Mirando hacia lo Maya desde este Occidente desbocado

Ensayo breve —
Fernando Suazo
Nos espanta y angustia la civilización occidental porque produce cada día frutos más amargos y alcanza perversiones más extremas. Ella se extendió como ninguna otra en el planeta pero más que nunca en la historia la vida en el planeta es precipitadamente devastada, y multitudes y pueblos enteros sufren y mueren mientras asombrosos alcances tecnológicos, lejos de remediarlo, contribuyen a la devastación, el sufrimiento y la muerte. Un caos doliente que las tecnologías de la comunicación ocultan o disimulan mediante la manipulación de las conciencias colectivas de los pueblos. Una amenaza que en el “sur” es masivamente angustia, dolor y muerte y que ya se cierne sobre las sociedades del “norte”, instaladas en fabulosas burbujas de desarrollo.

Probablemente nunca, como en este último siglo, Occidente había alcanzado tan altos niveles de inmoralidad, destrucción y perversidad y una arbitrariedad tal que se atreve a contradecir las conclusiones de su propia Ciencia, la que ella creó y sobre la cual pretendió fundarse desde hace tres siglos. Hoy los científicos disidentes son silenciados, mientras la mayoría de ellos calla o miente sobre los impactos negativos que la industria, la sociología y la política tiene contra el medio ambiente, contra la salud humana, contra el equilibrio ecológico, contra la vida y la paz de los pueblos, contra la dignidad de sus habitantes, contra la auto proclamada doctrina de los derechos humanos…

Desde esta comprobación, me propongo analizar cuáles son los referentes morales sobre los que esta cultura pretende justificarse con el fin de sacar adelante sin escrúpulos las perversas estrategias que diseña la ambición del lucro. ¿Cuáles son los fundamentos trascendentales de la actual perversidad precisamente en la Cultura que alcanzó tan altos logros en filosofía, espiritualidad, arte, ciencia y tecnología? ¿Existen en Occidente fuentes de sentido que avalen la alarmante aberración ecológica, social y política que nos toca vivir?

Exploraré aquí algunos de sus mitos fundantes y en un segundo momento, ofreceré algunos rasgos de la mitología maya.
Pero si he de hablar de mitos, antes debo definir conceptos: qué estoy entendiendo por “mitos”.
Mito: una palabra de muchos significados.

Estoy consciente de que denominar “mitos” a lo que los cristianos llaman “verdades reveladas” puede sonar escandaloso. Quiero advertir, en primer lugar que aquí no adopto un lenguaje teológico sino antropológico. (Y si he de hablar teológicamente, diré que el hecho de que la fe cristiana afirme que determinadas verdades son reveladas por Dios no excluye que Dios mismo, en su designio, respeta siempre los mecanismos psicológicos y sociales en que los seres humanos nos desenvolvemos, pues, como escribió Santo Tomás en el siglo XIII, Gratia non tollit naturam, sed perficit: La gracia no destruye ni anula a la naturaleza, sino que la perfecciona. Los mitos forman parte de esa “naturaleza” que decía el maestro).

Entiendo por mitos las creaciones colectivas que la fantasía popular construye a lo largo de muy largos procesos tratando de responder a preguntas trascendentales que la razón no responde, fijando así sentidos de vida y de conducta útiles para afrontar los retos que la vida plantea en el tiempo.
Que los mitos sean elaboraciones de la fantasía no equivale a decir que sean fantasías falsas. En primer lugar porque los mitos no son medidos por la razón y sus criterios sobre lo verdadero y lo falso. Los mitos, como el arte, son creaciones de la fantasía. No existen, por tanto, mitos verdaderos, ni mitos falsos. La verdad de los mitos está en su funcionalidad, si sirven o no para sustentar los valores y orientar las conductas de una colectividad humana en las concretas condiciones sociales y ecológicas en que se desarrolla.

Los mitos de cada pueblo se inspiran necesariamente en su medio vital concreto. Así, por ejemplo, un pueblo nómada de pastores en las regiones semidesérticas del Medio Oriente –como el primitivo pueblo hebreo- generará mitos adecuados que respondan a los retos que ese medio plantea. Aquí, la figura del pastor de ganados bien podría inspirar mitos que afianzan el dominio del hombre como guía y defensor de la vida colectiva, y cuya función y fuerza le viene de “lo alto” del algún “dios”. Aventuramos esta conjetura para enmarcar los rasgos de dominio masculino, individualizado, de los mitos fundacionales de los hebreos que aparecen en la Biblia y que veremos a continuación.

En cambio, un pueblo que vive en regiones semiselváticas, como los mayas, en las que la sobrevivencia depende de una interacción inteligente con la multitud y complejidad de los seres, generará mitos en los que el valor esencial será la correcta interacción con ese medio. Y no resulta extraño en este caso que las gentes intuyan que los seres que pueblan la inmensidad de los bosques sean misteriosos, inaprehensibles, y generadores de vida, que es tanto como decir divinos.
También es importante advertir que los mitos no admiten consideraciones éticas. No existen mitos malos ni mitos buenos, porque sólo las acciones humanas admiten categorías éticas, en tanto que ejecutadas por seres humanos libres.
Ahora bien, los mitos sólo existen en la conciencia colectiva de los pueblos, lo cual implica que están vivos, que no son fósiles: se transmiten mediante tradiciones y ritos, se viven cotidianamente y se reinterpretan conforme la vida plantea nuevos retos. A veces, las élites ocultan o invisibilizan mitos de signo liberador y re-significan otros mitos antiguos para legitimar sus prácticas violentas. Un ejemplo evidente y cercano, entre muchos, es el uso de la palabra maya Tzultak’a –que designa un personaje central de la mitología quekchí-, que el ejército utilizaba para nombrar su base militar de Cobán. Pero también sucede que los mitos son re-significados en favor de la justicia y son reinterpretados de forma disidente, corrigiendo el sentido que propugnan las élites. Un caso paradigmático es el de Jesús: al “dios” temible que en el Sinaí entrega a Moisés entre rayos y truenos los diez mandamientos y con el que las autoridades del judaísmo amenazaban y oprimían al pueblo, Jesús lo resignifica en un ser sumamente justo y compasivo, que se conmueve por el sufrimiento de los pobres. Veremos esto más adelante.

