Los 76 años del Banco Mundial y FMI ya son más que suficientes

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Éric Toussaint
CADTM

ace 76 años, en julio de 1944, en Bretton Woods (Estados Unidos) se creó el Banco Mundial (BM) y el Fondo Monetario Internacional (FMI). Tiene mucha importancia que volvamos a hacer un balance de esta institución, eminentemente política, que desde su origen hasta la actualidad está dirigida por un hombre de nacionalidad estadounidense designado por el ocupante de la Casa Blanca. Es fundamental llamar la atención sobre una alternativa a la política de una institución que jamás respetó el interés y los derechos de los pueblos.
El golpe de Estado permanente del Banco Mundial

La lista de gobiernos que surgieron de golpes de Estado militares y apoyados por el BM es impresionante. Entre los ejemplos más conocidos, citemos la dictadura del Shah del Irán después del derrocamiento del Primer ministro Mossadegh en 1953, la dictadura militar en Guatemala instaurada por Estados Unidos después del derrocamiento en 1954 del gobierno progresista del presidente, democráticamente elegido, Jacobo Arbens, el de Duvalier en Haití a partir de 1957, la dictadura del general Park Chung-hee en Corea del Sur a partir de 1961, la dictadura de los generales brasileños a partir de 1964, la de Mobutu en el Congo y de Suharto en Indonesia a partir de 1965, la de los militares en Tailandia, a partir de 1966, la de Idi Amin Dada en Uganda y la del general Hugo Banzer en Bolivia en 1971, la de Ferdinand Marcos en Filipinas a partir de 1972, la de Augusto Pinochet en Chile, la de los generales uruguayos y la de Habyarimana en Ruanda a partir de 1973, la junta militar argentina a partir de 1976, el régimen de Arap Moi en Kenia a partir de 1978, la dictadura en Pakistán a partir de 1978, el golpe de Estado de Saddam Hussein en 1979 y la dictadura militar turca a partir de 1980. La de Ben Ali en Túnez desde 1987 a 2011, la Mubarak en Egipto desde 1981 a 2011.

Guatemala, Haití, Corea del Sur, Uganda, la de Mobutu, Somoza o Franco son algunas de las dictaduras y dictadores que el Banco Mundial respaldó porque considera que el respeto de los derechos humanos no forma parte de su misión

Entre las otras dictaduras apoyadas por el BMl señalemos la de Somoza en Nicaragua hasta su derrocamiento en 1979. Algunas todavía están en el poder: la dictadura de Idriss Déby en Chad, la de Sissi en Egipto y tantas otras… También hay que recordar el apoyo a dictaduras en Europa como la del general Franco en España y la de Salazar en Portugal. Sin olvidar el sostén a Ceaucesco en Rumania.

Claramente, el BM sostuvo metódicamente a regímenes despóticos, que habían surgido o no de un golpe de Estado, que practicaban una política antisocial y cometían crímenes contra la humanidad. El Banco hizo prueba de una falta total de respeto por las normas constitucionales de sus países miembro. El BM nunca dudó en sostener militares golpistas y criminales económicamente dóciles frente a gobiernos democráticos. Y por causa evidente: el BM considera que el respeto de los derechos humanos no forma parte de su misión.

El apoyo aportado por el BM al régimen del aparheid en Sudáfrica desde 1951 hasta 1968 no debe desaparecer de la memoria. El BM rechazó, explícitamente, aplicar una resolución de la Asamblea General de las Naciones Unidas adoptada en 1964, que ordenaba a todas las agencias de la ONU dejar de sostener financieramente a Sudáfrica ya que ese país violaba la Carta de las Naciones. Ese apoyo y la violación del derecho internacional que implica, no deberían permanecer impunes.

Finalmente, durante los años 1950 y 1960, concedió sistemáticamente préstamos a las potencias coloniales y a sus colonias para proyectos que permitían aumentar la explotación de los recursos naturales y de los pueblos en provecho de las clases dirigentes de las metrópolis. Es, en ese contexto, que se negó a aplicar una resolución de las Naciones Unidas adoptada en 1965, que llamaba a no apoyar financiera y técnicamente a Portugal si este no renunciaba a su política colonial. La institución le siguió prestando dinero al país luso hasta 1967.

