Ante la emergencia del coronavirus, algunas preguntas a los colegas universitarios (Segunda parte)

César Antonio Estrada Mendizábal

En el escrito anterior a este veíamos cómo la amenaza a la vida humana y todo el trastorno generalizado que ha traído la pandemia del coronavirus, sumados a las precarias condiciones sociales generadas por el imperante régimen económico neoliberal que sólo atiende a la ganancia privada en detrimento de las personas, han trastrocado el sistema educativo y la labor universitaria, todo lo cual suscita observaciones, reflexiones, dudas y preguntas en quienes hacemos vida en la universidad. Veamos aquí algunos elementos más que cuestionan o llaman a revaluar el contenido y el sentido de la labor universitaria.

Una de las tareas centrales de las universidades es la práctica de la ciencia en sus distintas ramas –ciencias naturales, sociales y humanas– y la promoción de la objetividad y la amplitud del espíritu científico. Esta práctica conjunta y compenetra elementos de crítica epistemológica, síntesis de conocimientos, investigación y comunicación a la sociedad de los conceptos y teorías generados. Ahora bien, si tomamos en cuenta el conocimiento y los sistemas teóricos elaborados en otros momentos o latitudes, si consideramos que no estamos en una remota isla sin historia y desconectada de otras culturas, ¿podemos hacer ciencia por nosotros mismos, somos capaces de ver la realidad por nuestros propios ojos sin ponernos una especie de anteojos prestados quizá útiles para otros pero que nublan nuestra vista sensorial e intelectual? Ciertamente, no sólo podemos sino debemos. Con una preparación suficiente, con métodos apropiados a la naturaleza del objeto de conocimiento, con una mentalidad abierta a la esencia y a los cambios del mundo –en su compenetración natural y social– que nos rodea, podemos llegar a conocerlo y a proponer acciones sobre él que potencien la vida humana, la sociedad y la naturaleza.

Otro factor inquietante para el claustro y que ha ido adquiriendo más peso en la evaluación y el control que los administradores y auditores ejercen sobre la labor de los profesores universitarios es la fría, inapropiada y despersonalizada cuantificación que se hace de su trabajo. Docencia e investigación se relacionan entre sí en distintas proporciones y van de la mano en la cotidianidad y práctica de la universidad, pero cómo se “miden” y qué importancia se les asigna por los cuerpos directivos es motivo de tensiones académicas y laborales. Para hacer investigación se necesitan fondos, por los cuales se hace necesario competir más que colaborar, y, por responsabilidad social, la universidad pública debería ser muy cuidadosa en cómo y a quién los asigna en los distintos procedimientos que tiene establecidos para financiar proyectos investigativos. Así, entonces, podría preguntarse cuáles deberían ser las prioridades de la investigación que se realiza en la universidad, si las necesidades colectivas o las particulares, y qué criterios, aparte de los científicos y de la pertinencia nacional, deberían primar en la asignación de recursos o en la elección de los objetos de investigación, si los que establezcamos nosotros a la luz de nuestras condiciones o los que simplemente son importados de organismos y tendencias internacionales sin haber sido analizados, discutidos y sopesados. Además, si pensamos en la comunicación con la sociedad, ¿cómo va a relacionarse la universidad con su pueblo para darle a conocer los resultados de su actividad científica, sus hallazgos, sus planteamientos y, a la vez, escuchar los suyos? En este punto me parece claro que podemos coincidir en que el lema “Id y enseñad a todos” debería complementarse con un “id y aprended de los demás” que reconozca el conocimiento y la sabiduría históricamente gestados en los sectores populares.

En relación con lo anterior, si ahora consideramos el central y conexo campo de la educación, ¿cuándo vamos a establecer en la universidad una política o filosofía educativa que responda a nuestra situación concreta y a los intereses nacionales?, ¿hasta cuándo vamos a permitir que la didáctica, aun tomando en cuenta su importancia, suplante al proceso educativo entero? En la actualidad, en las universidades los departamentos pedagógicos –en sintonía con corrientes de moda– con sus diversos “especialistas”, los administradores y planificadores educativos, están más interesados en cómo y por cuáles medios se enseña, en cómo se es más eficiente y se logran mejores resultados –con lo que quieren decir mayor cantidad de aprobados o graduados– que en el contenido y los fines de la enseñanza. Asimismo, quienes toman decisiones y dirigen las universidades, han adoptado por sí solos lineamientos o prácticas como la “educación por competencias”, con su miríada de controles burocráticos y administrativos que ahogan la ya casi desconocida libertad de cátedra, y se dejan guiar por tópicos ajenos como la noción de “calidad” educativa, la “educación de excelencia”, “la sociedad del conocimiento en un mundo globalizado” o las bondades de las maravillosas “tics” (tecnologías de la información y de la comunicación) y de la “educación virtual”