Sobre los mitos fundantes del judeocristianismo que predominan en nuestra sociedad

La cultura occidental está fundada en dos fuentes míticas: el judaísmo y el helenismo. El sistema religioso cultural que sustentan es el judeocristianismo. Consideraremos ahora algunos detalles de estas dos fuentes míticas.

I. Algunos mitos fundantes de Occidente en las culturas de Oriente medio y del judaísmo.
En las culturas de Oriente Medio, en Mesopotamia, actual Irak, existían hacia el año 2,000 a. C. los mitos fundantes que después aparecen escritos en la Biblia. Son mitos relativos a los orígenes del mundo, de los seres humanos, del mal y de la muerte. Esos mitos, que ya habían conocido en Asiria los nómadas antepasados de los hebreos –por ejemplo, Abraham-, fueron adoptados por éstos durante su destierro en Babilonia, en los siglos VIII y VI antes de Cristo y puestos por escrito en esos tiempos por autores anónimos.

Así, las culturas de Oriente Medio inspiraron los primeros rasgos del “dios” hebreo. A él la Biblia le llama Yahveh –o Jehová-, y es un personaje masculino, perfecto, omnipotente, autosuficiente y autoritario que crea, él sólo, el mundo y a los seres humanos desde la nada.
Yahveh crea al “hombre”, también masculino, y, de una costilla de éste, crea a la mujer. A ellos les impone mandatos y castigos. Sin duda, este personaje “dios” es imagen mítica que refleja a los soberanos de aquellas sociedades y legitima su dominación. “Dios” es depositario del poder por sí mismo, no lo recibe de nadie ni rinde cuentas a nadie. Su autoridad no necesita ser razonable, pues posee un poder personal indiscutible; puede ser, por tanto, arbitrario. Esto aparece en el relato bíblico de la creación cuando Yahvé prohíbe a los humanos comer de un árbol sin ninguna razón que lo justifique. Adán y Eva desobedecen y es de notar que aquella desobediencia primigenia será un pecado que heredarán inexorablemente los humanos de todos los tiempos, el llamado “pecado original”. Según este mito esa culpa marcará definitivamente el destino de la humanidad, condenada para siempre a una sumisión sagrada.

Yahvé crea “al hombre” y lo pone en el centro de la creación con el mandato de “dominar la tierra” y “poner nombre” a todos los animales –lo cual significaba establecer las funciones a su servicio-. El hombre es “imagen” –es decir, “lugarteniente” con plenos poderes- de Yahvé en el mundo; por tanto reproducirá espontáneamente sobre la Naturaleza el mismo dominio absoluto que Dios tiene sobre él, es decir, sin rendir cuentas a nadie, sólo a “Yahvé”.
Los hebreos, inspirados en la mítica promesa de Yahvé a Abraham -hacia el 2,000 a. C.- de que sería padre de una multitud de pueblos, crean, a lo largo del tiempo, otros mitos: Yahvé se elige entre todos los pueblos de la Tierra un pueblo, el pueblo hebreo. Lo libera de la opresión egipcia y le conduce hacia la mítica “Tierra Prometida” que era una región, al oriente del Mediterráneo, poblada por diferentes pueblos (actualmente ocupada por los países Palestina, Israel, Siria y Líbano). En ese tiempo, los hebreos son un pueblo nómada a quien Yahvé acompaña con “prodigios y milagros” en su travesía por el desierto hasta que “le pone delante” la “Tierra Prometida” para que la invada exterminando a sus pobladores. Yahvé, como “Dios celoso” castiga fulminantemente todo contacto con las mujeres y con los símbolos culturales y religiosos de esos pueblos; exige el cumplimiento estricto de la religión hebrea con la clara intención –diría hoy un antropólogo- de garantizar la cohesión del pueblo en torno a su identidad colectiva.

El mito resignificado: Un Dios liberador

Pero el mito de Yahvé también fue recreado y vivido con rasgos liberadores. En los mismos años, entre el VIII y el VI siglo antes de Cristo, en que se ponía por escrito esta concepción de Yahvé dominador, se dan las agudas críticas de los profetas –Amós, Oseas, Isaías, Jeremías, Ezequiel- en contra de aquella religión hipócrita, inhumana y esclavizadora del pueblo, controlada por las élites y por la casta sacerdotal. Una religión que reclamaba cada vez más costosos sacrificios y ofrendas de animales –cuya compra engrosaba los negocios de las élites–, y oprimía con miedos y culpas a los pobres. Al contrario de esta religión opresora, los profetas hablaban de un Dios justo y compasivo, que trata a los pobres con predilección: los profetas hablaban de los anawim que en idioma hebreo significaba “los pobres de Yahvé”, sus predilectos. Isaías llega a presentar al esperado y mítico Mesías con rasgos exactamente contrarios a los que proclamaban las élites. Según este profeta, el Mesías será un personaje excluido, injustamente condenado y torturado por los poderosos. Nótese que para las clases dominantes, el Mesías sería un rey muy superior al rey David, y lo describían con los míticos rasgos del más poderoso rey de reyes.

