Capitalismo mundial y mercantilización de los no humanos, pandemias y humanos sacrificables

Annamaria Rivera

Traducido por María Piedad Ossaba
Editado por Fausto Giudice

En la playa de Camogli, en la Riviera de Liguria, un corzo corre solo a la orilla del mar, libre y feliz, sumergiéndose de vez en cuando en las olas. Estas imágenes, ampliamente difundidas en la web en forma de videos, probablemente atrajeron, emocionaron, quizás incluso conmovieron a quienes pudieron verlas: por su poesía, por la alegre sensación de libertad que evocaron, para nosotros, tristes prisioneros de la pandemia.

Esta admiración, este encantamiento, esta empatía fueron muy efímeras porque, poco después, un espécimen insensato de homo sapiens se acercó demasiado a él, petrificándolo a muerte, literalmente hablando. El ciervo se escapó, y con razón: vivía en una zona de bosques y claros donde la caza de sus compañeros y gamos está permitida y es habitual. Por eso, la pobre criatura aterrorizada intentó saltar por encima de una reja según parece: fue atravesada por las puntas de modo que después de una hora de atroz sufrimiento, fue piadosamente rematada por un veterinario de la ENPA (Oficina Nacional de Protección de los Animales).

Este cruel asunto, ocurrido el pasado 14 de abril, podría tomarse como una metáfora de la pandemia actual, si es cierto que ésta depende también de la actitud habitual de los humanos de reificar a los no-humanos, hasta tal punto que no son en absoluto percibidos y concebidos como son, es decir, seres sensitivos, sensibles, singulares, la mayoría dotados de altas capacidades de conciencia y de relación.

Su reificación se ha convertido en una mercantilización masiva con crías intensivas y mataderos automatizados y en serie, típicos de las sociedades industrial-capitalistas: estructuras concentracioniarias que, favoreciendo lo que se llama el «salto de especies» representan una de las causas que provocaron la pandemia de Covid-19, como muchas otras antes de ella. Basta mencionar el Sars («síndrome respiratorio agudo severo»), que se propagó entre 2002 y 2003. También causado por un coronavirus, fue transmitido por murciélagos (o más bien quirópteros) – portadores sanos, completamente asintomáticos – a otros mamíferos animales, luego a los humanos.

Todo esto, a su vez, está dialécticamente ligado a los procesos rápidos y cada vez más extensos de deforestación, urbanización, industrialización e incluso agricultura, que van retirando progresivamente porciones de hábitat a los animales “salvajes”. Éstos últimos, si sobreviven, sólo pueden acercarse a los asentamientos humanos y, por lo tanto, también a los animales “de granja”, que se encuentran entre los más vulnerables, ya que están inmunológicamente deprimidos, debido a las condiciones y a los tratamientos extremos a los que están sometidos (basta pensar, entre otras cosas, en la administración habitual de dosis anormales de antibióticos).

En un volumen que data de veinte años, pero trágicamente actual (A. Rivera ed., Homo sapiens e Mucca Pazza [Homo sapiens y vaca loca, ensayos de L. Battaglia, M. Kilani, R. Marchesini, A. Rivera, ediciones Dedalo, 2000), escribí que cualquiera que compre, por ejemplo, “la carne de ternera ignora o quiere ignorar que la claridad de esta carne convertida en vianda se obtiene forzando al pequeño bovino a vivir su corta vida en una absoluta inmovilidad, atiborrado con todo tipo de drogas que hacen envejecer rápidamente sus órganos, encerrado en un espacio estrecho y oscuro, finalmente asesinado sin haber visto nunca el día y la noche, el sol y la lluvia, los prados y los arroyos”.

Ciertamente, las razones de la propensión a comer carne ajena deben buscarse ante todo en el mercado y los intereses de la industria ganadera y agroalimentaria. Pero la importancia de la razón simbólica no debe ser descuidada: en 1992, Jacques Derrida en Points de suspension, entrevistas, había esbozado la figura de una subjetividad «carno-falagocéntrica», propia del sujeto masculino, poseedor del logos y, precisamente, carnívoro. Todo esto sin mencionar la cruel manipulación de los seres vivos que tiene lugar con los experimentos de transgénesis, de clonación y, más en general, de biotecnología animal. Con los animales de laboratorio, el ciclo maldito que he descrito alcanza su clímax. Hasta tal punto que la analogía con las prácticas nazis consistentes en reducir los cuerpos humanos deshumanizados a maniquíes, instrumentos, cobayas para la realización de atroces experimentos “científicos” no es demasiado arriesgada.

Y sin embargo, en plena crisis pandémica, cuando la conciencia de la centralidad de la cuestión de nuestra relación perversa con los ecosistemas y los no humanos debería haber sido ampliamente compartida, con mayor razón por los especialistas y los universitarios, algunos se dejan llevar por declaraciones desconcertantes. Me refiero al virólogo Roberto Burioni – el mismo que declaró con aplomo el pasado 2 de febrero que Italia no corría ningún riesgo, ya que “el virus no circula” – que, en un programa de televisión del 5 de abril, esperó que incluso “nuestros amigos de cuatro patas” podrán contraer el Covid-19 porque “esto nos permitirá tener una ventaja significativa en el ensayo de vacunas”.

Y, sin embargo, es bien sabido que el modelo de experimentación con no humanos, además de ser éticamente inaceptable, es hoy tan anticuado, tan costoso, tan lento, que hace muy improbable la realización de medicamentos y vacunas realmente eficaces.

No crea que se trate solo de la suerte de los no humanos. Una ideología y prácticas similares guían el carácter selectivo de las categorías de humanos consideradas sacrificables: los más vulnerables, los más pobres, los más precarios, los más estigmatizados o los más alterizados, como también se pudo ver durante la actual pandemia.

Piense en las muertes masivas, predecibles, a menudo asimilables a homicidios, que tuvieron lugar en residencias de ancianos. Y considere la condición de los detenidos en las cárceles o esas cárceles paralelas que son los CPR (Centros de Permanencia para la Repatriación), así como la de los sin techo, italianos y extranjeros, entre los cuales se encuentran solicitantes de asilo, pero también la de los trabajadores inmigrantes atrapados en guetos, a riesgo de morir de hambre…Por no hablar de las hecatombes en el Mediterráneo, que ni siquiera la pandemia ha detenido; al contrario, se ha tomado como pretexto para el cierre de los puertos y las deportaciones hacia el infierno libio.

Para sacudir, al menos, este orden perverso, pero también para impedir que el estado de excepción se transforme en una forma ordinaria de gobierno, deberíamos radicalizar, con lucidez y coherencia, la crítica del capitalismo global, que es cada vez más depredador y mortal; y oponernos políticamente al proyecto neoliberal de extender la lógica del mercado y de la explotación a toda forma de vida y a toda esfera de la existencia.

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Gracias a: Tlaxcala
Fuente: http://blog-micromega.blogautore.espresso.repubblica.it/?p=29387

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