El olor del Congreso

Por Hugo Gordillo

En la Asamblea Nacional Constituyente, la presidencia se la alternaban, mensualmente, tres diputados de las fuerzas políticas mayoritarias. Roberto Carpio, por la prostituida Democracia Cristiana; Ramiro de León Carpio, por la ahuecada Unión del Centro Nacional; y Héctor Aragón Quiñónez, por el vende patrias Movimiento de Liberación Nacional.

Yo tenía apenas unos meses de estar como reportero de la fuente y le pedí una entrevista personal al “chichita” Aragón, cuando fungía como presidente. El viejo me dijo que sí, que llegara al siguiente día a las tres de la tarde. Ese mismo día me quedé en el Diario La Palabra haciendo mis preguntas y, al siguiente, regresé temprano del Congreso para escribir las noticias y tener tiempo de ir a hacer la entrevista.

Aparte de que me gusta ser puntual, tenía que estar a la hora indicada en la Asamblea, porque no podía llegar tarde a una entrevista, nada más y nada menos que con el presidente dela Asamblea y representante de ese partido que en la década de los 50 le mató el futuro al país y seguía apuntándole con la pistola al presente y al futuro de la patria.

Pues esperé hasta las tres menos cuarto y salí del diario, ubicado en la primera avenida de la zona 1. Cuando enfilé por la novena calle, me paré sobre un tetunte de excremento. Si me dirigía a mi casa a cambiarme los zapatos iba a llegar demasiado tarde, pero tampoco podía entrar así al edificio.
A un costado del templo de Guadalupe hay un arriate, donde pasé a sobar el zapato en el monte, pero solo se le quitó parcialmente porque mi calzado tenía hendiduras en la suela. Era un diseño exclusivo, el último grito de la moda de la zapatería para levantar mierda.
Agarré un palito seco y con él saqué lo que pude de las hendiduras y decidí seguir caminando hasta el Parlamento. En el camino me metía entre pequeñas correntadas de agua llovida que quedaron después de un pasón de nube.
Entré a la sede parlamentaria y nada más empecé a sentir el olor cuando llegué ante Estelita, la secretaria del diputado. Lo está esperando, me dijo la secretaria y, de una vez, me pasó adelante. Ahí estaba el viejo pelón, tan campechano como siempre, y me invitó a sentarme.
Para no hacer más hedionda esta historia, empezamos la entrevista y, cuando terminó su segunda o tercera respuesta, el “Chichita” empezó a salirse de la entrevista:

–¿qué será lo que apesta aquí vos?

Ni modo que le iba contestar que era yo, entonces le dije que no sabía y continuamos la entrevista, pero el viejo insistió y me reclamó:

–¡Puta! si vos no sentís estás muerto mijo, aquí hiede a mierda.

Y cómo no iba a sentirse la hedentina, si el aire acondicionado era capaz hasta de levantarle la falda a una patoja, ya no digamos propagar el olorcito ese; pero yo seguía haciéndome el pendejo y pidiéndole que siguiéramos con la conversación.

–Esperate –me dijo–, se miró las suelas de los zapatos, se levantó y me preguntó: ¿vos no traés mierda en los zapatos?

¡No! Le contesté de inmediato, haciendo como que me miraba los pies. El presidente alterno se levantó y le fue a preguntar a su secretaría qué sería lo que apestaba en su oficina. La mujer entró y empezó a olfatear la pestilencia.

–¡Ay sí! Cómo se siente, ahorita le busco a un ujier para que venga a ver qué es. Hace un ratito no olía así…

Nosotros seguimos con la entrevista, pero Aragón no se sosegaba. Ya se tapaba la nariz, ya sacaba su pañuelo, ya se sonaba, ya escupía en el cesto de basura. Y yo como que si nada, tratando de apurar el rimero de preguntas. Cuando terminamos le agradecí, él me tomó del hombro, me condujo hasta la puerta y me devolvió el agradecimiento.

–No mijo, aquí estamos para servirte. Pero ahorita voy a ver qué es este olor chingado, porque si no, imaginate, mañana vienen unos europeos ¿y qué van a pensar? que los diputados de Guatemala somos una mierda.

Yo me fui a cambiar de zapatos a la casa y, a lo largo de los años, cada vez que veo las barras del Congreso llenas de pueblo o hay manifestaciones en la novena y la octava avenidas en contra de los padres de la patria, pienso que el mal olor de mis zapatos se expandió en el Congreso para siempre; o quizás las palabras del “Chichita” fueron sabias, porque ahí sigue apestando a mierda.
Tomado del muro de Facebook del autor.

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