De regreso a un mundo nuevo

Autor: Jairo Alarcón Rodas

La pandemia del coronavirus que golpea al mundo ha puesto al descubierto una serie de flaquezas en muchos países, concretamente en el tema de la salud. Debilidades que, por negligencia, no fueron previstas en su momento, ahora tienen un impacto negativo para la salud y seguridad en las vidas de muchos habitantes del planeta. Lo que fue considerado por algunos una gripe de poca importancia, suma en el mundo cerca de 800 mil muertos y los contagios se sobrepasan a los 20 millones de personas.

Las medidas sanitarias difundidas por la OMS y OPS, que en un inicio fueron confusas y por momentos contradictorias, más tarde recomendaron con vigor evitar las aglomeraciones, lo que significa el distanciamiento social y el uso de mascarillas, entre otras medidas. Sugerencias que fueron tomadas en cuenta por el gobierno de Guatemala, dada la amenaza inminente de la pandemia. El país, como otros, se cerró, el comercio se detuvo en aras de la seguridad de la mayoría de los guatemaltecos, a pesar de las críticas de determinados sectores interesados en abrir la economía a toda costa.

En los medios de comunicación se difundieron diversidad de criterios sobre qué hacer ante la crisis, cuál debería ser la mejor forma de encarar la pandemia. De ahí que, para algunos, es necesario reactivar la economía, retornar a las labores, volver a la normalidad. Otros, en cambio, ven un peligro inminente en el contacto que se puede suscitar a la hora de reiniciar las labores, dado el riesgo que eso representa y la vulnerabilidad de la red de hospitales en el país.

El sector económico insiste en la necesidad de abrir la economía, a pesar de las muertes suscitadas en el mundo y el peligro que ello representa para los guatemaltecos. Para los empresarios, abrir el país, los comercios, continuar produciendo es lo más importante y necesario ya que el covid-19, según ellos, es un virus al que se le ha magnificado en cuanto a su nocividad y por lo mismo, resulta ser contraproducente tomar medidas extremas que tendrán un fuerte impacto para la economía del país. Lo importante es generar riqueza y mantener los empleos, a pesar de que, con esas medidas, algunas personas se enfermen y mueran.

El enfoque capitalista de abrir las economías a toda costa, de reactivar el comercio y que las cosas se restablezcan como antes, conlleva el desprecio a las vidas humanas y la necedad de anteponer los intereses económicos al margen de los aspectos axiológicos. Dentro del capitalismo, decía Karl Marx, el ser humano es reducido a mercancía y para los que están acostumbrados en acumular riqueza, están en juego sus privilegios. Dentro de esa lógica, es preferible que mueran unos cuantos, los menos resistentes y productivos, a que fallezcan muchos más a causa del hambre.

No obstante, resulta risible tal planteamiento ya que los mismos que ahora hablan del hambre del pueblo, han sido los promotores de la miseria en el mundo y en nuestra realidad social, además de la vulnerabilidad que aqueja a la mayor parte de guatemaltecos a casusa de su apetito exacerbado de lucro y de corromper el sistema para su beneficio.

La cosificación de las personas y de los sistemas que los gobiernos han permitido, da por resultado que el tener impere sobre el ser y con ello, la alienación comercial y la depauperación de los valores humanos. Sin embargo, en un país donde un 80 por ciento de la población subsiste por la economía informal, la necesidad de salir a trabajar se hace imperioso. Las personas en Guatemala subsisten por el día a día y al no tener un trabajo fijo, se ven obligados a salir a buscar el sustento a pesar de los riesgos que ello conlleva, en las actuales condiciones que se viven a partir de la pandemia.

Las asimetrías sociales que se profundizan en el país, donde un reducido número de personas ostenta privilegios, riqueza y poder desmedidos, se han mantenido a partir de estructuras corruptas que, socavando la precaria institucionalidad y defendiendo consignas falaces, legalistas, nacionalismos impropios y soberanía, han contribuido a que no se instaure un verdadero Estado de derecho donde impere la equidad y la justicia.

El escenario del nuevo mundo que se avecina será otro, mayores temores en la población, distanciamiento social, desconfianza, temor que, sumado al hundimiento de las economías domésticas, desempleo, crearán un horizonte novedoso y sobre todo hostil. No obstante, en Guatemala, lo que no cambia, lo que persiste, es la actitud de los corruptos en continuar corrompiendo y socavando las instituciones y las instancias de poder para satisfacer sus aviesos intereses. En este país, esos siniestros personajes persisten en las mismas inquietudes de corromper, para continuar con sus privilegios.

Así, los que han tenido el control del país persisten en cooptar los poderes del Estado a partir de nombrar y elegir espuriamente a jueces y magistrados corruptos, diputados mafiosos, funcionarios serviles a través del imperio del dinero, pues mantener un sistema perverso, constituye una necesidad esencial de sobrevivencia.

Sin duda el mundo será otro tras el paso del coronavirus, pero para aquellos que siempre han vivido de la corrupción, la pandemia ha sido otra oportunidad para continuar pervirtiendo las sociedades y en el caso particular de Guatemala, de exacerbar su voraz apetito.

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