Las deudas contraídas con el BM por decisión del poder colonial de las colonias de Bélgica, Inglaterra y Francia fueron impuestas posteriormente a los nuevos países en el momento de sus accesos a la independencia. El sostén que realizó a regímenes dictatoriales se expresa por la concesión de un apoyo financiero así como por una asistencia tanto técnica como económica. Ese apoyo financiero y esa asistencia ayudaron a los regímenes dictatoriales a mantenerse en el poder para perpetrar sus crímenes. También contribuyó a que los regímenes no estuvieran aislados en la escena internacional, ya que esos préstamos y esa asistencia técnica siempre facilitaron las relaciones con los bancos privados y las empresas transnacionales. El modelo neoliberal se impuso progresivamente en el mundo a partir de la dictadura de Augusto Pinochet en 1973 en Chile y de Ferdinand Marcos en Filipinas en 1972. Esos dos regímenes fueron activamente apoyados por el el organismo internacional. Cuando esos regímenes dictatoriales tocaban a su fin, el BM exigió sistemáticamente a los gobiernos democráticos siguientes que asumieran las deudas contraídas por sus predecesores. En resumen, la ayuda financiera cómplice del Banco con las dictaduras es transformaba en una carga para las poblaciones. Actualmente estas tienen que reembolsar las armas compradas por los dictadores para oprimirlas.

En los años 1980 y 1990, un gran número de dictaduras se desplomaron, algunas por embestidas de potentes movimientos democráticos. Los regímenes que sucedieron a las dictaduras generalmente aceptaron las políticas recomendadas o impuestas por el BM y el FMI, y continuaron con el pago de una deuda que, sin embargo, era odiosa. El modelo neoliberal, después de ser impuesto con la ayuda de las dictaduras, fue mantenido gracias al yugo de la deuda y los planes de ajuste estructural. Efectivamente, después del derrocamiento o el desplome de las dictaduras, los gobiernos democráticos prosiguieron con la aplicación de políticas que constituyen una ruptura con las tentativas de poner en marcha un modelo de desarrollo parcialmente autónomo. La nueva fase de la mundialización comenzada en los años 1980, en el momento de la explosión de la crisis de la deuda implicó, en general, una subordinación acentuada de los países en desarrollo (los países de la periferia) en relación con los países más industrializados (los países del centro).

Desde el comienzo de las actividades de las dos instituciones, un mecanismo a la vez simple de comprender y complejo de instaurar permitió someter las principales decisiones de las dos entidades a las orientaciones del Gobierno de Estados Unidos. Algunas veces, varios gobiernos europeos (Gran Bretaña, Francia, y Alemania, en particular) y el de Japón tuvieron voz y voto pero los casos son raros. A veces, se producen fricciones entre la Casa Blanca y la dirección del BM y del FMI, pero un análisis riguroso de la historia desde la Segunda Guerra Mundial muestra que hasta aquí y ahora, es, sin lugar a dudas, el Gobierno de Estados Unidos es quien siempre tuvo la última palabra en los ámbitos que le interesaban directamente.

A veces se producen fricciones entre la Casa Blanca y la dirección del BM y del FMI, pero el Gobierno de Estados Unidos es quien siempre tuvo la última palabra

Fundamentalmente, la agenda oculta del Consenso de Washington. Una política que tiene por objetivos garantizar el mantenimiento del liderazgo de Estados Unidos a escala mundial y al mismo tiempo eliminar del capitalismo los límites que se le habían impuesto en la segunda posguerra. Esos límites eran el resultado combinado de potentes movilizaciones sociales tanto en el Sur como en el Norte, de un comienzo de emancipación de algunos pueblos colonizados y tentativas para salir del capitalismo. El Consenso de Washington, es también la intensificación del modelo productivista.

Durante las últimas décadas, en el marco de ese Consenso, las dos instituciones reforzaron sus medios de presión sobre un gran número de países al aprovechar la situación creada por la crisis de la deuda. El BM desarrolló sus filiales (Sociedad Financiera Internacional-SFI; Agencia multilateral de garantía de inversiones-AMGI; Centro Internacional de Arreglos de Diferencias relativas a Inversiones –CIADI), de manera que va tejiendo una red cada vez más cerrada.

