Latinoamérica, el Caribe y sus luchas

Marcelo Colussi y Mario de León
Protestas Nacionales, Modelos Económicos y Regímenes Políticos en Latinoamérica y el Caribe: La Prolongación y el Resabio de los Viejos Problemas Heredados

Parte 1

El ensayo lo hemos dividido en tres partes. En esta primera parte presentamos varios conceptos, elementos y tendencias macroeconómicas, sociohistóricas, sociopolíticas, socio-antropológicas y socioculturales que han estado y están interrelacionadas con las etapas poscoloniales y neocoloniales de las economías, los estados, las sociedades y las culturas de Latinoamérica y el Caribe (LAC).

Tratamos los siguientes temas relacionados a la intención de esta primera parte del ensayo: los efectos e impactos residuales sobre ellas por la implementación del ‘modelo dominante neoliberal de capitalismo global’: el capitalismo y las crisis económicas y algunas repercusiones en Latinoamérica y el Caribe; el capitalismo neoliberal global y una visión inicial de las primeras manifestaciones del descontento y la protesta social en Latinoamérica y el Caribe. Intentamos situarnos en la región LAC, tocando parte de los países a los que se enfoca este ensayo y que aparecen en el siguiente párrafo, con un período de tiempo que abarca desde mediados del siglo pasado hasta la actualidad.

En la segunda parte, a ser publicada prontamente, hacemos una revisión basada en los diferentes análisis específicos, críticos y comparativos, de opiniones y comentarios escritos o mencionados por académicos, ensayistas y periodistas sobre los siguientes países de LAC: Bolivia, Chile, Colombia, Honduras, Haití y Nicaragua. Se excluyeron otros países del continente porque se consideró que se tiene información más específica de seguimiento, evaluación, análisis y opinión para varios de ellos; y porque se consideró también, que las protestas nacionales y otras manifestaciones de los malestares y descontentos sociales en continente, han ocurrido mayormente en estos países en los últimos dos años hasta estos días.

Se tomó en cuenta también que, en la comunidad internacional, han sorprendido las causas, los factores y los resultados que produjeron y han precipitado los acontecimientos en los países arriba mencionados. Estamos conscientes que, aunque las manifestaciones de descontento, malestar y frustración social vienen de más atrás, y que se han dado y están dando en otros continentes y países alrededor del mundo, para LAC las protestas sociales se han concentrado recientemente en estos países.

En la tercera parte y final a ser publicada también en un breve tiempo, hacemos una revisión comparativa de lo encontrado de información en los medios de comunicación: diarios, revistas, blogs, algunos artículos académicos en papel y en algunas páginas de internet; para describir y argumentar sobre algunas características comunes y homogéneas, otras específicas y heterogéneas relacionadas directa o indirectamente a la historia de la economía política y a la política económica en la historia de las protestas sociales, los modelos económicos y regímenes políticos, actuales o recientes en los países descritos en este ensayo.

El Capitalismo y las Crisis Económicas: Algunas Repercusiones en Latinoamérica y el Caribe

Empezaremos haciendo una retrospectiva histórica breve sobre el tema partir del siglo pasado utilizando varios recursos bibliográficos, informativos e informáticos. A finales de los años 1940s se empezó a favorecer una decidida liberalización de la economía internacional que tuvo también la formación de nuevos bloques comerciales. Las formaciones iniciales -de lo que posteriormente terminaron siendo grupos de países y zonas de libre comercio subregional, ya avanzado el siglo pasado, como la Unión Europea (1993), el TLCAN en América del Norte (1994) y el Mercosur en Sudamérica (1994)- representaron este proceso de reorganización del orden económico internacional después de la finalización de los acuerdos de Bretton Woods (1944-1971). La ideología neoliberal propició la formación de estas nuevas subregiones de libre comercio, como pasos preliminares para una más amplia integración económica en el mundo.

Durante los años 1970s, el alza del precio de las materias primas (principalmente el petróleo y sus derivados) y la caída del valor dólar provocaron el arribo masivo de divisas a Latinoamérica y el Caribe. Los países de la región discutían entre seguir un modelo de industrialización dirigido desde el Estado o un modelo de mercado. En la década de los 1980s, el menor precio de las materias primas y el alza de las tasas de interés en los países industrializados, generó una fuga de capitales en Latinoamérica, lo que provocó una masiva depreciación de los tipos de cambio en las monedas de la mayor parte de países de la región, aumentando el tipo de interés real de sus deudas, situación agravada por la presencia de burocracias excesivamente grandes o los colapsos industriales provocados por la incapacidad de competir con productos importados de mejor calidad y a precios favorables.

Cuando la economía mundial entró en recesión en los años 1970s al dispararse los precios del petróleo, lo que continuó a principios de los 1980s, los países de Latinoamérica y el Caribe se encontraron en su mayoría en una desesperada crisis de liquidez. Los países exportadores de petróleo, con mucha liquidez y reservas monetarias después de las alzas del precio de los hidrocarburos (1973-1975), invirtieron su dinero en bancos internacionales, que «reciclaron» la mayor parte del capital amasado en forma de préstamos a los gobiernos latinoamericanos y caribeños. Dado que las tasas de interés aumentaron en Estados Unidos y en Europa a finales de la década de los 1970s, los pagos de deudas también aumentaron, por lo que fue más difícil para los países LAC pagar sus deudas contraídas.

Asimismo, a principios de la década de los 1980s, el deterioro del tipo de cambio con el dólar estadounidense significó para los gobiernos latinoamericanos y caribeños que terminaran debiendo enormes cantidades en sus monedas nacionales con tasas cambiarias en dólares, por lo que sus monedas perdieron su poder adquisitivo en forma súbita y repentina. La contracción del comercio mundial a principios de la década de los 1980s impactó en los precios de las materias primas (la mayor exportación de Latinoamérica y el Caribe), las cuales cayeron vertiginosamente. Mientras la peligrosa acumulación de deuda externa se produjo durante varios años, la crisis de la deuda comenzó cuando los mercados internacionales de capitales se dieron cuenta de que Latinoamérica y el Caribe, ya no podrían pagar sus préstamos.

México fue el primer país con una deuda gigantesca que declaró que no podía cumplir con las fechas de vencimiento de los pagos, anunciando unilateralmente una moratoria de 90 días. Solicitó una renegociación de los plazos de pago y nuevos préstamos, con el fin de cumplir sus obligaciones previas. A raíz del incumplimiento de México, los bancos comerciales redujeron significativamente o detuvieron la entrega de nuevos préstamos a Latinoamérica y el Caribe. La gran parte de los préstamos latinoamericanos y caribeños eran a corto plazo, lo cual hizo que crisis se agravara, cuando fue rechazada su refinanciación por parte de los países acreedores, los bancos regionales y subregionales y el FMI. Miles de millones de dólares de préstamos que habían sido refinanciados eran ahora debidos con vencimiento inmediato. Los bancos regionales y nacionales tuvieron que reestructurar de alguna forma las deudas para evitar el pánico financiero; esto supuso nuevos préstamos con condiciones muy férreas y draconianas, así como la exigencia de que los países deudores aceptaran la intervención más fuerte y amplia del FMI.

