El Salvador: más allá del asalto a la Asamblea

Byron Barillas* / Para Con Nuestra América

Este inusitado atentado a la democracia vigente en El Salvador (para algunos intento de golpe de Estado) fue rechazado ipso facto por la comunidad internacional, que tiene claro el riesgo de romper el equilibrio interno, alcanzado en ese país después de la guerra hace 30 años y porque a todas luces no encaja con la mínima racionalidad política. Pero tan temeraria acción, no necesaria ni automáticamente supone en el corto plazo, una drástica pérdida de popularidad del Nayib Bukele, en parte porque tal “racionalidad política democrática” podría estar divorciada del sentimiento popular y sentido común que motivó su amplio respaldo electoral. Esa legitimidad política es su caballo de batalla en primera línea.

De ser así, una interpretación del asalto al Congreso es que, exprofesamente, se trató un arrebato caudillista configurado por Bukele como show mediático de medición de fuerza, cuyo efecto demostrativo y cálculo político iba dirigido a su público cautivo. Este público cautivo es una generación de votantes jóvenes con escasa o ninguna conciencia histórica de su país, contaminados de falsa “anti política” y de consumismo. Una táctica audaz que pondría en evidencia la falta de voluntad de los políticos opositores a destinar los recursos necesarios para erradicar la criminalidad y reducir los homicidios, cuya negativa los haría entonces responsables de obstruir su Plan maestro para cumplir con ese propósito, enmascarando y manipulando por supuesto las razones de la no aprobación en el tiempo récord exigido por el señor presidente. Acto seguido, la jugada vendría a remover las aguas de inconformidad con el bipartidismo.

Ahora bien, ese arrebato abrigado en promesas tan convincentes como demagógicas, solo puede explicarse a partir comprender la relación entre la propuesta ejecutiva, la personalidad y el perfil político-ideológico del polémico mandatario.

La propuesta política: realismo y falsas promesas

Está claro que el eje central y casi único de su propuesta de gestión es “la seguridad”.

El impacto inmediato de la propuesta de Bukele para resolver el problema de la criminalidad y la acción de Maras, no obedece precisamente a que el Plan Cuscatlán y el lanzamiento inicial de “Plan Control Territorial” brille por su originalidad. Ya expertos en Maras como José Miguel Cruz, director de investigaciones del Centro de Estudios Latinoamericanos y del Caribe de la Universidad Internacional de la Florida (FIU) e informes periodísticos han evidenciado que dicho Plan contiene reediciones parciales de planes anteriores de seguridad o prevención y ante todo un Copy Paste de un extenso documento de ONGs sobre las Maras. Más bien, el impacto mediático del discurso se encuentra en su promesa de resolver la raíz del problema. Esto implica, abordar el fenómeno de las Maras como problema social, terminar con el financiamiento de estas pandillas y su utilización como clientela electoral, y en lo inmediato, reducir las tasas de los homicidios. Sin embargo, se reclama insistentemente que hasta el momento el 90% del Plan se desconoce, nadie tiene una explicación de cómo y qué ha hecho para bajar las tasas de homicidios, a no ser por un pacto con las Maras de lo cual hay indicios. Desde esta óptica es un Plan siniestro.

Lo cierto es, que el fenómeno Maras exportado desde los Estados Unidos en los años noventa, ha sido la piedra en el zapato de cualquier gobierno de derecha o izquierda desde los Acuerdos de Paz de 1992 y está ampliamente documentado como los gobiernos de Arena y el FMLN implementaron casi todas las formas legales, ilegales, legítimas e ilegitimas de combate a las pandillas utilizando inmensos recursos económicos, fuerza militar y policial, control carcelario, hasta el recurso del diálogo con las pandillas. Medidas todas, no solo fracasadas en su intento por erradicarlas, sino que, según estudios e informes de los resultados, en algunos ámbitos más bien las pandillas se fortalecieron o aumentó el número de homicidios en el último período de mano dura del presidente Cerén.

Podría decirse, casi todo ha sido puesto a prueba y desde estos precedentes Bukele estaría igualmente condenado al fracaso. Teniendo en cuenta además dos factores que no pueden obviarse: uno, el problema de las Maras es sumamente complejo y no se resuelve demagógicamente reduciendo la tasa de homicidios; lo segundo, múltiples experiencias muestran el descontento social que tarde o temprano produce el contraponer derecho a la seguridad vrs. Derechos sociales…

El peso del perfil individual. Personalidad cool, neo-caudillismo y rasgos mesiánicos.

En el plano individual, su personalidad y estilo de hacer política, es lo que le da singularidad, aunque no se le puede encasillar en un estereotipo porque se muestra como un personaje multifacético. Su forma de ejercer la máxima jefatura del Estado imbrica cierta dosis de caudillismo (por definición autoritario) y de populismo.

