«La crisis económica mundial no depende solo de la pandemia». Entrevista

Beppe Vacca

Hemos de dejar de pensar que la terrible recesión que nos ha caído del cielo es sólo el fruto de la pandemia y del cisne negro que atormenta a este desafortunado 2020. No es así: la caída del ciclo económico es, ante todo, el resultado de la forma deficiente con la que ha sido afrontada la crisis mundial precedente, la del 2007-2008, en la que cautelosamente se ha evitado poner en discusión los orígenes de la crisis y las distorsiones del modelo de desarrollo, lo cual nos está pasando factura ahora. Es lo que sostiene con pasión en esta entrevista para Firstonline Beppe Vacca, que no es un economista sino un filósofo político, exparlamentario del PCI y expresidente del Instituto Gramsci, y que como intelectual de altura que es, está acostumbrado a pensar a lo grande, a buscar el sentido general de los diferentes aspectos que componen la realidad y, sobre todo, a no reducirla a los estrechos límites de la política doméstica. La pandemia y la crisis económica no se pueden interpretar sólo a partir de esquemas nacionales, de igual modo que es ilusorio pensar en un nuevo «milagro económico» en términos sólo italianos. Para entender lo que realmente está sucediendo es necesario abrir las ventanas al mundo, comprender que la verdadera partida Italia la juega en Europa y que es inútil plantearse hoy objetivos demasiado ambiciosos porque el gobierno Conte 2 es «una coalición de emergencia, no una alianza reformadora». Refundar nuestro sistema económico es necesario, pero no es una tarea para hoy. He aquí cómo Vacca ve la situación que estamos viviendo, haciéndose eco de lo que ha escrito hace algunos meses en su nuevo libro La sfida di Gorbaciov. Guerra e pace nell´era globale (Salerno Editrice)

Profesor Vacca, si la fase 1 de la emergencia del Coronavirus y la fase 2 de la desescalada han sido muy difíciles, no menos problemática se presenta la fase 3 de la reactivación económica: hay quien habla de reconstrucción de Italia frente a una recesión epocal, pero, teniendo en cuenta que no crecemos desde hace más de veinte años, no cree que sería el momento de subir el listón y de plantear una verdadera refundación de nuestro sistema económico? ¿Pero sobre qué bases?

Esta pandemia tiene un carácter global y, por lo tanto, no logro imaginar la reactivación de la economía italiana al margen de la evolución de la pandemia a escala mundial. Aprendiendo de la experiencia china, en todos los países golpeados las medidas adoptadas hasta ahora son medidas de contención de la infección, no de neutralización del virus, lo cual se prevé que sucederá con el descubrimiento de una vacuna adecuada y su aplicación a la población mundial. Un período de algunos años, según dicen los expertos. Si la contención de la epidemia en Italia resultara eficaz, serán mitigadas y luego eliminadas las medidas de aislamiento, bloqueo de la actividad, de la circulación, etc. La economía, como se suele decir, será desbloqueada; pero no podremos reactivar y mucho menos «refundar» el sistema económico prescindiendo de los desarrollos de la crisis económica mundial. El tema es demasiado amplio para afrontarlo aquí. Me conformaría con que dejásemos de atribuir la crisis económica mundial a la pandemia. El crecimiento en un mes de un 25% en el número de desocupados en los Estados Unidos no es sólo un efecto de la pandemia y del retraso y la ignorancia con los que ha sido afrontada por Trump. Desde el momento en que se «reinició», gracias a las medidas financieras adoptadas en el 2008, la economía americana esperaba una nueva caída del ciclo económico mundial para la primavera de este año, debida, ante todo, al hecho de que los medios con los que había sido detenida la crisis del 2007-2008 planteaban de nuevo el mismo modelo de desarrollo de la década precedente, el cual había generado la gran crisis de las subprime.

El historiador de la economía, Franco Amatori, ha escrito recientemente también en Firstonline que Italia necesitaría su tercer milagro económico después de aquel de principios del siglo XX y el del boom de entre los años 50´ y 60´, pero para esperar un nuevo milagro económico se necesitaría un New Deal o, al menos, una idea general del futuro de Italia de la cual no se ven las trazas: en su opinión, ¿cómo se puede llenar un déficit cultural y político como ese?

