Entre la cuarentena y el terremoto: el coronavirus y mi vida diaria en China

Emily Jane O’Dell

Terminar en medio del brote de coronavirus aquí en la República Popular de China no entraba en mis planes vacacionales de invierno. Yo había estado planeando el aumento de mis clases particulares a cinco días semanales por unas pocas semanas, para volar después a descansar a las playas de Da Nang en Vietnam antes de impartir mis cursos de primavera. En vez de eso, estoy sujeta a cuarentena en mi casa en el oeste de China, bloqueada por todos los lados, y presenciando desde la comodidad de mi silla de ruedas y mi pantalla cómo el pánico al coronavirus barre el planeta.

Cuando a finales de enero saltaron las noticias sobre el brote de coronavirus en Wuhan, no podía creer que me estuviera viendo empujada a un drama global en progreso. Yo había pasado por 12 bombardeos en el Líbano, por la tortura en Omán (fui rescatada por la embajada de EE UU), y fui atacada por un perro rabioso en la remota Mongolia. Cansada del trauma, me mudé a China este septiembre en busca de una tranquila vida de contemplación, entrenándome en tai chi con maestros kung fu en los monasterios taoístas de Sichuan. Ahora, de repente, me veía a mí misma a ocho horas de tren de una posible pandemia. Me puse en modo crisis y me aseguré de almacenar suministros en caso de que nos esperase un largo camino.

Ya disponía de un arsenal de mascarillas debido a mi temor a la contaminación invernal cuando me mudé aquí. También traje de EE UU gafas de protección y guantes de plástico: he viajado por 60 países y siempre intento estar preparada para cualquier cosa. Para las provisiones, me di una vuelta por nuestro mercadillo local, donde los granjeros venden frutas y verduras desde la parte trasera de sus camionetas, y me cargué de zanahorias y coliflores. Todo parecía manejable hasta que las cifras comenzaron a subir y los medios internacionales cubrieron la noticia, destapando un pánico pestilente que sacó de la nada el racismo antiasiático y la xenofobia.

La China que vi descrita en términos chinofóbicos y antiasiáticos en las redes sociales occidentales no era la misma en la que yo estaba viviendo. Cada día de mi increíble estancia aquí en China, he dependido de la generosidad, amabilidad y compasión de colegas, amigos, estudiantes y desconocidos chinos, y me he sentido admirada por hasta qué punto la gente está dispuesta a salirse de su camino para ayudarme. Escuecen esos chistes racistas sobre asiáticos guarros y sopa de murciélago (ese vídeo famoso fue grabado en Micronesia y no en China) y el insensible desdén por el sufrimiento de tantos: el peligro amarillo en versión Siglo XXI. Antes de que nos enteremos, me dijo un amigo estadounidense, estaremos metiendo a todas las personas chinas en campos de internamiento (como hicimos con los japoneses). No se trata solo de EE UU: los sentimientos antichinos están aumentando en Europa, Corea del Sur y Filipinas.

La cobertura sensacionalista de los mercados de animales como el que existe en Wuhan, donde se supone que ha surgido el virus, desdeña cualquier contexto cultural o histórico en favor de gastadas convenciones racistas: mira a esa gente sucia y pobre que come cosas asquerosas. Los ingredientes culinarios poco usuales, por supuesto, derivan de la adaptación a una dieta baja en calorías: las hambrunas han definido muchos periodos de la historia de la China imperial y moderna. Muchos estadounidenses no se dan cuenta de que la gente mayor en China pasó por la Gran Hambruna, y que las generaciones siguientes también sufrieron para acceder a una alimentación adecuada.

La hambruna sale a relucir a menudo en la vida diaria, como cuando los profesores mencionan lo altos que se han vuelto sus estudiantes a lo largo de los años debido a su mejor alimentación o cuando explican que se espera de las novias que estén extremadamente delgadas en el día de su boda porque el ideal corporal (cada vez más y más inalcanzable debido a la comida procesada) tiene sus raíces en un pasado famélico. La mayoría de los chinos evitan las proteínas inusuales de los mercados de animales, que son vistas como fuentes de combustible de emergencia propias de los duros días del pasado, no opciones cotidianas de la gastronomía actual. Muchos chinos también han estado pidiendo en las redes sociales que estas comidas sean prohibidas, y condenando a los conciudadanos que han abandonado, e incluso peor, matado, a sus mascotas debido a la desinformación sobre el virus, que no puede transmitirse a los gatos o a los perros.