Por ejemplo, el BM concede un préstamo a condición de que el sistema de distribución y de saneamiento del agua se privatice. En consecuencia, la empresa pública se vende a un consorcio privado en el que, como por azar, se encuentra el SFI, filial de este. Cuando la población afectada por la privatización se rebela contra el brutal aumento de las tarifas y la bajada en la calidad del servicio, y que las autoridades públicas se vuelven contra la empresa transnacional depredadora, la gestión del litigio se confía al CIADI, que es a la vez juez y parte. Algo que ocurrió, por ejemplo, en El Alto (Bolivia) entre 2004 y 2005.

La colaboración entre las dos insitituciones es también fundamental para ejercer la máxima presión sobre los poderes públicos. Y para perfeccionar su tutela sobre la esfera pública y las autoridades, para llevar más adelante la generalización del modelo, la colaboración del dúo se extiende a la Organización Mundial del Comercio (OMC) desde su nacimiento en 1995. Esta colaboración cada vez más estrecha entre las tres organizaciones supranacionales forma parte de la agenda del Consenso de Washington.

Una diferencia fundamental separa la agenda proclamada del Consenso de Washington de su versión oculta. La agenda proclamada tiene por objetivo reducir la pobreza por el crecimiento, el libre juego de las fuerzas del mercado, el libre comercio y la mínima intervención posible de los poderes públicos.

La agenda oculta del Consenso de Washington tiene por fin la sumisión de las esferas pública y privada de todas las sociedades humanas a la lógica de la búsqueda del máximo beneficio en el marco del capitalismo

La agenda oculta, la que realmente se aplica, tiene por fin la sumisión de las esferas pública y privada de todas las sociedades humanas a la lógica de la búsqueda del máximo beneficio en el marco del capitalismo. La puesta en práctica de esa agenda oculta implica la reproducción de la pobreza (y no su reducción) y el aumento de las desigualdades. Implica también una estagnación, incluso una degradación de las condiciones de vida de una gran mayoría de la población mundial, junto a una concentración en fuerte aumento de la riqueza. También implica la prosecución de la degradación de los equilibrios ecológicos que pone en peligro el propio futuro de la humanidad.

Una de las numerosas paradojas de la agenda oculta, es que en nombre del fin de la dictadura del estado y de la liberación de las fuerzas de mercado, los gobiernos aliados a las transnacionales utilizan la acción coercitiva de las instituciones públicas multilaterales (BM-FMI-OMC) para imponer su modelo a los pueblos.
La ruptura como salida

Por todo lo explicado, es necesario romper radicalmente con el Consenso de Washington, con el modelo aplicado por el BM. El Consenso no debe entenderse como un mecanismo de poder y un proyecto que se limitan al gobierno de Washington, flanqueado por el infernal trío. La Comisión Europea (CE), la mayor parte de los gobiernos europeos o el Gobierno japonés se adhirieron al Consenso de Washington, y tradujeron a sus propios idiomas proyectos constitucionales y programas políticos.

La ruptura con el Consenso, si solo se limita al fin del liderazgo de Estados Unidos reemplazado por el trío BM-FMI-OMC no constituye una alternativa ya que las otras grandes potencias están preparadas para tomar el relevo de Estados Unidos para proseguir con objetivos bastante parecidos. Imaginemos por un momento que la Unión Europea suplanta a Estados Unidos como líder mundial. Eso no mejorará fundamentalmente la situación de los pueblos del planeta puesto que ha sido el reemplazo de un bloque capitalista del Norte (uno de los polos de la Triada) por otro. Imaginemos otra posibilidad: el refuerzo del bloque China-Brasil-India-Sudáfrica-Rusia que suplantarían a los países de la Triada. Si ese bloque se mueve por la lógica actual de los gobiernos establecidos y por el sistema económico que los rige, tampoco habrá una verdadera mejora. Hay que reemplazar el Consenso de Washington por un consenso de pueblos fundado en el rechazo al capitalismo.

