado ideas nobles tras de sí. Que esa tragedia de Hardin se avanzara como parte de un proyecto nacionalista blanco no debería condenar automáticamente sus méritos.

Pero los hechos no estaban del lado de Hardin. Para empezar, entendió mal la historia de los comunes. Tal como apuntó Susan Cox, los primeros pastos estaban bien regulados por instituciones locales. No eran lugares de pastoreo a la buena de Dios, de los que la gente se aprovechaba una y otra vez a expensas de todos los demás.

Muchos comunes se han sostenido de manera semejante a través de instituciones comunitarias. Este llamativo hallazgo fue la obra de toda una vida de Elinor Ostrom, que ganó en 2009 el Premio Nobel de Economía (técnicamente denominado Premio del Sveriges Riksbank en Ciencias Económicas en Memoria de Alfred Nobel). Recurriendo a las herramientas de la ciencia — antes que a las del odio— Ostrom mostraba la diversidad de instituciones que han creado los seres humanos para gestionar un medio ambiente compartido.

Por supuesto, los seres humanos pueden agotar recursos finitos. Así sucede con frecuencia cuando carecemos de instituciones apropiadas para gestionarlos. Pero no le atribuyamos a Hardin el crédito de esta intuición común. Hardin no presentaba un caso científico informado. Por el contrario, estaba utilizando las inquietudes provocadas por la escasez medioambiental para justificar la discriminación racial.

Debemos rechazar sus perniciosas ideas sobre una base tanto científica como moral. La sostenibilidad medioambiental no puede existir sin justicia medioambiental. ¿Estamos de verdad preparados para afirmar que sólo podemos substituir determinado número de tuberías de plomo? ¿O que sólo se pueden proteger tantos cuerpos de los contaminantes cancerígenos? ¿Qué sólo hay tantos niños cuyo futuro importe?

Y esto resulta de especial importancia cuando nos enfrentamos al cambio climático. A pesar de lo que pueda haber dicho Hardin, la crisis climática no es una tragedia de los comunes. La culpa no reside en nuestros impulsos individuales de consumir combustibles fósiles hasta la ruina de todos. Y la solución no consiste en dejar que se hundan los islotes de la Bahía de Chesapeake ni países enteros del Pacífico, sin asiento en nuestro bote salvavidas planetario.

Por el contrario, rechazar el diagnóstico de Hardin exige nombrar al verdadero culpable de la crisis climática a la que nos enfrentamos. Hace treinta años disponíamos de un futuro distinto. Medidas políticas graduales sobre el clima podían haber dirigido lentamente nuestra economía hacia niveles de contaminación de carbono en suave descenso. El coste habría resultado imperceptible para la mayoría de los norteamericanos.

Pero ese futuro nos lo robaron. Lo robaron poderosos intereses contaminantes de carbono que bloquearon las medidas políticas de reforma a cada paso para preservar sus beneficios a corto plazo. Nos encerraron a todos en una economía en la que el consumo de combustibles fósiles sigue siendo una necesidad, no una elección.

Esto es lo que vuelve tan contraproducentes los ataques a los comportamientos individuales. Sí, es estupendo conducir un vehículo eléctrico (si te lo puedes permitir) y adquirir paneles solares (si no han conspirado poderosas empresas de servicios públicos de tu estado para encarecer la energía renovable). Pero la cuestión estriba en que los grupos de interés han estructurado las opciones que están a nuestra disposición. Los individuos no tienen capacidad de intervención para dirigir nuestra nave de la economía desde la cubierta de pasajeros.

Tal como nos recuerda Naomi Oreskes, historiadora de Harvard, “[los abolicionistas] vestían ropas confeccionadas con algodón recogido por esclavos. Pero eso no les convertía en hipócritas… sólo significaba que formaban también parte de la economía esclavista, y lo sabían. Por eso actuaban para cambiar el sistema, y no sólo para cambiarse de ropa”.

O, como tuiteó la representante Alexandria Ocasio-Cortez: “Vivir en el mundo tal cual es no es un argumento en contra de construir un futuro mejor”. La verdad es que dos tercios de toda la contaminación por carbono lanzada en la historia a la atmósfera se pueden retrotraer a las actividades de solo noventa empresas.

La verdadera tragedia estriba en los esfuerzos de esas grandes empresas por desbaratar con éxito la acción sobre el clima.

Nos queda muy poco tiempo. Necesitamos líderes políticos que piloten nuestra economía a lo largo de un periodo de rápida transformación económica, a una escala grande, como no se ha visto desde la II Guerra Mundial. Y para llegar a ello, vamos a tener que asegurarnos de que nuestros dirigentes nos escuchen a nosotros, y no — tal como mis colegas y yo mostramos en nuestra investigación — a las empresas de combustibles fósiles.

La esperanza nos exige partir de un compromiso incondicional de unos con otros, como pasajeros a bordo de un bote salvavidas común agitado por fuertes vientos. Al movimiento del clima le hace falta más gente en este bote, no menos. Debemos dejar espacio para todos los seres humanos si queremos acumular el poder político necesario para enfrentarnos a los amenazantes petroleros y barcazas de carbón que nos mandan grandes olas en dirección a nosotros. Se trata de un compromiso que está en el corazón de propuestas como el Green New Deal.

Cincuenta años después, hay que detener la invocación sin sentido de Hardin. Hay que dejar de decir que tenemos todos la culpa porque todos sobreutilizamos recursos compartidos. Dejemos de abogar por medidas políticas que privilegien la protección medioambiental para algunos seres humanos a expensas de otros. Y reemplacemos la errada metáfora de Hardin con una visión inclusiva de la humanidad, que se base en la gobernación democrática y la cooperación en esta época de obscuridad.

En lugar de escribir una tragedia, debemos ofrecer esperanza a cada uno de los seres humanos de la Tierra. Sólo entonces se alzará la opinión pública para silenciar a los poderosos contaminadores de carbono que tratan de robarnos nuestro futuro.

Matto Mildenberger: es profesor ayudante de Política Medioambiental en la Universidad de California, campus de Santa Barbara (en la que trabajó Garrett Hardin hasta 1978), y donde se ocupa además del ENVENT, el Laboratorio de Transiciones Enérgeticas y Ambientales. Subdirector asociado de la revista científica quincenal Climatic Change, su último libro publicado es “Carbon Captured: How Labor and Business Control Climate Politics” (MIT Press, 2020).
Fuente: Scientific American, 23 de abril de 2019
Traducción: Lucas Antón

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