Yo misma soy contraria al consumo de carne, y me he sentado (y sentido horrorizado) junto a muchísima gente no china en Estados Unidos y en todo el mundo que se daba banquetes de ancas de rana, caracoles, albóndigas de camello, testículos de carnero, empanadas de caballo, tiburón curado y fuagrás. Obviamente, los dobles raseros son injustos. Aunque el estereotipo dice que China está llena de calles sucias de restos de animales, la realidad es que yo me he pasado la semana cenando comida deliciosa y nutritiva: delicias vegetarianas chinas, platos indios sin carne, pizza estadounidense, e incluso burritos tex-mex con un guacamole brutal.

Las acusaciones racistas de que los chinos no tienen respeto al medio ambiente o a los animales salvajes chocan con la realidad que veo todos los días en el campus, en los centros locales de conservación del oso panda en la provincia de Sichuan, o en los exuberantes y bellamente ajardinados templos taoístas del oeste de China donde voy a relajarme y a practicar tai chi. De hecho, he estado impartiendo un curso entero este otoño en China, sobre el antropoceno, el antinatalismo y otros temas. Mis estudiantes han escrito convincentes ensayos sobre conservar la vida salvaje, el Amazonas (pulmón del mundo), refrenar la urbanización y reducir nuestra huella de carbono. También escribieron sobre las cuestiones bioéticas del desarrollo de bebés de diseño, cuerpos ciborg posthumanos e interfaces cerebro-computadora. La amenaza apocalíptica del cambio climático está convirtiendo a los jóvenes de todo el mundo en ecologistas, y China no es una excepción.

Por ahora, no obstante, la realidad es que estoy confinada en mi casa para evitar contraer el coronavirus, y cada vez que salgo fuera, mi entorno local parece haber cambiado. Primero, las puertas de nuestro complejo residencial fueron selladas con grandes paneles de madera, excepto una puerta, que ahora está guardada por una larga mesa llena de monitores que revisan la identidad de los residentes. Después, levantaron grandes barricadas alrededor de una buena parte de mi barrio impidiendo el paso al mercadillo local, ya que solo los residentes de esas calles pueden entrar. Las calles vacías con todas las tiendas selladas parecen de verdad las de un apocalipsis zombi. Cuando fui con un compañero a aprovisionarme de comida en un supermercado japonés, nos tomaron la temperatura en la puerta y espolvorearon nuestras manos con gel antibacteriano. Se supone que también debemos informar diariamente de nuestra localización y estado físico. Si todo esto parece alarmante y exagerado, también es reconfortante que haya existido una respuesta tan fuerte y bien coordinada para contener el virus.

Desde conseguir comida especial para mi viejo chihuahua hasta la ayuda para llevar mis cargadas bolsas en la tienda de comestibles, he sido ayudada por muchas manos con y sin guantes. El ambiente en la calle es una mezcla de curiosidad y sospecha, al mirarnos uno a otro desde detrás de nuestras máscaras (“¿nos conocemos?”). También hay un general sentimiento de solidaridad: estamos juntos en esto, descifrando los mismos gestos, compartiendo preocupaciones similares. Cada encuentro con otro ser humano es especial, nuestros movimientos coreografiados con la intención y la conciencia de un lama. Pero cuando alguien estornuda, todo el bloque se congela.

No todo el mundo a mi alrededor está satisfecho con esta espera. Muchos extranjeros se han mudado a Tailandia y Corea del Sur, a cualquier lugar que, llegados a este punto, les admita. Las líneas aéreas vietnamitas han cancelado el billete de mi escapada playera. ¿Están siendo irracionales estos expats en huida y estas aerolíneas o solo toman sabias precauciones? En nuestra provincia de 81 millones de habitantes, solo ha habido una muerte, una persona de 86 años. Con una estadística así, ¿es ridículo incluso llevar una mascarilla? Expats bien informados me cuentan que esperan que las cifras lleguen a un pico en las próximas semanas y después vayan disminuyendo.