Hay que cuestionar radicalmente el concepto de desarrollo estrechamente ligado al modelo productivista. Ese modelo de desarrollo excluye la protección de las culturas y de su diversidad; agota los recursos naturales y degrada de manera irremediable el medio ambiente. Ese modelo considera la promoción de los derechos humanos, como mucho, como un objetivo a alcanzar a largo plazo (pero, a largo plazo, estaremos todos muertos); lo más frecuente, la promoción de los derechos humanos es percibida como un obstáculo para el crecimiento; el modelo considera la igualdad como un obstáculo, incluso un peligro.
Abolir y reemplazar el BM y el FMI

Hay que ir más lejos y abolir el BM y el FMI para reemplazarlos por otras instituciones mundiales caracterizadas por un funcionamiento democrático. Las nuevas instituciones cualquiera sea su nuevo nombre, deben tener misiones radicalmente diferentes de sus predecesores: deben garantizar la satisfacción de los tratados internacionales sobre los derechos humanos (políticos, civiles, sociales, económicos y culturales) en el ámbito del crédito internacional y de las relaciones monetarias internacionales. Esas nuevas instituciones mundiales deben formar parte de un sistema institucional mundial promovido por las Naciones Unidas radicalmente reformado. Es esencial y prioritario que los países en desarrollo se asocien para constituir lo antes posible entidades regionales dotadas de un Banco común y de un Fondo monetario común. Durante la crisis del Sudeste asiático y de Corea de 1997 a 1998, los países afectados habían pensado en la constitución de un Fondo monetario asiático. La discusión fue abortada por la intervención de Washington. La falta de voluntad de los gobiernos hizo el resto. En América del Sur, bajo el impulso del Gobierno de Hugo Chávez, se establecieron los fundamentos de un Banco del Sur en 2008, pero finalmente no se llegó a nada. Entre 2007 y 2009, el Gobierno ecuatoriano afrontó a sus acreedores y obtuvo una victoria pero los otros gobernantes de izquierda de la región no lo siguieron.
Contribuyeron a degradar los sistemas de salud contra la pandemia del covid-19

En 2020, la crisis sanitaria mundial provocada por el coronavirus mostró hasta qué puntos de las políticas dictadas por el dúo y aplicadas por los gobiernos degradaron los servicios públicos de salud y dejaron que la epidemia devastara. Si, dando la espalda al Consenso de Washington y al neoliberalismo, los gobiernos hubieran reforzado los instrumentos esenciales de una buena política de salud pública tanto por el personal empleado, como por las infraestructuras, los stocks de medicamentos, los equipamientos, la investigación, la producción de medicamentos y de tratamientos, como también de la cobertura sanitaria de la población, la crisis del coronavirus no hubiera alcanzado tales proporciones.

Efectivamente, si los gobiernos hubieran roto con la lógica de austeridad del BM y del FMI, un aumento radical de inversiones en salud pública habría tenido también efectos muy importantes para combatir otras enfermedades que golpean sobre todo a los países del Sur global.

Según el último Informe sobre paludismo en el mundo, publicado en diciembre de 2019, 228 millones de casos de paludismo fueron detectados en 2018 y se calculo en 405.000 el número de decesos debidos a esta enfermedad. En 2018, 10 millones de personas contrajeron la tuberculosis y 1,5 murieron de la enfermedad, entre los cuales 251.000 portadores de VIH). Estas enfermedades podrían ser combatidas con éxito si los gobiernos dedicaran para ello los recursos suficientes.

Otras medidas complementarias podrían también permitir combatir la malnutrición infantil y el hambre que destruyen la vida cotidiana de uno de cada 9 seres humanos, o sea, más de 800 millones de habitantes del planeta. Cerca de 2,5 millones de niños mueren cada año en el mundo, directamente por desnutrición, o por enfermedades ligadas a su débil inmunidad debido a la subalimentación.

Así mismo, si se realizaran inversiones para aumentar masivamente el aprovisionamiento de agua potable y de la evacuación/saneamiento de las aguas residuales, también se podría lograr una reducción radical de las muertes por enfermedades diarreicas, que llegan a ser más de 430.000 por año, según la OMS.

Fuente El Salto

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