La emboscada

Por Hugo Gordillo

Más de cinco años en rebeldía, intentando una revolución, y nada. La gente en la ciudad se organiza. Duerme, come, trabaja, protesta. Comulga con el movimiento armado. Los menos son atraídos por las armas. Aunque fuesen todos, de qué servirían en la montaña. La Sierra de las Minas liberada. ¡Chingue su abuela! Necesitamos liberar un país. Y el gobierno militar que no nos pasa chibola. Si los picamos por aquí con propaganda; revoltosos. Si tenemos un mitin en pueblos vecinos; facinerosos. Prófugos de la justicia, no alzados en armas. Si quisiéramos retener a un ricachón por allá, de seguro que nos acusa de secuestradores. No fue suficiente con la publicación de las entrevistas a los comandantes revolucionarios en la revista mexicana para romper el cerco.

Quién nos manda de guerrilleros. Boy scouts con armas en la mano. Las condiciones están dadas para una revolución. Nosotros trabajando por ella, pero oficialmente no hay guerrilla, insurgencia, ni nada. Es como que si no tuvieras nombre, ni madre, ni chucho que te ladre. Debe haber un buen golpe, aunque sea de suerte. Pero ¿qué, cuándo, dónde y cómo? Mejor como mierda. Para qué las fuerzas irregulares en formación. Lo mismo si están de descanso o entrenando y dispuestos a lo que venga. Los contactos con las organizaciones populares en la ciudad, a toda máquina. Esperando. ¿Esperando qué? ¿El fin del mundo?

Hace tiempos que el enemigo viene negándonos y reprimiendo a la gente que vive en las faldas de la cordillera. Les dimos protección a los campesinos. Ya no volvió a asomar más que para golpear a la población civil cuando no estamos. Por eso, algunos habitantes se vinieron con la guerrilla, especialmente los de San Jorge. Son nuestro brazo social. Gente valiosa en este territorio liberado. Los oficiales infiltrados dentro del Ejército siempre pasando información. Para qué pisados. Eso sí, lo mejor de lo mejor, el sargento Belice. Ese Belice sí que hasta buen alias se consiguió. Simbólico. Y el gobierno gringo que entrenó mercenarios en Reu con la promesa de ayudar al gobierno corrupto y matón para recuperar Belice.

La vez que el Ejército intervino nuestras comunicaciones y escuchó que había que llamar a Belice, se cagó. Pensaron que teníamos de aliado al gobierno o a la negrada del territorio vecino que, según la Constitución, es nuestro. No sabían que nos codeábamos con un compa dentro de sus propios reductos. Belice es nuestro… nuestro informante. Se quería venir a la montaña, pero más nos sirve como caries en la boca del lobo que estar aquí como guardabosques.
Pasan los meses y el golpe de suerte no encuentra el camino, hasta que Belice informa que de la capital saldrá un vehículo con soldados para la Zona militar de Zacapa. Informe de rutina, pero la rutina saca ideas de nuestras cabezas. En el campamento se interpretó la movilización, porque Zacapa es estratégico. El filo de la navaja contrainsurgente. Si caes te cortan hasta la lengua. De ahí sale la represión y los futuros candidatos a la presidencia. Ah, el generalato con sus medallas por criminales, más que por la lucha contra nosotros. Comer monte en el monte y animales de monte, como que abre la mente. La comandancia ya lo decidió: este será el golpe maestro. Todos a sus puestos y hasta nueva orden. Pendientes de Belice, de su llamada.

–Sin Nereidas en el Ferrocarril de los Altos.
O sea, sin novedad en el frente, amigos. Así nos tuvo toda la semana, cantándonos las dos melodías romanticonas de marimba en treinta y tres revoluciones por minuto. Los compañeros con ganas de bailar algo más movido en la montaña por poco le contestan: mejor ponete Un vals para tu madre. A tiempo cambió de disco y de revoluciones el gran Belice.

–Mañana me fusilan a las 4 de la tarde.
Los muchachos querían bailar rock, pero tararearon el corrido ranchero de moda. En agradecimiento le contestaron a Belice: no hace falta que salga la luna pa´ decirte cositas de amor. Mañana, ese gran día que nunca llega, estará inscrito en la historia de la revolución. Nada más y nada menos que el sábado. ¡Ay coches pisados, mañana les llega su día de tamales! Qué facinerosos, asaltantes, revoltosos, prófugos, ni qué madres. Se van a tragar todas sus palabras, malcriadotes hijos de la grandiosísima puta que los parió. Si no les gustan se las metemos por el culo, pero aquí hay guerrilla para treinta o cuarenta años. ¡Hasta la ofensiva final!
A ratificar las órdenes y a verificar las tres escuadras que bajarán al Frutal para la ejecución. Les echamos a los más experimentados en el uso de armas. Entre ellos una mujer que tiene buena puntería, pero nunca se ha enfrentado con la muerte. La suya o la del enemigo. Que pruebe. Esta será su primera vez en una orgía de confrontación. Así se hacen las mujeres en la montaña. Muchos pensaron que se iba a cagar cuando le notificaron que integraba el pelotón de la emboscada. No tuvo miedo. En lugar de que le dieran ganas de ir a evacuar al monte, se puso estreñida de emoción; esperando la hora de los pijazos.

