Cotidianidades

Autor: Jairo Alarcón Rodas

Me imagino caminando por las calles de este país, reflexiono sobre las historias que se pueden contar, de cada uno de sus habitantes. Tras mi paso, veo al señor que vende chicles y dulces, a los que venden fruta, a los jóvenes que, con su patineta, realizan toda una serie de suertes en las banquetas, enfrente de la iglesia de San Sebastián; miro mujeres, hombres, niños y ancianos y pienso, qué será de su existencia.

Veo caminar a la gente y a ciertas horas del día, se aglutinan en las aceras, observo sus rostros y me pregunto, ¿qué estarán pensando?, ¿cuál será su situación existencial, sus angustias, sus deseos e inquietudes? Cada rostro es la imagen de una particular situación, que a su vez encierra un mundo de circunstancias que, accidentalmente se enlazan con otras existencias, para constituir la cotidianidad humana. Reflexiono y me digo, ¿por qué lo habitual, para muchas personas en este país, se convierte en tragedia?

Observo con detenimiento y veo que, a la mayoría de los guatemaltecos, les gusta evadir la realidad. Por ello, el consumo de licor y las iglesias están al orden del día. Pensar en las alturas, en un mundo de ilusión, que se sobrepone a la realidad, es para ellos mejor que vivirla a plenitud y encararla. Al no contar con herramientas para solventar sus problemas, se acogen a la esperanza de que un ser superior resolverá sus inquietudes. La cultura de sumisión ha limitado tal potencialidad.

Es claro que la existencia humana requiere para su consolidación de bienestar y de oportunidades para lograrlo y eso, a la mayoría de las habitantes del planeta, les es negado. ¿Cómo vivir en un mundo sin oportunidades y en donde las posibles, en la mayoría de los casos, se logran con astucia y perversión?

Así, en la actualidad, todo lo que ocurre, al mejor estilo del ocasionalismo del teólogo Malenbranche, es producto de la voluntad divina y las malas acciones, lo pecaminosos y perverso del accionar humano, se debe a que las personas, se han apartado del camino de Dios. Leer la Biblia, aprender sus versículos, repetirlos, constituye la forma de agradar al creador. Con ello, deja de ser importante el actuar correctamente ya que, si uno se arrepiente y se acoge al Reino de Dios, será salvo y tendrá su justo premio.

El fanatismo sepulta la inquietud de búsqueda, característica de todo ser humano. El dogma aniquila el criterio y la sumisión, quebranta la libertad. La voluntad se pierde y lo que es más penoso, sin que las personas se den cuenta de ello. Lo cotidiano, no merece ser tan predecible y fatal, la serie de historias que se abren al infinito, tienen solo un denominador común para las personas y este es que, son producto de afecciones humanas. Esa es la normalidad a la que probablemente regresaremos.

El ser humano, las mujeres y los hombres que habitan en este planeta, tienen la potestad de formar criterio y con el buen uso de éste, buscar la solución a sus problemas.

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