Ante la emergencia del coronavirus, algunas preguntas a los colegas universitarios (I/II)

César Antonio Estrada Mendizábal

La pandemia del coronavirus y las acciones dispuestas por los gobiernos para enfrentarla han afectado severamente la marcha habitual de las sociedades. El confinamiento doméstico, las restricciones a la locomoción y las medidas de distanciamiento personal han perjudicado seriamente las actividades económicas, la rutina diaria y la forma de trabajar o de desarrollar el quehacer de las personas.

En la esfera del sistema educativo en sus diferentes niveles, las clases presenciales se han suspendido y para no perder el ciclo lectivo las escuelas, colegios, institutos y universidades han recurrido a la educación “en línea”, y los profesores y los alumnos se han visto en la necesidad de tratar de alcanzar sus objetivos pedagógicos mediante el uso de diversos programas informáticos, “aplicaciones” o “plataformas” para comunicarse, impartir y evaluar clases y desarrollar toda la gama de actividades que normalmente constituyen la práctica docente. Por supuesto, para ello es indispensable contar con los medios materiales: energía eléctrica ininterrumpida, señal de internet, computadora, tableta electrónica, teléfono celular apropiado y un lugar adecuado para poder realizar tales actividades. Todo esto pareciera fácil de tener pero en un país como Guatemala más bien es una excepción dentro de las grandes carencias de la población en general.

Todos hemos sabido de los múltiples problemas que los alumnos de primaria y secundaria y los padres de familia de aquellos han tenido que enfrentar para poder hacer lo que normalmente se realizaba en el aula en la relación personal con los maestros quienes, especialmente, se han visto ahora recargados de trabajo para familiarizarse con el uso de los medios electrónicos (“virtuales”) y adaptar sus prácticas a estas nuevas condiciones (claro está, siempre y cuando tengan los útiles necesarios).

La docencia universitaria se ha visto envuelta en este mismo torbellino, donde algunas carreras en sus diferentes niveles han sido más afectadas que otras. Distintas han sido las salidas y los resultados. Mientras, el grueso del profesorado, aparte de sus deberes usuales y del tiempo adicional que debe dedicar a buscar, conocer y ejercitarse en el uso de los medios electrónicos, ha sido sometido a llenar una serie de informes y controles que, con frecuencia, son sólo requisitos formales e innecesarios dictados por la creciente burocracia de los administradores y de los “modernos” pedagogos de las universidades. Agréguese a esto las limitaciones del medio y el escaso reconocimiento o incentivos al mérito universitario, y se comprenderán las reflexiones que pueden suscitarse en un profesor y las interrogantes consiguientes.

Pues bien, dentro de este contexto podemos definir algunos planteamientos. Empecemos por decir que las universidades son instituciones, es decir, organismos de interés social. Su actividad se desarrolla en determinadas circunstancias históricas y afecta en diversos grados a los grupos sociales, cuyos miembros, a su vez, tienen variadas expectativas de la labor universitaria. Por ello, ante la pandemia del covid y sus secuelas, ante el generalizado riesgo para la salud y la existencia misma, y todo el trastrocamiento en la vida y en el trabajo y sustento de las mayorías, particularmente en países donde la desigualdad y la exclusión son la norma, es oportuno plantearse cómo ir cambiando nuestra situación individual y colectiva de modo que, cuando todo este descalabro pase, no volvamos simplemente a la “normalidad” que ya hemos vivido y padecido por tanto tiempo y estemos mejor preparados para enfrentar mejor la embestida del siempre presente capital con sus intereses privados que pretende una población domesticada y controlada que no ponga obstáculos a la continuada acumulación y reproducción de las grandes empresas.

Si bien cada sector de la sociedad será interpelado por esta grave crisis epidemiológica mundial, a las universidades y a sus integrantes nos toca nuestra parte y debemos atenderla aunque nuestro ámbito se pueda considerar una porción pequeña o secundaria en comparación con otras esferas sociales como la sanidad pública, la agricultura, la producción de alimentos y la actividad económica del área rural, los derechos de los trabajadores, de los pueblos indígenas, de las mujeres y de la población desprotegida, niños, ancianos, desempleados.

