El poder y ética

Autor: Jairo Alarcón Rodas
Continuamente se habla sobre el poder, sus alcances e impacto, pero ¿cuál es su significado dentro del accionar humano? Primeramente, hay que señalar que el ejercicio del poder está íntimamente ligado a la sociedad, de tal modo que no existe grupo humano sin que se manifieste la influencia de unos sobre otros. De ahí que, determinadas personas lo ejercen y los demás deben someterse.

Siendo así, el poder es el que posibilita la consolidación de los seres humanos en sociedad. En todo accionar humano, por lo tanto, están presentes las relaciones de poder. Sin embargo, de la misma forma que puede ejercerse en forma justa y equitativa, también se puede imponer de manera ilegítima y arbitraria.

Pero ¿qué es lo que le da sustento al poder? El poder requiere del elemento coercitivo o convincente para ser efectivo y en palabras de Foucault, es esencialmente lo que reprime. Dado que el poder trae consigo una acción de dominio y puede ser ejercido tanto apelando a la razón como por la fuerza. Todo depende del marco normativo y jurídico en las que se establecen las relaciones sociales y lo legítimo o perverso que puedan ser los que lo ejercen desde el gobierno, en las distintas esferas del Estado.

En una democracia, el poder está regulado por las leyes que tiendan a la justicia. Pero qué sucede en los Estados tiránicos o corruptos, donde el autoritarismo despótico reemplaza a la ley y la corrupción retuerce y pervierte el orden legal para establecer un Estado de legalidad al servicio de intereses sectarios, mas no un Estado de bienestar, de justicia, un Estado de derecho.

Por otra parte, en las llamadas democracias occidentales, en donde prevalece el capitalismo, los valores humanos se sustentan a través de transacciones económicas de compra y venta, en consecuencia, el poder lo ostenta el capital. Así, mientras más riqueza posea un individuo, más posibilidad de ejercer dominio y control sobre otros se hace patente. Es a partir del establecimiento de las clases sociales, que derivan relaciones perversas de poder.

Es más, por medio de la acumulación de riqueza, se corrompen las estructuras del Estado y su control queda a expensas de los privilegiados. El poder, en consecuencia, se pervierte en la medida que se aparte de los intereses genuinos de las personas y de la convivencia en sociedad. En vez de ser un medio de cohesión, constituye un mecanismo de opresión.

Para Holloway, el poder, en primer lugar, es simplemente eso: facultad, capacidad de hacer, la habilidad para hacer cosas. El hacer implica poder, poder-hacer. Muy distinto a lo que consiste el poder-sobre, el cual es aquello que domina y subyuga la posibilidad creativa humana. Embelesados por el poder sobre, determinadas personas han mantenido sojuzgados a pueblos enteros, ejerciéndolo con despotismo y tiranía.

Los que entienden que el poder se ejerce sobre, se hacen de los servicios de lacayos, se apoyan en sujetos obedientes, acríticos, soldados sin criterio: los instrumentalizados, para hacer cumplir sus aviesos intereses. Los obedientes siempre son sujetos siniestros, que no tendrán mayor relevancia ni incidencia social, si no fuera por contar con el amparo de los tiranos.

La oligarquía guatemalteca es un claro ejemplo del ejercicio perverso del poder, aunque no lo ejerzan directamente, siempre han privilegiado sus interese en detrimento de los demás, dado que asumen que el poder, que se traduce en injerencia en todos los órdenes del Estado, se los otorga el capital, así pervierten las estructuras, compran voluntades para mantener sus privilegios y el control total del país.

Sin embargo, el poder genuino únicamente se puede ejercer a partir de normas éticas. Es a partir de tomar en cuenta el impacto de su ejercicio, cuando el poder adquiere el sentido real que debe tener dentro de la sociedad. No es suficiente con alcanzar objetivos por medio del poder sino además que su ejercicio esté enmarcado dentro de valores que tiendan al bien común, inspirados en la justicia.

El poder tiene que ser legítimo y tal criterio no puede ser subjetivo ya que, como lo señala Marcuse, «legítimo» y bueno significarían que algo sirve para establecer, promover y aumentar la libertad y la dicha del hombre en una comunidad, cualquiera que sea la forma de gobierno. De ahí que el poder sobre, sea desterrado por el poder hacer, en donde todos los seres humanos, impulsados por un mismo objetivo, accionen en pro del bien común.

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