Todos estos profetas fueron silenciados y algunos torturados y asesinados.
Jesús
Seis siglos más tarde Jesús se identifica públicamente como adscrito a la corriente profética, y como tal es considerado por la gente. Su palabra atrevida contra los jerarcas religiosos y las autoridades, así como contra la doble moral instalada también en el pueblo llano, así como su estilo de vida, suscitan la adhesión de grandes sectores populares. En algunos momentos intentan hacerle rey, un rey que, esperaban, sería por fin el liberador de los oprimidos. Frente a la idea de “dios” cruel y juez lejano al pueblo que imponían las élites, él se atreve a nombrarle como nadie antes lo había hecho: le llama “Abba” (“Abba”, era la palabra hebrea con que los niños se dirigían a sus padres, equivalente a nuestro “papá”) y le atribuye una ternura infinita en favor de los seres humanos. Predica y practica una nueva manera de vivir presidida ya no por la obediencia –causa de culpas y miedos-, sino por la gratuidad, sustentada en el cariño de Dios por la gente. Pone el amor gratuito como centro de una nueva moral, de la misma manera que es gratuito el amor del “Padre”. Declara que todos somos por igual hermanos e invita a comunicarse con Dios sin depender de las jerarquías que hacían negocio con la religión popular. Ironiza sobre la sacralización del culto y del día sábado y sobre la hipocresía de dividir los alimentos en puros e impuros, y se muestra como amigo de gentes proscritas, incluidas mujeres “pecadoras”. Afirma que Yahvé sí ama a los extranjeros, hombres o mujeres y ridiculiza el machismo generalizado, especialmente el de las jerarquías religiosas; hace afirmaciones y realiza gestos sumamente escandalosos sobre el gran templo de Jerusalén –núcleo sagrado del judaísmo y centro neurálgico de la religión y de la acumulación de riquezas de la jerarquía-. Polemiza continuamente y en público con los sacerdotes, con los fariseos que supuestamente eran modélicos cumplidores de las leyes religiosas y con los escribas que eran los doctores de la religión judía.
Sus muchas intervenciones públicas a lo largo de sólo tres años exasperan a los jefes religiosos que lo condenan a muerte después de contar con el permiso del gobernador romano –pues Palestina era una colonia del imperio-. Torturado, muere en la cruz, como los zelotas, que eran insurgentes contra los romanos. Los jerarcas judíos piden al gobernador Pilatos que ponga soldados vigilando la tumba con la clara intención de sepultar para siempre no sólo a Jesús, sino todo lo que él representaba para el pueblo.

Los seguidores de Jesús

Sin embargo, los seguidores del Crucificado tenían la convicción de que él estaba espiritualmente vivo y sí era el verdadero Mesías; no el personaje que explicaban los jefes de la religión oficial, sino el Liberador de los pobres y pequeños. Por ello, se consideraban a sí mismos “iglesias” o “comunidades mesiánicas”, comunidades de un Mesías alternativo. Importa resaltar que estas comunidades no eran una “religión” o una “Iglesia”, sino grupos estrechamente unidos, integrados por personas que optaban por la manera de vivir que había practicado Jesús. Nótese que Jesús nunca fundó una religión, sino un movimiento de vida alternativa, caracterizada por la fraternidad universal, la provisionalidad, la denuncia y la astucia en medio de una sociedad hostil.

Estas iglesias o comunidades se reunían clandestinamente para evocar los dichos y los hechos de Jesús, celebrarle como viviente y afirmar juntos su adhesión al “Camino” –así nombraban en clave al seguimiento de Jesús-. De esa elaboración comunitaria de la memoria del Crucificado Resucitado surgieron los textos de los Evangelios.
EI libro del Apocalipsis

Estas “iglesias” fueron perseguidas a muerte por órdenes imperiales después de la conquista de Jerusalén por los romanos en el año 70. Precisamente a esas comunidades perseguidas iba dirigido el Apocalipsis, el último escrito de la Biblia; eran tiempos difíciles en que muchos de sus miembros estaban muriendo torturados a manos de los soldados romanos. El autor de ese libro, Juan Evangelista, anciano y desterrado, los escribe para alentar la esperanza de las comunidades mortalmente atormentadas. Las fantásticas amenazas que en él presenta no iban dirigidas contra los pobres, sino contra los poderosos y contra los que colaboraban con ellos.

El autor engarza incontables citas de escritos antiguos de la Biblia para dificultar su comprensión a las autoridades romanas y al mismo tiempo demostrar el cumplimiento de las antiguas promesas del Dios fiel que anunciaron los profetas, para quien los pobres son predilectos. Muestra cómo en Jesús, el “Cordero degollado” por los jerarcas judíos, se cumplen las antiguas promesas de liberación. Él, junto con incontables víctimas que murieron por su misma causa -“bañaron sus túnicas blancas en la sangre del Cordero”-, viven, vencen y juzgan, ya ahora, misteriosamente a los “los reyes de la tierra, los magnates, los tribunos, los ricos, los poderosos, y todos, esclavos o libres, a todos los que arruinaron la tierra”; éstos huyen aterrorizados y tratan de esconderse porque ya llega el día de la cólera de Dios.
Degradación de las primitivas comunidades cristianas.

Sin embargo, en los siglos II y III esas “iglesias” marginadas se fueron transformando al cesar la persecución de los emperadores, y adquirieron prácticas contrarias de dominación y rasgos cada vez más institucionalizados: se convierten en ese fenómeno social que se llama “religión”. En el año 313, el emperador Constantino las legaliza y él mismo se bautiza. En poco tiempo, aquellas “comunidades mesiánicas” perseguidas se convierten en la poderosa Iglesia de Roma, corazón de la religión oficial del imperio romano.

