NBA y política, entre la implicación y la ambigüedad

Eduardo García Granado
@eduggara

No era tan exagerado ToteKing cuando rapeaba que lo mejor de los ochenta fue el basket y que todo lo demás fue un auténtico desastre. Fue la década de la expansión de la NBA fuera de las fronteras norteamericanas, los años de Larry vs Magic, de los bad boys de Detroit, de Olajuwon y del nacimiento de Michael Jordan como la estrella global del baloncesto que dibujaría su leyenda en los noventa.

De la mano de David Stern llegaron las marcas y la nueva dimensión de la liga como producto cultural de exportación. Alrededor de la figura de Jordan cobró sentido una nueva forma de entender el baloncesto. Al período de crecimiento experimentado en un primer momento con la dialéctica Lakers-Magic/Celtics-Bird le siguieron los patrocinios y las televisiones. Jordan firmó con Nike y la maximización de la tasa de ganancia asociada al producto del aro y la pelota naranja comenzó a ser el elemento central de toda decisión.

Ni antes ni después de aquello fue el deporte profesional un ámbito sencillo para los posicionamientos políticos explícitos. La narrativa de la despolitización —en la práctica, de la asimilación pasiva de todo consenso articulado por fuera del propio deporte— atraviesa tertulias y ruedas de prensa. Lo que haga falta con tal de no “ensuciar” al deporte, espacio virgen de todo vicio, con aquello tan terrible: la política. Esta dinámica tan asumida en España encuentra cierta contención en los Estados Unidos, quizá por lo explícito de la violencia contra la comunidad negra y por la centralidad del país en muchos conflictos a lo largo del globo.
UN EQUILIBRIO COMPLICADO

Han pasado ya veinte años desde que la llegada de Ri Myung-hun a la NBA se viese truncada en aplicación de la Trading with the Enemy Act de 1917 sobre la República Democrática de Corea. Pese a la coetánea presidencia de Kim Dae-jung en Corea del Sur, favorable al afianzamiento de relaciones pacíficas y prolíficas entre el norte y el sur, las sanciones del gobierno Clinton sobre la Corea de Kim Jong-il impidieron que pudiera verse por primera vez a un jugador (nor)coreano en la mejor liga de baloncesto del planeta —unos años después lo haría el surcoreano Ha Seung-jin—. Para el Departamento de Estado era inaceptable que una parte del salario de Ri, por pequeña que fuera, terminase en Corea, como alivio al eterno problema del país con la obtención de divisa extranjera, consecuencia del bloqueo. Tampoco era tolerable la supuesta alternativa propuesta por el gobierno de Corea del Norte: el pago de una parte del jornal al Estado en trigo. En medio de los años más duros económicamente de la nación asiática, muy dispar al actual momento de construcción ininterrumpida, el gobierno estadounidense tampoco aceptó.

Oportunidad definitivamente perdida. Franquicias como los Cavs estaban interesadas en los 2,35 metros de altura del de Pyongyang. Habría sido el jugador más alto de la historia de la liga, 4 centímetros por encima de Gheorghe Muresan y Manute Bol.

Precisamente en la figura de Manute Bol queda encarnada otra de las historias en las que política y NBA se cruzan. Un norte musulmán áraboparlante y un sur cristiano angloparlante fue la peor combinación posible para un Sudán que sufrió décadas de conflicto civil luego de la independencia oficial en 1956. Con la orden de aplicación de la sharia en todo Sudán a principios de la década de los ochenta comenzó una segunda oleada movilizatoria en el sur cristiano que devino en la Segunda Guerra civil sudanesa, dejando cerca de dos millones de muertos sureños.

El gigante dinka, que debutó en 1985 con los por aquel entonces Washington Bullets, destinó desde un primer momento multitud de recursos económicos al Movimiento de Liberación del Pueblo de Sudán (MLPS). De su bolsillo. Un proceso que le costó la pérdida de sus propiedades y de su capital, en un cuerpo castigado por enfermedades y un duro accidente de tráfico en 2004. Siempre utilizó su voz pública para mostrar al globo el terror que enfrentaban el pueblo sursudanés, durante y después de sus años como basquetbolista profesional. ¿La respuesta de la NBA? Una suerte de asimilacionismo pasivo que permitía explotar la popularidad y el exotismo de Bol para generar beneficio. Siempre manteniendo una neutralidad tramposa en lo que el jugador clamaba como urgente: el auxilio de las gentes del sur de Sudán.

Dwight Howard quiso apoyar al pueblo palestino, pero algo debió suceder para que menos de una hora más tarde el tuit fuera borrado

No solo de jugadores extranjeros está nutrida la liga en lo que a polémicas vinculadas a la política internacional se refiere. En julio de 2014, al número 1 del draft de 2004 se le ocurrió poner un tuit en los siguientes términos: “#FreePalestine”. Dwight Howard, que trataba por aquel entonces de aclimatarse a un baloncesto que vivía cada vez menos de los codazos en la zona y más de la línea de 7,24, quiso apoyar al pueblo palestino tras ver unas imágenes terribles que llegaron a su Twitter. Algo debió suceder para que menos de una hora más tarde el tuit fuera borrado y sustituido por dos que rezaban así: “El tuit anterior fue un error. Nunca he comentado sobre política internacional y nunca lo haré” y “¡Lamento si ofendí a alguien con mi tuit anterior, fue un error!”. No hubo respaldo del resto de jugadores.

