Zizek: «No habrá regreso a la normalidad»

Slavoj Zizek, filósofo esloveno

“No me toques”, le dijo Jesús a María Magdalena cuando ella lo reconoció después de su resurrección (según Juan 20:17). ¿Como entiendo estas palabras yo, que soy un ateo cristiano confeso?

En primer lugar, me inclino con relacionarlas con la respuesta de Cristo a sus discípulos cuando estos le preguntan cómo sabrán que ha vuelto, que ha resucitado. Jesús les dice… estaré allí donde haya amor, estaré allí no como alguien que no se puede tocar, seré un vínculo de amor y solidaridad entre la gente. De manera que, “no me toques», se relaciona con el sentimiento de amor hacia los demás.

Hoy en día, en mitad de la pandemia del coronavirus, a todos los medios nos bombardean persistentemente con llamamientos a no tocar a los demás, a aislarnos, a mantener una distancia corporal adecuada. ¿Cuál puede ser el significado de este nuevo “no me toques”?

Me atrevo a proponer un significado: Como nuestras manos no deben tocar a otra persona sólo desde nuestro interior podemos acercarnos unos a otros, y la ventana hacia el «interior» son nuestros ojos. Durante estos días, cuando te encuentras con una persona cercana (o un desconocido) y mantienes la distancia adecuada, una mirada a los ojos del otro puede revelar algo más que un contacto íntimo.

En juventud, Hegel escribió: “El ser que ama no se opone a “un nosotros”, es un sólo ser; nos vemos como “un nosotros”, aunque no seamos “un nosotros”: es un enigma, un milagro [ein Wunder] que no podemos comprender”.

Resulta fundamental no leer estas dos afirmaciones como algo contradictorio ¿Acaso el amor no es solo que tú formas parte de mi identidad? ¿Acaso esto no ocurre precisamente porque es un milagro que no puedes comprender, un enigma no sólo para mí sino también para ti?

Pero citamos otro pasaje del joven Hegel:

“El ser humano es una noche que contiene todo un mundo en su simplicidad: es una riqueza interminable de representaciones, de imágenes, pero ninguna le pertenece. Se puede ver esa noche cuando uno mira a los ojos a los otros ”.

Ningún coronavirus nos puede arrebatar el “nosotros”. La distancia corporal deber reforzar la intensidad de nuestro vínculo con los demás. Sólo ahora – en este momento en que tengo que evitar a los que me son más próximos – es cuando experimentó plenamente sus presencias, la importancia que tiene la humanidad para mí.

Llegados a este punto, ya puedo escuchar una carcajada cínica : muy bien, a lo mejor experimentamos esos momentos de proximidad espiritual, pero ¿cómo nos ayudará a enfrentarnos con la catástrofe en curso? ¿Aprenderemos algo de ello?

Hegel escribió que lo único que podemos aprender de la historia es que no aprendemos nada de la historia, así que dudo que la epidemia nos haga más sabios.

Lo único que está claro es que el virus destruirá los mismísimos cimientos de nuestras vidas, provocando no solo una enorme cantidad de sufrimiento sino también un desastre económico posiblemente peor que la gran recesión de 1929.

No habrá regreso a la normalidad, la “nueva normalidad” tendrá que construirse sobre las ruinas de nuestras antiguas vidas, o sino ocurre todos nos encontraremos con una nueva barbarie cuyas señales ya se pueden distinguir.

No es correcto considerar la epidemia como un accidente desafortunado. No podremos librarnos de sus consecuencias con la idea que regresaremos al modo en que hacíamos las cosas antes – realizando quizás, algunos ajustes menores a los sistemas de salud pública -.

Tendremos que plantearnos esta pregunta: ¿qué ha fallado en el sistema para que la catástrofe nos haya cogido completamente desprevenidos a pesar de las advertencias de los científicos?

COMUNISMO O BARBARIE, ¡ASÍ DE SIMPLE!

Mucha gente de derecha y de izquierda, desde Alain Badiou hasta Byung-Chul Han, me han criticado, e incluso se han burlado de mí, por haber sugerido de manera repetida la llegada de una forma de comunismo como resultado de la pandemia del coronavirus.

Las ideas de esta cacofonía de voces es fácilmente reconocible: el capitalismo regresará todavía más fuerte, utilizará la pandemia para tomar impulso; todos aceptaremos en silencio el control total de nuestras vidas por los aparatos del Estado; el pánico vivencialista es eminentemente político y nos lleva a percibir a los demás como amenazas mortales, no como camaradas en una lucha por la vida.

Algunos arguyen diferencias culturales entre Oriente y Occidente: «los países desarrollados de Occidente reaccionan de manera exagerada porque están acostumbrados a vivir sin auténticos enemigos. Al ser abiertos y tolerantes, y carecer de mecanismos de inmunidad cuando surge una amenaza real, se dejan llevar por el pánico».

Pero ¿es el Occidente desarrollado realmente tan permisivo como se afirma? ¿Acaso nuestro espacio político y social no está permeado de visiones apocalípticas: amenazas de catástrofe ecológica, miedo de los refugiados islámicos, defensa histérica de nuestra cultura tradicional contra las ideologías de género?