Entonces todo cambia, y vemos, por ejemplo, cómo las terribles amenazas del Apocalipsis contra los poderosos se convierten en lo contrario según el criterio interesado de los jerarcas y teólogos del Cristianismo; ahora van dirigidas contra los pecados del pueblo –especialmente los pecados “de la carne”-, pero no contra los abusos de los poderosos. Todavía hoy las diferentes confesiones cristianas amenazan al pueblo con los castigos eternos y demás horrores pintados en el Apocalipsis, manteniendo así a la gente sometida por el temor y agobiada por las culpas, mientras ignoran las grandes injusticias de los poderosos.
Disidentes de la Iglesia de los primeros siglos: “los monjes del desierto”

En los siglos posteriores a Constantino los obispos, y sobre todo el Papa, adquirirán enorme poder político y vivirán en opulencia. Surgirán entonces personajes, los “monjes del desierto”, que se auto marginan de esa Iglesia opulenta –aunque no rompen con ella- y se retiran a regiones desérticas para vivir en cuevas y en extrema austeridad, expresando así su rechazo a una jerarquía que contradice con su conducta el ejemplo de Jesús.
La Teología de la Liberación

En este fugaz repaso de algunas re-significaciones disidentes de los arcaicos mitos sobre “dios”, quiero mencionar el movimiento que el Papa Juan XXIII inició al convocar en el Concilio Vaticano II que inició en 1962. Éste generó una sorprendente autocrítica de la jerarquía católica que generó en América Latina un cambio de paradigmas religiosos, al poner en el centro de su acción la “opción por los pobres”. De esta opción surgió en nuestra américa el fenómeno teológico, pastoral, social y político que se expresaba como “teología de la liberación”. Sin embargo, la ideología conservadora de los nuevos jerarcas no tardó en plegarse a las presiones políticas del gobierno norteamericano: prohibió esta teología y obligó a guardar silencio a sus promotores.

II. El helenismo, nuevos mitos integrados a la tradición judaica.
La segunda fuente del judeocristianismo data del siglo II antes de Cristo con ocasión del contacto de los hebreos con el helenismo –a partir de las conquistas realizadas por Alejandro de Macedonia- y crece a partir del siglo I después de Cristo con las cartas de San Pablo y con la total difusión del cristianismo en el imperio romano en los siglos siguientes. Se da así una sucesión de divinidades con rasgos semejantes: a Yahvé le sucede el Zeus griego y a éste, el Júpiter romano. Los rasgos de dominio, masculinidad y poder absoluto que antiguamente presentaba Yahvé, unidos a los de estas dos divinidades mediterráneas, se transformarán en la Edad Media en “Cristo Rey”, el “Pantocrátor”, representado en todos los templos medievales, y paradigma del poder que poseían los emperadores y el Papa. Son los tiempos en que se establece en Europa el fenómeno político, social y cultura de la “Cristiandad” medieval, precursora de la actual cultura occidental.

En la Edad Media
Bajo el Pantocrátor, el cristianismo desarrollará los rasgos del judaísmo junto con los del helenismo –eso, a la vez que reprobaban al pueblo judío por haber “matado” a Jesús- . Persistirá la imagen masculina, autoritaria y arbitraria de un “dios” “Juez Supremo”, que “premia” a los “buenos” o “elegidos” y castiga cruelmente a los “malos”, llamados “paganos”, “infieles” o “herejes”, a quienes se aplicaba una justicia implacable en los tribunales de la “Santa Inquisición”. La “sacra doctrina” establecía la oposición de la materia al espíritu y el desprecio de éste hacia aquélla; reforzaba el dominio del hombre sobre la creación; la principalidad del varón sobre la mujer; la preeminencia del alma sobre el cuerpo, enseñando que éste era lastre del espíritu y debía someterse totalmente a él, como la materia y la naturaleza deben someterse a la razón, y la mujer al varón. La Iglesia Católica Romana se muestra más enemiga de los placeres –del pueblo, se entiende- que de la injusticia de los poderosos. María, la madre de Jesús, será venerada como una “Madre de Dios” espiritualizada –invisibilizando su cuerpo y su condición de mujer- y también como “La Virgen”, estableciendo el modelo sagrado de mujer obediente y asexuada que sigue vigente en la religión y en la moral oficial de los cristianismos actuales.

La evangelización y la empresa conquistadora – colonizadora

Un elemento fundamental de la religión judía, que el helenismo no conocía, es el mito del “Mesías”. Mientras los griegos tenían un concepto cíclico del tiempo, los judíos lo entendían como un progreso hacia la plenitud, que se daría en los tiempos “mesiánicos” en los que “Israel” sería el centro de las naciones. Eso, unido a su convicción de que su “dios” era el único verdadero, implicaba para los cristianos “la misión” de “convertir a todos los pueblos” a la única fe, o sea, a la “única Iglesia”. La “misión” judía hacia todas las naciones persistió en el cristianismo helenizado y aportó la justificación teológica de las Cruzadas medievales, primero, y, después, de la empresa “Evangelizadora” –conquistadora- de los siglos XIV y siguientes. Ello porque el único Dios verdadero, convertido en “Justo Juez”, “juzgará a todas las naciones al final de los tiempos” si no aceptan la fe cristiana.

En la primera Edad Media se difundirá en Europa, a través de grandes pensadores árabes –principalmente Avicena y Averroes- el pensamiento de la filosofía griega. De ella, especialmente los escritos de Aristóteles inspirarán sustancialmente la teología medieval y a través de ella aportarán nuevas razones a la ideología de la Conquista y la Colonia. El sabio griego había razonado en el siglo IV antes de Cristo el necesario y “natural” sometimiento de los pueblos inferiores a los superiores. Ese criterio apoyará, veinte siglos más tarde, los argumentos teológicos a favor de la conquista y el saqueo de Las Indias en la famosa controversia sobre los derechos de la Conquista entre Juan Ginés de Sepúlveda y Bartolomé de Las Casas en el siglo XVI.
En los siglos siguientes, la expansión del colonialismo, presidido por la cruz cristiana, sentará las bases de la actual cultura occidental, principalmente de su ideología dominante, el capitalismo.

