El Trumpismo y el capitalismo salvaje

Por Monica Melle Hernandez

Es difícil que el capitalismo salvaje de mercado nos sorprenda con sus actuaciones a estas alturas de la historia. Pero hay que reconocer que Donald Trump y el “trumpismo” están consiguiendo dar una, o mejor muchas, vueltas de tuerca adicionales a los principios del dios dinero y del todo vale si el resultado es rentable. Ya no es solo la falta de ética y de humanismo la que inspira las decisiones políticas del “imperio”, sino una verdadera ley de la selva, basada en la carencia de escrúpulos, de civilidad y de respeto hacia “los otros”, instaurando un capitalismo de pre-civilización.

Es un capitalismo puramente mercantilista, en el que Donald Trump rige el país como su grupo de empresas, aplicando una política estrictamente empresarial para dirigirlo, estableciendo un sistema de incentivos positivos y negativos, que le hacen gestionar las relaciones internacionales como meras relaciones interempresas. Llega a usar los servicios diplomáticos de los EE.UU. para sus propios intereses.

El Presidente de los EE.UU. cree que la deuda federal es como un préstamo empresarial, que puedes saldar anticipadamente para aprovechar unos tipos de interés más bajos. De ahí su exigencia a la Reserva Federal para que recorte los tipos de interés por debajo de cero, desconociendo que la deuda federal proviene de la emisión de bonos que no se pueden pagar por adelantado.

Se ha llegado a una patrimonialización de la política y mercantilización del capitalismo, que sobrepasa todos los límites imaginables, incluyendo falseamiento de noticias, como ocurrió recientemente con el gráfico en el que indicaba que el huracán Dorian iba a afectar a Alabama, y entremezclando política y negocios familiares sin ningún pudor.

Se ha llegado a una privatización de la política en la que unos pocos latifundistas de capital logran imponer sus intereses particulares por encima del interés general y las condiciones de vida, y a veces la libertad, de millones de personas. En EE.UU., al eliminar las restricciones en el gasto electoral, hemos podido comprobar en el caso de Trump que con mucho dinero es posible hacerse con el gobierno. En las presidenciales de 2016, en las que Donald Trump consiguió la presidencia de los EE.UU. la mitad del dinero recaudado por los candidatos provino de 130 familias y sus empresas.

El expresidente Obama en su discurso de enero de 2016 del Estado de la Nación ya advertía de que “La democracia necesita unos lazos básicos de confianza entre sus ciudadanos…. La democracia deja de funcionar cuando las personas sienten que sus opiniones no son importantes, que el sistema está amañado a favor de los ricos y poderosos”.

Todo ello pone en peligro la democracia por el enorme poder efectivo que ejercen grupos de poder económico y determinados lobbies. Y puede derivar en corrupción. La mejor manera de evitar la privatización de la política es avanzar en la democratización de la economía.

Esta privatización de la política se está exportando a otros países europeos y latinoamericanos. El discurso de Trump encuentra su caldo de cultivo en el populismo de la extrema derecha, y amenaza con adquirir una dimensión global, que se extiende como mancha de aceite desde el “trumpismo” hasta los gobiernos de ultraderecha en diferentes países europeos.

Mientras, ¿qué ocurre con la socialdemocracia? La agenda socialdemócrata se desarrolló en un marco monetario y financiero a escala global por los acuerdos de Bretton Woods, que garantizaron una larga estabilidad macroeconómica y, consecuentemente, desaparición de las burbujas financieras durante más de tres décadas. Y políticas redistributivas socialdemócratas en los países capitalistas desarrollados durante los 30 años dorados. Hasta que llegaron el crack del 1929 y la reciente gran recesión de 2007.

En la actualidad la socialdemocracia, inmersa en unos fundamentos éticos que están en su propia naturaleza, se encuentra ante la perplejidad de abordar el nuevo escenario ante el que no valen las respuestas de siempre, porque ya ni siquiera se admite que haya preguntas a responder.