La crisis de deuda de principios de los 1980s fue la más seria en la historia de los países de Latinoamérica y del Caribe. Los ingresos se desplomaron; el crecimiento económico se estancó; hubo necesidad de reducir las importaciones, el desempleo aumentó a niveles alarmantes y la inflación redujo el poder adquisitivo, causando un empobrecimiento en general. En respuesta a la crisis, la mayoría de los países de la región debió abandonar sus modelos económicos de industrialización por sustitución de importaciones y adoptar una estrategia de crecimiento orientada hacia las exportaciones, estrategia fomentada principalmente por el FMI a través de ajustes macroeconómicos con impacto en los sectores productivos.

Algunas excepciones, como Chile y Costa Rica, adoptaron estrategias reformistas mixtas, para continuar por un lado la industrialización priorizando ciertas áreas de producción y de manufacturación, por el otro exportando materias primas principalmente en el sector extractivo. Un proceso masivo de fuga de capitales, particularmente hacia Estados Unidos, produjo una mayor depreciación de los tipos de cambio, aumentando el tipo de interés real de la deuda. La tasa de crecimiento real del PIB (Producto Interno Bruto) para la región fue de sólo 2,3% entre 1980 y 1985. De 1982 a 1985, Latinoamérica y el Caribe pagaron 108 mil millones de dólares (la llamada «década perdida»). La crisis de la deuda fue uno de los elementos que contribuyó al colapso de algunas dictaduras militares en la región, como las de Brasil y Argentina.

Para inicios de la década de los 1990s, Latinoamérica y el Caribe ya estaban recuperándose de la crisis; no obstante, países que previamente habían sido potencias regionales como Argentina, México y Venezuela, quedaron con diversas secuelas macroeconómicas que no han sido superadas hasta la actualidad. Mientras que países más rezagados: Chile, Brasil, Perú y Colombia, empezaron a destacarse con un mayor nivel de crecimiento económico y un mejor nivel de bienestar social más extendido. En las últimas dos décadas de este siglo, se «consolidaron» en términos relativos y cíclicos con relación al resto de la región. Pero los años demostrarían que en la actualidad, el pretendido «milagro» económico de Chile es un ejemplo grotesco del neoliberalismo, un país en proceso de volverse de altos ingresos con muchísima desigualdad social, económica y étnica.
En las últimas dos décadas de este siglo, a pesar que muchas personas en algunos de los estratos sociales de varios de los países de la región LAC han conseguido, o están consiguiendo, superar los logros mínimos en materia de desarrollo humano integral (calidad de vida y bienestar económico, social y cultural con relación a décadas pasadas descritas arriba), la gran mayoría no ha logrado resolver el problema de las desigualdades sociales y económicas, las cuales han continuado siendo cada vez más amplias e inalcanzables, agrandándose cada vez más para la mayoría de la población en general. Al mismo tiempo, está surgiendo una nueva generación de desigualdades severas que impide un desarrollo humano integral en muchos de los países de LAC.

Durante la década de los 2000s se daría una «segunda década perdida» para Latinoamérica y el Caribe, debido a la estrepitosa caída de los índices económicos regionales. Durante la segunda mitad de esa década, casi todos los países LAC atravesaron períodos fluctuantes de crecimiento muy bajo o nulo, lo que ha desembocado desde entonces, en un escenario de turbulencia política y social. A partir de principios de la última década, la región latinoamericana y caribeña vivió años de mayor estabilidad (e incluso auge en algunos casos) debido a la alta demanda de materias primas por parte del mercado asiático, principalmente de China, sorteando con poca dificultad la crisis subprime (recesión) del 2008 en adelante (afectando principalmente a Norteamérica y Europa), beneficiándose del debilitamiento de las monedas de países industrializados al poder acceder a mayores cantidades de divisas. A esta etapa se la ha llamado «década ganada», particularmente por los gobiernos de centroizquierda, parte de la llamada «marea rosa» que tuvo su mejor momento en aquella época (el proceso bolivariano en Venezuela iniciado por Chávez, el PT y Lula en Brasil, Kirchner-Fernández en Argentina, Evo Morales en Bolivia, Correa en Ecuador).

Sin embargo, según datos de la CEPAL, el FMI, el BM y la OCDE, la desaceleración de la economía China a partir de 2012, más la caída del precio de las materias primas a nivel global, dieron paso a un nuevo escenario de recesión en Latinoamérica y el Caribe. La región tuvo en 2012 su último año de crecimiento fuerte (superior al 4% anual), mientras que ya en 2013 fue ligeramente superior al 3% y entre los años 2014 y 2016 fue decreciendo y fue inferior al 2%. Durante los años 2016 al 2018, la actividad económica latinoamericana y caribeña empezó a decrecer progresivamente por primera vez desde el 2003. Entre 2018-2019, apenas superó el 1%. La pobreza y la desigualdad ha crecido nuevamente en LAC a partir del 2014, comparándose con niveles superiores a los de la crisis económica sufrida durante los 1980s.

De acuerdo con la información de la CEPAL y el BID, Venezuela fue el país más afectado por la crisis económica debido a una mezcla entre la extrema dependencia del petróleo (ya que su valor se desplomó entre 2012 y 2015), un gobierno tecno-burocrático enorme y muy corrupto, y una falta de apoyos económicos e inversiones desde el extranjero, estratégicamente planificadas como un bloqueo para derrocar al régimen de gobierno (el «socialismo del siglo XXI» sigue siendo un demonio para los mega-capitales que manejan el mundo, en muy buena medida porque detenta las reservas petrolíferas más grandes del planeta). Todo ello ha generado una situación de niveles catastróficos, incluyendo una parálisis industrial, desabastecimiento y problemas con los servicios públicos generalizada en todo el país. Brasil, país que tuvo una de las mayores cifras de crecimiento a nivel mundial durante la década del 2000, quedó sumida en un período de decrecimiento a partir de 2012, una situación también influida por los costos del Mundial de Fútbol de 2014 y las Olimpíadas de 2016, el clientelismo y la corrupción, en la organización de esos eventos en aquella nación, generándose una ola de protestas y manifestaciones de descontento e indignación social, mientras que entre 2014 y 2016 la economía entró en recesión fuerte, de la cual no se ha recuperado todavía.

