Evidencia empírica contra la microeconomía neoclásica (y sus implicaciones políticas)

Oscar Planells

La teoría microeconómica estándar, la que se enseña por defecto en las facultades de economía de todo el mundo, parte de una premisa clara y concisa: todo individuo se mueve exclusivamente por sus intereses particulares, y lo hace de manera racional (es decir, calculando los medios más eficientes para lograr sus objetivos). Así pues, tal perspectiva entiende que “al tomar una decisión cualquiera, todos intentamos maximizar nuestras utilidades esperadas sin que nos importen los intereses de las otras personas. La utilidad esperada de una acción se define como el producto de su utilidad subjetiva por la probabilidad de éxito de la acción en cuestión” (Bunge, 2009: 91).

Los economistas han asentado y confiado tanto en esta premisa psicológica que han construido en base a ella gran parte de sus teoremas y de su producción académica en general. Esto resulta más preocupante cuando tenemos en cuenta que, en la mayoría de facultades de economía, los estudiantes no reciben ningún tipo de formación en metodología científica, filosofía de la ciencia o realización de experimentos; más bien al contrario, les enseñan la materia como una rama de las matemáticas, como una “ciencia dura” (Bunge, 2009: 91) que no precisa ya de una validación empírica de sus premisas (Gintis et al., 2005: 6).

Pero lo cierto es que tal axioma, en las últimas décadas, se ha visto minado por la evidencia empírica en los dos flancos que lo constituyen: tanto la idea de que los individuos son maximizadores racionales, como la idea de que son maximizadores racionales de su utilidad particular. Pero esto, claro, no ha desanimado a los apóstoles de tal teoría a seguir predicándola con miopía dogmática, surgiendo así nuevos monaguillos a lo largo y ancho del globo (normalmente, con alguna nueva palabreja o pseudoteoría bajo el brazo, pero siempre con la altivez de quien ni siquiera se plantea revisar las premisas de su pensamiento). No en vano, Mario Bunge, con tono irónico, categoriza a la microeconomía clásica como “el más ilustre de los cadáveres intelectuales” (Bunge, 2009: 148). Efectivamente, cada vez se acumula más evidencia empírica y transcultural de que los seres humanos no somos ni egocéntricos ni maximizadores racionales a la hora de tomar nuestras decisiones. En este artículo me limitaré a tratar la primera cuestión (el egocentrismo), señalando porqué tendríamos que sospechar de tal idea, así como haciendo un breve apunte acerca de la relación de ello con la filosofía política y el diseño institucional.

Pero antes, sería útil hacer una aclaración terminológica. Yo aquí me referiré a “egocentrismo” en el sentido de que las decisiones se toman en base al interés exclusivamente particular, es decir, sin tomar en consideración el interés de terceras personas u otros motivos de tipo social (se podría argüir a favor del uso de otros términos, pero no entraré en esta cuestión). Así, es habitual la confusión de tal enfoque egocéntrico con el individualismo metodológico. Pero este último, en realidad, se limita a defender la idea bastante evidente (y quizás por eso, sistemáticamente ignorada por ciertas corrientes sociológicas) de que todo análisis de tipo social debería fundamentarse primero de todo en los individuos y sus motivaciones, preferencias y razones para actuar e interactuar de una u otra manera. Así, tal concepto se circunscribe plenamente al ámbito meramente metodológico: no hace asunciones sustanciales acerca del aparato motivacional de los agentes, se limita a afirmar que estos deben ser el “microfundamento” de toda teoría social falsable (y por lo tanto, seria). Esto no deja de ser una definición rudimentaria, pero útil a efectos de distinguir conceptos. Nótese que el axioma egocéntrico de la microeconomía neoclásica practica tal individualismo metodológico pero, además, integra asunciones sustanciales acerca de las motivaciones de los individuos: que estas son, necesariamente, de tipo egocéntrico (en el sentido que hemos definido).