Ahora que llevamos ya más de dos meses de no estar presentes en nuestro ambiente universitario, de estar recluidos, dando clases y atendiendo otras labores académicas “on-line” con todo el trastorno que esto ha significado; ante las perturbaciones o males mayores que podrían acaecer, y tomando en cuenta nuestra situación y cómo toda la población es afectada, se me han venido a la mente algunas preguntas que quisiera compartir con mis colegas. Son cuestionamientos que inquieren sobre el contenido y el sentido de lo que hacemos como profesores universitarios que, en los mejores casos, siguen aprendiendo, enseñan, investigan y tratan de coadyuvar a la superación de nuestro país y de su gente. Talvez si nos hacemos ciertos interrogantes vayamos planeando un camino que nos lleve a que las universidades, especialmente la pública, respondan más a lo que el pueblo necesita y espera de ellas.

Veamos, a continuación, algunas de esas preguntas, dudas que pueden surgir, acaso, en la práctica de los profesores universitarios:
¿Cómo contribuye el quehacer universitario a la superación de los problemas más acuciantes del país? ¿Cómo podemos los profesores coadyuvar en este esfuerzo con nuestra labor crítica, científica y pedagógica?
Si bien es cierto que somos condicionados espiritual y materialmente por la sociedad en la que estamos inmersos, es decir, por la historia, las condiciones materiales, la ideología y la psicología sociales, la universidad no debería simplemente limitarse a seguir los dictados que le llegan de los grupos de poder económico y sus brazos políticos e ideológicos, no puede ser un vocero o un mero reproductor del statu quo, del injusto estado de cosas imperante. No se trata de que las universidades meramente se adapten a las tendencias o modas culturales del momento, a sus patrones de conducta deshumanizados, a los vaivenes del mercado, de la oferta y la demanda. Por el contrario, la educación superior puede proponer otros valores, formas distintas de proceder que nos lleven a una convivencia más humana, a un país más incluyente y respetuoso de las diferencias. Y aquí los profesores –en el papel de docentes o investigadores– podemos poner nuestro grano de arena promoviendo un espíritu científico en el amplio sentido, indagador, crítico, deliberante y consciente de las necesidades y de los intereses colectivos y personales de los grupos mayoritarios del país.

En la misma línea de ideas, con respecto al quehacer educativo, si observamos cómo cada vez más las universidades –incluso la pública– se promocionan, se anuncian y orientan su práctica con criterios mercadológicos que han hecho del estudiante un “cliente” que quiere una certificación o un diploma que le amplíe el campo laboral, que siempre tiene la razón y que debe ser satisfecho, cabe preguntarse si se puede reducir la universidad a una simple entidad cualificadora, es decir, una entidad que nada más se limita a dar la formación o, menos aun, la información especializada, el adiestramiento, que permitirá a los estudiantes desempeñar un oficio o profesión liberal. En otras palabras, ¿sería aceptable, entonces, privar al Alma máter de su esencia ideológica, cultural y política, y convertirla en un simple instituto de capacitación laboral que forme fuerza de trabajo medianamente capacitada, acrítica y lista para sólo seguir las órdenes y objetivos de los patronos? La experiencia de vivir en una economía inveteradamente cerrada y controlada, en un sistema político excluyente que defiende intereses oligárquicos nos lleva a responder que no, que es todo lo contrario, que además de una buena instrucción profesional, la universidad debe ofrecer y promover una educación amplia, liberadora, con buena base científica, humanística y social que ayude al estudiante a pensar y a conocer la realidad por sí mismo, a ubicarse y orientarse en ella, de modo que, además de ganarse la vida honradamente, de satisfacer sus sanos deseos de mejoramiento social, no sea sólo un eslabón en la cadena de apropiación capitalista sino alguien que promueve el cambio y la superación del injusto sistema socioeconómico actual.

En un escrito subsiguiente seguiremos considerando otras interrogantes que la problemática de hoy nos plantea a quienes hacemos vida en el campo universitario.

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