Las Políticas Neoliberales: Breve Revisión de los Resultados e Impactos en Latinoamérica y el Caribe

De acuerdo con varios recursos duros y virtuales informativos, académicos, enciclopédicos y de discusión e intercambio en las redes sociales en la internet, el «neoliberalismo» ha tenido una historia reciente y controversial, la cual se inició a principios del siglo pasado. Ha sido una teoría político-económica cuyo contenido fue inicialmente conceptualizado por el economista y sociólogo alemán Alexander Rüstow en 1938. Esta teoría trató de encontrar inicialmente un «tercer camino, una tercera vía» entre el liberalismo clásico y la planificación, control y regulación económica mayormente centralizada. El impulso de tratar de desarrollar esta nueva teoría, la cual se volvió después una doctrina, surgió con la idea inicial de evitar nuevos fracasos económicos en un futuro inmediato y a mediano plazo.

El neoliberalismo fue inicialmente una propuesta tras la crisis aguda y el hundimiento devastador de la economía mundial (principalmente en Norteamérica y Europa) durante los primeros años de la década de los 1930s. En las dos décadas siguientes, la teoría neoliberal tendió a estar inicialmente en contra de la doctrina laissez-faire del liberalismo clásico , promoviendo una economía de mercado tutelada por un Estado fuerte, modelo que llegó a ser conocido como «la economía social de mercado».

A finales de la década de los 1950s, el término «neoliberalismo» se introdujo nuevamente en una segunda oleada filosófica, ideológica, institucional y macroeconómica por Friedrich von Hayek y Milton Friedman entre otros, quienes desde la Escuela de Economía de la Universidad de Chicago, en Estados Unidos de Norteamérica, volvieron a proponerlo como el modelo económico alternativo, para «salvar la economía de finales del siglo XX», con un significado, meta y objetivos diferentes a los iniciales de los 1930s.

El contenido ideológico-teórico-práctico de este nuevo modelo económico tomó mayor relevancia a finales de la crisis económica de los 1970s (con la caída mundial de los precios del petróleo y la pérdida del valor de las monedas internaciones equivalentes y/o respaldadas por el valor del oro, descrito en el apartado anterior). Por lo que, en el plano político gubernamental mundial, durante las décadas de los 1970s y 1980s, se desarrollaron las reformas económicas y los cambios estructurales promovidos por los gobiernos de Ronald Reagan, presidente de los Estados Unidos, de Margaret Thatcher primera ministra del Reino Unido y del general Augusto Pinochet, dictador y presidente de facto de Chile; quienes fueron los primeros en implementar las nuevas políticas neoliberales en sus respectivos países.

El neoliberalismo dentro de lo que se llamó «Reaganomics» en los años 1980s (economía del libre mercado y desregulación económica, fiscal y administrativa de los sectores interrelacionados: empresarial corporativo, financiero, extractivo-productivo y de servicios), pasó de defender una postura «liberal moderada», a una más radical, la cual incluyó la defensa a ultranza del «laissez-faire» (la desregulación y la ampliación del capitalismo mundial más agresivo, voraz y globalizante). Retomó la doctrina del liberalismo clásico y la replanteó dentro del esquema capitalista actual, bajo un paradigma con varios principios más radicales de tendencia monetarista, no-regulatoria y no-intervencionista.

Para el neoliberalismo actual, el Estado debe cumplir únicamente sus funciones fundamentales como organismo regente en la organización de la sociedad, de modo que se opone a su intervención en el funcionamiento de la economía, para así mantener bajo control las regulaciones e impuestos al comercio y las finanzas. Esta doctrina favorece la privatización de empresas y servicios del sector público, bajo la premisa de que el sector privado es «más eficiente»; promueve la reducción del gasto social (habla de «gasto» y no de «inversión» social), propicia la libre competencia, de las grandes corporaciones, y debilita y desintegra donde sea factible a los sindicatos que obstruyen a la libre empresa.

Asimismo, el neoliberalismo actual considera que la economía es el principal motor de desarrollo de una nación, por ello, todos los aspectos de la vida de una sociedad deberían estar subordinados a las leyes de mercado; defiende el libre comercio internacional y globalizante, para propiciar una mayor dinámica en la economía, lo cual, en teoría, debería generar mejores condiciones de vida, bienestar general y de riqueza material para la mayoría de las sociedades.

Las teorías macroeconómicas de la Escuela de Chicago, ya estandarizadas globalmente, han estado detrás de muchas de las políticas del BM y del FMI; instituciones que se han caracterizado por su apoyo al llamado Consenso de Washington Otras instituciones bilaterales y multilaterales de cooperación y desarrollo internacionales, otros países y gobiernos, también comenzaron a tomar en cuenta esa modelo económico a seguir e implementar a partir de los años 1980s, siendo las décadas de los 1990s y los 2000s el período de mayor auge de dichas teorías y prácticas al nivel mundial. Ello llevó a una de las crisis económicas y financieras más grandes, extensas y complejas en el 2008 al nivel mundial hasta nuestros días. Sin embargo, en términos relativos, el impacto de dicha crisis no afectó demasiado a las economías de los países de Latinoamérica y el Caribe (como se explicó en el apartado anterior).

El neoliberalismo, entonces, empezó a adoptar connotaciones peyorativas y a ser empleado negativamente por los críticos de estas reformas macroeconómicas estructurales, consideradas dañinas, lesivas y destructivas desde los 1980s (en el caso de Latinoamérica y el Caribe, la llamada «década perdida» con los ajustes estructurales de la región entera hasta la actualidad, que empobreció más a los sectores históricamente ya empobrecidos). Para los críticos del neoliberalismo actual, existen varias razones y factores relevantes por las cuales el modelo no es viable a mediano y largo plazo, principalmente por razones de índole económica, social y política (relacionadas a clase, etnia y cultura). Entonces, estos han sido algunos de los resultados e impactos importantes del neoliberalismo actual en el mundo y en la región Latinoamericana y del Caribe. A continuación, una descripción breve de los mismos:

– Primer resultado e impacto: las políticas y prácticas que propone el modelo económico neoliberal global actual solamente apuntan al beneficio de los mal llamados «generadores de riqueza» (concepto revisado y deconstruido abajo), obviando intencionalmente el bienestar del resto de la mayoría de la población, de los otros sectores y estratos que componen las sociedades del continente latinoamericano y caribeño. Examinando críticamente el concepto anterior, no se puede hablar y designar únicamente como generadores de riqueza a los empresarios, a los inversionistas, a los capitalistas privados, sino que se trata de incluir ampliadamente al principal generador de riqueza hasta el presente, el «capital variable», representado por los sectores de trabajadores y trabajadoras asalariados. Los que generan la riqueza son las clases asalariadas, ya sean en actividades socioeconómicas manuales o intelectuales, domésticas fabriles o tecno-burocráticas, en espacios rurales o urbanos, etc.

