El silencio sobre el volcán

Danilo Santos
Politólogo
desantos.salazar@gmail.com

En los últimos días se escuchan muchas voces en diversos espacios de distintas denominaciones políticas expresando alivio y hasta alegría porque en Guatemala no hayamos “llegado” a la situación de Chile, Ecuador o Bolivia; es decir, “violencia, levantamientos indígenas y polarización”. Como si viviéramos en Shangri-La. Pero una manta colgada en una de las ciudades de los países del sur en plena lucha dice: “EL ERROR FUE PENSAR Q’ LO Q’ HABÍA ERA PAZ, CUANDO LA VERDAD, ERA UN TERRIBLE SILENCIO”.

Aquí se aprueban modificaciones al Código Procesal Penal con dedicatoria a la clase política para que simplemente diga al Estado “ay, me equivoqué, disculpe”, y ya, a disfrutar de un porcentaje bien calculado de su equivocación.

Pasan cosas que parecieran ser el acabose y al día siguiente ya se han olvidado o simplemente no es bueno decirlo o criticarlo porque eso es querer conflicto, ser pesimista, vivir del odio, etc. Los legisladores hacen un circo asumiendo tareas de investigación que le corresponden al MP. Se fortalece al Ejército en el Presupuesto de la Nación y se debilita la salud. El Presidente se mofa de las críticas ante su inservible megaobra en Chimaltenango. El futuro de la Corte Suprema de Justicia y las Salas de Apelaciones es maliciosamente incierto. Y nuestra respuesta es el silencio y el cuchicheo por los rincones. Un “ush” es lo más que conseguimos de indignación. Todo esto no es más que silencio cómplice.

La hegemonía imperial moderna tomó por asalto el mundo y nuestro continente es un reguero de citarices que así lo demuestran. En los cincuentas y setentas derrocó al Gobierno de Árbenz en Guatemala, Perón en Argentina, Salvador Allende en Chile, por citar lo más grotesco, y ahora se suma Bolivia en pleno siglo veintiuno. Por lo demás, su -NeoDictadura- utiliza la fórmula de controlar instituciones de la “democracia” y así controlar a las sociedades, a eso se le suma la vigilancia religiosa y si todo eso falla, pues está “el monopolio y legitimidad” en el uso de la fuerza.

El sistema no admite otras ideas que no faciliten el dizque libre mercado y el temor a Dios. En Guatemala, esa hegemonía se vive con fervor en la clase política, porque pueden hacer lo que quieran mientras no incomoden a los que les dejan participar en el festín que produce profundas desigualdades y detona la migración, el crimen organizado y narcotráfico. Mientras la población se muera de hambre o miedo, no se preocupará de la legislación, las elecciones presidenciales o la economía.

El Pacto de Corruptos sigue al pie de la letra las reglas de la impunidad, una de esas reglas dicta hacer la guerra a la democracia mientras se simula defenderla, otra parece ser la de imponer las ideas más conservadoras y recalcitrantes a la sociedad. Seguir en nuestro espacio de comodidad y disfrutar nuestros privilegios volteando la mirada a otro lado mientras la inequidad y la ignominia gobiernan y se sirven de las mayorías pobres y excluidas, es escoger no ver cómo arde el continente y cómo nuestro país es un volcán.

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