Sobre la palabra “Dios”.
No digo el nombre Dios, sino la palabra “Dios”, porque Dios no puede tener un nombre. Ante todo, porque, si Dios es el que la fe cristiana profesa, ninguna palabra lo puede nombrar, más bien, al contrario, lo desprestigia. Y si se trata de esta palabra, “Dios”, el desprestigio es más evidente. Para empezar, esa palabra es hija de la “pagana” religión romana precristiana –“Deus”-, y ésta, a su vez, es hija de otra palabra “pagana”, “Zeus”, de la religión griega. Y ya hemos mencionado los rasgos indeseables de estos dos personajes míticos.
Pero, además, causa espanto conocer la función que la palabra “Dios” ha desarrollado a lo largo de veinte siglos al servicio de las élites legitimando invasiones, torturas, genocidios, etnocidios, racismos, machismos, violaciones, exclusiones, culpas, miedos y represión sexual; consagrando, en fin, en nuestros tiempos el capitalismo, el neoliberalismo y el imperialismo… Sabiendo esto, resulta inconcebible que todavía esa palabra forme parte de nuestra cotidianidad, de nuestra convivencia, de nuestros consejos, de nuestros “si Dios quiere”, “a ver qué dice Dios”, “primero Dios”, “gracias a Dios”…
Si, además, tenemos en cuenta que entre todos los mitos religiosos de los pueblos, los mitos sobre “dios” sueles ser centrales, ¿qué rasgos podemos esperar de los mitos que sustentan nuestra cultura occidental si su mito central es esta palabra “Dios”? Y, por ende, ¿qué podemos esperar de una sociedad que venera tales mitos?
Sin embargo, después de lo dicho, declaro mi total respeto a las personas que oran a “Dios”, que le invocan, que de su fe obtienen fortaleza para sufrir, incluso para luchar por la justicia. Con esta fe conozco a muchísimas personas, y con frecuencia admiro sus vidas. Pero esto no invalida que debamos interpretar “los signos de los tiempos” –como decía Jesús- y entender los imaginarios que condicionan nuestras conductas sociales.

Conclusiones
A manera de resumen, destaco cómo algunos principales mitos judeocristianos sustentan prácticas negativas de lo que hoy llamamos Occidente.

1. Tanto el mito hebreo de “Yahvé” como el helénico/cristiano del “Pantocrátor” representan, de hecho, para el judeocristianismo dominante, al mismo personaje masculino, dominador, único, autosuficiente, creador de cuanto existe a partir de la nada, excluyente, celoso de los demás dioses, exterminador de los paganos. Un único “sujeto” que sirve de arquetipo al “yo” occidental, y, por ende al “nosotros” de esta cultura. Frente a este “yo” todos los demás son “los otros”, a los que Occidente tiende a considerar con rasgos negativos: peligrosos, enemigos, inferiores, atrasados, paganos e inadecuados para un encuentro entre iguales.

2. La elección por parte del “dios” hebreo de un pueblo exclusivo, exterminador de pueblos infieles y usurpador de sus territorios, unida a la creencia de que sólo su “dios” es verdadero, legitima los rasgos proselitistas, expansionistas, dominadores y genocidas que caracterizan a la cultura occidental. Un proselitismo destinado a imponer su propia cultura y su religión -eliminando las de los otros-. Así, por ejemplo, la Iglesia de Roma, constituida en el “nuevo pueblo de Dios” emprendió en los siglos XV y siguientes la supuesta evangelización de los “paganos” americanos y de otros continentes.

3. Como parte de este proselitismo está la búsqueda de oportunidades para acumular riqueza, convertida en la máxima expresión de dominio para el “yo” occidental y signo de las bendiciones divinas, así como Yahvé había bendecido con numerosos rebaños a los patriarcas y con abundantemente riquezas a Salomón y David, porque cumplieron sus mandamientos. De esta creencia se infiere que los pobres –que forman parte de “los otros”- lo son como resultado de sus propios pecados, (que antes se referían a actos de “inmoralidad”, pero ahora, en la religión del mercado, se refieren a la real o supuesta haraganería). Esta es la ideología que justifica la creciente “aparofobia” en nuestras sociedades occidentales.

4. Para consolidar el dominio sobre “los otros” Occidente recurre a la violencia física y a la violencia moral difundiendo doctrinas que generan culpa y miedo en las gentes. A esto ha contribuido durante veinte siglos la doctrina católica sobre “los pecados de la carne”, especialmente referidos al placer sexual. Nótese que al culpabilizar las pulsiones elementales del sexo, las élites religiosas controlaban al pueblo desde sus conciencias mediante el “tribunal de la confesión”, amenazando el disfrute del placer con los espantosos y eternos castigos del infierno. La convivencia marital legítima –sacramentada en el matrimonio- sólo se justifica por el mandato bíblico “creced y multiplicaos”. Según eso, la mujer debe evitar el goce de su sexo, pues sólo le corresponde al varón al ejercer su función reproductora, y en tanto que ejecuta esa función.

Aquel amor gratuito y extremo que Dios mostró en Jesús, se convierte así para el pecador en una deuda impagable –añadida a aquélla del “pecado original”- por haber burlado el sacrificio redentor con que Jesús pagó generosamente nuestros pecados en la cruz. Una deuda infinita que justifica el castigo eterno en el infierno. Ése ha sido durante muchos siglos el discurso moral de las religiones cristianas, y en gran parte sigue vigente.