– Segundo resultado e impacto: la ausencia de reglas para los llamados «generadores de riqueza» (adjudicado por el neoliberalismo al sector empresarial, inversor, financiero-corporativo; léase «grandes capitales monopólicos nacionales y globales») ha aumentado, lo cual ha hecho que la brecha social y económica se extienda, profundice y se haya vuelto una normal constante en Latinoamérica y el Caribe. Ello ha promovido, implementado y creado nuevas normas que han generado mayores desequilibrios en la relación entre el Estado y las empresas, con consecuencias negativas para la población en general, principalmente en la última década. Se ha generalizado y extendido la falta de acceso, inclusión, participación, beneficio y utilización de la riqueza creada a la clase media y la trabajadora, a los grupos étnicos considerados minorías. Asimismo, hay un detrimento de la movilidad económica y social y se ha exacerbado la actitud racista y discriminatoria hacia la diferenciación étnica.
– Tercer resultado e impacto: la flexibilización de la contratación laboral ha traído consecuencias negativas para los trabajadores globalmente, Latinoamérica y el Caribe no han sido una excepción: las condiciones de trabajo han cambiado drásticamente en los últimos años: contratos desventajosos, bajos salarios, ausencia o limitaciones de prestaciones económicas, etc. En ese mismo orden, la flexibilización o acumulación flexible para las compañías o empresas productoras, comerciales y de servicios entre otras, ha traído otras consecuencias negativas para los trabajadores contratos hora cero y/o contratos «chatarra»: sin estabilidad laboral, paros o reducciones inmediatas en la producción, despidos inmediatos, sin prestaciones o beneficios inmediatos, a mediano o largo plazo; ausencia total o limitaciones de beneficios económicos, etc. Algunas de las consecuencias más visibles es el incremento del desempleo y la precariedad del empleo, un aumento inmenso de los ejércitos de reserva de trabajo, mano de obra, oficios, etc.
– Cuarto resultado e impacto: la privatización de los servicios públicos se ha traducido en tarifas más altas para la población, lo que puede perjudicar a los sectores más vulnerables. Quedan entonces, afectados o muy precarios los derechos básicos de los consumidores y de los trabajadores, los cuales están incluidos en las constituciones de la mayor parte de países latinoamericanos y caribeños con ciertas similitudes y diferencias. La estrategia global de privatización de los servicios públicos, se sustenta en parte sobre un proceso de manipulación ideológica de la opinión pública que se ha ido desarrollando de modo sistemático, constante e implacable durante los últimos años, con el siguiente objetivo: afirmar, sin posibilidad de réplica, que se debe reducir el tamaño del sector público, que el sector público asume indebidamente la provisión de bienes y servicios que debería prestar el mercado; que la empresa privada es más eficiente por las bondades del mercado, frente a la ineficiencia y despilfarro de lo público representado en un Estado y gobierno corruptos; se debe reconsiderar la necesidad del propio Estado del Bienestar y la función del Estado como redistribuidor de la renta y suministrador de los servicios públicos, con el objetivo final de privatizar la red de servicios públicos.

– Quinto resultado e impacto: las empresas privadas han pasado o han tenido el control e incluso son dueñas de los servicios técnicos en ámbitos sensibles del Estado (telecomunicaciones, seguridad, cobros e impuestos, servicios de identidad, etc.). Para los críticos del modelo neoliberal no es conveniente ni deseable, que empresas privadas tengan el control de áreas estratégicas del Estado. La privatización de los servicios sociales supone sencillamente, convertirlos en negocios de alta rentabilidad y ganancias. Todo se convierte en ganancia, donde lo que prima e importa es obtener el mayor beneficio posible; desde los servicios de la salud, la educación, la infraestructura, hasta los servicios de seguridad y de la justicia. El proceso acelerado de privatización de los servicios públicos que se viene produciendo en las últimas dos décadas en Latinoamérica y el Caribe, se ha inscrito dentro de una estrategia global del capitalismo neoliberal, que tiene como objetivo la progresiva mercantilización del sector público. Esta estrategia globalizadora ha sido diseñada por la Organización Mundial del Comercio (OMC), creada en 1995 fuera del ámbito de influencia de la ONU, con el objetivo de regir el comercio internacional. Entre los acuerdos de mayor relevancia de esta organización se encuentra el Acuerdo General sobre el Comercio de Servicios (AGCS), adoptado también en 1995, el cual ha perseguido la liberalización progresiva de todos los servicios para el comercio internacional.

– Sexto resultado e impacto: la disminución de impuestos para los grandes capitales, han limitado la acción del Estado, al quedarse sin uno de sus principales recursos para crear y mantener programas sociales, de inversión pública y finaciamiento de programas económicos y de desarrollo integral para los sectores, segmentos y estratos más vulnerables, entre otros puntos critico-estratégicos. De acuerdo a Rodríguez C. (2015) la reducción de impuestos genera por única vez un impulso al PIB, al consumo y la inversión; estos efectos nunca son suficientemente poderosos como para impedir, generalmente, una pérdida de ingresos fiscales a mediano y largo plazos. Por lo tanto, los recortes tributarios tendrían que financiarse ya sea aumentando la deuda pública, bajando el gasto o bien recaudando ingresos a través de otros impuestos. También nos dice Rodríguez C. que, dado que el objetivo es obtener mejores resultados distributivos preservando al mismo tiempo la posibilidad de lograr cierto aumento moderado del crecimiento, este se centra en el traspaso de los impuestos sobre la renta de las personas físicas a los impuestos sobre el consumo como medio de financiar el recorte, combinado con una ampliación del crédito impositivo por ingreso del trabajo para proteger a los pobres. Los análisis comparativos revelan una disyuntiva fundamental entre crecimiento y desigualdad del ingreso, según quién reciba el recorte impositivo.

En simulaciones econométricas realizadas por expertos economistas del BM y la OCDE, se ha demostrado que las reducciones de impuestos en favor de los grupos de ingresos más altos pueden resultar más beneficiosas para el PIB de los países que las implementan; el consumo de las clases medias y acomodadas, pueden incrementar la inversión y la oferta laboral en varios sectores de la economía. Pero también pueden exacerbar la polarización, la brecha y la desigualdad del ingreso. Estás variables ya se encuentran en sus máximos históricos. Aun cuando se tenga en cuenta que los ricos podrían consumir más bienes y servicios producidos por personas situadas en el tramo inferior de la distribución del ingreso, y aun si se contempla un aumento del crédito fiscal por ingresos laborales para proteger a los pobres, la brecha de ingresos de todos modos se ampliaría sustancialmente si se redujeran los impuestos para los grupos de mayor nivel de ingreso. Por otro lado, un recorte impositivo orientado a los grupos de medianos ingresos permitiría reducir la disparidad y polarización del ingreso, pero su aporte al crecimiento puede ser menor.

En resumen: el neoliberalismo es entonces una de las corrientes ideológicas más extendidas en la actualidad. En Occidente su principal referente son los Estados Unidos de América, aunque en los últimos dos años, el actual gobierno de Trump ha tomado medidas proteccionistas en sus tratados bilaterales de «libre comercio», principalmente en lo que corresponde a la parte de fiscalización arancelaria y finanzas públicas.

