América Latina: ¿un enfermo económico terminal de Covid-19?

Claudio Arturo Todd Chagoya

La idea central del artículo es comprender los impactos de la crisis económica generada durante el período de la pandemia y el papel de los actuales problemas estructurales en América Latina. Se busca enfatizar sobre la necesidad de transformar las débiles estructuras económicas de la región para evitar la vulnerabilidad.

El año 2020, sin duda, será recordado por la pandemia mundial generada por el nuevo virus del SARS-Cov2 que genera la enfermedad del COVID-19, así como todos los impactos que han tenido en la vida cotidiana como los que se dieron en la actividad económica. Las medidas de distanciamiento social cerraron un gran número de centros de trabajo e inmovilizaron a una buena cantidad de personas a nivel mundial, muchas mercancías dejaron de producirse, otras dejaron de comprarse, la gente dejó de asistir a actividades que emplean a una buena cantidad de personas.

Tanto las ciencias médicas como las ciencias sociales presentan métodos distintos y resulta complejo trabajarlos simultáneamente. No pretendemos realizar esto, pero sí procuramos auxiliarnos del lenguaje médico para explicar de manera didáctica los efectos económicos sobre la región que habitamos y que será la más afectada por la pandemia actual: América Latina.

Dice un dicho que “más vale prevenir que lamentar”, y así cualquier médico dirá que los hábitos saludables previenen al cuerpo de enfermarse. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), la posibilidad de agravamiento en la salud por el COVID-19 está asociada a enfermedades crónicas como diabetes, hipertensión, sobrepeso o afecciones asociadas al tabaquismo, ya que todas éstas provocan que el sistema inmunológico se debilite; por lo que quienes presenten estos padecimientos deben aumentar las precauciones dado que, de contagiarse, el desenlace podría ser mortal.

En economía sucede algo parecido, ya que cada país cuenta con características en sus formas de canalizar los recursos para producir los bienes y servicios que una sociedad necesita, generando condiciones para estar mejor o peor preparados para los efectos de una crisis. Es decir, los países cuentan con una estructura económica propia que define las condiciones de producción, empleo, consumo, productividad y distribución del ingreso. Por ejemplo, si un país cuenta con una estructura donde el sector agrícola sobresale por algún motivo en contraste con el sector industrial, quiere decir que ese país cuenta con una estructura productiva agraria.

Una estructura económica se asemeja a las condiciones de salud de una persona, si ésta cuenta con buena salud su sistema inmunológico responderá de mejor manera previniendo las enfermedades. Si una nación cuenta con una estructura económica más fortalecida seguramente tendrá mejores políticas económicas para enfrentarse a los lamentables efectos de la crisis. Sin embargo, si bien las decisiones de salud a simple vista parecen individuales, también se debe reconocer que hay contextos sociales que influyen en una mejor salud. Muy probablemente habrá una sociedad más sana donde haya una mejor educación, una buena alimentación y una infraestructura sanitaria que garantice desde lo más mínimo como el acceso al agua limpia de manera regular hasta la salud preventiva. Igualmente, las condiciones de una estructura económica no es una cuestión solamente de decisiones aisladas, dentro del mercado mundial existen una serie de asimetrías entre los diferentes países, comúnmente se dice que hay países ricos y pobres. Creemos más correcto decir que hay países centrales y países periféricos que se relacionan en el mercado mundial de manera asimétrica, así cada país tiene condicionada su estructura productiva.

Problemas estructurales: la enfermedad crónica

América Latina es una región que históricamente es extremadamente sensible a los vaivenes de la economía mundial. Ejemplos se pueden observar al ver los efectos de la Gran Depresión de los años treinta o la estrepitosa crisis de deuda que hubo durante la década de los ochenta, donde en ambos casos se frenó el crecimiento económico.

Según el grupo de economistas latinoamericanos que fundó la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) en 1948, denominados como los estructuralistas latinoamericanos, las raíces de esta vulnerabilidad externa estaban en condiciones históricas y estructurales. Es decir, esta región cuenta con rasgos únicos que se necesitan comprender. En general nos dicen los estructuralistas que muchos de los problemas de la periferia surgen por una característica llamada subdesarrollo. La explicación de este fenómeno es histórica: la periferia latinoamericana después de su independencia, a lo largo de todo el siglo XIX, se integró a la economía mundial como proveedora de materias primas y de alimentos; por otro lado, las economías centrales desarrolladas (Europa Occidental y Estados Unidos) se consolidaban como productores de bienes manufacturados, industriales y con mayor valor agregado.

