Patadas y olimpismo

Por Hugo Gordillo

Para los que andan echando rayos por comentarios de extranjeros sobre tu selección nacional de fútbol, pero callan las atrocidades de la Alianza Criminal integrada por el CACACIF, los chafacerotes y los politimierdas.

Si el fútbol estaba a la zaga del atletismo olímpico en Guatemala antes de Río 2016, a los pateadores de pelota ya les cerraron vuelta los deportistas nacionales que han vuelto de Olimpiadas con participaciones mundiales honrosas. El fútbol solo ha rozado el “casi, casi”, el “ya merito” o se ha revolcado en el fracaso de sus intentos por llegar al Mundial, a más de un siglo de práctica del deporte más popular del planeta.

Por lo que muestran los atletas olímpicos y las pésimas condiciones denunciadas por la mayoría de protagonistas, aquí las cosas no cambiarán: el atletismo como perfección del cuerpo, la mente y el espíritu para enaltecer a un país, continuará aportando su máximo esfuerzo con el mínimo de recursos; mientras el fútbol, como negocio cirquero para deshonra nacional, seguirá absorbiendo el máximo de quetzales y el mínimo de entrega.

En ambos casos, la que se beneficia es esa casta de funcionarios y empresarios que derrapan sobre las millonadas que otorga el Estado para el deporte en Guatemala, incluido dinero que debería ser utilizado para cultura, en un ministerio que regentean indígenas sumisos, aprovechados y cooptados por gobiernos ladrones o, en el peor de los casos, matones expertos en limpieza social.

De los héroes olímpicos guatemaltecos ya se aprovecharon los de siempre, incluidos los medios masivos de comunicación. El monopolio de la televisión abierta y los oligopolios radiales e impresos. ¿Por qué no hablan lo que deben hablar del fútbol? Porque son copartícipes del “negocio” que aún procuran las chamuscas de la liga nacional y los bochornosos espectáculos de “la sele”.

En los años 50 y 60, Guatemala todavía jugaba de tú a tú contra México, gracias a una Revolución y a pesar de la venta contrarrevolucionaria de la patria. Fue en la década de los 70 cuando el robo, la estafa y el engaño cometidos por las clases dirigentes corruptas del deporte empezaron a reflejarse, para variar, en el campo de juego y en la actitud de algunos futbolistas.

La detención de un seleccionado nacional en la década de los 70 por robar pantalones en un almacén de Estados Unidos, quizás marca el inicio de esa putrefacción que más de cuarenta años después se sigue manifestando con seleccionados que se habrían prestado a arreglo de partidos en pleno siglo XXI. ¿no tomaron ejemplo de la noticia de soborno millonario a un alto dirigente guatemalteco para votar a favor de que un mundial fuese en Sudáfrica?

La publicación fue tímida en los medios radiales e impresos, mientras que en la mal llamada “televisión nacional” no se dijo nada. El fútbol es mayor fuente de ingresos para la TV que para el resto de medios. Lo mismo hizo el monopolio de televisión abierta con uno de los partidos más vergonzosos de “la sele”. Bastó la llamada de un dirigente deportivo para elegir la mordaza sobre la libre expresión, a cambio de seguir gozando a manos llenas de los beneficios del “negocio”.
El negocio sigue con las puertas abiertas desde que Roberto Arzú se metió a dirigente deportivo, pero le falló su gran objetivo que era construir un estadio o apropiarse del Mateo Flores para remodelarlo vendiendo los asientos numerados por temporadas. Donde no falló fue en subir falsamente los salarios de los jugadores así: oficialmente, a un jugador se le pagaban Q50 mil mensuales, pero en la realidad solo recibía 30 mil.

La práctica corrupta de dejar la olla embarrada no solo afectó a los jugadores, sino encareció el fútbol departamental que no sabía de esas prácticas dignas de encomenderos coloniales. Hoy, las dirigencias deportivas se truenan los dedos para conseguir la plata de sus plantillas gracias a la corrupción capitalina.
Pero ¿de dónde provino esa podredumbre que empapó un deporte tan hermoso y popular como el fútbol? Para variar, del militarismo. El generalato y sus secuaces civiles pervirtieron el deporte, entre tantas instituciones, para lograr sus objetivos de romper el tejido social con bayonetas, asfixia y tortura, a fin de acabar con “el comunismo”.

De ese rompe y rasga es de donde nacieron algunas frases populares y hasta cierto punto sabias: cuando juegan los Cremas no hay desfalcos, cuando juegan los Rojos no hay asaltos, cuando juega El Aurora no hay masacres. A lo que en los últimos años se debió agregar: cuando juega la Universidad hay linchados.

Los ejemplos de la huella de la bota militar en el deporte, especialmente en el fútbol, abundan: el portero de un equipo capitalino amenazó en los 80 a un aficionado pueblerino con echarle la G-2, lo cual me pareció una exageración verbal. Sin embargo, después confirmé que la amenaza tenía lógica cuando me di cuenta que había futbolistas haciendo el papel de comisionados militares, orejas o colaboradores. A uno de ellos lo vi robando mercadería a un agricultor frente a una zona militar, tal como lo hicieron soldados del Destacamento de Panabaj, en Santiago Atitlán, que masacraron hombres, mujeres y niños.

Pero el asunto no queda ahí. Hace unos diez años fui comentarista en la presentación de un libro, en el cual un cronista deportivo relata su secuestro y su liberación. Entonces, expresé mi deseo porque algún día un cronista deportivo escribiera sobre hasta dónde el militarismo había destruido las instituciones deportivas y el deporte, y hasta dónde algunos deportistas habían sido comparsas o instrumentos de las políticas criminales del Estado contrainsurgente.
Mi propuesta nació de las siguientes hipótesis: por lo menos un futbolista fue torturador y por lo menos la casa de un dirigente deportivo fue centro de torturas. Pero lejos de la posibilidad de que lleguemos a comprobar que esas hipótesis sean falsas o verdaderas, la herencia del militarismo en el ámbito deportivo está ahí, como una huella negra, como el mismo dinosaurio al despertar, si es que acaso hemos despertado de aquella noche negra de octubre del 96, con casi cien muertos en el Estadio Mateo Flores por sobreventa de boletos, atentado administrativo que sigue en la impunidad.

¿Quién le pone el cascabel al gato? Los políticos en el gobierno, no, porque necesitan dinero para la campaña de reelección; los políticos de oposición, tampoco, porque amenazan con denunciar si no los hacen partícipes de la fiesta; los empresarios, por el estilo, ya que ellos sobornan a pesar de su honradez de corruptos, ladrones y criminales. ¿El infiltrado Ministerio Público, la justicia de la que es mejor no hablar, el pueblo atemorizado y que no pasa del día a día?
El negocio del deporte, como muchos otros, es ahora asunto de hombres armados y/o con guardaespaldas dispuestos al sicariato. Aquí nadie dice nada y sigue yendo al estadio, mientras en algún club de fútbol se han robado los salarios de los jugadores y en otro hay algún dirigente muerto a tiros, y no precisamente por tiros de esquina.
Tomado del muro de Facebook

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