¿Coronavirus o Coronahambre?: ¡No volvamos a la normalidad, cambiémosla!

Antonio López

La pandemia mundial nos ha confinado en mayor o menor medida en nuestros hogares haciéndonos en algunos casos más reflexivos, bien por tener más tiempo para el noble ejercicio del pensar, bien por puro entusiasmo de aprender o tratar de ver la otra cara de la moneda. Así, al escuchar una y otra vez los estragos que esta pandemia estaba causando a la humanidad en número de víctimas humanas, noté que algo no cuadraba en la aritmética de las estadísticas y comencé a recabar datos sobre la pandemia en términos de pérdidas humanas y a establecer un cuadro de similitudes entre las muertes atribuidas a la pandemia y las producidas por otras causas a escala mundial.

Si bien es verdad que la estadística sobre el coronavirus no es muy fiable, dadas las circunstancias de las asimetrías mundiales en cuestión de eficacia o intencionalidad de muchos países, sí que Naciones Unidas tiene un mapa aproximado de los efectos mortales de esta pandemia.

A fecha de hoy, según Naciones Unidas y su agencia especializada, y teniendo en cuenta que el número variará en aumento y que los datos no son dados de forma trasparente ni fiable, las

– Muertes producidas por COVID19 ascienden a 228.000; el número de infectados a 3,1 millones y los curados a 955.000 personas.

Ahora pongamos en la balanza solamente algunos datos (estadísticos), todos ellos oficiales de las agencias especializadas de Naciones Unidas (ONU), y en especial la de la Organización Mundial de la salud (OMS), a fin de no caer en valoraciones subjetivas o no contrastadas, de forma que nos permitan valorar objetivamente este fenómeno de la crisis sanitaria, económica y social provocada por la pandemia del COVID19.

UNICEF nos dice que:

– 1,5 millones mueren anualmente por falta de vacunas, mayoritariamente niños.

OMS nos da datos, indicando que:

– 842 millones de seres humanos sufrieron hambre crónica y que más de 100 millones pueden morir de hambre

– 1,3 millones murieron por accidentes de tráfico (93% de ellos producidos en países de ingresos bajos o medianos donde están matriculados el 54% de los vehículos).

– 2000 millones de personas no tienen acceso al agua potable.

OTRAS AGENCIAS DE LA ONU, indican que:

– 1,53 millones de suicidios (1 suicidio cada 20 segundos en el año 2020).

– 90.000 mujeres asesinadas por violencia de genero.

– Conflictos armados cuyas víctimas civiles se cuentan por miles principalmente en África, Asia y Oriente Medio.

– Muertes por asesinatos 500.000 personas.

– 8,8 millones de muertes prematuras por contaminación del aire que respiramos.

Pues bien, teniendo estos datos a la vista, y haciendo un ejercicio de pensamiento reflexivo, honesto e imparcial, es difícil no llegar a conclusiones críticas con nuestra conciencia como civilización, ya que, incluso tratando de huir del cinismo, resulta difícil no llegar a pensar que las muertes se calculan actualmente con valores muy diferentes según sean o afecten a unos o a otros.

Quiero decir que, con total respecto a las víctimas del COVID19, parece que estas muertes que afectan tanto a ricos como a pobres, y ahí está la diferencia con el SARS, el Evola, el Zika, el Dengue, la tuberculosis, la malaria, etc. se han valorado en términos economicistas y de intereses del mundo más desarrollado que se ha visto amenazado por lo que hasta la fecha solo ocurría en los países pobres.

Y por ahí quería llevar el hilo conductor de una reflexión compartida para que lleguemos a la conclusión de que cualquier muerte que sea debida a la injusticia, sea esta de la índole que sea, es igual y debe valorarse igual que la estamos valorando por las causadas por el COVID19.

Pero por que se produce ante esta pandemia una paralización mundial del sistema productivo y no se produce o se ha producido por el estupor que nos debería causar los millones de muertes anuales que se producen en el mundo por la injusticia social que impera en nuestro sistema.

Sera que medimos con una especia de doble moral las muertes dependiendo de si son muertes de pobres, desdichados, desahuciados, fracasados, y el largo etc. de personas que han tenido la desgracia de nacer en zonas pobres, zonas de guerra, zonas desertizadas por el cambio climático, zonas bajo el imperio de las dictaduras, etc. etc.

