¿Cuánto vale nuestra subjetividad?

Por: Mario Roberto Morales

Uno de los libros más liberadores que me he encontrado jamás es El libro de Mirdad (1948), de Mikhaíl Naimy (Líbano, 1889-1988). Escrito en el tono de Así hablaba Zaratustra, de Nietzsche, de Siddhartha, de Hesse, y del Bhagavad-Gita, para sólo mencionar unos pocos referentes, Naimy narra la historia de Mirdad y de su llegada a un monasterio lejano y aislado, así como su estadía allí y su relación con los discípulos de una autoridad monacal abrumada por el poder y por ello rebosante de soberbia espiritual.

Entre las innúmeras enseñanzas que Mirdad comparte con sus compañeros destaca, para mí, una en la que les dice: “No pongáis precio a las cosas, pues la menor de ellas tiene un valor inestimable. Vosotros ponéis precio a un mendrugo de pan. ¿Por qué no poner precio al sol, al aire, a la tierra, al mar, al sudor y al ingenio del hombre, sin los cuales no habría pan?”.

El aserto (dicho en un tiempo narrativo ubicado en la antigüedad) nos remite al moderno “sentido común” según el cual todo en esta vida tiene un precio, incluida, claro está, la naturaleza –el sol, el aire, la tierra, el mar–, también el sudor y el ingenio del hombre (sin los cuales no habría nada que tuviera precio), el espíritu, la libertad, la creatividad y la intimidad humanas; todo lo cual este “sentido común” convierte en fuerza de trabajo a cambio de cuyo desempeño los dueños fijan un salario que corresponde al costo de reproducción de la misma (alimento, descanso, recreación) y no al valor del producto creado por ella.

Mirdad piensa que el valor de lo más pequeño es inestimable; que nada tiene valor porque todo es invaluable. Lejos de ser este un ingenuo alegato contra la economía real, es un consejo humanizador, pues ponerle precio a la subjetividad y a aquello con lo que ésta opera en el mundo implica deshumanizar lo que nos diferencia de los demás animales, a saber: la libertad y la creatividad. A esto, Marx le llamó trabajo enajenado. Por eso dice Mirdad: “No pongáis precio a cosa alguna si no queréis poner precio a vuestras vidas. La vida del hombre no es más cara que aquello que le es más preciado. Tened cuidado en no considerar vuestra vida, cuyo precio es incalculable, tan barata como el oro”. O sea, valemos lo que más apreciamos porque eso es lo que constituye nuestra vida. La de Judas valió sólo unas cuantas monedas, igual que las de toda laya de corruptos, delatores, tránsfugas, esbirros, sicarios, políticos, oligarcas, propagandistas, apóstoles y profetas a sueldo. Que la nuestra valga lo que nuestra dignidad: nada. Y, por ello, todo.

El consejo de Mirdad es que vivamos en este mundo monetizado, sí, pero libremente. No siendo vasallos poniéndole precio a nuestra lealtad, convicciones, anhelos, libertad, creatividad y, sobre todo, voluntad de lucha.

www.mariorobertomorales.info

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