Latinoamérica consolidó así estructuras basadas en producir unos cuantos bienes primarios que se exportaban a los centros industriales; en contra partida, a falta de condiciones para crear sus propios bienes industriales, estos países requieren importarlos desde los países centrales. Estas relaciones generan una dependencia a las fluctuaciones de los precios de las commodities, los cuales se fijan en el mercado externo: cuando estas alcanzan niveles altos, las economías latinoamericanas tienden a crecer, y cuando caen los precios sucede lo contrario.

Son muchos los problemas de una estructura subdesarrollada. El economista estructuralista argentino Raúl Prebisch expone muchos de ellos en su célebre obra El desarrollo económico de la América Latina y algunos de sus problemas, mejor conocida como el Manifiesto latinoamericano. Esta obra represento un hito en la forma de concebir económicamente a América Latina.

El Manifiesto presenta datos que muestran una tendencia a que las importaciones de los bienes industrializados sean más caros para los países de este subcontinente, por ello se requiere de una mayor cantidad de moneda extranjera (divisas) para adquirirlos; las exportaciones de materias primas son la principal fuente de éstas. La cuestión es que se necesitan más exportaciones para adquirir más divisas por menos bienes manufacturados. A esto Prebisch le llamó la tendencia al deterioro de los términos de intercambio.

Este fenómeno es un problema estructural, ya que mientras se mantenga una estructura así habrá problemas de déficit externo que genera una mayor salida de divisas. Esto impacta negativamente a toda la economía, ya que se vuelve más problemático importar bienes industriales – desde los más simples como ropa o alimentos procesados, hasta los más complejos como automóviles, electrodomésticos, máquinas y herramientas –. Es así que esta estructura abona a la vulnerabilidad de los países de la región ante el exterior.

Volviendo a las analogías, los problemas estructurales son muy similares a las enfermedades crónicas, ya que no se curan tan fácilmente y se asientan o empeoran a lo largo del tiempo. A pesar de esto, después de la segunda guerra mundial, se consensuó sobre la importancia de industrializar las economías latinoamericanas para superar los problemas estructurales del subdesarrollo. Se logró producir bienes manufacturados de fácil fabricación como la ropa, los alimentos procesados, y en algunos países como Argentina, Brasil y México, se llegaron a fabricar bienes de consumo duradero como automóviles y electrodomésticos. Sin embargo, esa industrialización no resolvió plenamente los problemas del subdesarrollo.

La no prevención

En la industrialización de la subdesarrollada Latinoamérica se encontraba la genuina preocupación de economistas y políticos de disminuir la vulnerabilidad externa y con ello prevenir los fuertes efectos de las crisis económicas; en otras palabras era “prevenir” para después no “lamentar”. Un mayor grado de industrialización es más benéfico para el conjunto de la economía de una nación, ya que los bienes industriales requieren de más tecnología y del desarrollo de otros sectores que, al mismo tiempo, aumentan el empleo. Es por ello que los economistas dicen que estos bienes son de mayor valor agregado.

Pero en los albores de las últimas dos décadas del siglo pasado y en lo que va del siglo XXI se ha minimizado la prevención. Los cambios en las estructuras productivas están teniendo retrocesos y eso puede ser muy grave en un contexto de pandemia y crisis económica como el actual.

En primer lugar, la región ha sufrido un proceso de desindustrialización a lo largo de las últimas décadas. Esto se puede demostrar observando el grado de industrialización que miden los datos del Banco Mundial en la Tabla 1, los cuales presentan el peso en porcentaje del valor agregado del sector industrial con respecto al Producto Interno Bruto (PIB) de 1991-2018 para el promedio de los países latinoamericanos, además se seleccionaron las tres principales economías de la región.

Tabla 1. América Latina (3 países): Industrialización, valor agregado (% del PIB), 1990-2018.


Fuente: elaboración propia con datos del Banco Mundial.