No hay más que contar un chiste verde e inmediatamente sentirás la fuerza de la censura, de lo políticamente correcto. Nuestra permisividad hace años que se ha convertido en su opuesto.

Además, ¿no implica este aislamiento forzado un apoliticismo súper-vivencialista? Estoy mucho más de acuerdo con Catherine Malabou, que acaba de escribir, “ una suspensión, un paréntesis en la sociabilidad, es a veces el único camino a la alteridad, una manera de sentirse cerca de toda la gente aislada de la Tierra. Por esta razón intento ser lo más solitaria posible en mi soledad”.

Se trata de una idea profundamente cristiana: cuando me siento solo, (abandonado por Dios, como Cristo en la cruz) soy absolutamente solidario . Y hoy en día, lo mismo se puede decir de Julián Assange que sobrevive aislado en la celda de una cárcel, sin poder recibir visitas.

Ahora todos somos como Assange y más que nunca necesitamos figuras como él para evitar los peligrosos abusos de poder justificados por la amenaza médica. Estando aislados, el teléfono e internet son nuestro único vínculo con los demás, y ambos están controlados por el Estado, que puede desconectarnos a voluntad.

¿Qué sucederá, pues? Lo que anteriormente parecía imposible ya está teniendo lugar. Por ejemplo: el 24 de marzo de 2020 Boris Johnson anunció la nacionalización temporal de los ferrocarriles británicos. Está pasando algo parecido a lo que Assange le dijo a Yanis Varoufakis en una breve conversación telefónica: “esta nueva fase de la crisis está dejando claro, como mínimo, que ahora todo parece ser posible”.

En estos momentos las cosas fluyen en todas las direcciones, de manera contradictoria muchas veces, de lo mejor a lo peor otras tanto. Nuestra situación actual es, por tanto, profundamente política: nos enfrentamos a opciones radicales.

Es posible que, en algunas partes del mundo, el poder estatal se desintegre, que los señores de la guerra locales controlen sus territorios en una lucha por la supervivencia estilo Mad Max, sobre todo si se crecen amenazas como el hambre o la degradación medioambiental.

Es posible que grupos extremistas adopten una estrategia nazi “dejar morir a los viejos y a los débiles para reforzar y rejuvenecer la nación” (algunos grupos ya están alentando a aquellos de sus miembros que han contraído el coronavirus a propagar el contagio a los policías y a los judíos, según informaciones recabadas por el FBI).

Una versión capitalista más refinada de la barbarie ya se ha instalado abiertamente en los Estados Unidos. El domingo 22 de marzo, el presidente de ese país escribió un «tuit» con mayúsculas: “NO PODEMOS PERMITIR QUE EL REMEDIO SEA PEOR QUE LA ENFERMEDAD. EN 15 DÍAS DECIDIREMOS QUÉ DIRECCIÓN VAMOS A TOMAR».

Más tarde, el vicepresidente Mike Pence, que encabeza el grupo de trabajo de la Casa Blanca contra el coronavirus, dijo que el lunes siguiente el Centro para el Control y la Prevención de Enfermedades publicarían las directrices para permitir que la gente pudiera regresar al trabajo cuanto antes.

El editorial del Wall Street Journal ya había enviado una advertencia : “las autoridades federales tienen que comenzar a ajustar su estrategia antivirus para evitar una recesión económica que hará palidecer la que tuvo lugar en 2008-2009”. Y … Bret Stephens, columnista conservador del New York Times, al igual que Trump, escribió que tratar el virus como una amenaza comparable a la Segunda Guerra Mundial “ es una idea que hay combatir de manera agresiva antes de que se impongan soluciones posiblemente más destructivas que el propio virus”.

Al día siguiente el vicegobernador de Texas, Dan Patrick, apareció en la Fox News argumentando que prefería morir antes que ver cómo las medidas de salud pública perjudicaban a la economía estadounidense, y que creía que “muchos abuelos en todo el país estarán de acuerdo conmigo. Mi mensaje es: volvamos al trabajo, sigamos viviendo, seamos inteligentes, porque los que tenemos más de 70 años sabemos cuidarnos”.

La única ocasión, en que tuvo lugar algo parecido fue, que yo sepa, paso en los últimos años del gobierno de Ceausescu, cuando los hospitales en medio de la guerra civil no aceptaban el ingreso de jubilados porque no eran considerados de poca utilidad.

El mensaje de estos pronunciamientos es evidente: es una elección entre el sacrificio de un número incalculable de vidas humanas y el “modo de vida americano” (es decir, capitalista). En esta elección, las vidas humanas pierden.

Pero ¿es esta la única alternativa?

Naturalmente es imposible mantener indefinidamente cerrado todo un país, ni, por supuesto, el mundo entero…, pero se puede transformar, reiniciarse de una nueva manera.