En todo caso, ¿qué significa ser egocéntrico en las decisiones cotidianas? Tal noción puede derivar fácilmente en una premisa tautológica, de manera que, con la intención de encajar cualquier observación empírica en el modelo, se ensanche de tal manera la noción de “egocentrismo” que esta acabe abarcando todo tipo de motivación y, por lo tanto, acabe siendo una noción estéril, seca, sin ningún poder explicativo. Así, los actos de altruismo públicos (como por ejemplo la filantropía) se explicarían según algunos economistas por el interés en ganar estatus o en ser envidiado; la cooperación respecto a un bien común, por su parte, se explicaría porque sirve para ganarse una fama de cooperador que puede ser útil en futuras interacciones sociales o económicas para el individuo en cuestión, etc. Como indica Elster (2011: 11), tal tipo de teorías, que suelen acabar forzando “extrañas producciones mentales”, han pecado a menudo de un ánimo de falsa “sofisticación” entre los economistas, según el cual aquellos que explican ciertos fenómenos mediante motivaciones altruistas de los actores serían unos ingenuos, y aquellos que fuerzan la interpretación para encontrar motivaciones egocéntricas, en cambio, serían economistas sofisticados e ingeniosos (o aún más, añadiríamos: ¡héroes de la economía neoclásica ortodoxa!). Para hacernos una idea de a qué extravagantes teorías puede llevar este axioma cuando se lo defiende con activismo pseudocientífico, Elster nos ofrece un breve listado de respuestas que ciertos economistas han dado a fenómenos sociales que, a primera vista, se explicarían por una motivación altruista (Elster, 2011: 12).

Pregunta: ¿Por qué un emigrante a menudo hace envíos de dinero a sus familiares que se quedaron en su país de origen?

Respuesta [del economista “sofisticado”]: Para desanimarlos de emigrar, lo que podría hacer bajar su salario.

Pregunta: ¿Por qué los padres eligen ayudar a sus hijos por medio de legados testamentarios en vez de donaciones inter vivos?

Respuesta: Con el fin de dividir para vencer: extraer el máximo esfuerzo de sus herederos dejando flotar la incertidumbre hasta el último momento.

Pregunta: ¿Por qué un gran número de individuos contribuyen a obras caritativas incluso cuando nadie los está observando?

Respuesta: A fin de comprarse por este medio un sentimiento de superioridad moral.

Pasemos ahora a la cuestión de las motivaciones no egoístas. En este punto, hay que ir con cautela: no podemos hablar de “motivaciones puras”, puesto que el aparato motivacional es una cuestión de extrema complejidad y dependiente de muchos factores, a día de hoy opaca (o translúcida, siendo más optimistas) a los psicólogos (pues, de hecho, a menudo la motivación de cierta acción no es transparente ni al propio agente que la lleva a cabo). En todo caso, sí que es posible plantear un esbozo de diferentes tipos de motivaciones que podemos encontrar en los individuos.

Nociones clave para comenzar este esbozo son las de interés y desinterés. Cuando pensamos en el “interés” como motivación, pensamos en un individuo que toma decisiones en base a qué utilidad particular le proveerán. Cuando pensamos en el “desinterés”, nos viene a la cabeza todo lo contrario: un individuo altruista. Pero en realidad, podemos distinguir muchas formas de desinterés. Una de ellas, por ejemplo, es la de un juez que no tiene ningún tipo de interés particular en el resultado de un juicio del que se tiene que encargar, por lo que simplemente no tiene ningún incentivo para intentar sesgarlo. Elster denomina a esta forma de desinterés desinterés de facto (2011: 73-78). El desinterés también se puede entender como un sacrificio consciente y más o menos reflexivo del propio interés en favor de un bien considerado más importante. Pero nótese que esto puede tomar la forma de altruismo, entendido como preocupación genuina por el bienestar o interés de otras personas, pero también puede consistir en defender una causa supraindividual más allá del coste personal que ello tenga, ya sea algo como la búsqueda de la verdad o algo como la “gloria de la patria”. En este sentido, sería igual de “desinteresado” en esta acepción un científico dedicado al progreso de la ciencia que un kamikaze estrellando su avión contra un objetivo enemigo. Así pues, hay que tener en cuenta que se tiene que utilizar la noción del “desinterés” como algo moralmente neutro (ibídem: 30), pues puede tomar muchas formas, y muchas de ellas no son precisamente deseables. Elster denomina a esta forma de desinterés desinterés por elección (ibídem: 78-87). Más adelante, haré mención a la tercera forma de desinterés esbozada por Elster: el desinterés por negligencia.

