El legado gramsciano y los desafíos contemporáneos de la emancipación

Marco Fonseca

Escribo el presente blog como una serie de comentarios al artículo de Eddy Sánchez Iglesias publicado por CTXT en el día del aniversario de la muerte de Antonio Gramsci en 1937.

1) Gramsci NO puede reducirse a ser un “teórico de la coyuntura”. Gramsci nos ofrece instrumentos teóricos para el análisis coyuntural, pero la filosofía de la praxis no es reducible a esta forma de análisis. Para el pensador revolucionario italiano, la estructura y la superestructura, la historia y la coyuntura, la coerción y el consenso, la disciplina y la espontaneidad, la dominación y la hegemonía, etc., son relaciones sociales y conceptos que no pueden pensarse de modo aislado o abstracto. La filosofía de la praxis es, pues, la respuesta gramsciana a las abstracciones del sentido común tanto popular como dominante.

2) Para Gramsci la dimensión emancipadora de la subjetividad es algo problemático, algo así como un contradictio in adjecto precisamente por la hegemonía: la subjetividad es, siguiendo a Hegel, ¡hegemonía! La clave es pues el despliegue de una ética auto-crítica, auto-emancipadora que apunta en la dirección de las reflexiones que más tarde habría desarrollar un Fanon y, más recientemente, un Zizek.

3) Para Gramsci filosofía de la praxis no significa simplemente “acción política concreta”. La dimensión crítica de la filosofía de la praxis como crítica de las ideologías dominantes trasciende la dimensión del ritmo diario de los acontecimientos y debates de la esfera pública. Gramsci es un pensador de la praxis.

4) Gramsci no es un activista corto placista simplemente interesado en “captar, en cada momento, el problema central y actuar en consecuencia”. Para Gramsci tampoco hay, en lo absoluto, solo “una línea de acción principal en cada momento”, sino que hay varias posibilidades que requieren no solo de una combinación de teoría y praxis para encontrarlas, sino también de una combinación de pasión y audacia para realizarlas. De esto procede el llamado que nos hace Gramsci a encender de nuevo la pasión y violencia de la esperanza.

5) Para Gramsci no hay una simple “tensión causal entre estructura y superestructura”, sino que más bien hay una relación dialéctica entre ambos momentos de lo social y ello no es un simple juego de palabras, sino que es una forma distinta de conceptualizar el tablero de lo social.

6) El “historicismo” gramsciano no es un simple “resultado de una formación intelectual muy influida por el idealismo y el liberalismo de izquierdas de su juventud”. El historicismo gramsciano proviene de una historia mucho más compleja, producto de un trabajo crítico mucho más consciente, hecho en su madurez y en la soledad de la cárcel, y no un simple legado de una juventud pequeño burguesa vivida en la militancia incesante en las calles, fábricas y panfleteos de Turín.

7) Es por tanto erróneo decir que fue un “idealismo mitigado por su carácter historicista” el que le permitió a Gramsci “aportar al marxismo una sensibilidad por la dimensión cultural, política, religiosa y, en general, superestructurales de la vida social”. Esta es, precisamente, una de esas interpretaciones problemáticas de la función de un “idealismo” – entendido precisamente en los términos que el autor rechaza, es decir, los términos de la Segunda Internacional o, incluso, los de Althusser – que la filosofía de la praxis nos permite criticar y superar. Si hay un “idealismo” en Gramsci es, simplemente, porque lo ideal es parte de lo material, un momento inescapable de su auto-constitución. Esto es más aplicable, por supuesto, a la praxis cultural humana.

8) Es cierto que para Gramsci “el fascismo no es una anomalía histórica”, pero también es cierto que su análisis de la hegemonía y del surgimiento, dinámica y contradicciones de los “bloques históricos” cambia nuestra concepción de lo que es la dominación y, de hecho, la hegemonía, y no solo en el caso concreto del fascismo. El fascismo no se trata de una simple relación de dominación – con o sin consentimiento – de los/as de arriba para con sus subordinados/as de abajo. Las formas de la dominación comportan, todas ellas, algo similar a la dialéctica hegeliana del señor y del siervo o a la dialéctica marxista entre capital y trabajo. El fascismo no rompe con este modelo pero sí lo vuelve extremo en el sentido de querer eliminar los factores, instituciones o prácticas que median los procesos de dominacion como ocurre con el liberalismo. El fascismo busca hacer de la dominación algo que objetivamente necesitan las mayorías sociales y, al mismo tiempo, busca hacer de dicha necesidad la expresión concreta y subjetiva de la libertad.