En términos generales, el promedio del grado de industrialización del subcontientne muestra una caída que ha sido constante a lo largo del tiempo. Se puede afirmar que en 2018 la región es un 40% menos industrialziada que en 1991; las tres economías principales de la región confirman la tendencia. En este periodo Argentina se desindustrializó poco menos del 50%; Brasil fue más allá, hasta casi 60% menos industrializado; México también confirma esta caída, aunque es un caso especial, ya que la caída no fue tan pronunciada, pero tampoco ha vuelto a los niveles de principios de los años noventa.

Este fenómeno tiene una explicación compleja y multicausal (Salama, 2012). Hay cuestiones internas de los países, por ejemplo una falta de política industrial que apoye a este sector con mayor finacimaiento. Otras tienen que ver con las mismas condiciones estructurales que limitan las acciones de los gobiernos; como es el caso de los tipos de cambio (la cantidad de moneda local que se paga por adquirir divisas) muy altos. En términos fáciles de comprender, América Latina depende del financiamiento externo, una forma de atraerlo es teniendo tipos de interés altos que hagan más redituables las inversiones y aumenten el monto de las divisas; sin embargo, esta medida ha afectado al tipo de cambio haciendo que se vuelva más barato adquirir divisas. En otros términos, con el aumento del poder adquistivo de nuestra moneda se vuelve factible la compra de divisas y resulta más barato adquirir bienes del exterior importados, propiciando un desplazamiento de la producción local industrial.

Siguiendo con los retrocesos de las estructuras productivas de América Latina en las últimas décadas, encontramos que otros factores vienen del exterior. Desde 2003 se ha vivido un incremento de los precios de las materias primas debido a que la demanda de China ha ido en aumento al ser uno de los países que más ha crecido en los últimos años. Por esto los gobiernos de los países de la región cambian sus estrategias de desarrollo para producir estos bienes primarios y exportarlos. Este hecho ha generado que en la estructura productiva y exportadora de la región los bienes primarios tengan mayor importancia.

Tabla 2. América Latina (3 países): Exportaciones de productos primarios según su participación en el total, 1988-2018.

Fuente: elaboración propia con datos de la CEPAL.

La Tabla 2 muestra las exportaciones de bienes primarios según su participación en el valor total de las exportaciones a lo largo de 30 años. Se presentan el promedio latinoamericano y el caso de las tres economías más grandes. El resultado es heterogéneo. En primer lugar, el promedio indica una reducción de 1988 a 1998, pero en 2008 vuelve a incrementarse, lo cual está en sintonía con el boom de las materias primas de las últimas décadas que mencionamos antes. Sin embargo, para 2018 aparentemente baja 6.2 puntos el indicador. Esto ha ocurrido ya que el caso mexicano imprime un sesgo en el indicador regional, ya que este país tiene una matriz exportadora más diversificada que la del resto. Pero si se observa los casos de Brasil y Argentina, el incremento de la importancia de los bienes primarios es mucho más claro. Este proceso es conocido como reprimarización de las exportaciones (Slipak, 2013).

Es así como los problemas estructurales de América Latina – que tanto énfasis hemos hecho aquí – comienzan a recrudecerse. No hubo prevención con estrategias de desarrollo diferentes que mejoren la salud de las estructuras productivas para tener mejores condiciones ante las adversidades. Todo lo contrario, la falta de estas estrategias ha mantenido la enfermedad crónica de los problemas estructurales.

El lamento latinoamericano

Desde inicios de la pandemia de COVID-19 la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) ha generado un informe (CEPAL, 2020a) donde sintetizan de manera actualizada los impactos que se tendrán en la economía latinoamericana. Para los meses de abril y mayo, dicho organismo ya advertía que la pandemia llevará a la mayor contracción de la actividad económica de la historia, incluso más grande que la Gran Depresión. La caída para este año se prevé de un 5,3%, trayendo consigo un incremento del desempleo que llegará a 37,7 millones – 11,6 millones de desempleados más que en el 2019 –; generando la pérdida de ingresos de los hogares y observando un incremento de la pobreza que pasará del 30,3% al 34,7% – 28,7 millones de nuevos pobres –, así como un aumento de la pobreza extrema de 11% a 13,5% – 16 millones de personas en esta situación –.