Estoy de acuerdo con el profesor Amatori en la invocación de un New Deal y veo con una pizca de optimismo que en la reconstrucción de la coalición demócrata para las próximas presidenciales americanas de noviembre se vuelvan a oír alusiones rooseveltianas. Además, el impacto de la pandemia y de la crisis global está relegitimando casi en todas partes los modelos de la economía mixta, demonizados en los últimos cuarenta años. Pero pensar en un nuevo «milagro económico» en términos estrictamente nacionales no me parece realista. El «milagro italiano» de hace sesenta años se llevó a cabo sobre el trasfondo de una economía mundial basada en el estándar del dólar, el Plan Marshall y el compromiso de los Estados Unidos para volver a poner en pie a Italia a fin de contener la presencia de las potencias coloniales europeas, Francia y Gran Bretaña, en el mediterráneo. Nada similar se encuentra hoy a la vista. La narración global propuesta por los Estados Unidos es la de una nueva Guerra Fría con China. Es una narración engañosa. La Guerra Fría de los años 50´ nació de la convergencia de las dos mayores potencias postbélicas (EEUU y la URSS) para tratar de reconducir a una regulación bipolar un sistema mundial de relaciones internacionales ya por entonces tendencialmente multipolar. En el mundo multipolar e interdependiente de hoy, el esquema de la Guerra Fría es implanteable. Los desafíos entre los grandes players globales se afrontan mediante la cooperación multilateral, de otro modo estaríamos ante la tentación, que quizás el COVID-19 ha alejado por ahora, de una guerra mundial. De cualquier modo, antes de hablar del mundo en general, deberíamos mirar a la Unión Europea, al menos porque es la dimensión en la que Italia puede renacer, junto a sus principales socios, o hundirse junto a ellos y más que ellos.

La suspensión del pacto de estabilidad, el nacimiento del nuevo MES, la flexibilización de las reglas sobre las ayudas del Estado y de los vínculos con la banca, y el nuevo bazooka puesto en juego por el BCE parecen indicar que esta vez, a pesar del pesimismo instrumental de los soberanistas, Europa ha dado un golpe sobre la mesa: en su opinión, ¿existen las condiciones a través de las cuales, tras la primera respuesta en el plano económico, la Unión Europea pueda avanzar en el terreno de la unidad política?

Espero no equivocarme, pero me parece que las medidas adoptadas por la Unión Europea que usted menciona y, sobre todo, el Recovery Plan, señalan una clara inversión de la tendencia con respecto a la interpretación impuesta al Tratado de Maastricht antes y después de la postura asumida por Europa frente a la crisis global en el 2008-2011. La magnitud de los recursos movilizados, las innovaciones de la governance anunciadas, las tímidas menciones a un Plan Marshall europeo, demuestran, en mi opinión, que la Unión Europea, a diferencia de lo que sucede desde hace doce años, no está esperando a ver lo que harán los Estados Unidos para luego situarse en su estela. Quizás hoy Europa es capaz de una mayor iniciativa y, por otro lado, no se ve qué podría provenir de los Estados Unidos, donde Trump no ha dejado de mostrar que no nos considera un aliado sino más bien un adversario. Sería conveniente que el giro se consolide y se afirme eliminando el bloque de la proyección mediterránea de la UE impuesto tras las divisiones provocadas por la guerra americana en Irak en el 2003. Naturalmente el contexto es todavía más turbulento y complejo que entonces, porque China ha asumido mientras tanto un papel mundial que hace quince años todavía no tenía y la Rusia de Putin se ha vuelto a poner en pie fomentando una alianza estratégica con China después de que la Unión Europea se le haya puesto en contra. Pero en un escenario tan complicado el recurso a la interdependencia puede dar también un papel a países como Italia y a potencias medias europeas si saben actuar unidas, tal y como se ha visto en la iniciativa de los 7 que ha tenido un peso relevante en la formulación de la agenda europea actual y a la hora de favorecer una reorientación de Alemania.

Quizás Italia debe resignarse a la ausencia de una derecha liberal y democrática, pero hoy también el espectro progresista de nuestro país no parece tener muchas ideas que ofrecer: hubo un tiempo en que el PCI organizaba los famosos congresos del CESPE o del Instituto Gramsci, que eran grandes laboratorios de ideas, el PCI hablaba de «méritos y necesidades» con Martelli y de reformas con Amato, mientras Ugo La Malfa dialogaba con Giorgio Amendola sobre el modelo de desarrollo. ¿Es realmente imposible reabrir en Italia una nueva frontera del reformismo y de un nuevo europeísmo?

