Elinor Ostrom: Los comunes, ni tragedia ni panacea

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Gabriela Vázquez
@plansin_fisuras
Área de Agroecología de Ecologistas en Acción

En el año 1968, un señor llamado Garrett Hardin publicó en Science un artículo titulado “La tragedia de los comunes”, que supuso un argumento potentísimo para defender desde un punto de vista económico-neoliberal la privatización de los recursos naturales. A estas alturas el proyecto de acumulación capitalista estaba a tope de salud y bien en funcionamiento desde hacía tiempo, pero digamos que esto tampoco vino mal para la vuelta de tuerca que daría en las siguientes décadas.

La teoría de Hardin era la siguiente: cuando un recurso natural ?en su ejemplo, los pastos de Inglaterra? está abierto para que todo el mundo lo use, cada individuo lo explotará al máximo aunque sepa que eso lleva a su degradación y destrucción, porque si no lo hace él, lo hará otro. Hardin lo llama tragedia, no sólo porque el resultado sea indeseable, sino porque lo considera inevitable.

Esta teoría lo petó bastante. De hecho, si te pones a buscarlo, puedes encontrar este razonamiento detrás de una gran cantidad de cosas que nos suceden incluso a día de hoy, y que no suelen tener que ver con a qué pastizal llevas tus vacas. Este “a mí me gustaría hacerlo bien, pero no voy a ser el más tonto” es un elemento clave de nuestro paradigma vital, presente tanto en los Tratados de Libre Comercio como en los anuncios de Media Markt.

Pero la teoría de Hardin contenía varias premisas que no tenían por qué ser ciertas. La primera, que todo el mundo tiene como objetivo principal el maximizar el beneficio económico; la segunda, que los usuarios de un mismo recurso no se comunican entre ellos; la tercera, que estos recursos siempre están abiertos para cualquier individuo indiscriminadamente.

¿Qué hizo Ostrom? Escribir un tochaco y recoger un montón de experiencias de todo el mundo en las que esto no sucedía así. Esto no significaba que la tragedia de los comunes no se diera (de hecho, ¿hola? Nos estamos ahogando en tragedia de los comunes), sino que no tenía por qué ser así. Y describir los factores que hacían que no ocurriera.

Uno de los ejemplos que analiza Ostrom es el de una comunidad pesquera en Alanya, Turquía. Esta comunidad comparte un recurso de uso común, una pesquería de la que dependen para su subsistencia y que, si se sobreexplota, se degradará perjudicando a todos. En este caso, los pescadores habían acordado conjuntamente un sistema de sorteos y rotaciones, cuyo cumplimiento podían controlar por sí mismos. Esto permitía limitar los niveles de pesca y evitar la degradación de los ecosistemas de los que dependían.

(Elinor fue a entrevistar a esta gente en los años 70. En 2020, al escribir este artículo, me he puesto a ver qué había sido de ellos, y al parecer afortunadamente les sigue yendo bien, aunque la pesquería se está viendo afectada por la pesca de arrastre en zonas cercanas pero que no son la suya, lo cual lo mismo daría para otro artículo).

Este tipo de gestión se llama gestión comunal ?aunque hay otros tipos de comunes que no tienen exactamente estas características? y se ha aplicado desde que el mundo es mundo en pesquerías, pastos, bosques y fuentes de agua de todo el planeta. Ostrom no era economista ni bióloga sino politóloga, estudiaba este tipo de acuerdos colectivos y se dedicó a recopilarlos y sistematizarlos. Detectó ocho características que se daban en aquellos que funcionaban mejor (copio impunemente de la Wikipedia):

Límites claramente definidos (exclusión efectiva de terceras partes no involucradas).
Reglas de uso y disfrute de los recursos comunes adaptadas a las condiciones locales.
Acuerdos colectivos que permitan participar a los usuarios en los procesos de decisión.
Control efectivo, por parte de controladores que sean parte de la comunidad o que respondan ante ella.
Escala progresiva de sanciones para los usuarios que transgredan las reglas de la comunidad.
Mecanismos de resolución de conflictos baratos y de fácil acceso.
Autogestión de la comunidad, reconocida por las autoridades de instancias superiores.
En el caso de grandes recursos comunes, organización en varios niveles; con pequeñas comunidades locales en el nivel base.

Podríamos decir que hay tres modelos de gestión: uno, la gestión privada (dividimos el recurso y cada cual se encarga de explotar/gestionar/cuidar su parte hasta que se muere, lo vende o lo deja en herencia); dos, la gestión gubernamental (una institución que ponga leyes para regular el uso del recurso, o que sea directamente quien lo gestione); tres, la gestión comunal (modelos parecidos a lo de los pescadores, aunque no sólo).

Tratar de aplicar la gestión privada a todo sale: mal. Las leyes y la regulación gubernamental también pueden salir mal, o no ser lo más eficiente (por ejemplo, en el caso de los pescadores era más fácil que ellos mismos controlasen el cumplimiento de los acuerdos a que hubiese que enviar inspectores o policía). Y la gestión comunal, la autogestión por parte de la propia comunidad que usa el recurso, también puede no funcionar. Es por esto que Ostrom habla de “la trampa de la panacea”. No podemos pensar que hay un modelo de gestión universal aplicable a todos los casos y recursos, no hay una fórmula mágica, sino que es necesario analizar cada situación y asumir la diversidad ecológica y social, para adaptarnos a ella.

A veces será necesario un modelo de privatización. A veces, que un organismo público tome el control. A veces, un sistema de gobernanza a varios niveles que combine diferentes fórmulas. Los sistemas de organización política son complejos y, aunque esto sea una obviedad, parece que como sociedad seguimos actuando como si no fuera así. De hecho, muchos de los problemas ecológicos que tratamos de resolver con I+D tecnológico seguramente se resolverían mejor con I+D político y social, pero estamos en 2020 y a veces parece que esto sigue siendo impensable.

Elinor Ostrom ganó un Nobel de Economía por describir que, al contrario de lo que algunos estaban gritando a los cuatro vientos, la gente es capaz de organizarse y administrar de forma responsable los recursos de los que dependen. Redescubrir esta verdad y comenzar a actuar en consecuencia debería ser una de las claves que tengamos en cuenta a la hora de enfrentarnos a los desafíos ecosociales que tenemos por delante.

https://www.elsaltodiario.com/saltamontes/elinor-ostrom

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