Este pánico al posicionamiento político contrasta con la soltura del israelí Omri Casspi al clamar que “los datos no mienten”. ¿Los datos de los niños palestinos asesinados por las Fuerzas de Defensa de Israel? ¿Los datos de los check-points? No, los datos sobre los misiles de Hamás. Nunca quedó del todo claro qué se tejió en el teléfono de Howard para que borrara con semejante celeridad el tuit, pero dibujó algo en claro: uno se puede mojar en la NBA… a veces.

La situación es de una ambivalencia perfectamente calculada: se asumen como legítimas aquellas reclamas que, siendo igualmente cruciales, suscitan un cierto grado de consenso o, como mínimo, asunción pasiva, entre los potenciales seguidores de la liga, los jugadores y los directivos. La NBA, como entramado de intereses empresariales y de lobbies, puede aceptar algunas proclamas. Presumiblemente cuando no se vaya a perder tasa de ganancia ni se vaya a entrar en conflicto con grupos de presión cercanos, como sí sucedió con el caso de Dwight Howard y Palestina. La permisividad no tiene que ver con el grado de vinculación afectiva de las élites de la NBA con los conflictos, sino de lo asumibles —o, en el peor de los casos, beneficiosas— que pueden llegar a resultar y de la afiliación sensible de los protagonistas, los jugadores, con la problemática concreta.

El asesinato de George Floyd llegó a una NBA paralizada por la pandemia y a expensas de reanudarse a finales de julio. LeBron James asumió el liderazgo que le corresponde como extensión de su vigencia sobre el parquet y en la propia estructura de la liga, Jaylen Brown condujo de Boston a Atlanta para liderar una manifestación, Steph Curry y Klay Thompson se movilizaron, tal como Kyrie Irving, y Gregg Popovich reconoció sentir vergüenza como persona blanca. Decenas y decenas de casos similares. La participación de un sector importante del baloncesto estadounidense en la ola de movilización está siendo nítida.

La pandemia del coronavirus frenó en seco una de las temporadas más intensas que se recuerdan en la NBA, con al menos seis candidatos firmes al anillo. En medio del desastre, Netflix comenzó a emitir The last dance, una serie documental alrededor de los Bulls de Michael Jordan 97-98, en su última temporada en Chicago. La figura de Mike, de nuevo, en el centro de mira del baloncesto. El más grande de la historia sobre una cancha, opinión casi unánime. Pero, ¿qué se puede decir de él fuera de ella? Al asesinato de Floyd llegó después de muchos, tras la protección de un discurso lanzado por LeBron y que él solo tuvo que replicar. Un paso por detrás, pero puso al menos un tuit. En 1991, cuando el foco del baloncesto global estaba sobre él, sin ningún James, Curry o Brown tras los que cobijarse, calló.

Rodney King fue terriblemente agredido por la Policía de Los Angeles, pero no encontró en el entonces deportista más influyente del planeta un apoyo siquiera simbólico. Ni una declaración, ni un mensaje de ánimo, ni qué decir una condena explícita o una crítica política. El peor silencio imaginable. Tampoco dio soporte a Harvey Gantt cuando quiso disputar electoralmente al racista Jesse Helms en Carolina del Norte. No sabía lo suficiente de él, según se dice. De nuevo el silencio. Los patrocinios hacían de oro a Jordan y tanto más si no se mojaba. Es decir, si no ponía en peligro la amplitud de su target comercial.

LeBron James ha recuperado aquella esencia de la liga: los grandes iconos dan la cara políticamente. El ‘rey’ se preguntaba el 31 de mayo: “¿Por qué América no nos quiere?”. Cómo no, el discurso reaccionario apolítico salió en defensa del establishment. Laura Ingraham, periodista pro-Trump, lanzó el dardo a Durant y a James: “Callaos y a jugar”. LeBron respondió: “Actuamos como actuamos porque estamos jodidamente cansados de este trato”.

Incesante trabajo de difusión y portavocía en toda plataforma posible. Y detrás de él, toda la liga. Como Lebron James lo había hecho Magic Johnson con el VIH, y antes Jabbar y Russell con el racismo. Este último en las décadas de los cincuenta y sesenta, ahí es nada. Dentro y fuera de la cancha a King James se le respeta. Es el capitán por excelencia, el líder indiscutible de una NBA que él mismo ha cambiado.

En 2014, Derrick Rose acudió al calentamiento de un Bulls-Warriors con una camiseta que rezaba ‘I can’t breathe’. A LeBron le encantó y siguió el ejemplo. También Kobe, Irving o Garnett. Aquella vez el motivo era el asesinato de Eric Garner. Fue estrangulado por un agente al que se finalmente se exculpó. Se confirmaba con aquel caso lo que hoy apreciamos de forma clara: la pasividad equidistante de Jordan no es el ejemplo a seguir para los jugadores. En tropel han acudido a manifestaciones, han respaldado en redes sociales y han sacado adelante campañas. Con LeBron al frente.

El debate sobre quién sea el G.O.A.T. del deporte de la pelota en la cesta se eternizará. Los números de Chamberlain, los anillos de Russell, Kareem y su Sky Hook, la omnipresencia de James sobre el parquet… O, seguramente, la esperpéntica superioridad de Jordan con un balón entre sus manos. Sucede que el básquet no es solo bocinas y el pitido incesante de las zapatillas sobre la madera. Es compromiso, no con el bolsillo sino con la comunidad, y aquí Mike es un segunda ronda.

Comparte, si te gusto