Otra noción importante es la de reciprocidad. Dentro de esta, tenemos que desdoblar el concepto entre reciprocidad débil (compatible con el modelo de la microeconomía neoclásica) y reciprocidad fuerte (incompatible). En cuanto a la primera: en las últimas décadas se han llevado a cabo estudios experimentales que, de la mano de la teoría de juegos, han analizado cuáles son las mejores estrategias en aquellos contextos en que un conjunto de individuos tiene que cooperar para obtener el mejor resultado posible para ellos mismos. En tales experimentos, está comprobado que la mejor estrategia posible por parte de los individuos es la tit-for-tat, que en castellano se podría traducir como “toma y daca”, pero no entraremos ahora en esta cuestión. Lo que quiero resaltar aquí es que, como se puede apreciar, este planteamiento parte igualmente de la idea de que los individuos buscan maximizar su utilidad particular en las interacciones sociales, por lo que aunque apele a la noción de “reciprocidad”, no se trata de una motivación genuina por cooperar o de un compromiso moral con la igualdad o la justicia, sino de una motivación egoísta que, simplemente, incorpora en la ecuación la ineludible interacción humana. Podemos entender estos desarrollos, pues, como un modelo más realista y sofisticado de la teoría del homo economicus, pues tiene en cuenta que en muchos contextos los individuos no entran en interacciones económicas de tipo casual, sino que, todo lo contrario, se adentran en relaciones de interacciones repetidas, en las que es necesario o preferible ganarse la confianza de los demás.

Pero una noción muy diferente es la de la “reciprocidad fuerte”, entendida como “predisposición a cooperar con los otros, y de castigar (con un coste personal, si es necesario) a aquellos que violan las normas de cooperación, incluso si es inverosímil esperar que estos costes sean recuperados más adelante” (Gintis et al., 2005: 8). Esta es pues una forma de motivación que va más allá del interés egocéntrico de los individuos, puesto que es indisociable, como veremos, de la sociabilidad y de la moralidad.

Para calibrar tal forma de reciprocidad, los investigadores usan, habitualmente, los juegos anónimos o los de tirada única, es decir, juegos en que desde una óptica meramente egoísta, en ningún caso está en el propio interés cooperar con el otro (pues si es una interacción anónima, no tenemos que temer por posibles sanciones sociales; si es un juego de tirada única, ya no nos interesa, desde una óptica egocéntrica, ganarnos la confianza del otro individuo a largo plazo). Pioneros en este ámbito han sido un conjunto de investigadores del Instituto por la Investigación Empírica en Economía de la Universidad de Zúrich, liderados por Fehr, que han realizado múltiples experimentos para extraer conclusiones sobre este tipo de cuestiones. Podemos poner como ejemplo el “juego del ultimátum”. En este, el Jugador A tiene a su disposición una cantidad de, por ejemplo, 10 unidades, y de estas tiene que ofrecer como mínimo 1 al Jugador B, quedándose él el resto, pero el Jugador B se guarda la opción de rechazar la oferta, quedándose los dos, en este caso, con las manos vacías. Así pues, desde la perspectiva neoclásica, el resultado previsible es que el Jugador A ofrezca 1 unidad al B y se quede las 9 restantes, pues para B es mejor 1 que 0 (cantidad que se llevaría en caso de rechazar la oferta de A, sea cual sea), y por tanto aceptaría tal oferta sin duda alguna.

Pero la realidad muestra resultados muy diferentes. En experimentos realizados en los últimos años, en que los jugadores se juegan dinero real, se ha demostrado que la mayoría de individuos que hacen de Jugador A ofrecen a B 5 unidades, y que en la mayoría de casos en que A ofrece a B tres o menos unidades, B las rechaza, a pesar de que esto implique quedarse sin nada. Esto, claro, se podría explicar en base a lo que Elster denomina “desinterés por negligencia”, es decir, aquella situación en la que el Jugador B emprende una acción contra su propio interés no por una elección meditada, sino llevado por una emoción irracional e irreflexiva (en este caso, de ira contra el Jugador A, por una oferta considerada como injusta). Pero la otra lectura es que, justamente, el Jugador B tiene una motivación esencialmente social, en cuanto que el rechazo de una oferta igual o inferior a 3 unidades se entiende como una violación de la norma social de reciprocidad (Gintis et al., 2005: 12).