El Capitalismo Neoliberal Global: Algunas de las Manifestaciones del Descontento y la Protesta Social en Latinoamérica y el Caribe

En las décadas de los 1960s y 1970s del siglo pasado, el mundo vivía una cierta euforia de cambio, actitudes contestatarias, una rebeldía generalizada (movimiento hippie llamando al no consumo, movimientos pacifistas intentando desarticular la Guerra de Vietnam e Indochina, guerrillas de orientación marxista, liberación femenina, el Mayo Francés del 68, las protestas estudiantiles de la plaza de Tlatelolco como ícono del cambio, la mística guevarista, grandes movimientos de liberación nacional, de independencia en África y Asia, la Teología de la Liberación con su opción preferencial por el acompañamiento de los pobres).

Estás últimas dos décadas tanto del siglo pasado como del presente siglo, el capitalismo contemporáneo de tendencia neoliberal, global, manejado por mega-capitales de alcance planetario, en el cual continúa en su mayor parte desregulado sin prácticamente chequeos ni balances nacionales o internacionales y con múltiples opciones de evasión fiscal, se asemeja más a una estructura mafiosa, corrupta y delincuencial (no es de extrañar que el crimen organizado, la corrupción, el narcotráfico sean ahora parte del espíritu empresarial actual en muchas partes de Latinoamérica y el Caribe, y no de aquel espíritu inicial que lo puso en marcha hace ya algunos siglos). En la actualidad, corregir estas desigualdades del desarrollo humano integral en el siglo XXI es posible, a pesar de su complejidad estructural o la tendencia de políticas socioeconómicas lesivas o draconianas de corte neoliberal. Pero para ello las protestas nacionales de carácter popular han debido hacerse ver, ante los desequilibrios y los impactos negativos socioeconómicos que se han traducido en un dominio sociopolítico superestructural más extendido y profundo (el neoliberalismo duro, el ultraderechismo fascista, el populismo autoritario y dictatorial).

El mundo pasó a ser el campo de acción de bandas delincuenciales… ¡legales!, con poderes omnímodos que se dan el lujo de hablar de democracia y libertad. La lucha por el poder en el Estado se convierte entonces, en un medio no para intentar impulsar una propuesta programática de orden político ideológico, sino que la prevalencia de los intereses particulares de quienes gobiernen, al punto de convertir al Estado en el principal instrumento de acumulación de capital. Hasta los intereses de clase, como tales, se diluyen en un esfuerzo por gobernar para favorecer los correspondientes a un sector y/o a un grupo determinado. La política mercantilizada se ha convertido en un ejercicio histriónico, una práctica circense. Pero también se debe reconocer que hay un triunfo contradictorio e indiscutible del neoliberalismo, consistente en deificar al mercado y deslegitimar lo público, lo cual incluye al mismo Estado, a la práctica de gobernar y al ejercicio de la política.

La «aventura» de invertir para hacer prosperar el negocio, sabiendo que ello puede suceder pero que no está asegurado de antemano –el riesgo ocupaba un lugar en el juego del libre mercado– se cambió hoy día por un esquema donde la ganancia fácil es la norma. Para ello, este nuevo diseño corrupto se asegura su «éxito» con prácticas más de orden criminal que empresarial. La ganancia se garantiza al precio que sea, y si es por medio de la fuerza bruta, no importa: el fin justifica los medios. La proclamada «libre competencia» (la «mano invisible» del mercado proclamada en su momento por Adam Smith) quedó en la historia. Por eso, hay políticos, líderes y caciques carismáticos, quienes aparecen capitalizando la decepción y el hartazgo de la ciudadanía; son los «antipolíticos o los no alineados en apariencia a las alas políticas de la izquierda o de la derecha tradicionales». En muchos casos son tomados también como «los nuevos políticos emergentes». Eso plantea una incoherencia de «síndrome de múltiple personalidad», ya que el mejor político resulta siendo el que «reniega de tal identidad». «Nunca he gobernado, desprecio el Estado y la función pública, aborrezco la política», son los discursos que legitiman a quienes pretenden, mediante su acción eminentemente política, ganar unas elecciones y acceder al poder que demagógicamente ultrajan. Y ahí pueden encontrarse figuras mediáticas, deportistas, presentadores televisivos, actores… En definitiva: gran circo bien montado.

Las masas comportan una psicología colectiva muy particular: se contagian las tendencias mediáticas, cibernéticas y discursivas. En esa lógica, en esa perspectiva podría decirse que estos últimos años marcan un movimiento reactivo anti-sistémico sin parangón. O, en sentido estricto, más que anti-sistémico, anti-consecuencias espantosas de ese sistema llevado al límite por las políticas neoliberales macroeconómicas fondomonetaristas. Por los cuatro puntos cardinales del globo explotan protestas masivas. Todas tienen algo en común: es la reacción visceral de la gente ante situaciones agobiantes en términos socioeconómicos. Hay algo en las distintas poblaciones del mundo (en Medio Oriente, en Europa, en Latinoamérica) que las une: sentirse indignadas, sentirse burladas y expoliadas. Y en todos lados, también, la respuesta gubernamental es la misma: represión brutal. Cuando el engaño y manipulación de los medios de comunicación no alcanza, ahí están las balas. ¿Y la democracia? ¿No es que existe el derecho de rebelión consagrado en las Constituciones?

En varios de los países de Latinoamérica y el Caribe ha habido en las últimas dos décadas varias protestas nacionales, por causas varias o motivos distintos. Este descontento social, reflejado en protestas que en algunos países han sido recurrentes o continuas, presenta razones similares, parecidas o cercanas, con varios elementos muchas veces comunes. Por distintos puntos se suceden protestas populares espontáneas masivas y con niveles de violencia que constituyen una verdadera afrenta o un reto para los poderes constituidos. A continuación, algunas de las descripciones, análisis y discusiones de varios de los descontentos, malestares y protestas sociales que se han dado en varios de los países latinoamericanos y caribeños relacionados directa o indirectamente a las políticas del modelo neoliberal y la hegemonía global.

En Argentina, que años atrás también vivió estas masivas respuestas espontáneas cuando en diciembre de 2001 en dos semanas expulsó a cinco presidentes, volvió a protestar recientemente, ahora desde las urnas. Con un masivo «no» evidenció su repudio en las pasadas elecciones a las medidas de ajuste estructural impuestas por el anterior presidente Mauricio Macri, siguiendo las recetas marcadas por el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial como parte de un modelo tradicional económico hacia afuera. De esa suerte, eligió un nuevo mandatario -Alberto Fernández- quien, al menos de momento, habla un lenguaje no fondomonetarista.

Desde hace más de tres años en Honduras, uno de los países más pobres y corruptos del continente americano, la población sigue protestando masivamente por el ilegal gobierno de Juan Orlando Hernández, neoliberal y represor, llegado a la presidencia por medio de un escandaloso fraude electoral. En los últimos tiempos, en consonancia con estas protestas que están dando vueltas por todo el mundo, las manifestaciones populares arreciaron, así como la represión gubernamental. En Haití, país igualmente empobrecido y olvidado, gigantescas manifestaciones exigen la renuncia del presidente Jovenel Moïse, acusado de corrupción, quien mantiene firmemente medidas de ajuste neoliberal que empobrecen aún más a una población históricamente diezmada. La represión policial es la única respuesta por parte del Estado.