5. Y puesto que “los otros” son irrelevantes para la cultura-religión de Occidente, es factible que, por acumular enormes riquezas, los líderes generen guerras, provoquen hambrunas o epidemias, entre otras desgracias, mientras las jerarquías, en su mayoría, miran hacia otro lado o emiten vagas declaraciones.
6. Tan imperiosa es la necesidad de afirmar su dominación mediante la acumulación de riqueza, que Occidente puede incurrir en aberraciones y arbitrariedades, como aplicar políticas y estrategias suicidas –destruyendo la vida del planeta- o dictaminar arbitrariedades –violando sus propias conclusiones científicas y sus códigos jurídicos-. Con estas prácticas arbitrarias replican aquéllas que los dioses establecen para afirmar su dominio.

7. Por otra parte, no es difícil relacionar el “culto a Yahvé” que sustenta el proselitismo judío, con el culto al Mercado; y, de igual forma, los tributos destinados al Rey Mesías, con el endeudamiento de pueblos enteros a la gran banca mundial.

8. La inferiorización de la mujer durante los veinte siglos del judeocristianismo reproduce la misma tipología de los mitos de la creación con aportes de la filosofía helena, sometiendo la materia/ mujer al espíritu/varón. Una entre muchas concreciones de esta ideología es la que establece que la mujer debe vivir callada y sometida al varón, cuidando exclusivamente de su hogar.

9. El mito del varón creado a imagen de Dios y puesto en medio del mundo como lugarteniente suyo para dominar la tierra, sin otros controles que los de su “dios”. bien puede referirse al nuevo dios -el Mercado-, y concuerda con las políticas y estrategias que Occidente asigna a los hombres frente al planeta. La Naturaleza está destinada a “servir” al hombre dominador, y ya sabemos que la principal expresión de su dominio es la riqueza acumulada.

10. El templo de Jerusalén fue considerado por el judaísmo con la máxima expresión de la fe colectiva. En torno al templo se gestionaba el control de las conciencias, el poder político y la riqueza de las élites. Un modelo que sobrepasó con creces esta enorme construcción fue la basílica de San Pedro en el Vaticano, construida a lo largo de más de un siglo –entre el XVI y el XVII- con las limosnas que los cristianos de toda Europa pagaban a los papas para comprar las “indulgencias” que les librarían de los espantosos castigos del purgatorio. El Vaticano fue la sede del imperio cristiano; el papa coronaba a los reyes europeos. Su pretensión política de controlar estos reinos generó en esos siglos graves conflictos políticos que dieron lugar al cisma múltiple de las religiones protestantes y desencadenaron terribles guerras de religión en toda Europa, causando millones de muertos.

11. La Biblia, controlada exclusivamente por los escribas y sacerdotes del templo judío pasó a ser controlada por los jerarcas y teólogos oficiales de la Iglesia y las otras religiones, quienes la interpretan a su conveniencia, tergiversando los reclamos de los disidentes profetas y, sobre todo, convirtiendo en un acto de culto -un “sacrificio por nuestros pecados”-, el crimen cometido por las autoridades contra a Jesús y, por ende, contra las expectativas de liberación que había despertado en la gente. Ese control de la “Palabra de Dios” por parte de los jerarcas católicos o protestantes implica también el considerarse únicos depositarios del mensaje de Jesús, convirtiéndolo en su patrimonio exclusivo (pues cada religión declara ser la única verdadera), cuando Jesús en realidad y ante todo es patrimonio de la humanidad, como otros grandes maestros de vida de otras culturas. De hecho él se identificaba a sí mismo como “el hijo del hombre”.

Por supuesto, reconozco que los rasgos que aquí destaco remarcando sus extremos no se dan de forma generalizada. Conozco –y, a veces, admiro- a creyentes y jerarcas religiosos que se alejan diametralmente de estas descripciones. Sin embargo, insisto en que estos rasgos existen y, sobre todo, son predominantes en las acciones que Occidente desarrolla en la actualidad.

Lamentablemente, el otro “dios”, el de los profetas y de Jesús y de tantos disidentes a lo largo de los siglos, sigue siendo masivamente ocultado y perseguido. Sigue vigente aquella pretensión de los jerarcas judíos de vigilar con soldados la tumba de Jesús para garantizar que siguiera sociológicamente muerto.

Consideraciones comparando algunos mitos fundantes del judeocristianismo con mitos mayas

Ofrezco a continuación algunas observaciones sobre mitos mayas que se corresponden con los que venimos analizando en el judeocristianismo. No pretendo comparar con ellos la vida de los mayas actuales, pues para ello sería imprescindible conocer los brutales impactos que han sufrido durante quinientos años de prácticas etnocidas y, eventualmente, genocidas.

Ofrezco estas reflexiones con la intención de resarcir una sabia cultura que ha sido y es sistemáticamente despreciada y, en el mejor de los casos, ignorada. Confío en que su sabiduría puede aportar mucho a la nuestra en estos tiempos tristes.

El acto creador

Cultura judeocristiana Cultura maya

Yahvé creó el mundo desde la nada:
Antes, “todo era confusión y no había nada sobre la tierra”.
El acto creador se da por la acción directa y única de “dios” desde fuera de las cosas.
El instante anterior a la creación aparece como un estado vacío y caótico. “Todo está en suspenso, todo está en reposo, en sosiego, todo está en silencio, todo es murmullo…
Sólo estaba Tz´aqol, Bitol, Tepew, Q’ukumatz, Alom, K’ajolom en el agua. Ellos dimanaban luz. Estaban envueltos en plumas de quetzal, en plumas azules…”.
El acto creador se da a partir de la presencia de los Creadores y Formadores que ya están dentro de las cosas.
El instante antes de la creación aparece como una plenitud vibrante, latente, serena, verde y azul, es decir fértil, habitada por los seres creadores.
Yahvé dijo: “hágase…” Los seres divinos “dijeron, pensaron, meditaron”.