Otro experimento de gran interés es el “juego del mercado laboral”. En este, un grupo de individuos adoptan al azar el papel de empresario o trabajador, teniendo cada grupo el mismo número de individuos, y pudiendo cada empresario contratar a máximo un trabajador. Cada empresario, al contratar un trabajador, le comunica su salario (s) y el nivel de esfuerzo (e) que espera a cambio. Así, los beneficios del empresario son 100e – s, y los del trabajador s – e (siendo e un número entre 0,1 y 1, y s un número entre 1 y 100). El quid de este juego, empero, es que, una vez contratado, el empresario no tiene ningún mecanismo de control sobre el trabajador (y ya sabemos de la importancia que otorgan los economistas a los problemas de principal-agente). Así, si seguimos los planteamientos de la microeconomía neoclásica, el trabajador, sea cual sea su sueldo, hará el mínimo esfuerzo (0,1), pues esto maximiza su utilidad y, por tanto, el empresario, sabiendo esto, ofrece el sueldo mínimo (1), pues también quiere maximizar la suya (ibídem: 13). Pero de nuevo, la realidad empírica muestra otro cuadro. A continuación se puede apreciar un gráfico de los resultados obtenidos (ibídem: 14).

Cómo se puede apreciar, cuando los empresarios confiaban en los trabajadores, ofreciendo salarios más altos a pesar de que fuera arriesgado para ellos, estos respondían con un mayor esfuerzo (a pesar de que ya tenían el salario plenamente asegurado). Esto muestra, por un lado, el poder de la reciprocidad fuerte, pero por otro, sus límites. Efectivamente, a pesar de que el esfuerzo medio de los trabajadores es notablemente mayor que el predicho por la teoría neoclásica ortodoxa, no se llega tampoco al esfuerzo prometido, lo cual nos pone en aviso para adoptar una postura mixta, según la cual los individuos no son ni puramente egocéntricos ni puramente reciprocadores o altruistas, sino una mezcla compleja que depende de muchos factores.

Todo esto tiene su lectura en el terreno de la filosofía política. Tradicionalmente, el liberalismo parte del axioma egocéntrico y, por lo tanto, determina que cualquier institución social tiene que estar diseñada dando por supuesto que, sea cual sea su diseño, el individuo intentará maximizar su utilidad particular (piénsese en la “Fábula de las abejas” de Mandeville, que lleva por subtítulo “Vicios privados, beneficios públicos”). Pero esto implica, claro, claudicar ante la idea de que la moralidad y las motivaciones pro-sociales no juegan ningún papel en la motivación de los individuos. En contra de tal idea, Gintis et al. (ibídem: 4) se preguntan si no se debería prestar más atención a tal tipo de evidencia empírica contra los supuestos de la microeconomía neoclásica para diseñar instituciones y políticas públicas alternativas a las actuales.

De lo contrario, tendremos que aceptar, junto a los economistas neoclásicos y sus acólitos, que no es posible, por ejemplo, la aplicación de una renta básica universal, pues tal política sería parasitada por una masa de individuos que, teniendo ya su existencia material garantizada, se limitarían a recibir pasivamente una renta incondicional, sin ninguna motivación para trabajar o contribuir a la sociedad (contra la creciente evidencia que desmiente tales postulados). También tendremos que acatar, de la mano de esos mismos sectores (e ignorando a Ostrom), la supuesta imposibilidad de toda forma de gestión colectiva de los bienes comunes, arrodillándonos pues a la propiedad privada como única solución a tales dilemas. Y podríamos seguir con la lista: habría que apoyar también, junto a ciertos tertulianos juntapalabras, la asistencia social de mínimos con comprobación de recursos, los copagos sanitarios contra el “riesgo moral”, una legislación laboral que facilite el despido ante posibles polizones (free-riders), etc. Sin duda, parece un precio difícil de pagar para la izquierda.

Bibliografía

Bunge, M. (2009). Filosofía Política: solidaridad, cooperación y democracia integral. Barcelona: Gedisa.

Elster, J. (2011). El desinterés. Tratado crítico del hombre económico (I). México DF: Siglo XXI Editores.

Gintis, H., Bowles, S., Boyd, R., i Fehr, R. (2005). Moral Sentiments and Material Interests: Origins, Evidence, and Consequences. En Gintis, H., Bowles, S., Boyd, R., i Fehr, R. (ed.). Moral Sentiments and Material Interests: The Foundations of Cooperation in Economic Life. Cambridge, Massachusetts: The MIT Press.

Fuente: SinPermiso.info
(Este texto es una adaptación de un artículo, originalmente en catalán, publicado en el primer número de la revista Audens: Revista estudiantil d’anàlisi interdisciplinària.)
Oscar Planells: Graduado en Ciencias Políticas y estudiante de Sociología. Miembro del Comité Editorial de «Audens: Revista estudiantil d’anàlisi interdisciplinària».

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