El año pasado, en Ecuador masivas concentraciones de los pueblos originarios pusieron en jaque al gobierno del neoliberal Lenin Moreno quien, luego de una furiosa represión, tuvo que dar marcha atrás en medidas de ajuste fiscal impuestas por el FMI. En Chile también el año pasado y este año, el aumento del boleto del metro desató enormes protestas, iniciadas por el movimiento estudiantil en principio, al que se le sumó luego masivamente la población, las cuales hicieron retroceder al presidente Sebastián Piñera, quien luego de reprimir salvajemente pidió perdón, comprometiéndose a implementar medidas de protección social, reconociendo la precariedad de muy buena parte de la población chilena, más allá del preconizado «milagro económico» del país que fuera laboratorio de ensayo de los planes neoliberales durante la dictadura de Augusto Pinochet, luego implementados en casi toda Latinoamérica y el Caribe.

Se podría decir que también en Guatemala, en el año 2015, más allá de manipulaciones que pueda haber habido por parte de la injerencia estadounidense, la población, hastiada de la corrupción gubernamental, manifestó masivamente, sirviendo esas protestas para expulsar del gobierno al binomio Otto Pérez Molina-Roxana Baldetti, acusados de groseros delitos en el ejercicio del poder. No hay dudas que existen climas masivos contagiosos. No confundir eso con «modas». Pero llámense como sea, es evidente que se dan tendencias que arrastran, que son imitadas, que son seguidas por las grandes mayorías. He ahí principios de la Psicología de las masas, que actúan más allá de voluntades individuales (por eso son masas, justamente). Esos climas crean atmósferas sociales, culturales, políticas. Las poblaciones, empobrecidas hasta la médula por los planes neoliberales vigentes (capitalismo rapaz sin anestesia, que recorta cuanto colchón de amortiguación pueda haber existido), sale a manifestar en una mezcla de protesta ante el empobrecimiento creciente que traen esas políticas y la corrupción rampante de la casta política, que se da por igual en todas partes del globo, siempre de espaldas a los pueblos, trabajando para los grandes capitales. El ver que algo así sucede en una latitud incita a otros a repetir el fenómeno. De ahí que las protestas se generalizaron, porque por doquier las condiciones materiales de vida las propician.
En ese contexto deben diferenciarse y no confundirse otros movimientos, como las recientes «protestas» en Bolivia -que sirvieron para instaurar una sangrienta dictadura a partir de la denuncia de un supuesto fraude electoral por parte de Evo Morales-, o en Hong Kong. Estas dos recuerdan, en todo caso, lo que se llamaron algunos años atrás «revoluciones de colores»: movimientos supuestamente espontáneos, manipulados en realidad por la agenda hegemónica de Washington para quitar de en medio gobiernos que no son de su conveniencia: revolución de las rosas en Georgia, revolución naranja en Ucrania, revolución de los tulipanes en Kirguistán, revolución blanca en Bielorrusia, revolución verde en Irán, revolución azafrán en Birmania, revolución de los jazmines en Túnez, así como los «movimientos de estudiantes democráticos antichavistas» en la República Bolivariana de Venezuela, o las «Damas de blanco» en Cuba. Esas no son reacciones populares viscerales: son afinados mecanismos de ingeniería social, con agendas claramente estipuladas.

La ola de reacciones que se estuvo dando, en realidad no tiene agenda previa; tiene causas históricas, que no es lo mismo. Es, en el más cabal sentido de la palabra, una expresión espontánea de la furia popular. Empobrecidas como están, engañadas, manipuladas, las poblaciones reaccionan visceralmente. No es cierto, en absoluto, que tras las protestas en Latinoamérica haya una conspiración «castro-comunista bolivariana», como un trasnochado discurso de derecha (¿rémora de la Guerra Fría?) pretende enviar. Hay hambre, bronca, frustración, profundo malestar; hay desencanto y desilusión. Es por eso que la gente, enardecida, manifiesta, aún a riesgo de su vida. Quizá sin ideología política clara (los «chalecos amarillos» de Francia se autonombraban «apolíticos»), pero como expresión veraz de un estado de desesperación real.

A partir de estas rebeliones, de estas espontáneas insurrecciones, muchos ven un período revolucionario que se estaría instaurando. Las transformaciones, de esa cuenta, estarían esperando a la vuelta de la esquina. Pero ¿será cierto que los poderes tiemblan y estamos ante del despertar revolucionario de los pueblos? En Chile, por ejemplo, esas protestas se prolongaron, creándose una red de asambleas populares que se mantiene en ebullición. Eso puede abrir la esperanza de cambios reales en el contexto del país trasandino. Pero más allá de las esperanzas (¡¡que nunca hay que perder!!), el análisis de la situación debe ser crítico, realista, utilizando instrumentos pertinentes y no solo la pasión («Actuar con el pesimismo de la razón y con el optimismo del corazón», pedía Antonio Gramsci). No cabe dudas que las poblaciones, en todas partes, han sido severamente dañadas con las políticas neoliberales. En realidad, ese es el plan trazado por los grandes poderes globales: no solo volver más ricos a los ya ricos sino también desarticular la protesta social. Para eso se pergeñó lo que ahora llamamos «neoliberalismo».

¿Qué sigue después de estas protestas? Lamentablemente, estos últimos años de hiper derechización que vivimos, con ajustes estructurales que diezmaron los Estados nacionales y con un tremendo estancamiento en la organización popular, marcan una falta de proyecto político en las izquierdas que se evidencia justo ahora. No se puede decir que los pueblos son conservadores, aunque hayan elegido con voto popular a los gobiernos contra los que ahora se enfrentan e intentan defenestrar. Los pueblos, como siempre, son manipulados y engañados (¿por qué, si no, votarían por sus propios verdugos?). Ello muestra que esta democracia formal en absoluto confiere poder real a la gente que emite un sufragio; eso es una vil mentira, muy bien montada. Estas explosiones populares no parecieran desembocar en cambios reales, en transformaciones profundas en la sociedad.

En Ecuador, años atrás los movimientos indígenas y populares, a través de masivas protestas, quitaron del poder a tres presidentes (Bucaram, Gutiérrez y Mahuad), así como la Primavera Árabe abrió una enorme esperanza. Pero ahí quedaron. Los planes neoliberales, contrario a lo que cierta «sentencia propagandística» proclama, no están muertos. Lamentablemente: ¡El neoliberalismo no está muerto! Ante la protesta social se sabe readecuar, se adapta y recicla; quizá con incumplibles promesas de politiquero, pero no perdamos de vista en el análisis que ningún presidente (Piñera en Chile, Moreno en Ecuador, Hernández en Honduras, Hariri en El Líbano, al Sisi en Egipto, Macron en Francia) ha renunciado luego de estas puebladas.

