La Revolución de Octubre como memoria histórica

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Marco Fonseca

El informe de la Comisión de Esclarecimiento Histórico (CEH) examina los cambios sin precedentes provocados por la Revolución de Octubre de 1944-1954, cambios que crearon una revolución de expectativas crecientes y oportunidades económicas y que fueron implementados a través de la institucionalización de la seguridad social, la participación política, nuevas formas de desarrollo socioeconómico y la reforma agraria de 1952-1954.

La institucionalización de la seguridad social, la reforma económica y la participación política durante la Revolución de Octubre tomó la forma, especialmente durante la administración de Arbenz, de un asalto populista a diversas formas de exclusión y “atraso feudal”. Según este punto de vista, la Revolución de Octubre aparece, al menos en el momento de su inicio, como inspirada por una tendencia antiliberal (CEH I: 98) y, menos obviamente en el informe de la CEH y otras interpretaciones históricas recientes de Guatemala, como expresión de las preocupaciones populistas vigentes en América Latina en ese momento. Este no es un argumento sorprendente por dos razones. Por un lado, el liberalismo había sido el marco ideológico dentro del cual los grupos dominantes, desde el período de la Independencia hasta las Reformas Liberales de la década de 1870 y más allá, había funcionado como justificación normativa para la exclusión de los grupos ladinos y las comunidades indígenas subalternas en Guatemala como en otras partes. Y, por otro lado, la idea central de la Revolución de Octubre, es decir, la idea de la inclusión institucional de los excluidos, también estuvo en el corazón del proyecto de modernidad en América Latina, ya que fue moldeado y compartido por movimientos populistas en todas partes de América Latina desde la década de 1930 hasta la de 1960. El hecho de que los miembros del Partido Guatemalteco del Trabajo (PGT), con el respaldo del presidente Arbenz, “ganaron influencia mucho más allá de sus números”, llegaron a constituir el “gabinete de cocina” de Arbenz y nunca se entendieron a sí mismos en los términos típicos del populismo, no niega el carácter populista de la Revolución de Octubre (Gleijeses, 1991: 182).

El informe de la CEH ubica la campaña anticomunista que se desarrolló antes pero que se intensificó durante la reforma agraria debido, en parte, en el papel cada vez más visible que jugaron algunos líderes comunistas en el proceso, así como a la creciente influencia de propaganda de la Guerra Fría en Guatemala después de 1947. El hecho es que la campaña anticomunista y su institucionalización después de 1954 representó un profundo retroceso de los logros sociales y políticos de la Revolución de Octubre. Al mismo tiempo que esto sucedía, los logros sociales y políticos de la revolución pasaron a formar parte de la memoria de los protagonistas y beneficiarios de la revolución y poco a poco tomaron la forma de un proyecto inconcluso de cambios democráticos para Guatemala compartido por revolucionarios radicales y fuerzas políticas de “centro izquierda”. Desde entonces, el traumático momento que representó el triunfo de las fuerzas de Liberación anticomunistas se ha convertido en el punto de partida de la memoria revolucionaria y democrática y ha ido de la mano con la legitimación de diversas formas de resistencia.

Fuente: Marco Fonseca, The Language of Human Rights in the Guatemalan Transition to Democracy, Tesis Doctoral, Toronto, York University, 2000.

Marco Fonseca es Doctor en Filosofía Política y Estudios Latinoamericanos por parte de la York University. Actualmente es instructor en el Departamento de Estudios Internacionales de Glendon College, York University. Su libro más reciente se titula «Gramsci’s Critique of Civil Society. Towards a New Concept of Hegemony».
La Revolución de Octubre como memoria histórica

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