8) Gramsci no simplemente concluye que la derrota de la revolución en Italia se debe al aislamiento del proletariado del norte y a la exclusión del campesinado del sur; Gramsci NO simplemente “concluye que el cambio es imposible sin el campesinado y la Italia meridional (la cuestión meridional)”; mucho más allá de ese debate que definió la cuestión de la estrategia revolucionaria entre los 60s y 80s (que creo es lo que informa la lectura de este autor), Gramsci está preocupado con el status de la contingencia, la espontaneidad, la autonomía y la subalternidad en los procesos de organizar la revolución; cuando Gramsci hace un llamado a la “revolución contra El Capital”, lo que tiene en mente no es el desarrollo de una revolución campesina con apoyo proletario; lo que tiene en mente es una transformación más radical de lo que hoy entendemos por articulación política; de ahí el llamado de Gramsci hacia un nuevo Príncipe, una nueva formación partidaria que combina la coerción – lo disciplinado – y el consentimiento – lo consensuado, de modo rupturista.

9) A la pregunta: “¿cuáles son los actores que irrumpen como condición necesaria para el cambio socialista en las sociedades contemporáneas?”, creo que Gramsci solo puede responder – por su propia lógica y en nuestros términos contemporáneos – con una noción de movimientos rizomáticos articulados de modo tanto democrático (consensual) como disciplinado (coercitivo) manteniendo su autonomía con respecto no solo de Estado y del capital, sino con respecto del movimiento mismo para evitar el surgimiento de nuevas relaciones de dominación y hegemonía incluso desde antes del momento catártico de la revolución.

10) Concuerdo que para Gramsci, “la reconstrucción de un proyecto socialista en aquel contexto requería de formas y sujetos nuevos”, pero Gramsci no situó esa nueva referencia solamente “ahí donde antes se había negado todo potencial de cambio, es decir, en el desarticulado campesinado del Mezzogiorno italiano”; aunque tenga elementos en común con ellos o los haya anticipado de modo filosófico o político, Gramsci no es un Emiliano Zapata, un José Carlos Mariátegui o un Mao Zedong; Gramsci propone remapear las coordenadas centrales del “sujeto” revolucionario para dejar esa idea de “subjetividad” colectiva a un lado y rescatar el potencial al mismo tiempo espontáneo y disciplinado de la subalternidad excluida, irreductible tanto al proletariado como al campesinado; por ello es que Gramsci, en la plenitud de su madurez, insiste como nunca en defender la “espontaneidad” que por un momento caracterizó a los consejos de fábrica; en otras palabras, Gramsci nunca habló de inyectarle una lógica campesina al proletariado del norte o, al revés, una lógica proletaria al campesinado meridional; esos eran los términos del debate en los 1920s; Gramsci supera esos términos con un giro decisivo a la dialéctica y con un “regreso al pueblo”, es decir, a la noción de pueblo como agente espontáneo/organizado de transformación revolucionaria.

11) Gramsci no rompe con el Partido Socialista Italiano (PSI) simplemente porque este no comprendió filosóficamente el significado histórico mundial de la revolución Rusia o por “su incapacidad de entender el papel que juega el campesinado y el significado de la cuestión meridional como cuestión nacional.” Discreto pero seguro, Gramsci desarrolla una crítica a la revolución Rusa por abandonar, poco a poco, la concepción leninista del acto político impuro, es decir, como combinación de lo autónomo (democrático) y disciplinado (articulado), como jacobinismo, y crecientemente a favor de lo burocrático y centralizado, es decir, como “estatolatría”; Gramsci vio todo esto con horror y lamentó la pérdida de compromiso con “el pueblo”; al mismo tiempo, Gramsci no rompió con el PSI porque éste no entendió al campesinado del sur italiano, sino que más bien porque el PSI no tuvo capacidad intelectual o política para entender el papel de la contingencia, la espontaneidad, la subalternidad y la autonomía en los procesos de formación revolucionaria.

12) Si es cierto que “la experiencia política de Gramsci y su elaboración teórica nos previenen del mecanicismo aún latente en la izquierda contemporánea, la cual sigue ligando cambio a excepcionalidad, crisis económica a crisis política terminal”, ello requiere entender de modo más profundo lo que Gramsci conceptualizó como lo opuesto al mecanicismo de la izquierda de sus años; solo sobre esta base podemos entender quien, hoy, es “esa plebe precaria de la periferia” en donde se encuentra la subalternidad y no simplemente la “nueva cuestión meridional.”

Marco Fonseca es Doctor en Filosofía Política y Estudios Latinoamericanos por parte de la York University. Actualmente es instructor en el Departamento de Estudios Internacionales de Glendon College, York University. Su libro más reciente se titula «Gramsci’s Critique of Civil Society. Towards a New Concept of Hegemony».

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