Democracia o Barbarie

Miguel Ángel Sandoval
Con estas notas doy continuidad a una reflexión publicada hace unos meses, en donde planteaba el dilema de democracia o barbarie en nuestras sociedades, si continuamos con planteamientos doctrinarios y dogmáticos, y con la ceguera ante nuestros posibles aliados en esta lucha que todo indica será sin cuartel, sin pausa ni descansos.

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Uno de los rasgos principales de la democracia, aparte de lo electoral- es el funcionamiento más o menos normal, de un conjunto de instituciones. En nuestro caso, organismo ejecutivo con sus competencias, legislativo y judicial, este con la idea de una buena administración de justicia. Y sobre ellos el poder de, casi arbitral, de la corte constitucional.

Siguen otras instituciones como puede ser la contraloría de cuentas, el MP, la PDH, alguna más y todas ellas, cuando funcionan de manera correcta- configuran ese entramado legal, político y social, de eso que denominamos democracia o estado de derecho. Y junto con ello la idea de un equilibrio de poderes y de forma más coloquial y resumida, eso que denominamos como pesos y contrapesos. El buen desempeño de este conjunto institucional, se verifica en términos económicos y sociales y en lo que se ha dicho muchas veces, el buen gobierno.

Pues bien, todo ello está hoy día desarticulado y lo más grave, controlado por eso que denominamos pacto de corruptos, que no es ni más ni menos, la alianza de sectores económicos, políticos o militares que están vinculados por la corrupción. Por ello su lucha feroz contra la Cicig. Y por ello su ofensiva actual para controlar el congreso, las cortes, y otras instituciones. Mientras vivimos lejos de la idea del buen gobierno que vele por el bien común.

Todo ello se desarrolla a partir del control que tienen sobre lo electoral, lo cual han modelado a su sabor y antojo. El fraude continuado, el rol de los medios, encuestadoras, junto con el financiamiento privado, compra de voluntades y una especie de compra del poder político y su ejercicio. Son los hechos. Señalo esto a manera de introducción a un tema harto complejo, pero que nos desnuda a todos como sociedad, fuerzas políticas o sociales.

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Esto que señalamos constituye sin muchos rodeos lo que se puede caracterizar como un retroceso democrático en el menos grave de los escenarios, porque en verdad lo que hay es la destrucción de la democracia para entrar en el reino de la barbarie, de derechos políticos, la ley del más fuerte, del dominio de la impunidad, tanto para la corrupción, como para la práctica de malos salarios, nulos derechos laborales, servicios sociales precarios, el bajo nivel de tributación empresarial y de manera general, la ausencia de compromisos ciudadanos con las tareas indispensables de la sociedad.

Es un tema continental, que de momento solo tiene una especie de alivio en pocos países de la región. Bolivia, Chile, México. En el resto es la lucha a brazo partido por no retroceder. Son los casos de Argentina o de Uruguay. Y hay países con conflictos sociales y políticos importados como Venezuela y Cuba. En el resto de países asistimos a una demolición de la democracia tal como la conocimos durante muchos años.

Lo grave de todo esto, es que en los países donde se produce esta demolición democrática como la denomino, las fuerzas políticas de la izquierda, interesadas en impedir esa demolición, permanecen aisladas, fraccionadas, con pugnas internas. Pero hay un poco más: con una tendencia a la marginalidad, sin perspectiva de alianzas, con expresiones del viejo sectarismo y muy contentos de ser pequeños pero claros; mientras en el campo del movimiento social, con la idea de no meterse en política pues la misma contamina y mejor mantener un estado de independencia, de pureza finalmente, aunque con muy poca incidencia política pues las decisiones las toman aquellas fuerzas que condenan.

En suma, partidos políticos grandes o pequeños aislados. No hay quien asuma o señale que sus razones son limitadas, que no abarcan la totalidad de los problemas, que su fuerza política y social es limitada, escasa; peor aún, de manera general tiene viejas ideas, un discurso que no moviliza más, acomodada a los usos y costumbres de la democracia formal que permite el sistema dominante, en un proceso de esclerosis múltiple, con sus líderes en franco envejecimiento, sin renovación. Es un panorama desolador.

En ocasiones asistimos a declaraciones sobre la idea de hacer o luchar por la revolución en mayúsculas, olvidando de paso que ello es el resultado de procesos sociales que de momento no se observan por ninguna parte. Y se olvida lo mero principal como dirían los mexicanos. El objetivo estratégico que sería el socialismo, está de capa caída a nivel mundial. Por el mal desempeño de años, por realidades no previstas, por mil razones y causas que no es ahora el lugar para discutir, pero que hoy por hoy, hacen no recomendable plantear ese objetivo como el destino de todos los esfuerzos. No se va a ninguna parte. Aunque no por ello se trata de la parálisis, sino de plantearse los objetivos que corresponden en este periodo histórico.

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Por lo anterior pensaría que hoy lo que nos corresponde, a toda la gente de pensamiento democrático y revolucionario, es la suma de esfuerzos para impedir que continúe la demolición de la democracia. Se trataría, como señalaba la vicepresidenta de Costa Rica, de juntarse quienes estén dispuestos a construir, sin poner como requisito que sean de izquierda colorada, de centro mediatizado, de derecha menos neoliberal, de cualquier otra denominación, pero que quiera construir para conseguir el fortalecimiento democrático. Es una propuesta de construir una amplia alianza de gente que quiera recuperar la democracia para salir de la inminente barbarie en que nos encontramos en sus primeras fases. Solo después de reconstruida la democracia, el debate sobre el color del socialismo de cada quien, podría ser de alguna utilidad. No ahora.