Esta radiografía que presenta la CEPAL sobre el futuro de América Latina es sin duda para lamentar. Empero, afirmar que la crisis que se avecina es consecuencia exclusiva de la emergencia sanitaria actual significa ignorar la incapacidad que han tenido los países para superar sus problemas estructurales.

En otro documento, la CEPAL (2020b) ubica los medios por los que se transmitirá la crisis al subcontinente. Entre estos se encuentra la caída de las exportaciones latinoamericanas y de los precios de las materias primas debido a la caída de la demanda internacional de países centrales como China, Estados Unidos o la Unión Europea. Es decir, se mantienen los problemas estructurales, esa enfermedad crónica que genera una vulnerabilidad externa, asociados a la reprimarización de las matrices exportadoras; y, por otro lado, la desindustrialización desestimula al sector interno que pudiese contrarrestar los estragos del exterior.

A esto se le tienen que sumar cuestiones cruciales para el tratamiento de la pandemia. Debido al último boom de materias primas, los Estados se endeudaron esperando que los ingresos por las exportaciones de materias primas pudiesen cubrir esa deuda. Sin embargo, la caída de los precios de estos bienes – tendencia que ya venía dándose en algunos productos desde antes de la pandemia – ha generado que la carga de la deuda sea mayor, disminuyendo los recursos del Estado para el gasto social, como es el caso del sector salud. Un grave problema ante una emergencia sanitaria.

Reflexiones finales

América Latina en las últimas décadas no ha logrado revertir sus enfermedades crónicas, esas que históricamente la han condicionado al subdesarrollo. Las tendencias a la reprimarización y a la desindustrialización son estrategias de corto plazo, donde no se previenen hechos tan contundentes como los estragos económicos de una pandemia global como la que ha generado el COVID-19. La vulnerabilidad externa que advertía Prebisch sigue vigente.

Tal como lo sentencia el dicho, la no prevención implicará lamentar en un futuro. Así lo estaremos viviendo a lo largo del 2020 con el vaticinio de los estragos negativos más severos desde que se tienen registros de la historia económica latinoamericana. Es así como la región se ha convertido en un enfermo económico terminal de COVID-19 que, tras tener muy mala salud, los síntomas de la enfermedad se han vuelto mortales para millones de habitantes de la región que se encuentran asechados por la crisis económica y por una muy escasa capacidad sanitaria para tratar la enfermedad.

La crisis está aquí, la enfermedad del COVID-19 tendría que ser ese punto de inflexión que genere una rediscusión de las formas de desarrollo de los países periféricos como los de esta región. Eso significará buscar políticas económicas que ayuden a superar las enfermedades crónicas latinoamericanas, es decir, que transformen positivamente los problemas histórico-estructurales; además de vislumbrar conversiones de las estructuras productivas y exportadoras que pasen de bienes primarios y de poco valor agregado, a bienes con mayor contenido tecnológico y que sean menos sensibles a los vaivenes de la economía internacional.

BIBLIOGRAFÍA

CEPAL (2020a). Informe sobre el impacto económico en América Latina y el Caribe de la enfermedad por coronavirus (COVID-19). Naciones Unidas. Santiago, Chile.

CEPAL (2020b). América Latina y el Caribe ante la pandemia del COVID-19: Efectos económicos y sociales. Naciones Unidas. Santiago, Chile.

Prebisch, R (2012 [1948]). El desarrollo económico de la América Latina y alguno de sus principales problemas. CEPAL. Santiago, Chile.

Salama, P. (Noviembre-Diciembre de 2012). Globalización comercial: desindustrialización prematura en América Latina e industrialización en Asia. Revista Comercio Exterior, 62(6), 34-44.

Slipak, A. M. (2013). ¿De qué hablamos cuando hablamos de reprimarización? Un aporte al debate sobre la discusión del modelo de desarrollo. Ponencia presentada en las Jornadas de Economía Crítica. Mendoza, Argentina.

– Claudio Arturo Todd Chagoya es pasante de la licenciatura de la Facultad de Economía de la UNAM. Actualmente colabora como becario en el Instituto de Investigación Económicas (IIEc) de la misma universidad. Sus líneas académicas de Interés son el desarrollo capitalista en América Latina, economía regional y desarrollo territorial.

delfos_ra@hotmail.com

https://www.alainet.org/es/articulo/209224

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