La memoria

Por Jairo Alarcón

Hace muchos años me di cuenta de que los seres vivos, las personas, incluso las cosas se ausentan, desaparecen para no volverlas a ver más. Era niño y supe que una amiga de mis hermanos tenía cáncer y tras breve enfermedad, había fallecido. Ello, en ese momento, no significó mucho para mí, no comprendía lo que representaba la muerte. No obstante, ya no escuché nada sobre ella, su ausencia se hizo patente y eso me hizo meditar sobre ese tema.

Con el tiempo, la muerte de algunos de mis compañeros de clase; al escuchar decir a la maestra que uno de los alumnos del grado había fallecido en las vacaciones y por lo tanto, ya no regresaría, me llevó a reflexionar sobre la permanencia de las personas y desde luego, sobre su ausencia. Más tarde me di cuenta de que eso pasaba también con las personas más cercanas ya que vi el dolor reflejado en el rostro de mi padre, al saber del fallecimiento de su amigo y con la muerte de mi hermana.

Estar y no estar es algo que pasa inadvertido en la cotidianidad de la existencia humana y es que los seres humanos somos animales de costumbres, por lo tanto, nos acomodamos a las nuevas circunstancias ya que no podemos vivir en el ayer, es parte de la razón de la subsistencia. Poco a poco lo nuevo por vivir va aniquilando los recuerdos, aunque estos, por momentos, se devuelven para indicarnos de dónde venimos. Percatarse de que todo termina y que algún día los seres que amamos se irán tras su muerte, para no volver más, angustia y duele. La muerte es condición de todo ser vivo y debería aceptarse, pero eso no ocurre con los seres con los que nos unen sentimientos, aceptarlo riñe con nuestra naturaleza emotiva.

Los vínculos que se establecen o los que se piensa que pudieron establecerse y no se logró, son los que pesan con la ausencia de los seres queridos. ¿Por qué si la ausencia definitiva duele, no ocurre lo mismo cuando se sabe que muchos seres vivos fallecen, desaparecen, son aniquilados por circunstancias deplorables, tras crímenes, asesinatos, hambrunas y guerras? Lo más próximo es lo que más se atiende y se le presta le atención, lo más lejano, no nos importa.

Duele la ausencia, duelen los recuerdos de los que ya no están, duelen los vínculos filiales, fraternales, amorosos que se rompen con la muerte. Y que a pesar de las esperanzas que sortilegios idealistas pretenden hacer creer, de que al final de nuestra existencia, la reunión vendrá con los seres que extrañamos. Lo seguro es que con esta, viene la nada.

Los sentimientos se aquilatan en la vida; es cuando se comparte, cuando se tiene la oportunidad de dar un abrazo, una caricia, un beso, cuando la espiritualidad humana florece, se reconforta y con hidalguía se acepta que en la vida todo y tras la muerte, solo los recuerdos.