Momentos de reflexión

Autor: Jairo Alarcón Rodas

La humanidad ha estado inserta, a lo largo de su historia, dentro de una serie de acelerados y precipitados cambios, momentos que paradójicamente han sido apenas perceptibles para la mayoría. Otros, en cambio, los sucesos catastróficos, han dejado profunda huella en sus recuerdos. Dantescos y alarmantes acontecimientos, guerras, pestes, cataclismos han alarmado a la población del mudo. Pero a decir verdad, de nada han servido para modificar la conducta de muchas personas.

Hoy, nuevamente, la humanidad se enfrenta a otra amenaza que puede poner en riesgo la continuidad de la especie y no es causada por una guerra nuclear o la caída de un meteorito; la amenaza es una nueva epidemia, el coronavirus. Sin embargo, con el correr de los días, tras su paso de muerte y dolor, lo que ha evidenciado la hoy declarada pandemia es lo perverso que es un sistema que, invisibilizado el sentir, las necesidades y aflicciones humanas, prioriza aspectos económicos dentro de una lógica maligna de pérdidas y ganancias.

Sistema que ha deformado a las personas dentro de una cultura de indiferencia, ajenas al dolor y a las necesidades de otros y que, sumidos en una alucinante embriaguez tecnológica y egoísmo exacerbado, se convierten en autómatas consumistas, analfabetas en solidaridad, peones del sistema. Pese a ello, halitos de humanidad han aflorado y personas anónimas, haciendo gala de su condición humana, se han identificado de muchas formas con el dolor ajeno, mostrando que todavía hay restos de humanidad en el planeta, solidarizándose con los más necesitados.

Hoy, los habitantes de La Tierra, que están siendo obligados a recluirse en sus casas, confinados en sus hogares, atrapados en sus recintos por temor a la difusión del virus, ponen en peligro las ganancias de la industria del consumo, de la banalidad y superficialidad que enarbola el sistema.

Por otra parte, los desposeídos, los marginados, los que viven del día a día, sucumben en su encierro ante tales medidas, desnudando con ello las injusticias de tal medida. De ahí que los negociantes de las necesidades superfluas vean en peligro sus ganancias, dando rienda suelta a sus perversiones comerciales.

Tímidamente, diversos animales recuperan los lugares en los cuales antes transitaban libremente, el sonido de las aves se hace más frecuente, la Tierra ha tomado un respiro del acecho depredador del consumo humano.

Las nuevas catedrales, como llamaba Saramago a los centros comerciales, están vacíos; los circos, estadios y lugares de alienación permanecen cerrados por el peligro del contagio, así transcurren los días, semanas y meses, dejando a su paso el estigma de la muerte, aflicción y desesperación para gran parte de personas en el mundo.

Esta crisis debe dejar por lección a la humanidad que la solidaridad debe imperar sobre los egoísmos, la humanidad sobre la cosificación y, en palabras de Bertolt Brecht, que lo importante no es mantenernos vivos sino, humanos. Perder lo humano llevará a la especie a su extinción.

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