Testimonio personal de la peste

Carlos Figueroa Ibarra

Escribo estas líneas el domingo 28 de marzo, cuando llevamos un mes desde que en México se declaró oficialmente la peste. La peste, esa palabra arcaica para designar a la epidemia hoy convertida en pandemia. Soy de los privilegiados que pueden acatar la indicación gubernamental de quedarse en casa: no soy parte de la economía informal, no formo parte de los que viven al día, de los que si no van a trabajar afuera de su casa no comen. En estos días de guardar, de encierro obligado si uno entiende la dinámica de expansión del Covid-19, hay mucho tiempo para pensar, para recordar. He recordado a Giovanni Boccaccio y a su Decamerón surgido de la peste bubónica (1347-1353), la cual llevó a una villa a las afueras de Florencia a un grupo de siete mujeres y tres hombres, quienes en el espíritu de relajación de las normas se pusieron a relatar historias eróticas y trágicas. También he evocado Muerte en Venecia, la película de Luchino Visconti, que tiene como contexto una epidemia de cólera en Venecia. Me he puesto a leer nuevamente el Rey Lear de Shakespeare para ver en la dramaturgia lo que he constatado en la vida: en la política no hay gratitud, ni amistad. Tampoco enemistad. La política es el reino de los intereses, legítimos o espurios. Todo ello a pesar de que mi trabajo académico no ha cesado, no así el político porque he decidido no ir a las actividades que ha convocado el Comité Ejecutivo Nacional de Morena. Todavía hace unos días el CEN de Morena había citado a un Consejo Nacional para este domingo 28, una actividad que hubiese congregado a centenares de personas. El CEN ha seguido reuniéndose y yo por prescripción médica he optado por no ir a esas reuniones.

Sigo día a día, las ruedas de prensa del presidente López Obrador y las de la Secretaría de Salud en las que diariamente me entero del aumento de infectados y muertos que la epidemia está ocasionando en México. He visto una proyección matemática que calcula que el 20 de abril tendríamos casi a 200 mil infectados lo que podría implicar entre 2 y 4 mil decesos. La curva no informa los criterios para esas proyecciones y si éstas son calculadas en el supuesto de que no se restringe la movilidad de la gente. Confío en que las medidas restrictivas a la movilidad espacial y a la distancia social que fueron tomadas a tiempo sean acatadas y logren achatar la curva de infecciones para que ésta no colapse la capacidad hospitalaria y médica que tiene el país y que los decesos sean menos. Veo quiénes predominantemente son los que han muerto en el país por el Covid-19: adultos de más de 65 años, obesos, diabéticos, hipertensos, insuficientes renales, fumadores. Y advierto que estoy en tres de estos grupos de vulnerabilidad. La muerte, que ya es una posibilidad mayor a mi edad (el año pasado murieron cinco de mis coetáneos amigos), es ahora una posibilidad con mayores probabilidades.

Y en mi encierro para preservar la vida, he recordado mi existencia en 1979 y 1980 cuando formaba parte de una organización clandestina (el Partido Guatemalteco del Trabajo) y enfrentábamos en lucha desigual a una monstruosa dictadura terrorista y militar. Tenía yo 27 años y a todos los que luchábamos contra esa dictadura, la muerte nos resoplaba en la nuca. Buena parte de mis amigos y compañeros de mi generación no llegaron a cumplir 30 años y unos pocos más fueron asesinados o desaparecidos cuando apenas sobrepasaban esa edad. Y he recordado algunas medidas que tomábamos los resistentes: romper las rutinas de hora y rutas, acendrar la clandestinidad, encerrarse en casas de seguridad o en las de habitación, no salir después de la caída del sol. El repliegue acentuado cuando la maquinaria de la muerte se desplegaba en extensión y profundidad. En aquellos tiempos, el enemigo estaba constituido por las policías y el ejército cuyos elementos actuaban como sicarios disfrazados de civiles. En mi encierro de hoy he recordado los días de encierro de aquel tiempo. Mis atavismos clandestinos se han disparado (como los de mi amigo el comandante guerrillero César Montes, hoy rigurosamente replegado debido al virus y a los que todavía lo quieren matar). Pero hoy, el enemigo a diferencia de los sicarios de la dictadura, es totalmente invisible. No son los asesinos desalmados que te caían en una cita clandestina o una casa de seguridad delatada. Es un enemigo que tiene una dimensión de entre 60 y 140 nanómetros y que por ello solamente puede volar 1.5 metros. Por ello, lo que te puede salvar es la fortaleza de tu sistema inmunológico y como en aquellos años en que el zopilote de la muerte rondaba nuestras cabezas, el repliegue.

La peste ha reforzado mis convicciones. Me declaro católico cultural pero no creo en Dios. Veo con escepticismo respetuoso al presidente de Paraguay convertido en un predicador al hablar en un acto oficial acerca de la epidemia. Me causa urticaria ver a la Policía Nacional Civil de Guatemala montada en vehículos policiacos con Biblia y megáfono en mano invocando a Jesucristo por calles desiertas por la reclusión. No puedo sino ser incrédulo ante llamados a pintar en las casas, cruces rojas para ahuyentar la enfermedad. En cambio el papa Francisco ha terminado de ganar mi corazón con su caminata y misa solitaria en una plaza vaticana vacía y lluviosa. O con una entrevista por Skipe con un periodista español en que se nos aparece profundamente cercano y modesto. La peste ha confirmado mis convicciones anticapitalistas y comunistas. He leído con atención como el filósofo esloveno Slavoj Zizek pronostica que el virus le dará un “golpe mortal al capitalismo (a lo Kill Bill)” mientras que su colega coreano Byung Chul Han dice que “nada de esto sucederá”. El capitalismo salvaje ha desmantelado la salud pública y ha dejado inermes ante el virus aun a los países ricos. La codicia en la ganancia, retrasó las medidas pertinentes para que la curva de infecciones no se disparara como lo demuestra claramente Estados Unidos de América. Hoy la biopolítica capitalista ha pasado de preservar la vida para garantizar la acumulación, a combinarla con la necropolítica que administra la muerte de los que considera desechables. Muchos trabajadores han sido despedidos sin la mínima solidaridad debido a que los establecimientos comerciales o industriales han cerrado total o parcialmente. Y todavía nos falta la pospandemia, cuando la crisis económica se nos venga encima y el shock (Naomi Klein dixit) provoque la mansedumbre necesaria para acentuar la opresión y expoliación de los condenados de la tierra.

Un día más de encierro. Me siento privilegiado. Mientras muchas personas se ven obligadas a salir para trabajar, los diableros de los mercados y centrales de autobuses manifiestan con desesperación, vendedores ambulantes se quedan en la inopia, miles y miles de trabajadores se quedan sin salario, y otros miles de jóvenes salen a los cruceros a desempolvar autos y limpiar parabrisas, heme aquí dándome el lujo de escribir mi testimonio personal de la peste.

Fuente: http://mundonuestro.mx

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