En el cuartel de Matamoros se preparó una comisión para Zacapa. El sargento amaneció cagando y así se la pasó toda la mañana. A ver si la notificación le quita la molestia estomacal y la irritación de las nalgas manchadas de tinta por tanto limpiarse con papel periódico. Consultó si no podrían enviar a otro soldado en su lugar. Se sentía malo. ¡La comida-sulfato del cuartel! Qué diferentes las viandas de la raza superior dentro de las Fuerzas Armadas. Si te vas, te vas; que te vaya bien… No hubo cambios. Órdenes son órdenes y se encaramó a la cabina. Él, junto al piloto; la soldadesca, atrás. Cuando el camión llegó al Rancho ya se había bajado dos veces a hacer sus necesidades. El piloto preocupado porque iban a llegar tarde y porque lo que viene es territorio de la insurgencia.
–No se preocupe soldado, la guerrilla está en la montaña.

El sargento no lo dijo con convicción. Algo presentía. El dolor estomacal le alejaba los presagios. Quería aguantarse, pero cuando sudaba del dolor y se le erizaba la piel de tantos espasmos, le solicitaba al conductor que parara de inmediato. Se tiraba del vehículo todavía en marcha cuando ya no aguantaba los retorcijones. Sus molestias fueron tantas que pidió quedarse por allá detrás de un palo o en el poblado siguiente. El piloto se negó. Lo esperó el tiempo que la cagadera quiso. El sargento se sintió mejor después de un par de alka-seltzer con limón en una providencial tienda a la orilla de la carretera. Nuevamente en el carro, los presagios le volvieron a la mente, como si el convoy militar avanzaba hacia la muerte.

Los guerrilleros llevaban dos horas en El Frutal, esperando a que apareciera el vehículo. Apostados en las lomas de cada lado de la vía. Algunos desesperados, otros pacientes y, el comandante, como todos los demonios. A esa hora ya deberían ir de regreso con la misión cumplida. ¿Y si se suspendió el viaje? Ese pisado del Belice tenía que haber llamado para contar cualquier cosa, pero no.

La monotonía se rompió cuando camino abajo dieron la señal del arribo. El camión destapado empezó el ascenso. Ya los guerrilleros estaban preparados con el ojo inflamado y el índice en los gatillos de las Schemaisser, Thompson, Madsen y M-1. Solo ganas eran los compas.

–Ahí le encargo compañera que no me vaya a fallar.

–No comandante. Primero me falla usted.
Sacudidos de la modorra en aquel lugar seco, prepararon la lluvia de balas. A la orden de disparar se soltó la tronazón. Aquí va tu guerra declarada gobierno corrupto y vende patrias. Ni tiempo de soltar una bala tuvieron los soldados. El camión se encunetó con el piloto herido de muerte y facilitó la masacre. El sargento no usó su arma. Saltó del vehículo y se fue corriendo a contravía. Alguien gritaba desesperadamente en medio de la balacera. La mujer guerrillera lo vio pasar frente a ella. Lo dejó correr un poco más. Cuando lo tuvo en la mira le disparó en ráfaga. Se acabó el ruido de las balas. Unos cuantos inspeccionaron el área. Todos muertos. Nos fuimos en retirada.

Subimos a la montaña. En el camino felicité a la compañera por su temple, por su arrojo en la operación y cómo se fue a pepenar al cobarde que salió huyendo. Se nota que va contenta, como si quisiera decir: ya ven que la lucha revolucionaria no solo es de hombres, recabrones. Cuando íbamos subiendo por El Espinero todavía se veía la carretera. Más arriba, en las pinadas, se divisan tres poblaciones a medio iluminar por el servicio de alumbrado público. Más corriendo que andando llegamos al campamento del bosque nuboso. No vaya ser que los asesores gringos levantan helicópteros en la Zona y nos los pongan sobre la cabeza en dos o tres minutos. No es delirio de persecución, sino prisa por escuchar la radio. Después del parte, otro tiempo de espera.
– ¿Y el Belice no se ha comunicado?
–Como no hubo cambios.

–Pero tan tarde que pasaron.
¡Guatemala Flash! En la primera emisión del radio-periódico, el Choco Méndez Zepeda dio la noticia escueta del atentado. Soldados muertos en una emboscada ocurrida en la Ruta Interamericana, a inmediaciones del lugar conocido como El Frutal, en Zacapa. Esta mañana se pronunciarán el Gobierno y el Ejército. Esa noticia ya nos la sabíamos de memoria. Fuimos protagonistas. Lo que necesitábamos era el pronunciamiento. Para dónde. A esperar seis horas más, y Belice que no se comunica para darnos un adelanto. ¡Por la gran diabla! A ver qué pasa, aunque no pase el tiempo, porque no llega la segunda emisión del Flash. Todos los guerrilleros pendientes de un radio a transistores en AM.

Más tarde no hubo noticiario, sino Cadena Nacional de Radio. Habló el presidente militar y comandante de las Fuerzas Armadas. No solo reconoció la existencia de una fuerza armada insurgente y beligerante. Solicitó a países amigos como Estados Unidos para combatir a la guerrilla comunista. Declaró el Estado de Guerra. Los alzados saltamos de alegría y lanzamos hurras y vivas por nuestro reconocimiento como fuerza beligerante. Qué golpe de suerte. Todo gracias a Belice. Ahora viene el listado de los muertos: cuatro soldados de segunda, cuatro soldados de primera, tres cabos y el sargento José Alegría Amézquita, quien fue salvajemente masacrado cuando parece que trataba de huir del ataque. El cuerpo estaba distante unos veinte metros de sus compañeros.

En ese momento apagué el radio, me levanté, vi de reojo a la compañera que ejecutó al sargento que huía. Les dije que ese momento era de emociones encontradas. Que por un lado estábamos contentos porque fuimos reconocidos como fuerza rebelde. Por el otro lado, estábamos tristes porque en la emboscada perdimos al sargento Belice, un compañero valioso e irrecuperable, como el mismo territorio beliceño.

Tomado de Facebook del autor.

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