Dos observaciones:
Es notable diferencia entre el “caos” o la “nada” primordial y la plenitud latente, habitada por los dioses creadores. En otro lenguaje, diríamos que, mientras los mitos judeocristianos de la creación presentan a “Yahvé” como un “sujeto” autosuficiente, enfrentado al “vacío” del cual hace aparecer “objetos”, los mitos mayas ponen en el principio una quietud densa, un silencio pleno de presencias que interactúan entre sí.
Otra observación notable es que, mientras los mitos judeocristianos colocan “fuera” a Dios, los mitos mayas lo colocan “dentro”. En vez de un “dios superior” (arriba, en el cielo, en un espacio ajeno a la realidad humana, un dios en un espacio sagrado cuyo acceso finalmente es controlado por los poderosos), los mitos mayas hablan de un “dios interior”, que sacraliza todo desde dentro, desde abajo, sin espacios reservados y controlados por las elites.

Las divinidades

Mitos judeocristianos Mitos mayas
Yahvé es un ser único, omnipotente, autosuficiente, inmóvil, eterno.
En el acto creador no se presenta la figura de un dios, sino once pares complementarios que representan funciones –o energías- fundamentales en el mundo. Y, como afirma Ricardo Falla, la enumeración en pares indica cómo la divinidad no es ni un extremo del par ni el otro, sino la relación entre ambos extremos. La divinidad está en la interacción.

Las divinidades ensayan sus funciones y no dudan en reconocerlo cuando se equivocan, deliberan y hacen nuevos intentos, por ejemplo para crear a los humanos.

Observaciones:
El atributo de la unidad en el “dios” judeocristiano lleva implícita la afirmación de que todos los demás “dioses” son falsos, y sus creyentes, paganos. Eso, como ya se ha dicho, estuvo a la base de todas las guerras “santas” que la Cristiandad emprendió a lo largo de los siglos (las Cruzadas, las de la Conquista, los cismas y las guerras religiosas y conflictos entre la Iglesia de Roma y los países luteranos, calvinistas, anglicanos en los siglos XVI y siguientes. Guerras y conflictos que, no hay que ignorarlo, tenían, de hecho y ante todo, intenciones políticas).
Y, en concreto, en la invasión de nuestros pueblos americanos, los españoles justificaron fácilmente sus abusos extremos y su racismo con el pretexto de que los nativos “adoraban” ídolos o practicaban sacrificios humanos, cuando estas prácticas respondían a otra concepción diferente de la divinidad.

Los seres humanos

Mitos judeocristianos Mitos mayas
Yahvé crea al “hombre” a su imagen, lo que significa que es su lugarteniente en medio del mundo. Le ordena “dominar la tierra”. El hombre, al poner nombre a los seres, les asigna sus respectivas funciones a su servicio.
Yahvé crea a la mujer de una costilla del varón, para que le haga compañía.
A ambos les prohíbe comer del “árbol de la ciencia del bien y del mal”, sin razones que lo justifiquen.
Los primeros humanos “pecan” por desobedecer el mandato divino.
La primera responsable de ese pecado es la mujer a la cual Satanás engaña; después ella seduce hombre.
Como castigo por ese pecado ambos son expulsados del “paraíso” y deberán trabajar con fatiga para ganar su sustento; a la mujer le indica que “parirá con dolor”.
Ese pecado y sus consecuencias quedarán vigentes para toda la humanidad. Los/las creadores/formadores se plantean crear seres humanos porque necesitan que éstos los sustenten, los alimenten. Realizan varios ensayos, primero con barro, pero fracasan, después con madera y tampoco lo logran: los humanos así creados no reconocen a sus creadores, no les saben alimentar; además no saben respetar a los seres que viven con ellos. Al final es la masa de maíz lo que entra a formar los huesos y la carne humana. Los granos de maíz los aportan animales que los habían descubierto. Son granos blancos y amarillos, lo cual significa que los humanos están constituidos por elementos contrarios, convertidos en complementarios.
Aunque estos seres humanos agradan a los creadores/formadores, éstos, sin embargo, no quieren que “vean el lejos y el cerca”, como si fueran seres divinos, por eso les nublan su mirada.
La abuela Ixmukané es quien amasa ese maíz, y lo hace nueve veces para garantizar que el producto quede perfectamente refinado. Referencia a la obra perfecta de la gestación humana.

Observaciones:
Las consecuencias del pecado de “los primeros padres” son desarrolladas después en otros libros bíblicos: por ese pecado entró el pecado en el mundo, y todos los humanos lo heredan: “En Adán todos pecamos”.

El mandato arbitrario del Yahvé pretende, sin duda, establecer la trascendencia de “dios” frente a los humanos. Algo parecido aparece en el Popol Wuj cuando los creadores/formadores nublan la mirada de los humanos creados. Sin embargo, los creadores/formadores no se imponen sobre los humanos hasta el extremo de someter a toda la humanidad mediante la culpa, como lo hace el “dios” judeocristiano.

Vemos cómo la reciprocidad forma parte de la “estructura” de la realidad, ya que los dioses no pueden desarrollar sus funciones si no reciben alimento de los humanos –los únicos capaces de ofrecerlo-. Este es el sacrificio ritual de la sangre humana y de corazones humanos –la más valiosa ofrenda- que los mayas practicaban, incluyendo la antropofagia, con el fin de apropiarse de la energía de sus víctimas. Esta práctica alcanzó extremos crueles cuando los pueblos mayas recibieron, al final del período clásico, las influencias guerreristas de los toltecas originarios del norte y centro de México.