Hay mucha gente, por supuesto, para quien la elección de quedarse o marcharse no es una opción, como los millones de personas atrapadas actualmente en Wuhan, el epicentro del virus. No son solo ciudadanos chinos, miles de árabes, personas del sudeste asiático y estudiantes africanos en Wuhan están contactando con sus embajadas en busca de ayuda mientras sus suministros comienzan a mermar. He visto posts escritos por y sobre estudiantes de Sri Lanka, Pakistán, Líbano, Arabia Saudí, Iraq, Etiopía, Camerún, Costa de Marfil, Uganda, Malawi, Nigeria, Kenya y Sudáfrica. Algunos de ellos piensan que estarán mejor si terminan en un hospital chino que en uno de su país, y otros quieren escapar. Un estudiante camerunés de 21 años fue diagnosticado de coronavirus este martes en Jingzhou.

Me sorprendió la cantidad de estudiantes y profesores extranjeros que me encontré cuando me mudé a China. Yo había tenido el placer de hablar indonesio, tajiki, hindi y persa en el campus. De hecho, cuando me estaba aposentando en una lejana yurta este verano en la estepa de Mongolia mientras hacía trabajo de investigación, visité a una familia nómada de una yurta vecina cuya hija hablaba un chino fluido. Ella estaba de vacaciones en casa después de estudiar con beca en China. La mayoría de estudiantes extranjeros de los países asiáticos vecinos y de África reciben una generosa beca por parte de la iniciativa china del Cinturón y Ruta de la Seda, mientras que en EE UU la mayoría de estudiantes internacionales tienen que pagar.

El marco unidimensional con el que los medios occidentales definen a China como homogénea y xenófoba oculta el largo alcance de su política exterior y la impresionante producción de conocimiento en casa, donde se están dedicando inmensas cantidades de dinero en la educación tanto de ciudadanos como de extranjeros. Cuando impartí un curso entero sobre África este otoño en China, se cubrieron las 40 plazas. Desde traducciones de etíope clásico e impresiones en tres dimensiones de las Grandes Pirámides hasta artículos sobre el colonialismo y los luchadores contra el apartheid sudafricano, el profundo interés por África de mis estudiantes chinos renovó mi pasión por la enseñanza y me hizo pensar en profundidad sobre China en el contexto global.

Con tantas cosas buenas en marcha, no quiero irme de China, porque no hay otro lugar en el que preferiría estar. Confesaré, no obstante, que sí hice las maletas por miedo de mi vida esta semana cuando un terremoto de 5,2 grados golpeó Chengdu e hizo que mi silla de ruedas diera saltos. Como otros en Sichuan, fui obligada a decidir en un instante: quedarme en casa y arriesgarme a ser enterrada viva o ponerme una mascarilla, salir fuera y arriesgarme a toparme con las masas del coronavirus. Tras el terremoto, los propósitos del año nuevo chino pasaron en las redes sociales de comprar una casa más grande a simplemente mantenerse con vida.

Aunque deshice mis maletas, me di cuenta de que incluso si tuviera que marcharme, habría una serie de obstáculos interponiéndose en mi camino. Pasar por el aeropuerto parecía algo arriesgado porque sufro de una variante rara del síndrome vascular de Ehler-Danlos, un desorden del tejido conectivo, y no puedo saber cómo puede interactuar con el virus mi colágeno mutante. En palabras de mi genetista, “creo que estamos en territorio inexplorado, y por supuesto el mejor tratamiento es evitar la infección”. Ningún médico que yo haya consultado en China ha tratado este síndrome, y podrían surgir complicaciones (posiblemente mortales) si necesitara tratamiento aquí o en un país vecino.

El Gobierno de EE UU está pidiendo a los estadounidenses que salgan de China y ordenándoles que no viajen aquí. Han prohibido la entrada de extranjeros procedentes de China y están poniendo en cuarentena a ciudadanos estadounidenses, acciones que van en contra de la OMS, cuyo director pidió que no hubiera restricciones comerciales o de viaje. Pero incluso si llegara a EE UU y necesitara atención médica por haber contraído el virus en el trayecto, no tendría acceso a la sanidad y una hospitalización podría arruinarme. Después de todo, la carencia de sanidad universal provoca unas 45.000 muertes al año en EE UU, lo cual es una emergencia de salud pública mucho más acuciante que un virus tan solo contraído por una docena de estadounidenses.

