Dejemos de romantizar la naturaleza: nuestra vida depende de ello

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Kenan Malik

Por supuesto, a todos nos gusta gozar de brillantes cielos azules, pero para la mayoría de la población la pandemia significa hambruna y enfermedad, y no la “regeneración” del planeta.

“La Tierra se está curando, nosotros somos el virus”, dice el meme, propagándose rápidamente por Internet. Se trata de un sentimiento compartido por muchos políticos, comentaristas y celebridades en estos días.

“La naturaleza nos está enviando un mensaje”, dijo Inger Andersen, jefe de medioambiente de la ONU. “Desde el punto de vista de la Madre Naturaleza”, sugiere el periodista Fintan O’Toole, el coronavirus “mejora las cosas”. Sarah Ferguson, la duquesa de York, está de acuerdo. “La Madre Naturaleza nos ha enviado a nuestras habitaciones… como los niños mimados que somos”, tuiteó. “Ella trató de advertirnos, pero al final volvió a tomar el control de nuevo”.

Quizás Ferguson necesita recordar que ese “volver a tomar el control” se ha traducido en la muerte de cientos de miles de personas. Para otros cientos de miles, ha significado perder sus medios de vida y desatar, en palabras del coordinador del Programa Mundial de Alimentos de la ONU, David Beasley, “hambrunas de proporciones bíblicas”.

También debemos recordarnos a nosotros mismos que lo que ahora se considera antinatural y pecaminoso, no hace mucho tiempo se celebraba como natural y auténtico. Desde que estalló la pandemia en Wuhan, los mercados mojados chinos han sido denunciados como repugnantes y viles. Sin embargo, cuando Alan Levinovitz vivió en China, afirmaba que “deambular por los puestos al aire libre era algo liberador y auténtico, evidenciaba una diferencia sustancial respecto de los supermercados estériles donde el pollo yace detrás del vidrio, empaquetado en plástico por corporaciones sin rostro”. Aquí estaba “la carne en su estado natural: sin refrigerar, sin procesar, sin envasar, sin cocinar y, algunas veces, sin sacrificar”.

Levinovitz, profesor asociado de religión en la Universidad James Madison, ya había terminado de escribir su último libro, Natural, cuando se desató la pandemia. Sin embargo, se trata de una lectura indispensable, especialmente para todos aquellos que consideran que “los humanos son los virus”.

Levinovitz argumenta que los conceptos de “naturaleza” y “natural” han devenido sinónimos de “Dios” y “divino”. Los humanos somos pecadores no porque hayamos desobedecido a Dios, sino porque hemos violado la naturaleza, nuestra maestra, en cuya sabiduría podríamos descubrir las reglas morales que deberían regir nuestras vidas.

El atractivo moral de la naturaleza ha sido, durante mucho tiempo, un medio para justificar leyes y estructuras humanas particulares. Desde las relaciones interraciales hasta la homosexualidad, ciertas prácticas se han considerado transgresoras de los límites naturales y, por lo tanto, han sido severamente castigadas. Como observó un juez de Pensilvania en 1865, la prohibición del matrimonio interracial era necesaria para evitar “la corrupción de las razas”.

Irónicamente, muchos defensores del matrimonio interracial y homosexual también sienten gran atracción por la naturaleza. La mezcla racial, argumentaron los activistas del siglo XIX, se encuentra recurrentemente a lo largo de la historia. Por su parte, los activistas LGBTQ contemporáneos insisten en que los animales no humanos también manifiestan atracción hacia el mismo sexo. “La bondad natural”, observa Levinovitz, es “una ética mercenaria que cualquiera puede contratar para luchar por su causa”. Una de las cualidades de Dios y de la naturaleza es que Él o ella siempre están de nuestro lado.

No solo los estilos de vida supuestamente “aberrantes” son tachados de antinaturales. Desde las clínicas de reproducción asistida hasta los alimentos genéticamente modificados, desde las vacunas hasta la clonación, los críticos condenan algunos avances científicos y tecnológicos, entendiéndolos como una profanación de la naturaleza. Para ellos, la naturaleza se ve como una guía o plantilla de lo que los humanos deberían hacer. Y, sin embargo, gran parte de los elementos que sostienen la vida humana, desde la aspirina que tomamos para aliviar el dolor hasta el refrigerador que ayuda a evitar que la leche se corte, son un signo de que los procesos naturales a menudo son perjudiciales para nosotros, y la postura moral adecuada debería velar por mantenerlos a raya.

La romantización de “lo natural”, señala Levinovitz, se arraiga en el privilegio social. Solo aquellos que disfrutan de un estilo de vida lo suficientemente protegido de los estragos de la naturaleza tienen la licencia para romantizarlo. En países con sistemas de salud robustos, las personas tienen los recursos para optar libremente por un parto natural, por las medicinas alternativas, o por rechazar ciertas vacunas. En la parte del mundo en el que el parto “natural” no es una opción, sino una imposición, las tasas de mortalidad materna e infantil son asombrosamente altas. Es la pobreza la que condena a tantos, en el Sur Global, a depender de la medicina tradicional o a vivir sin vacunas.

Después de leer en el New Yorker sobre los beneficios de la “crianza natural” de los Matsigenka, una tribu amazónica peruana, Levinovitz viajó a Perú para comprobarlo con sus propios ojos. Estaba decepcionado de que no vivieran en un “estado de naturaleza”, sino con paneles solares y teléfonos móviles. Le preguntó a un local si estaba “contento de tener electricidad”. “Me miró confundido”, recuerda Levinovitz: ‘Sí’, dijo rotundamente, como si le explicara algo a un niño. ‘Ahora podemos ver de noche’”.

Por supuesto, aquellos que están más desesperados por conseguir las maravillas “antinaturales” que los ciudadanos de los países ricos dan por sentado (electricidad, agua limpia, transporte, refrigeración, medicamentos) también corren mayor riesgo de sucumbir a las depredaciones provocadas por la sociedad industrial. La semana pasada, al menos 11 personas murieron y cientos fueron hospitalizadas después de una explosión y una fuga de gas en una fábrica de productos químicos en la ciudad india de Visakhapatnam.

La India sigue asediada por la memoria del terrible desastre de Bhopal, en 1984, cuando la explosión en una fábrica de pesticidas provocó la liberación masiva de isocianato de metilo, un gas mortal. Medio millón de personas estuvieron expuestas a la toxina, de las cuales murieron 16.000. Casi 40 años después, todavía no se ha conseguido desintoxicar el lugar.

Son los pobres, ya sea en los países ricos o en el Sur Global, los que sufren más la contaminación industrial, están en mayor peligro por el cambio climático, y más amenazados por las consecuencias del coronavirus. Esto no se debe a que los humanos estén violando la naturaleza, sino a que las sociedades están estructuradas de manera que la innovación y el desarrollo sigan siendo el privilegio de unos pocos, mientras que la depredación y la mala salud acechan a la gran mayoría.

Desafiar tanto la falta de desarrollo como la devastación ambiental no requiere afirmaciones tan lastradas como la de que “los humanos son el virus”, sino confrontar abiertamente las políticas que limitan la innovación, imponen desigualdad y anteponen las ganancias a las personas. Es lo “malo” de lo social, y no lo “bueno” de lo natural, lo que debemos abordar con entereza.

Kenan Malik. Es columnista en The Observer.
Fuente: https://www.theguardian.com/commentisfree/2020/may/10/lets-stop-romanticising-nature-so-much-of-our-life-depends-on-defying-it
Traducción: Inés Molina Agudo
Fuente Sin Permiso.

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