Un fantasma recorre Europa, la recesión

Por Raúl Dellatorre

La crisis económica desatada por la pandemia del coronavirus parece seguir la misma trayectoria geográfica que la propagación del virus COVID-19: se originó en China, se expandió a varios países, pero es Europa la región que se ha convertido ahora en epicentro de la expansión del brote. Así como ocurre con la curva de contagios, que en China habría ya superado su pico y empieza a revertirse mientras que en Europa sigue trepando, las repercusiones en el plano económico siguen el mismo sendero. Un informe oficial del Ministerio de Industria de China indicó esta semana que, fuera de la provincia de Hubei, foco del brote del COVID-19, el 95% de las grandes empresas industriales y el 60% de las pequeñas y medianas del país ya han vuelto a la actividad (aunque no en su plenitud). En Europa, en cambio, la inestable economía italiana (la tercera en tamaño de la zona euro) ingresa aceleradamente en un proceso de recesión profunda, mientras que Alemania, España y el Reino Unido preveían una caída de magnitud en su actividad, ya antes de que Donald Trump anunciara el cierre del corredor aéreo entre Estados Unidos y la Europa continental. La amenaza de crisis ya no sólo tiene origen asiático. Y dependiendo de su duración y profundidad, la crisis podría mutar en catástrofe.
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Las consecuencias económicas que provocará la paralización del transporte, la no concurrencia al trabajo, la retracción del turismo internacional, la caída del consumo de sectores de la población mundial «invitados» a no salir de su domicilio, es innegable. Hay, además, otros impactos que tienen que ver con «causas preexistentes» y que la crisis del coronavirus las elevó a la superficie. Lo que provoca el derrumbe de las bolsas, la cotización de las materias primas y la evaporación del efecto de políticas monetarias de los países centrales (baja de tasas en dólares y euros prácticamente a cero, casi sin respuesta en los mercados) es, también, la enorme fragilidad de un sistema financiero global que quedó herido de muerte con la crisis de 2008 y todavía sigue prolongando su agonía. Un factor externo, el COVID-19, ahora lo ha puesto en jaque. Y nadie puede asegurar que vaya a volver a «su» normalidad una vez que pase la amenaza del virus.

Otro ejemplo de «conflicto latente» fue el del petróleo. El derrumbe del precio fue atribuido al intento de la OPEP de encontrar un acuerdo para reducir la oferta de crudo, para enfrentar una demanda mundial en baja a raíz de la retracción de las compras de China, y así blindar al precio del barril de una previsible caída. Arabia Saudita hizo la propuesta y Rusia la rechazó. La respuesta saudí fue la menos esperada: como no logró el acuerdo ruso, salió a vender el crudo a precios de liquidación en los mercados habitualmente atendidos por Moscú para ganarle esos clientes. La consecuencia fue que se aceleró la caída del precio del petróleo, justo lo contrario de lo que originalmente buscaba, en apariencia, Arabia. La pandemia corrió el telón para dejar ver una crisis latente, una disputa no resuelta por el control del mercado petrolero. Se abrió, así, una guerra de precios que en el marco de la crisis del COVID-19 adquirió modos salvajes.

El derrumbe del precio del petróleo dejó en posición muy debilitada a países exportadores altamente dependientes de los dólares de ese recurso, como Venezuela y Ecuador en Latinoamérica. Otros países exportadores en la región, como México y Colombia, si bien no son tan dependientes del petróleo como los anteriores, también sufrirán el impacto en sus cuentas externas. Además, la caída del petróleo también contagió a otros commodities. Materias primas agrícolas (soja, trigo, maíz) y minerales (cobre) también vieron retroceder sus cotizaciones, no tanto por razones de oferta y demanda sino porque, desde principios de este siglo, estos mercados se manejan como derivados financieros con fuerte incidencia de los fondos especulativos, que son los que terminan definiendo el precio. En situación de incertidumbre y con el petróleo en baja, los fondos se desprenden de sus contratos a futuro en «valor soja» o «valor cobre» y se mudan a activos más seguros: bonos del Tesoro estadounidense o del Banco Central Europeo. Su rendimiento es casi nulo, pero su tasa de riesgo también.

Los que pierden son los países exportadores de esas materias primas que ven caer su valor. Es otra consecuencia nociva de la financiarización de la economía mundial: la especulación le maneja los valores a los países productores: cuanto más primarizados, más dependientes. Argentina (por la soja) y Chile (por el cobre) están entre los perdedores.

Algunas estimaciones oficiales prevén una pérdida de ingresos globales por 2 billones de dólares consecuencia de esta crisis (Conferencia de las Naciones Unidas para el Comercio y Desarrollo, Unctad). La misma Unctad estimó en 50 mil millones de dólares las pérdidas en producción manufacturera sólo en febrero. Del monto total de pérdidas globales, un cinco por ciento, 100 mil millones de dólares, se explicarían sólo por las pérdidas en el transporte aéreo (IATA, asociación internacional del sector). El otro rubro que recibirá duramente el impacto es el turismo internacional, porque no se trata de un desvío en los destinos para esquivar a las zonas más riesgosas, sino que en una gran mayoría de casos se tratará de proyectos de viaje de los cuales se desiste. Para algunos países que tienen al turismo como una fuente de ingresos importante, esto puede ser letal.

Europa saca cuentas. Italia, España, Francia, incluso Grecia, son grandes receptores de turismo mundial. Italia recibió en 2019 más de 125 millones de viajantes extranjeros, que dejaron en sus arcas más de 40 mil millones de euros en gastos. El turismo le aporta a la península el 13% de su PBI. Si este año recibe el 15% de los visitantes que llegaron el año pasado, Italia se dará por contenta. Pero no es sólo el turismo: todo el país está paralizado por la prohibición de movilidad y la economía se hunde en la recesión que ya empezaba a asomar antes de la pandemia.
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Italia transita entre el estancamiento y la recesión desde hace 12 años. Con una demanda interna por debajo de los niveles de una década atrás, su actividad económica se sostenía apenas por el turismo y las exportaciones automotrices, de alimentos y ropa de diseño. La parálisis actual la afectará en todos los rubros. Italia es un caso a seguir y no sólo por lo dicho. Es, además, una de las economías más endeudadas: sus compromisos externos suman 2,4 billones de euros, el 135% de su PBI. Tiene vencimientos este año por 200 mil millones, que obviamente no estará en condiciones de honrar. Su situación podría derivar en una consideración global sobre las soluciones a implementar con países endeudados e imposibilitados de poder cumplir sus compromisos en el corto plazo.

El shock económico tendrá otra consecuencia que deberá ser abordada tarde o temprano. La demostración de la debilidad en que ha dejado el modelo neoliberal a los aparatos estatales para responder a situaciones de extrema gravedad. No será un dato menor que el sistema centralizado chino demuestre una capacidad de salir de la crisis que el modelo neoliberal europeo no logre equiparar.

Fuente Página12

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