Los humanos creados en el segundo intento fueron hechos de madera, éstos no sólo fueron rechazados por sus creadores/formadores por no reconocerlos y alimentarlos, sino también por sus animales domésticos y sus utensilios los cuales se rebelaron contra ellos porque los maltrataban, no los sabían respetar. Una indicación de cómo la condición del “respeto” es básica para la vida. Esto fundamenta una ética del respeto a partir de la mitología maya.

El respeto es condición para la interacción correcta, la que constituye el núcleo de la realidad (recordemos: la divinidad no es un personaje determinado, sino la complementariedad entre ellos). Esto se entiende si tenemos en cuenta que según los mitos mayas “lo sagrado” no viene de “fuera” o del cielo, sino del “corazón” de los seres. Todo cuanto existe posee un núcleo misterioso, inaccesible, inaprehensible. Es sagrado. De ahí la necesidad “ontológica” –podríamos decir-, del respeto. Las cosas no son “objetos” disponibles, sino, de alguna manera, “sujetos” con los que es necesario saber interactuar inteligentemente. De esa interacción surge la vida. Una impresionante diferencia con los mitos judeocristianos, especialmente en presencia de los trágicos impactos que Occidente provoca en nuestro tiempo.
En el Popol Wuj aparece también el sorprendente mito de la doncella Ixkik’. Entre sus muchas enseñanzas –por ejemplo, los rasgos de una mujer digna- muestra cómo ella resulta ser la madre de los verdaderos humanos, los hombres de maíz: ella, doncella, hija de un personaje de Xibalbá, queda voluntariamente embarazada del principal enemigo de Xibalbá, Jun Junajpú. Los mayas míticos son los verdaderos humanos, porque son hijos de sangres contrarias.

Los mitos mayas no conocen la exclusión, a diferencia de los mitos fundantes del judeocristianismo. El “Infierno” judeocristiano es un espacio mítico donde “son arrojados” los “condenados” para ser eternamente excluidos y torturados. Por el contrario “Xibalbá” es el inframundo habitado por los personajes –todos ellos masculinos- causantes de todos los dolores, desgracias y muertes de los humanos. Sin embargo, los personajes del supramundo “bajan” a retarles en el juego de pelota, y un resultado no previsto de esos encuentros será que Ixkik’ engendre a los humanos “verdaderos”, los de maíz. Lo verdadero es resultado de la interacción de los contrarios. Trasladándolo a las relaciones humanas y sociales: la paz no es resultado de someter o destruir al adversario, sino de negociar inteligentemente con él. O también, la verdad no se impone mediante el proselitismo político o las “misiones” religiosas de cualquier confesión, sino mediante el encuentro respetuoso de sujetos en igualdad de condiciones.

Entre los mitos mayas destacan dos personajes femeninos: Ixmukané e Ixkik’. Ixmukané está entre los seres divinos que intervienen en la creación. Ella, junto con Ixpiyakok, son los sabios adivinos a quienes consultan los/las creadores/formadores sobre cómo crear a los seres humanos que los reconozcan y alimenten. Ixpiyakok desaparece en los relatos siguientes, pero Ixmukané reaparece como madre de Jun Junajpú y Wuqub Junajpú, los que fueron muertos en Xibalbá; de ellos, Jun Junajpú fecundará a Ixkik’ para engendrar a los hombres de maíz. Así es como Ixmukané es presentada como “La abuela” por antonomasia, con autoridad respetada, arquetípica cuidadora de la vida.

Ixkik’, ya lo hemos dicho, es una doncella rebelde que desobedeciendo las órdenes abusivas de los personajes masculinos de Xibalbá se acerca al árbol donde pende la cabeza de Jun Junajpú. Éste le habla y ella acepta extender su mano quedando así embarazada con la saliva del héroe del supramundo. Condenada al sacrificio por su desobediencia y por estar ilegítimamente embarazada, convence a quienes debían arrancarle el corazón y les invita a huir, como ella, al supramundo. Estos son algunos de los rasgos de la madre de los verdaderos seres humanos, los de maíz.
El contraste con Eva y con la “Virgen María” es manifiesto, sobre todo si tenemos en cuenta la función que el mito de la Virgen ha tenido durante veinte siglos en la cultura patriarcal/machista del judeocristianismo hasta el presente.

Ya es momento de cerrar esta larga reflexión.
Sólo unas sugerencias:
? No se trata de abandonar una cultura para asumir otra, sino de interactuar entre ellas para, si es necesario, resignificar los mitos de la propia. La interacción entre lo mejor del judeocristianismo y lo mejor de los mitos mayas nos puede beneficiar a todos…, menos a quienes tengan pretensiones de dominación.
? Es preciso desenmascarar esta cínica manipulación de los mitos judeocristianos que justifican tantas opresiones y tanta destrucción de la vida.
? Desde cualquier cultura, la opción básica es la opción por la vida.
? Un concepto útil que los mitos mayas y lo mejor del cristianismo comparten -aunque con nombres distintos- puede ser el de “sujeto”. Decir sujeto que implica reconocer y respetar el misterio, la interioridad, la memoria, la identidad y el proyecto de vida de cada ser. Sujeto, en tanto que ser corporal que piensa en su corporeidad y que a partir de su corporeidad se hace presente como sujeto viviente ante otros que también se hacen presentes como sujetos vivientes… (F. Hinkelammert).
? Y fundar la interacción humana e incluso cósmica sobre esta convicción.

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