Es un empresario neoliberal afín a determinadas élites económicas de El Salvador y estrechamente relacionado con el presidente Trump y sus políticas hacia la región centroamericana. A lo anterior se suma, su perfil generacional, es decir un autoconvencido millennials con indiscutible manejo mediático de la red social hacia sus seguidores jóvenes, lo que alimenta su popularidad y más aún, el uso de redes en una dimensión que puede catalogarse de “Twitter-política”, en tanto, utiliza este medio como canal oficial para difundir ordenes presidenciales e incluso despidos masivos. Esta práctica sin duda suigéneris, por la forma en que se ha utilizado, parece asociada a un tipo de comportamiento caudillista de nuevo cuño, el cual encubre su desdeño por la institucionalidad y refuerza su concepción pragmática del ejercicio del poder. Viene al caso citar a Borja (2018) para quien “El caudillismo es un comportamiento político personalizado, en dónde la voluntad del caudillo está por encima de la normativa jurídica, es un ejercicio autocrático del poder, regularmente inorgánico y caprichoso, desprovisto de fundamentos doctrinales”.

Agréguese finalmente, que, sin etiquetarlo como fundamentalista religioso, este personaje se adscribe a las corrientes mesiánicas que mezclan política con religión o lo que aquí denominaremos “deido-política”, entendida en este caso, como un ritualismo de Estado en donde el gobernante se asume emisario de Dios u otra deidad, el elegido, receptor directo de un oráculo sin mediaciones. Dijo Bukele: desocupo la Asamblea porque “Dios me lo pidió”. Esta conducta tiene amplios referentes en América Latina, tanto en contextos dictatoriales como democráticos (Jimmy Morales en Guatemala, Jeanine Añez en Bolivia). Valga citar dos ejemplos nefastos: el mesianismo del militar Maximiliano Hernández, Presidente salvadoreño anticomunista en los años 30, quien invocaba espíritus y afirmaba hablar con los muertos, responsable de la matanza de miles de campesinos en 1932 y el asesinato del dirigente comunista Farabundo Martí ; o el caso de su vecino, el Presidente golpista General Ríos Mont en Guatemala (1982-1984), miembro de la Iglesia del Verbo, quien considerándose enviado de Dios, ponía a rezar a los soldados antes de ejecutar una masacre, condenado por Genocidio en mayo del 2013.

Dosis de populismo

Los rasgos populistas de Bukele encajan con lo que García y Vallejo en contextos democráticos definen “A los nuevos líderes populistas les une el carisma, el autoritarismo, la incorrección política o la metonimia de tomar su parte como el todo, al igual que comparten aversión por los matices, maniqueísmo, un rechazo visceral a una clase política que consideran mera mafia del poder, o la asombrosa capacidad de capitalizar en beneficio propio todo tipo de votos de castigo”.

Como exmiembro expulsado del FMLN por su individualismo y conductas reprochables, se nutre de las debilidades de Arena y el FMLN en lo que respecta a las políticas y estrategias del Estado para combatir a las Maras, de lo cual él formó parte desde su experiencia como Alcalde de Nuevo Cuscatlán y San Salvador, lo cual ha sabido maquillar. Ese conocimiento le permitió posicionarse como una tercera fuerza, haciendo una manipulación efectiva del imaginario popular que básicamente responde a un discurso con consignas creíbles (en apariencia) que prometen aliviar el descontento acumulado.

En síntesis, la reducción de homicidios es solo un juego de cifras con impacto mediático, expuesta a la manipulación estadística o el ocultamiento de datos. El Plan de seguridad del multifacético presidente, solo sería novedoso en el futuro, si lograra reducir significativamente la influencia y asedio de las Maras en las comunidades y la desarticulación de sus estructuras de base que ya se configuran como un sistema criminal y para alcanzarlo necesitará mucho más que la protección divina. Mientras tanto, las condiciones sociales de la población trabajadora pobre en el hermano país, parecen ir en detrimento.

El pulso de Bukele con sus contrincantes en la Asamblea Legislativa, es el pulso de un sector de la clase dominante a la que él representa, para quienes el mundo virtual que moviliza a los incautos es solo un ruido que en este contexto favorece los intereses económicos de ese sector de clase.

Por ahora, la popularidad hacia adentro de Nayib Bukele pareciera mantenerse, toda vez siga endulzando los oídos de sus seguidores con cantos de sirena a través de la “Twitter-política”, plagada de falsa conciencia.

García, Luisa y Vallejo, Claudio (2017). El Nuevo populismo de América Latina, un movimiento más vivo que nunca. Llorente & Cuenca, Desarrollando Ideas, Informe Especial: Madrid.
Borja, Rodrigo (2018). Caudillo. Enciclopedia de la Política. 17 julio, 2018.

*Sociólogo
Publicado por Con Nuestra América

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