Si así es, he aquí un buen momento de inflexión para que saquemos nuevamente nuestra artillería ideológica y ponerla al servicio de la justicia social y comencemos a llevar al debate la imperiosa necesidad de ver al mundo y a la humanidad como un todo y no como un espacio de privilegiados y desdichados, o dicho claramente entre ricos y pobres.

Y ya puestos a ver, miremos hacia esos países que llamamos pobres y como se plantean la pandemia actual, las otras las han sufrido, las sufren y las seguirán sufriendo como hasta ahora engordando esas macro cifras de muertes vergonzantes por faltarle alimentos, vacunas, servicios sanitarios, higiene básica y porque los seguimos explotando laboralmente, medioambientalmente, y llevándonos sus recursos naturales a precios de ganga y vendiéndoles nuestros productos a precios de usura.

Eso sí, de vez en cuando lavamos nuestras conciencias otorgándoles créditos blandos, que son impagables para ellos, imponiéndoles normas auspiciadas por el Banco Mundial o el Fondo Monetario Internacional, con medidas draconianas que hacen que su carrera por salir de la indigencia se aleje cada día más de ser una realidad.

En otro orden y reforzando nuestro ideario de que somos una comunidad mundial civilizada y solidaria, apuntalamos nuestra conciencia creando fondos para el desarrollo totalmente insuficientes y que cada día se ven más alejados de ese mínimo del 0,7 % del PIB que los países desarrollados llevan proponiendo alcanzar para el desarrollo humano y que, salvo honrosas excepciones, nunca aparecen en los presupuestos de inversión para el desarrollo.

Hoy, donde ya comienzan los discursos optimistas de “vamos ganándole al virus”, quizá lo que deberíamos plantearnos de forma inmediata es como gestionar la derrota, pues más allá de que esto no es una batalla, si debería ser una oportunidad para recapacitar sobre los defectos de nuestro sistema de globalización que ha dejado patente su fracaso.

Hemos visto como los países más desarrollados, las primeras potencias económicas, están perfectamente preparados para una hipotética guerra incluso mundial, pero totalmente incapaces para dar una asistencia sanitaria que se presumía que era infalible.

Al final, el sistema ha demostrado que nos ha generado una crisis sanitaria, política, económica, social y cultural, donde ha quedado patente la fragilidad de la cadena de suministros, de la fabricación de productos sanitarios, la dependencia de terceros países que no son capaces de abastecer la demanda y donde la situación ha hecho aflorar los intereses sin escrúpulos de los intereses de la oferta y la demanda, de la desregulación de los mercados y pérdida de soberanía de los estados sobre en favor de los grandes consorcios empresariales que solo buscan la rentabilidad económica por encima del bien común y totalmente alejados del estados de bienestar.

Se pone de manifiesto como las grandes riquezas mundiales inciden sobre las sociedades diseñando y manipulando mediante mega datos de sus monopolios en los sectores de la energía, los alimentos, los medicamentos, la investigación y los hábitos consumistas que nos generan.

Al final, están consiguiendo que la nefasta frase atribuida al dictador Stalin de “Un muerto es una tragedia, un millón una estadística”, cale en nuestro subconsciente y se le dé carta de naturaleza como daño colateral de nuestro catastrófico modelo de desarrollo.

A fecha de hoy, según datos de la Organización Internacional del Trabajo y en palabras de su Director General, Guy Ryder, 1600 millones de trabajadores y trabajadoras de la economía informal (casi la mitad de la población mundial activa) está al borde de que le desaparezcan sus escasas fuentes de ingresos y 436 millones de empresas se encuentran en estado de interrupción de su actividad.

La ausencia de ingresos sin que exista una protección social, significa para miles de millones de seres humanos ausencia de alimentos, de salud y por consiguiente de futuro.

Si a pesar de todo esto, aún seguimos adormilados pensando que no debemos tomar las riendas de nuestro destino como humanidad, habremos sido derrotados una vez más por un sistema que nos ha robado la capacidad de la verdadera lucha que celebramos cada 1º de mayo.

Antonio López: sindicalista, es asesor ejecutivo en la dirección confederal de la Unión General de Trabajadores y director de su Instituto Sindical de Cooperación al Desarrollo (ISCOD).
Fuente: www.sinpermiso

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