Es situarse en la perspectiva que ha señalado en los últimos años Boaventura de Souza, o de manera más reciente, Álvaro García Linera. Se trata de un pensador y activista social y del ex vicepresidente de Bolivia, que tiene mucho que aportar en este debate. El primero destaca que la lucha de los revolucionarios hoy día tiene en el rescate de la democracia su tarea principal, mientras que el segundo hace un llamado a dejar la marginalidad de algunos sectores asumiendo que dimensión real, sus posibilidades verdaderas, saliendo del dogma y los mitos.

Es un tema que tiene que ver con los grupos políticos y los sectores sociales organizados. La barrera mental entre unos y otros debe ser superada. No es algo nuevo lo que se plantea, pero si es algo urgente en la actualidad. Quizás si se retomara el concepto de Epsi Campbell de juntarse quienes quieran construir para abordar las grandes tareas que tenemos como sociedades cargadas de problemas, que no recomiendan el atrincheramiento en viejas figuras políticas o ideológicas, pues de lo que se trata es de construir espacios comunes, ideas fuerza que tengan eco en las sociedades respectivas.

Es tiempo de dejar que la izquierda en muchos de nuestros países sea algo meramente testimonial o algo que justifique la idea de que las prácticas democráticas existentes son incluyentes pues tienen al “izquierdista” incorporado. De la misma manera que hace falta dejar los posicionamientos ideológicos de centro inmaculado, o los posicionamientos de derecha libertaria. Eso no conduce a nada y dejamos que, en países como Guatemala, el pacto de corruptos continúe gobernando y haciendo más lejana la idea de democracia, pues lo que hacen de forma cotidiana es la demolición de lo que un día fue algo parecido a la democracia.

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Si nos detenemos a pensar con seriedad y alguna profundidad, la democracia cercenada en Chile ha dado lugar a una lucha democrática de gran calado. La victoria en el referendo por una nueva constitución es sin mucho discutir, una expresión de lucha popular, de apuesta de futuro, de expectativa por un nuevo modelo político, económico, social, en ese país. No fue una victoria de los comunistas, ni de los socialistas, ni los democristianos, fue de todos, y de los miles de ciudadanos sin partido. Todo se desarrolló a partir de las coordenadas de la democracia “burguesa” y los resultados están a la vista. Hay una sociedad chilena empoderada, con conciencia de sus derechos y con el deseo que los mismos se plasmen en una nueva constitución que es nada más, pero nada menos, que un nuevo pacto social.
Otro tanto ocurre en Bolivia. En ese país se derroto un golpe de estado del tipo moderno… para llamarlo de alguna manera, y todo se hizo por la vía electoral, por medio de la participación popular, contando los votos y la exigencia de la gente por un gobierno de nuevo tipo, que si se quiere es el modelo que se desarrolló durante el gobierno de Evo Morales y Álvaro García Linera, con el MAS como instrumento, para el impulso de políticas anti neoliberales, de amplio contenido soberano, y una proyección social sin par en los últimos años. Quizás la necesidad de rescatar una práctica de gobierno que hizo del país andino, un ejemplo que fue desde el indígena triste y derrotado, al indígena orgulloso de su identidad, su país y de su democracia. Esto es lo que se consiguió en Bolivia con las herramientas de la democracia de nuevo “burguesa”.

Que lo alcanzado en estos dos países sea algo reversible, sin duda. Todo es reversible en el mundo. No hay una marcha triunfal hacia la sociedad de los iguales, hacia la utopía. Hay avances y retrocesos. De eso ya sabemos con amplia experiencia. La revolución rusa terminó en un desastre y el capitalismo no da soluciones de nada. Y si se lee con atención textos sobre la historia del siglo XX como escribió Eric Hobsbawm, el mayor historiador de ese periodo, pues se entenderá lo dramático de esos años. Pero aquí no se trata de historiar, sino de proporcionar un ejemplo que con seguridad está en el pensamiento de muchos que se reivindican amigos de los cambios y del progreso. El mayor ejemplo de revolución en el mundo, se demostró que era reversible.

Lo que nos toca es mirar los conflictos actuales, sus contradicciones, su naturaleza y contemplar sin vergüenza nuestro estado de fuerza. Si hacemos ello, es posible que finalmente, logremos avanzar hacia agendas compartidas, proyectos comunes, y todo lo que ello significa, que hoy por hoy tiene solo un par de objetivos: detener la demolición de la democracia y de impedir el ingreso en el reino de la barbarie.

Para esos dos puntos, creo que hay cabida de partidos políticos diversos y del movimiento social más o menos articulado. Si logramos que sectores académicos, empresariales, religiosos, se sumen, pues tendríamos una alianza como la que en verdad y con urgencia necesitamos. Nadie es indispensable, pero todos somos necesarios en un proyecto común como el que se plantea.

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PublicoGT es una publicación del Consejo de Investigaciones en Desarrollo, una entidad de investigación que desarrolla proyectos de comunicación social y análisis sociopolítico.

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