La ausencia de una derecha liberal y democrática de nivel europeo en Italia es un problema que se remonta al final de la Primera Guerra Mundial. No por casualidad el sistema político de la Primera República no se basaba en la alternancia de derecha e izquierda, como en los otros países europeos, sino que se regía por la tensión y el equilibrio de dos ejes sistémicos: el antifascismo que definía el área de la legitimación democrática y el anticomunismo que delimitaba el espacio de la legitimación gubernamental. Era una arquitectura cada vez más anacrónica desde los años 70’ y también por esto la nomenclatura de sus partidos se osificó en los 80´ incrementando la debilidad competitiva del país y, caso único en Europa occidental, implosionó entre 1989 y 1992 sin ser reemplazada por una estructura de la clase política más eficiente y productiva que pueda compararse a la de los «treinta años gloriosos». Personalmente no tengo nostalgia de los años evocados por usted, ni de los «laboratorios de ideas» a los que hace mención. Fuese cual fuese el nivel de la cultura de gobierno del PCI y del PSI, aun con sus luces y propuestas innovadoras, esta fue sometida a la prueba de la «solidaridad nacional» en los años 70’ y en el «duelo Craxi-De Mita» de los años 80’. Sin embargo, no hay nada por lo que resignarse. En general, la polarización tradicional entre derecha e izquierda ha sido reemplazada por aquella entre europeísmos y anti-europeísmos habitualmente llamados «soberanismos» y «populismos». Pero los sistemas de partido son interdependientes y sus actores se influyen e innovan mutuamente. Que el europeísmo se renueve y se ponga a la altura de los desafíos para un nuevo orden mundial, fundado sobre la interdependencia multilateral en la cooperación y la reciprocidad. Esto es hoy el reformismo.

No se trata de tener nostalgia de las ideas que circulaban en Italia en los años 70’ y 80’, que eran hijas de su tiempo y de un contexto histórico-político preciso, sino que, frente al diletantismo y la insignificancia de buena parte de la actual clase política, admitirá que hay que añorar el nivel y el espesor cultural de la clase política de entonces y hay que preguntarse por qué hemos caído tan bajo: ¿no cree?

Una buena historiografía sobre la Primera República la tenemos ya y, por lo tanto, es posible hacerse un juicio (¿pero llegará a ser compartido?) sobre las virtudes y los límites de su clase dirigente. Sobre la Segunda República no hay una historiografía comparable y, por lo demás, la Segunda República no ha terminado.

Frente a la falta en Italia de un diseño reformista fuerte e innovador, ¿no le preocupa la deriva estatalista y asistencialista a la cual los Cinque Stelle, faltos como están de una verdadera cultura de gobierno, tienden a menudo a empujar a todo el centro izquierda?

El estatalismo es la marca de economías nacionales débiles en tanto que periféricas con respecto a los centros del desarrollo mundial, o golpeadas por el shock de la globalización asimétrica y por crisis económicas globales. El «estatalismo» de los Cinque Stelle me parece otra cosa: más parecido a un asistencialismo de Estado propio de un «capitalismo compasivo», como aquel desarrollado en los Estados Unidos a partir de los años 80’ para compensar, a falta de un wellfare de tipo europeo que los Estados Unidos no han alcanzado nunca, la creciente fragmentación y fragilidad del mercado de trabajo y la pulverización de los individuos en la composición demográfica de la economía digital. Las bases del consenso «populista» y «soberanista» en Italia nacen del debilitamiento del wellfare generado por el estancamiento económico de los últimos veinte años y por el desmembramiento del Estado unitario favorecido por la reforma del Título Quinto de la Constitución del 2001 y por las leyes electorales de la Segunda República. La respuesta a estos procesos, que por lo demás están presentes en diferente medida en toda Europa, es la construcción de la soberanía supranacional europea y el realineamiento europeísta de los ciudadanos y de los gobiernos. Desde este punto de vista lo que está sucediendo entre los Cinquestelle desde las últimas elecciones europeas en adelante no es poca cosa. El proceso político que estamos viviendo en Europa nace de la derrota de la derecha antieuropea apoyada por Trump en las elecciones del año pasado. La reorientación de los Cinquestelle comenzó con la decisiva participación de sus parlamentarios en las elecciones de la nueva presidencia de la Comisión Europea. Luego, gracias a la increíble y hasta ahora inexplicada muestra de ingenio de Salvini, que en agosto rompió la alianza giallo-verde, se ha formado la coalición giallo-rossa que rige actualmente el gobierno: el primer gobierno nacional fruto de la derrota de la derecha en las elecciones europeas. Pero se trata de una coalición de emergencia, no de una alianza reformadora. La primera emergencia era la de evitar la ruptura con Europa debida a la «Finanziaria del Papeete» y del crecimiento desproporcionado de la Lega de Salvini. Con aquella emergencia se ha solapado la del COVID-19, gestionada más que dignamente, especialmente en el plano europeo, por el gobierno actual. Ahora no hay una alternativa en este Parlamento, en el cual, en todo caso, los Cinquestelle son el partido con una mayoría relativa, y no se puede pedir a la coalición que sostiene al gobierno actual un nuevo proyecto reformador o, incluso, la refundación del modelo de desarrollo italiano. Es un tema de medio plazo y de gran relevancia que interpela ante todo a las fuerzas de centro-izquierda y europeístas.

