La economía de la covid-19: ¿podrá el capitalismo asumir el reto?

James K. Galbraith (CIDOB)

La enfermedad de la covid-19 está sujeta a dos propiedades matemáticas. La primera es el coeficiente de transmisión, que en condiciones normales de contacto humano-a-humano es mayor de 2,0, con un tiempo de duplicación de solo unos cuantos días, similar en principio a una reacción nuclear descontrolada. La segunda es el período de incubación, normalmente dos semanas, de modo que si se mantiene una separación estricta entre las personas durante al menos este período de tiempo, el coeficiente de transmisión se reduce y la epidemia puede ser mitigada o suprimida.

Así, el coste del retraso en aplicar medidas estrictas se cuenta por el número de contagiados y de muertos en la primera oleada, por la salpicadura de casos positivos en todo el paisaje, y por el riesgo de brotes secundarios o terciarios si no se mantienen fuertes controles superada la primera oleada.

La pobre actuación de EE.UU. en esta crisis se debió a una combinación de factores, todos ellos relacionados con la menguante competencia de la autoridad pública. El sistema estadounidense ex ante estaba eficazmente adaptado a las condiciones de una sociedad individualizada y desigual, pero frágil, descoordinada e inadecuada para hacer frente a una amenaza común. La ideología del libre mercado y una doctrina social conservadora han apuntalado este sistema y han oscurecido su vulnerabilidad hasta el punto de suprimir evidencias científicas y esfuerzos políticos para mantener una capacidad defensiva común.

Para el día después, la hipótesis subyacente más extendida en la política estadounidense es que una pausa breve en la actividad puede ir seguida de un retorno a una casi normalidad. Esta asunción se sustenta en la estrategia del rescate financiero para empresas como las compañías aéreas y las cadenas hoteleras, la política de préstamos para que las pequeñas empresas puedan retener a sus trabajadores, y los denominados pagos o cheques “de estímulo” pensados para aumentar la confianza del consumidor y hacerle volver a sus pasados hábitos de gasto. Por contra, la fuerte dependencia del seguro de desempleo por oposición a las compensaciones salariales de las empresas nos augura despidos laborales a gran escala a medio plazo.

Casi con toda seguridad no habrá retorno a la normalidad. Los futuros patrones de la demanda serán diferentes, porque la gente será más pobre, tendrá más aversión al riesgo y sus valores habrán cambiado. Estos cambios se verán reforzados por un patrón de nuevos brotes, y cada caso de no recuperación alimentará a otro en un sistema descentralizado: desde el gasto a los ingresos, de los ingresos a los impuestos, de los impuestos a la capacidad del Estado y a la provisión de servicios, y vuelta a empezar.

Mirando hacia adelante, podemos pronosticar un conflicto entre contratos de deudas –hipotecas, alquileres, deudas de estudiantes, de consumidores, de empresas– y la capacidad de los ingresos para pagarlas. Se producirá o bien una oleada masiva de bancarrotas, ejecuciones hipotecarias, desahucios y embargos, lo que provocará un enorme conflicto social, o bien habrá amortizaciones y liquidaciones de muchas deudas sobre la base del perdón de préstamos. Si se toma el primer camino, los acreedores pueden salir ganando pero la economía estará en depresión durante muchos años. Si se toma el segundo, el sector financiero tendrá que reorganizarse para que funcione como un servicio público y la era del capitalismo de mercado monetario habrá llegado a su fin.

De momento, se ha reflexionado poco sobre la reorganización de la actividad que será necesaria para que se reanude la actividad después de la pandemia. La solución debería incluir una inversión suficiente en servicios eficaces de salud pública; también un acompañamiento efectivo a través de tests de detección y pagos por el cuidado de los casos en curso; se requerirá una reorganización de todas las actividades locales por lo que respecta a la protección y a la distancia de seguridad, incluyendo restaurantes, teatros, bares, cafeterías, escuelas, reuniones de carácter cultural o político, elecciones; finalmente, promover la creación de empleos para los que sean expulsados de todos aquellos sectores que no podrán recuperarse y ofrecer medidas de ayuda y socorro para aquellos que se hayan vuelto inempleables.

¿Podrá el capitalismo asumir este reto? Tanto la historia de Occidente como la experiencia más exitosa de Asia ante la pandemia sugieren que no. Puede que haya soluciones híbridas por debajo de un socialismo de Estado, al estilo del New Deal estadounidense durante la presidencia de Franklin Delano Roosevelt en los años treinta del siglo XX. El tiempo disponible para descubrir, diseñar y poner en práctica estas soluciones es muy escaso.

Fuente Ctxt.es
James K. Galbraith (CIDOB)

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