Lo superficial y lo esencial

Autor: Jairo Alarcón Rodas

La vista, decía Aristóteles, es el sentido que más información nos proporciona sobre la realidad. Con esta se perciben formas, tamaños, colores. Se distinguen objetos, se relacionan, se comparan. De ahí que, a partir de lo que se mira, el sujeto puede quedar cautivado, maravillado, extasiado. Es por lo que se percibe, a través de los ojos, que una persona se acerca, se aleja, sucumbe, rehúye. Es por lo que se ve o se escucha, que se tiene miedo, que se alegra, que se enternece o se espera.

Los sentidos informan, pero es el intelecto el que ordena tal información, convirtiéndola en ideas, juicios y pensamientos. Con ello se da paso al universo abstracto, fundamental para la existencia humana y su necesidad de compartir ideas en sociedad. El ser humano no solo conoce, absorbe su entorno a través de sus sentidos e intelecto, sino también comparte lo aprendido.

Y es así como, con las palabras, los seres humanos se comunican, crean nexos contractuales o afectivos. A través de vocablos se nombra, se hace referencia, se designa lo asimilado. En más de una ocasión, lo que se dice lleva la intencionalidad de convencer para obtener un resultado. Las palabras persuaden dependiendo de quién las diga, cómo las diga y quién las escuche.

Con las palabras se puede decir verdades o mentiras, se pueden construir conocimientos, develar secretos, estrechar vínculos, hacer poesía. En consecuencia, las palabras están unidas a un accionar que puede ser epistemológico, normativo o lúdico, que a su vez deriva un accionar determinado.

Con las palabras se crean lenguajes y estos representan el mecanismo exterior del pensamiento. El lenguaje tiene diversas funciones. Tomando como referencia las funciones planteadas por Karl Popper, se puede decir que existen jerárquicamente cuatro: la expresiva, la estimuladora, la descriptiva, la argumental. De ahí que con cada una de estas se transmitan sentimientos, se impulse a actuar, se informe acerca de los hechos, se evidencie lo que se dice. El lenguaje abre mundos, despierta emociones.

La mayoría de las personas reparan más en lo que escuchan que en lo que miran. De ahí que sea más creíble y aceptada una percepción visual que una auditiva, a pesar de que el juicio que se hace sobre cada una de estas experiencias sea producto de la reflexión racional. Sin embargo, las personas lo hacen, ya sea dejando fluir la racionalidad o instrumentalizando, a partir de impulsos e inquietudes emotivas, en este caso pervirtiendo el proceso de conocimiento y desde luego la comunicación.

Consecuentemente los sentidos no son los que engañan, son los juicios que se emiten sobre la información proveniente de estos los que suscitan el error. La realidad esta constituida por el fenómeno y la esencia; lo visible y lo inteligible que permanecen unidos en el objeto o las cosas. El fenómeno es lo sensible; la esencia, por el contrario, es lo entendible.

No obstante, en el encuentro con la realidad, con las cosas, lo superficial atrae, pues es lo primero que aparece en el intelecto y resulta más cómodo sacar conclusiones apresuradas que reflexionar sobre dicho aspecto, situación que surge a partir del paso de lo concreto a lo abstracto, del paso del universo real al pensado.

Así, el fenómeno es lo que se presenta y manifiesta a los sentidos, dando lugar a la información que es recibida e interpretada por el intelecto. El fenómeno es lo que parece o aparece, lo que se acerca o se aleja, lo que se percibe grande o pequeño. En consecuencia, lo sensible es lo que se presenta, que despierta inquietud y en primea instancia, irrita, atrae, capta el interés del sujeto que lo percibe. Pero al resaltar los aspectos fenoménicos, los nexos que se tienen que hacer, dentro de las estructuras mentales, son configurados psicológicamente en vez de hacerlo lógicamente.

Y así, la vista tiene la particularidad que proporciona mayor cantidad de información sobre las cosas en el proceso de conocimiento, pero más allá de lo sensible, esta lo esencial y eso únicamente es entendible, requiere de una reflexión intelectiva, de un juicio crítico, que por momentos permanece ausente en el accionar de la especie humana.

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