No tengo ningún prejuicio sentimental: quién sabe lo que tendríamos que hacer si la pandemia se prolonga mucho tiempo; posiblemente habrá que movilizar a los que se han recuperado – y son inmunes – para que mantengan los servicios sociales mínimos. O en el caso que la emergencia sea mayor no veríamos obligados a usar píldoras para permitir una muerte indolora en aquellos casos perdidos, cuya vida no es más que prolongado sufrimiento.

Pero estas no son alternativas, hay que plantearnos nuevas opciones.Por eso es un error la postura de aquellos que ven la crisis como un momento en el que el poder estatal debería cumplir con su deber y nosotros seguir sus instrucciones, con la esperanza que en un futuro no muy lejano se restaure algún tipo de normalidad.

Deberíamos seguir a Immanuel Kant, que escribió en relación con las leyes estatales:”¡Obedeced, pero pensad, mantened la libertad de pensamiento!”. Hoy en día necesitamos más que nunca lo que Kant denominaba el “uso público de la razón”.

Está claro que las epidemias regresarán, llegarán combinadas con otras amenazas ecológicas, desde sequías hasta plagas de langostas, de manera que es ahora cuando hay que tomar decisiones difíciles.

Esto es lo que no comprenden los que afirman que se trata simplemente de otra epidemia con un número relativamente pequeño de muertos: sí, no es más que una epidemia… pero ahora vemos que las advertencias acerca de estas plagas estaban plenamente justificadas, y que no se van a terminar de la noche a la mañana.

Claro que podemos adoptar una actitud «prudente», una actitud resignada al estilo de, “han ocurrido cosas peores, no hay más que pensar en las plagas medievales…”. Pero la necesidad de hacer esta comparación ya dice mucho. El pánico que estamos experimentando da fe de que está ocurriendo algún tipo de progreso ético, aun cuando a veces sea hipócrita: ya no estamos dispuestos a aceptar las plagas como nuestro destino.

Ahí es donde aparece mi «comunismo», no como un sueño inconcreto, sino simplemente como el nombre para lo que puede suceder o al menos lo que muchos perciben como una necesidad: se trata de medidas que se están contemplando y en algunos casos se está haciendo entrar en vigor parcialmente.

No es la visión de un futuro luminoso sino más bien la de un «comunismo del desastre» como un antídoto al «capitalismo del desastre». El Estado no solo debería asumir un papel mucho más activo como reorganizar la fabricación de los productos imprescindibles (mascarillas, kits de pruebas, respiradores) requisar hoteles y complejos de vacaciones, garantizar la supervivencia a todos los desempleados, etc. El Estado tiene la imperiosa necesidad de no abandonarnos a los desalmados mecanismos del mercado capitalista.

Solo hay que pensar en los millones de personas, como los que trabajan en la industria turística, cuyos trabajos se perderán. Su destino no puede quedar en manos del mercado o de estímulos puntuales. Y no nos olvidemos de los refugiados que todavía intentan entrar en Europa. ¿De verdad no podemos comprender su desesperación cuando sigue siendo un destino atractivo para ellos un territorio xenófobo y bajo confinamiento?

Hay dos cosas más que están claras. El sistema sanitario estatal tendrá que contar con la ayuda de comunidades locales para que cuiden a los débiles y a los ancianos. Y, en el aspecto global, habrá que organizar algún tipo de cooperación internacional eficaz para producir y compartir recursos. Si los Estados simplemente se aíslan, comenzarán las guerras.

A todo esto me refiero cuando hablo de «comunismo», y no veo ninguna alternativa que no sea una nueva barbarie. ¿Hasta dónde llegaremos con los cambios en un sentido que privilegie lo común ? No sabría decirlo: lo único que sé, es que este tipo de medidas son urgentes, y, como hemos visto, algunas de ellas se están llevando a la práctica incluso por políticos como Boris Johnson, que desde luego no es ningún comunista.

Las líneas que nos separan de la barbarie son cada vez más claras. Uno de los signos de la civilización actual es que cada vez más gente está convencida que la prolongación de las guerras es algo totalmente demencial y absurdo.

La intolerancia hacia las demás razas y culturas, y hacia las minorías sexuales, resultan insignificantes en comparación con la escala de la crisis a la que nos enfrentamos. Por eso, aunque hacen falta medidas de guerra, me parece problemático el uso de la palabra «guerra» para la lucha contra el virus: el COVID no es un enemigo con planes y estrategias para destruirnos, es sólo un mecanismo que se auto-replica.

Esto es lo que no comprenden aquellos que deploran nuestra obsesión con la supervivencia. Hace poco Alenka Zupan?i? recordó un texto de Maurice Blanchot acerca del miedo a la autodestrucción nuclear. Blanchot escribió, «el deseo de supervivencia implica olvidarse de los cambios, exige procurar mantener el estado actual de las cosas,”.

De hecho, es más bien todo lo contrario: sólo mediante el esfuerzo para salvar a la humanidad de la autodestrucción crearemos una nueva humanidad. Hoy a través de una amenaza mortal debemos vislumbrar una nueva humanidad unificada.

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