En ocasiones, sin embargo, la política sabe ser imprevisible y fantasiosa. ¿Quién podría haber imaginado hace un año el nacimiento de una alianza entre los Cinque Stelle, Renzi y el PD? Sin embargo, salvo sobresaltos entre los Cinque Stelle, es realmente difícil pensar en nuevos equilibrios políticos en esta legislatura, pero no está claro que esto equivalga a una póliza de seguros para el actual Primer Ministro. Nunca se sabe. Puede haber muchos modos de gestionar los mismos equilibrios políticos.

Si usted me recuerda que «nunca se sabe» no puedo contradecirlo. Quisiera recordar, sin embargo, que la desorganizadísima coalición giallo-verde nació porque el PD, si bien era el segundo partido en el Parlamento, permaneció en apnea durante un año antes de lograr hacer un congreso y volver a la escena política.

Profesor Vacca, en su famosa intervención en el Financial Times, Mario Draghi ha sostenido lúcidamente que la crisis producida por el Coronavirus ha hecho saltar los viejos paradigmas económicos pero que, para afrontar la recesión y defender el euro, no sólo es importante ofrecer subsidios inmediatos a las capas más débiles de la población sino que es fundamental encontrar un modo de que las empresas puedan sobrevivir y retomar la vía del desarrollo para no destruir puestos de trabajo: ¿le parece que esta advertencia se ha tenido suficientemente presente en Italia?

La advertencia de Draghi era sacrosanta y no se dirigía sólo al gobierno italiano, sino que tenía y tiene una dimensión global, que apela ante todo a la dirección de la política económica americana, las insensatas guerras comerciales exasperadas en los últimos años, los antagonismos entre euro y dólar y, en una palabra, la geoeconomía internacional. El camino tomado por la Unión Europea en el último mes parece querer recoger aquella «advertencia», pero se puede decir lo mismo para el Decreto-Reactivación preparado ahora por el gobierno italiano.

La búsqueda de un nuevo equilibrio entre Estado y mercado es ciertamente el desafío más importante de hoy en día y ninguno se escandaliza ya si, en circunstancias particulares, como ha propuesto también la ASSONIME, el Estado puede temporalmente intervenir en el capital de las sociedades para salvarlas: ¿no se corre, sin embargo, el riesgo de que esta, que es una perspectiva realista, termine por alimentar pretensiones de gestión del Estado, nostalgias de otro tiempo como la resurrección del IRI o incluso nacionalizaciones insensatas?

En sí mismos, Estado y mercado pueden resultar categorías anacrónicas para juzgar las direcciones y las elecciones políticas y económicas a nivel nacional, europeo y global hoy. Pueden crear involuntariamente una trampa conceptual y en todo caso desviar la atención del problema fundamental que tenemos delante desde el final del sistema de Bretton-Woods y con el nacimiento del mundo multipolar asimétrico y conflictivo de hoy. El problema de fondo lo tenemos delante desde hace mucho tiempo y se resume en estas preguntas: 1. ¿Cómo resolver la contradicción entre el globalismo necesario para el crecimiento económico en cada área del mundo y el nacionalismo/localismo de la política?; 2. ¿cómo adecuar los espacios de la política a los de la economía en el mundo actual e, incluso antes, en nuestro modo de percibir los procesos, los antagonismos y las crisis?

Beppe Vacca: es filósofo político e historiador de las ideas. Ha sido parlamentario por el PD y es presidente del Instituto Gramsci.
Fuente: https://www.firstonline.info/vacca-la-crisi-economica-mondiale-non-dipende-solo-dalla-pandemia/
Traducción: Anxo Garrido
David Cardozo

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