Sexo, mercados y economía política

Por Aziza Ahmed
Jason Jackson

Los movimientos por la despenalización del trabajo sexual en los Estados Unidos han cobrado impulso en los últimos años. En Nueva York, el movimiento Decrim NY a propuesto una ley que despenalizará la compraventa del sexo. El debate ha sido intenso. Defensores de la descriminalización, incluyendo trabajadores sexuales y sus aliados, sostienen que las leyes criminales mantienen a los que venden sexo pobres, sin techo y en lucha continua por sobrevivir. Muchos de los que se oponen a la despenalización argumentan que el trabajo sexual genera una mercantilización del cuerpo humano y, por consiguiente, es inmoral. Algunas feministas creen que los hombres que compran sexo deben ser procesados judicialmente ??por participar en la explotación de mujeres y niñas.

Entre las diversas perspectivas utilizadas para comprender y argüir a favor o en contra del trabajo sexual, un enfoque político-económico dirige la atención a la naturaleza fundamentalmente política y moral de los mercados. Los mercados no son espacios abstractos para las transacciones económicas, sino más bien terrenos políticamente disputados de lucha social donde los actores competidores manejan herramientas legales técnicas y creencias moralizadas tratando de dar forma a las estructuras de gobierno social. Por lo tanto, una economía política del trabajo sexual podría hacerse preguntas como: ¿cómo se crean las categorías morales que justifican las regulaciones del mercado, distribuyen los recursos y gobiernan las poblaciones? ¿Cómo cambian las normas legales la distribución del poder y el control entre los actores involucrados en las transacciones del mercado sexual? Y crucialmente, ¿qué actores sociales ganan y pierden cuando el trabajo sexual es deslegitimado y criminalizado?

Una declaración moral importante que justifica la criminalización es que el sexo no debe ser objeto de transacción en el dominio de los mercados donde se venden bienes y servicios mercantilizados. Esta clasificación moral refleja la observación clásica de Emile Durkheim de una distinción entre lo sagrado y lo profano en las sociedades religiosas. Esta tensión se ha aplicado a los análisis sociológicos de los mercados, donde lo que está asociado con la vida humana se considera sagrado y debe separarse estrictamente del dominio profano del intercambio de mercado. Los ejemplos incluyen mercados para humanos, bienes corporales como órganos y sangre o materiales reproductivos como esperma y óvulos, y por supuesto, sexo.

Sin embargo, el trabajo académico, desde Max Weber hasta Viviana Zelizer y otros, muestra cómo las categorías morales en los mercados no son naturales, sino históricamente contingentes y culturalmente específicas, que varían en el tiempo y el espacio como resultado de las luchas sociales por enmarcar, institucionalizar y, en última instancia, regular lo que es permisible y lo que está prohibido en el intercambio de mercado.

Una idea estrechamente relacionada es que el trabajo sexual es una actividad marginal, ya sea operando en la sombra con otras actividades ilícitas e ilegales o circunscrita a «distritos de luz roja» muy delimitados en un puñado de ciudades. Pero los recuentos empíricos recientes del trabajo sexual en Vietnam e India muestran que, en muchos contextos, el trabajo sexual no es marginal; en cambio, a menudo es una parte integral de la economía en general. En su libro, Dealing in Desire: Asian Ascendancy, Western Decline, and the Hidden Currencies of Global Sex work, Kimberly Hoang muestra cómo los mercados sexuales son vitales para el rápido crecimiento y transformación de la economía vietnamita. En la ciudad de Ho Chi Minh, los bares donde las mujeres entretienen a los hombres son sitios cruciales del desarrollo económico, desde la consolidación de las relaciones comerciales que conducen a negocios inmobiliarios multimillonarios que están remodelando el horizonte urbano hasta la facilitación de las remesas de los trabajadores migrantes que apoyan a los niños en edad escolar y a los ancianos en aldeas rurales vietnamitas. A través de diferentes escalas y dominios espaciales, el trabajo sexual se muestra central y no marginal para el funcionamiento más amplio de la floreciente economía vietnamita.

Del mismo modo, el libro de Svati Shah Street Corner Secrets: Sex, Work, and Migration in the City of Mumbai es una descripción conmovedora de cómo las transacciones sexuales no se limitan a espacios marginales en una metrópolis que busca ocupar su lugar entre otras «ciudades de clase mundial” del Sur global. El trabajo sexual y el trabajo asalariado no son categorías distintas, sino que operan a lo largo de un espectro de prácticas e instituciones del mercado laboral. Por ejemplo, las jornaleras constituyen un segmento importante de la industria de la construcción que literalmente está construyendo Mumbai, y a menudo deben intercambiar sexo para acceder a estos trabajos codiciados.

Estos datos empíricos desafían nuestra comprensión conceptual de la posición que ocupan los mercados sexuales en la economía en general, moviéndolos de la periferia al núcleo. Replantear el trabajo sexual como una forma legítima de trabajo que es fundamental para el sustento de individuos, familias y comunidades particulares, así como para el funcionamiento de economías urbanas y nacionales más amplias, proporciona un poderoso conjunto de justificaciones normativas y positivas para despenalizar el trabajo sexual y regularlo como trabajo. Dichas regulaciones podrían proteger y sostener los derechos de las trabajadoras sexuales como miembros legítimos de la fuerza laboral en lugar de como víctimas, o peor, como villanos.

Estas perspectivas alternativas ofrecen un conjunto competitivo de reclamos morales contra las ansiedades sociales sobre la venta del sexo como mercantilización y explotación, lo que a su vez justifica el uso del derecho penal para regular los mercados sexuales. El uso del derecho penal para gobernar los mercados sexuales tiene efectos devastadores en la vida de las trabajadoras sexuales, sobre todo al someterlas a todo el sistema de prejuicios arraigados en el sistema legal penal. Para las trabajadoras sexuales, esto significa perfiles de raza, clase y género por parte de la policía. Los daños no terminan ahí: las trabajadoras sexuales pueden perder la custodia de sus hijos; enfrentar consecuencias de inmigración; acumular antecedentes penales y los impedimentos que los acompañan en el trabajo, los servicios públicos, la vivienda, etc.

Finalmente, una de las realidades más preocupantes es que la criminalización no funciona. La criminalización ha fallado una y otra vez para mejorar las vidas y las condiciones laborales de las trabajadoras sexuales, y tampoco ha brindado opciones de salida para aquellas que ya no quieren ser parte de la industria. En cambio, ha resultado en la demonización y arresto de personas involucradas en sexo comercial consensuado.

El trabajo sexual es un tema muy cargado que ha generado un debate legal vigoroso. Sirve como un excelente ejemplo de las verdaderas consecuencias materiales y distributivas de las concepciones moralizadas de los mercados en la sociedad. Avanzar hacia la despenalización total del trabajo sexual, incluida la venta y compra de sexo, es el primer paso hacia un régimen de mercado que reconozca la dignidad y la humanidad de las personas que realizan transacciones sexuales.

Aziza Ahmed: es profesora en la Facultad de derecho de la Northeastern University y experta en derecho de la salud, derecho penal y derechos humanos.
Jason Jackson: es profesor asistente en el Departamento de Estudios y Planificación Urbana del MIT. Su investigación se centra en la relación entre estados y mercados.
Fuente: https://lpeblog.org/2019/09/18/sex-markets-and-political-economy/
Traducción:Alexandra Constantin