La comunidad y su potencial para enfrentar la pandemia

Por Mario Sosa

A finales de la década de los 90 tuve la oportunidad de conocer con cierta profundidad el proceso de Primavera del Ixcán, síntesis de las comunidades de población en resistencia. Insertos en una microrregión de asentamiento q’eqchi’, los integrantes de esta comunidad, pertenecientes a por lo menos diez orígenes culturales, solían hacer una diferenciación sencilla pero sustancial entre su comunidad y las otras a las cuales llamaban aldeas: «Nosotros somos comunidad porque estamos organizados. Las aldeas no».

Es claro que las aldeas q’eqchi’ poseían su forma particular de organización. Sin embargo, el énfasis de Primavera del Ixcán en cuanto a su autoidentificación se fundamentaba en la intensiva incorporación de familias, hombres, mujeres, jóvenes y niños al proceso organizativo y en la búsqueda de objetivos colectivos. En primer lugar, porque mantenían –y mantienen— una dinámica asamblearia constante, en la cual se toman las decisiones fundamentales. En segundo lugar, porque eligen dos órganos de dirección: el Comité Ejecutivo de Primavera del Ixcán (CEPI), dirigencia política encargada de velar por el seguimiento integral del proyecto comunitario, y la junta directiva de su cooperativa, encargada de impulsar el proyecto económico colectivo.

En esa dinámica, todas las familias poseían una parcela familiar y un lote de vivienda y todos los hombres participaban en los procesos productivos comunitarios que ocupaban una parte considerable de la tierra compartida. Todas y todos cumplían con sus tareas llamadas «trabajo colectivo» y participaban en distintos tipos de organizaciones sectoriales (de mujeres, de jóvenes, de educación, de salud, de trabajo pastoral), de tal manera que se trabajaba para atender la integralidad de los problemas y de las necesidades compartidas.

Se trae a colación a Primavera del Ixcán en este momento en que nos afecta la pandemia por covid-19, en torno a la cual el Estado presenta un sistema de salud raquítico producto de décadas de privatización y de saqueo neoliberal y de la crisis económica y social, que se agudizará en la medida en que dicho problema crezca y se extienda territorialmente. Eso implica la necesidad de articular opciones desde cada territorio y comunidad con el objeto de crear mejores condiciones para resistir el impacto del coronavirus.

Experiencias comunitarias y territoriales como la de Primavera del Ixcán y la de muchas otras con posibilidades de atender el interés comunitario y colectivo resultan relevantes para emprender acciones que atiendan la complejidad del problema. En ese sentido, las comunidades acumulan múltiples y enriquecedores saberes y prácticas como a) formas de autogobierno y de organización para atender necesidades e implementar proyectos de interés común; b) sistemas de salud comunitarios que incluyen asociaciones, comités y terapeutas diversos, además de formas de vigilancia sanitaria, conocimientos y uso de recursos medicinales de origen natural y aplicación de distintas terapias para atender problemas sanitarios, y c) formas de producción colectivas o cooperativas, con importantes acumulados en materia de preservación de la biodiversidad y avances en agroecología y soberanía alimentaria.

Lo anterior no significa idealizar a la comunidad, la cual, como toda forma de organización social, experimenta prácticas contradictorias e incluso antagónicas en sus relaciones y dinámicas. Lo que se pretende es recuperar sus ricas experiencias y capacidades para afrontar los impactos de la pandemia considerando que esta requiere abordajes sanitarios, pero también sociales, económicos y culturales, en un contexto donde la crisis socioeconómica se agudizará y la capacidad y el desempeño del Estado resultarán débiles u orientados a otros fines. Y es que solo en perspectiva y con base en la organización comunitaria será posible afianzar el interés común en esos ámbitos de relacionamiento social, indispensables, además, para atender casos de familias, discapacitados, mujeres embarazadas, niños y adultos mayores cuya atención exige corresponsabilidad, colaboración y solidaridad.

De forma complementaria, la comunidad tiene relaciones con otras comunidades, organizaciones, brigadas médicas y movimientos sociales, con los cuales pueden potenciarse el conocimiento, la experiencia y la atención sanitaria, así como el trabajo productivo, el intercambio comercial, etc. Asimismo, se relaciona con gobiernos municipales e instituciones estatales vinculadas a la problemática, con las cuales será necesario establecer y afianzar coordinaciones territoriales, al igual que requerirles garantía de derechos (a la salud, al agua, a la vida), medicamentos, recursos e insumos para enfrentar la pandemia y apoyos económicos y asistencia social para atender los efectos adicionales de la crisis.

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