¿Y qué decir de los famosos “procesos de acreditación” de carreras o de facultades a los que están siendo sometidas nuestras universidades? Han sido adoptados mecánicamente, prácticamente sin reflexión, es decir, casi impuestos, sin la participación de los interesados, de los que realmente realizan el proceso educativo –los profesores y los estudiantes– y provocan una serie de dificultades y complicaciones por tener que satisfacer los compromisos contraídos con las agencias acreditadoras, en otras palabras, se mete a las unidades académicas en una especie de camisa de fuerza, con lo que se contrarresta lo positivo que se pudiera lograr. Más que la acreditación (¿ante quién y para qué?) de lo que hacemos, de lo que siempre ha sido nuestra labor, de las profesiones o carreras que se imparten o de las facultades, escuelas o departamentos, acreditación realizada por empresas que hacen negocio de estos repetitivos y formalistas procesos aprovechando tendencias mercantiles y administrativas que han invadido las universidades, en realidad, en lugar de esto, lo que necesitamos es abrir nuestros sentidos y nuestra mente, ejercitar nuestra capacidad intelectual, para ver la circunstancia en que vivimos, conocerla, evaluarla, decidir qué es lo que más nos conviene y, así, escoger nuestro propio destino y el camino para alcanzarlo.

Finalmente, una pregunta de orden político-administrativo. Esencialmente, la universidad se compone de profesores y estudiantes, y el profesorado concentra la experiencia que da la constancia en la práctica y el estudio, por lo que es natural que tenga la potestad de influir decisivamente en el rumbo de su casa de estudios. Entonces, ¿quiénes deberían dirigir las universidades y cómo, autoritariamente o basándose en el conocimiento, las deliberaciones y las propuestas de los profesores y en las sugerencias estudiantiles? En el caso de las privadas los directivos podrían ser desde simplemente los que en la práctica son los dueños hasta un consejo o grupo de personas preparadas, honradas y con conciencia social que tengan presente la naturaleza de la universidad y no la vean ni la conduzcan como una simple empresa lucrativa. En la universidad pública la situación es bien diferente aunque sólo fuera porque es el pueblo quien la sostiene y por los deberes que esto le impone. No obstante, en ella, en la San Carlos, los principales puestos de dirección se alcanzan por elecciones que, en contra de lo que se supone y se acepta, no son democráticas ni incluyentes, sino, más bien, procesos electorales que están regulados por reglamentos caducos que sólo son aprovechados por pseudouniversitarios para hacerse del poder y satisfacer sus intereses particulares. Por otro lado, aunque estas fallas se fueran corrigiendo, si consideramos bien las cosas podemos convenir en que la autoridad intelectual, académica o moral no se obtiene en una elección por mayoría de votos sino por toda una trayectoria de vida. Así, pues, ¿cuándo vamos a lograr que la Universidad de San Carlos sea dirigida por universitarios idóneos, probos, cuya prioridad sea una educación superior que responda a nuestra realidad histórica?, ¿será que las próximas elecciones de rector –de las cuales ya empiezan los movimientos– se llevarán a cabo como se ha acostumbrado y serán sólo una repetición del mismo sainete de siempre que entronice a “personajes” como los que ya conocemos con todo su séquito de adláteres oportunistas?

En fin, ahora que acaso tenemos un poco de tiempo, en medio de la funesta pandemia del coronavirus, estas u otras preguntas podríamos hacernos los universitarios para que al regresar a la universidad no volvamos simplemente a lo de siempre, a la “normalidad” que, según vemos, ahora más claramente, en virtud de esta crisis viral, ya es más que necesario superar.

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