En realidad, el único que salió del poder recientemente antes de cumplir su mandato ha sido Evo Morales (golpe de Estado «técnico o de facto» disimulado, coordinado y planificado de por medio). Y las condiciones de vida no se modificaron en lo sustancial, más allá de esas promesas circunstanciales. Se lograron cosas importantes, por supuesto: los correspondientes «paquetazos” o aumentos programados se debieron suspender. Pero las deudas externas no se condonaron, las condiciones laborales de super explotación no cambiaron, y la represión -como se acaba de ver- siguió lista para operar con brutalidad cuando es necesario.

Todo ello permite sacar al menos dos conclusiones iniciales: 1) sin la fuerza volcánica de la población en la calle no puede haber ningún cambio real en las dinámicas sociopolíticas. Y 2) es imprescindible contar con una dirección para la lucha, llámese partido, vanguardia, organización o como sea. Eso no constituye, como algunos malintencionadamente opinan, un grupo de «iluminados». Son, simplemente, una guía para la acción. Pero ¿qué es en definitiva sino eso un partido revolucionario? Sucede que hoy, luego de los terribles golpes que la derecha infringió al campo popular en estas últimas décadas, no hay partidos de izquierda sólidamente constituidos que estén a la altura de estas puebladas. Lo que siguió a todas estas rebeliones espontáneas lo deja ver. ¿Habrá que constituirlos entonces?

Como ha dicho el académico y analista Figueroa Ibarra, «Vivimos una época que Boaventura de Souza Santos ha llamado “poscontractual”: el contrato social de la modernidad sustentado en la figura del ciudadano y sus libertades civiles y políticas, tiende a ser una formalidad, una suerte de fraseología que simplemente enmascara un orden crecientemente autoritario, dictatorial, populista y represivo. Precisamente el orden que necesita el capitalismo neoliberal para reproducirse ampliadamente”. En una entrevista reciente el prestigiado sociólogo portugués declaró francamente que el neoliberalismo era incompatible, incluso con la democracia de baja intensidad. En sí mismo, el capitalismo les ha tenido aversión a los derechos sociales, el capitalismo salvaje (neoliberalismo) se la tiene a los derechos civiles y políticos» (Figueroa, La Hora, 2020). En esto coinciden las dos derechas que estamos viendo en este momento. La derecha neoliberal que hizo nacer el auge neoliberal y la derecha neofascista que ha hecho emerger la estampida migratoria y la crisis neoliberal.

El sistema capitalista ha impulsado prodigiosos avances en la historia de la humanidad. El portentoso desarrollo científico-técnico que se viene registrando desde hace dos o tres siglos a la fecha -y que ha cambiado la fisonomía del mundo-, va de la mano de la industria moderna surgida a la luz de este sistema. Problemas ancestrales de los seres humanos comenzaron a resolverse con esos nuevos aires que, del Renacimiento europeo en adelante, se expandieron por todo el planeta. Pero ese monumental crecimiento tiene un alto precio: el modo de producción capitalista sigue siendo pernicioso para las grandes mayorías como lo fue el esclavismo en la antigüedad. Para que, exagerando la cifra, un 15% de la población mundial goce hoy de las mieles del “progreso” y la “prosperidad” (oligarquías de todos los países y todavía algunas de las masas trabajadora del Norte), la inmensa mayoría planetaria padece penurias.

Existe el agravante -que la historia humana anterior no registró- la catástrofe medioambiental consecuencia del insaciable afán de lucro, y la posibilidad cierta de una posible extinción de la especie humana si se activaran todas las armas de destrucción masiva (derivadas de la energía nuclear) de que actualmente se dispone. No debe olvidarse nunca que, para constituirse como sistema con mayoría de edad, el capitalismo debió masacrar a millones de nativos americanos y africanos, generando así la acumulación originaria que dio paso a la industria moderna en Europa. En síntesis: el capitalismo es sinónimo, no tanto de desarrollo y prosperidad, sino más bien de destrucción y muerte para las grandes mayorías, beneficiando en realidad a poca gente en el planeta.

Y es que ese desarrollo material fabuloso no logra el reparto equitativo -con auténtica solidaridad- de los productos derivados de una colosal producción: se llega a la Luna o se desarrolla una inteligencia artificial que nos deja pasmados, pero no se acaba con el hambre. Se busca agua en el planeta Marte, pero no se puede terminar con la sed en la Tierra. Todo esto no se trata de un error coyuntural: el problema es estructural, de base. El sistema capitalista no puede ofrecer soluciones reales a los problemas de toda la humanidad. No puede, aunque quiera, pues en su esencia misma están fijados los límites. Como se produce en función de la ganancia, del descarnado lucro (que es para muy pocos), el bien común queda relegado.

En la composición orgánica del capital, está el «trabajo acumulado y la riqueza producida por el capital variable» representado por los trabajadores y la relación social de producción que se crea, desarrolla y reproduce. El concepto ideológico criticado y deconstruido arriba, se ha reflejado y acentuado en la práctica en las últimas décadas de este siglo, a través del modelo económico neoliberal global actual en LAC. Este ha creado una desigualdad pronunciada y ampliada, una asimetría real, concreta y determinada entre las diferentes clases, estratos y sectores sociales y económicos, y también entre los grupos étnicos y diversidades como parte de ellos. Principalmente, en los países con medianos y bajos ingresos, como los de la región LAC.

Los países de esta zona del mundo tienen un pasado y un presente en sus estructuras socioeconómicas muy difícil de cambiar para un desarrollo equitativo e inclusivo. Estas estructuras son rígidamente estratificadas, excluyentes económica, social y culturalmente; son acentuadamente discriminativas y racistas. Aparentan tener un «modelo competitivo y de libre mercado periférico» en el cual, muy pocos sectores económicos, sociales y culturales realmente participan y tienen acceso a las oportunidades de acenso, movilidad y acumulación económica en el continente. En Latinoamérica y el Caribe, las diferencias o desigualdades cada vez han sido más extensas y pronunciadas entre los sectores financieros, corporativos empresariales como «sujetos o agentes económicos de cambio» y las condiciones económicas y sociales cada vez más difíciles, precarias y complicadas para la clases y estratos y capas medias y trabajadoras. Esta situación crónica es aún peor en las áreas rurales en comparación con las áreas urbanas.