Para ser sinceros, estoy totalmente aterrorizada de volver a casa. Cuando volví este verano de mi investigación financiada por el departamento de Estado en Mongolia, fui detenida e interrogada en el aeropuerto JFK de Nueva York. Cansada de viajar alrededor del planeta e inmovilizada por mi collarín y mi silla de ruedas, tuve que soportar por una hora la inquietante islamofobia y vil racismo de los agentes de seguridad de fronteras que ignorantemente pensaban que Mongolia es un país de mayoría musulmana (“¿Hay budistas allí? No lo sabía”) y que los iraníes hablan árabe (hablan persa, pedazo de idiota). También querían saber todas las clases a las que asistí para sacar mis cinco títulos de la Ivy League [nombre coloquial para ciertas instituciones de enseñanza superior de élite en EE UU].

“¿Pero en realidad estuviste en Rusia, no?”, dijo el idiota de mi inquisidor, sacando un periódico mongol de mi equipaje, ignorante de que el mongol también se escribe en cirílico. Cuando les pregunté qué estaban haciendo después de dos tiroteos masivos por parte de hombres blancos terroristas esa semana, me miraron como si tuviera dos cabezas. Llegados a este punto, prefiero morir de coronavirus en China que tratar con el espeluznante fascismo de las fronteras de EE UU o la indignidad de su corrupto e inhumano sistema de salud.

En respuesta al brote de coronavirus, el secretario de Estado Mike Pompeo llamó al Partido Comunista Chino “la amenaza central de nuestros tiempos”. La última vez que lo revisé, era EE UU y no China el que estaba manteniendo guerras en múltiples frentes, desestabilizando el Oriente Medio y comenzando innecesarias guerras comerciales. El secretario de Comercio Wilbur Ross sugirió que el brote de coronavirus es una buena noticia, dado que acelerará el retorno de empleos a EE UU. Usar la muerte y sufrimiento de gente enferma para sus juegos políticos es un golpe bajo. Ese tipo de biopolítica sin corazón daña nuestra política exterior y nuestra imagen en el extranjero.

Por lo tanto, aunque se supone que este mes debería estar en la playa en Vietnam, estoy atrapada dentro de casa en Sichuan, aunque aprovechándolo. Sin otra cosa más que tiempo, estoy llegando a tiempo a todas mis entregas, y disfrutando de tiempo de calidad con mi chihuahua trotamundos. Incluso he comenzado un libro de recetas de cuarentena con las comidas que estoy apañando con limitados ingredientes. En vez de las noticias, escucho charlas dharma online de monjas budistas, con sus dulces voces recordándome que siempre estamos en estado de cambio y que la seguridad es una ilusión: siempre estamos a un paso de la muerte.

Estoy entendiendo el virus como una oportunidad perfecta de contemplar cómo puede cambiar todo en un instante, y lo interdependientes que somos de nuestros vecinos locales y globales.

¿Comenzará de manera puntual el semestre de primavera? ¿Y qué pasará con las clases? ¿Serán online? ¿Cuántos estudiantes llenarán los edificios de cuarentena que ya se habrán construido? Quién sabe. Para lidiar con la incertidumbre, estoy releyendo el análisis de Foucault sobre cómo las plagas abrieron paso a los sistemas de vigilancia y la novela La Peste, de Albert Camus, desarrollada en la ciudad costera argelina de Orán, donde di una charla introductoria este otoño. Tal vez Camus lo explicó mejor: “No tengo ni idea de lo que me espera, o qué pasará cuando todo esto acabe. De momento esto es lo que sé: hay gente enferma y necesitan una cura”.

COUNTERPUNCH
Artículo original: Between the Quarantine and Quakes: Coronavirus Life in China. Traducido para El Salto por Diego Sanz Paratcha.
Imagen: Usuarios del aeropuerto de Hong Kong el pasado 31 de enero. Foto: Lei Han
fuente: https://www.elsaltodiario.com/salud/cuarentena-coronavirus-vida-diaria-china

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