La agenda socialdemócrata ha ido sometiéndose a la agenda neoliberal. El fracaso de Delors reforzó esta visión y dio lugar a la llamada Tercera Vía (con la socialdemocracia anglosajona y Tony Blair al frente). Así, en la reciente gran recesión, las recetas equivocadas empleadas para la salida de la crisis, basadas en el “austericidio”, han dificultado el inicio de la recuperación,

han aumentado las desigualdades y han provocado una desconfianza creciente de la ciudadanía en los partidos políticos y en el sistema de democracias representativas.

Las máximas neoliberales sobre las “ventajas” de reducir impuestos apostando por el individualismo y la merma del Estado cada vez reúnen más adeptos, incluso entre la clase media –ahora empobrecida tras la crisis-, votantes habituales de izquierdas.

Durante los últimos años, gobiernos socialdemócratas no han logrado que el sector público cumpla alguno de sus objetivos prioritarios: contribuir a una distribución equitativa de la renta y de la riqueza, y colaborar al logro de una senda de crecimiento estable de la economía. Ni a través de la regulación, ni a través del sistema tributario.

Y en esa situación, tal vez haya que volver a las raíces del sistema para que los ciudadanos recuperen la confianza en las políticas progresistas, de forma que el sector público contribuya activamente al crecimiento estable de la economía y a la reducción de las desigualdades. Que vuelva a ser un elemento esencial que fomente la innovación tecnológica y dinamice la economía.

Que, ante iniciativas privadas recelosas de la inversión en intangibles como la formación y la innovación, el sector público no sólo sea subsidiario,

sino que asuma riesgos y dirija el desarrollo de las principales tecnologías actuales. Cuestión que, paradójicamente, siempre se ha entendido en los EEUU pre-Trump, paladines del liberalismo, con un sector público que ha sido el verdadero emprendedor, innovador y desarrollador de alguna de las principales tecnologías actuales, en concreto las de la información.

Desgraciadamente, eran otros tiempos, en los que no se habría admitido una «emergencia nacional», como la que ha declarado Trump en el sector de las telecomunicaciones, para prohibir a las empresas tecnológicas chinas Huawei y ZTE operar en su mercado, ante la guerra tecnológica y comercial con China.

Esta política proteccionista fruto de su máxima «America first» no está consiguiendo resucitar la producción industrial estadounidense tal y como el Presidente pretendía. Más bien al contrario, la guerra comercial está resultando ser un importante lastre para la economía. La confianza empresarial no hace más que disminuir y con ella la inversión. De ahí que el índice de aprobación de Trump en economía esté empezando a empeorar. Por ello su exigencia a la Reserva Federal de que ponga en práctica de inmediato medidas de urgencia para estimular la economía (medidas de urgencia que normalmente solo se aplican ante una crisis grave).

Tampoco le ha funcionado su política económica de reducción de impuestos en 2017. No ha llevado a una década o más de crecimiento económico rápido, como prometió el Presidente, ya que las enormes exenciones no se han empleado para aumentar los salarios ni la inversión empresarial; sino para recomprar acciones y pagar dividendos más elevados.

Ante esta situación, es previsible que Trump empiece a cambiar de rumbo en su política proteccionista. Según el FMI esta escalada proteccionista amenaza con tener efectos a largo plazo, que podrían lastrar la economía durante toda una generación. Sobre todo por la incertidumbre, que lleva a las empresas a aplazar sus inversiones y frena el potencial económico (el gráfico 1 muestra las estimaciones del FMI de pérdida de PIB global por las guerras comerciales).

La célebre frase de Bill Clinton utilizada durante su campaña electoral en 1992 “La economía, estúpido” cobra total actualidad. Es lo que puede hacer prosperar un “impeachment” o perder las elecciones en 2020. Todo tiene un límite, y la barbarie del Trumpismo puede llevar a destruir el imperio.

Al poder económico y a las empresas no suelen gustarles la regulación; prefieren gobiernos previsibles y competentes y que toman decisiones basadas en criterios claros. Empieza a calar el mensaje de que destituir a Trump es bueno para la economía, lo cual puede ser afortunadamente el principio del fin del Trumpismo.

Fuente: https://economistasfrentealacrisis.com

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