El coeficiente Gini (de carácter econométrico), analiza la distribución del ingreso en distintos sectores sociales con valores que van del 0 (igualdad total) al 1 (desigualdad absoluta). Se calcula que desde el año 2000 la pobreza ha descendido en un 30% en la región latinoamericana y caribeña que esta caída tuvo un impacto en la desigualdad que pasó de 0,54 en 2000 a 0,5 en 2010. Aun así, comparado con los países más igualitarios la distancia es todavía muy grande: el coeficiente Gini de los países escandinavos es de 0,25. La caída de la desigualdad para la primera década del siglo XXI se debió en parte a factores exógenos, como la fuerte mejora en los términos de intercambio (precios de las exportaciones versus el de las importaciones), y en parte a políticas aplicadas, como el aumento del gasto social, con programas focalizados como las transferencias monetarias condicionales. El único país que escapa a estas tendencias es Cuba, que a pesar de los golpes a su economía por el largo bloqueo económico, sigue exhibiendo los índices socioeconómicos más equitativos de la región, única nación latinoamericana y caribeña libre de analfabetismo y sin desnutrición, con dos de los mejores sistemas de educación y salud pública en el continente.

En toda la región ha habido programas de transferencias monetarias condicionales, populistas muchos de ellos, otros asistencialistas y clientelares o condicionados. Algunos ejemplos en Latinoamérica: Bolsa Familia, El Plan Familias y el Plan Jefes y Jefas de Hogar en la Argentina, el Bono Juancito Pinto y el Madre Niño-Niña en Bolivia, el Chile Solidario, el Familias en Acción en Colombia, el Bono de Desarrollo Humano en Ecuador y Oportunidades en México, según Gasparini (BBC, 2014). El «gasto social» debería ser la «inversión social» a mediano y largo plazo y no casuística, coyuntural o temporal; mostrando que para el actual neoliberalismo eso que se tipifica como un «gasto» por ser un subsidio para enfrentar la pobreza, la marginalidad, la exclusión, cuando en realidad es una inversión intergeneracional a futuro.

¿De qué depende el desarrollo humano de un país? De una población sana y educada con oportunidades de lograr y llenar sus potenciales. ¿Cuál es la riqueza de un país? ¡Su gente! Japón no tiene petróleo…. y es terriblemente rico, desarrollado según el criterio de desarrollo humano, porque su población está sana y educada. Los países de Medio Oriente tienen mucho petróleo, pero son terriblemente estratificados, injustos, asimétricos. Digamos mejor, entonces, inversión social. Sin embargo, los pobres en América Latina y el Caribe son siempre los mismos. Las sociedades han sido y siguen siendo muy estratificadas, la herencia y perpetuación de estructuras poscoloniales y neocoloniales, las cuales permiten muy poca movilidad social y acceso a oportunidades de ascenso económico. De hecho, se ha podido reducir la pobreza en algunos países del continente y seguir teniendo fuerte desigualdad, ha sido el caso de Chile y el de Uruguay en las últimas dos décadas.

Para reducir la desigualdad se necesita un mayor acceso al poder político organizativo, a la educación, a la salud, al capital/crédito principalmente de inversión y productivo. De acuerdo con analista y consultor Lagos (BBC, 2014), en el campo del poder político una señal clara de exclusión es que la región latinoamericana y caribeña, tuvo que esperar hasta 2006 para tener su primer presidente democráticamente electo de origen indígena, el boliviano Evo Morales, aunque después Morales haya querido perpetuarse en el poder y fuera ilegalmente derrocado por la policía, el ejército y los grupos de derecha y ultraderecha en Bolivia. El golpe de Estado ha sido sangriento, la polarización del país no ha cesado y hay una gran incertidumbre sobre «el nuevo proceso eleccionario» convocado para este este año. Queda la incertidumbre de por qué justo ahora ese golpe, en el momento en que el gobierno del MAS (Movimiento al Socialismo), con Morales a la cabeza, comenzaba a explotar sus cuantiosas reservas de litio (oro blanco), futuro posible sustituto del petróleo. Recordemos que en política nada es casual.

Continúa Lagos analizando que Latinoamérica es una región con 40 millones de personas de origen indígena aproximadamente y otras minorías étnicas; el presidente boliviano fue una excepción más que una regla en las últimas décadas de la historia política del continente. Esta exclusión, que estimula la enorme brecha de la desigualdad, no se limita a una cuestión étnica. Hay una falta de acceso y una calidad muy deficiente en los servicios de la salud y de la educación para los pobres, y hay otra de alta calidad y de fácil acceso a los servicios y ofertas de la salud y educación para los ricos. Los rezagos sociales y económicos que padecen crónicamente los pobres hacen que salgan a competir en una clara desventaja. Además, ello impacta en su calidad de vida, bienestar y seguridad social y económica.

Mientras globalmente se ha generado más riqueza material, mayor inversión y un avance del desarrollo tecnológico admirable rápidamente, el problema de la creciente desigualdad y exclusión no es solamente responsabilidad del modelo económico neoliberal reciente y global, sino que también está interrelacionado con el sistema político y las formaciones y deformaciones económicas, históricas, sociales y culturales de los Estados pos-neocoloniales y periféricos dentro de un orden mundial.

Morales, analiza a la posmodernidad económica cuyo estado de desarrollo global se le ha llamado «neoliberalismo global o globalización capitalista» entre otros. El neoliberalismo es un capitalismo antiliberal, porque en lugar de prohibir los monopolios y fomentar la productividad física (como propone el liberalismo) se ha centrado en la acumulación de capital en los monopolios (no ponderando la productividad física), más bien estimulando la especulación financiera y la fabricación de armas y de medicamentos químicos (que al curar enferman y despueblan), así como la extracción de minerales estratégicos, lo cual constituye la excusa para promover la condición básica para que se expanda el mercado global de la industria armamentista y energética: las guerras y conflictos regionales de tercera generación (Morales, El Periódico 2020).

Morales enfatiza también que como meta estratégica global del capitalismo actual, el resultado de la posmodernidad neoliberal culturalista es un poder hiper-concentrado en una oligarquía global que ya es menos del 0.8% de la humanidad y que controla el 75% de la riqueza planetaria, con lo que quita y pone gobiernos en el mundo usando el culturalismo para perpetrar golpes de Estado blandos, revoluciones de colores y luchas que son inocuas porque fingen oponerse a rubros empresariales altamente rentables. Es el caso de las luchas contra la corrupción, el narcotráfico y el terrorismo, con cuyo simulacro la masa vive la ilusión de que «participa en política» (Morales, El Periódico 2020). El caso de Guatemala 2015 es un ejemplo palmario de ello.

La conclusión inicial y general, es que en los últimos tres años se ha intensificado las protestas nacionales y los movimientos populares en diversas partes del mundo. En Latinoamérica y el Caribe ha habido varias protestas nacionales en distintos países del continente, por causas o motivos relacionados a los modelos económicos y a los regímenes políticos prevalentes (inicialmente descritos, analizados y discutidos en esta primera parte del ensayo). En muchos casos las razones han sido similares, parecidas o cercanas, con varios elementos muchas veces comunes. Por distintos puntos se suceden protestas populares espontáneas masivas y con niveles de violencia que constituyen una verdadera afrenta o un reto para los poderes constituidos. ¿Lograrán cambiar el curso de la historia?

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