Telefónicas y crimen organizado

Hugo Gordillo
Que un delincuente se suba a un bus en la ciudad de Guatemala y mate pasajeros por robarles teléfonos celulares, es un pequeño reflejo callejero de que el Estado incumple con su obligación de darle seguridad al pueblo. Que muchos de los actos delictivos, entre extorsiones y asesinatos, sean ordenados desde las prisiones, es un gran reflejo de que el Estado es corresponsable de tales crímenes.

Mucha más responsabilidad asume el Estado cuando permite que todos esos actos delincuenciales se fragüen desde las 18 cárceles y el hotel para delincuentes especiales, cariñosamente ubicados en la Zona Militar Mariscal Zavala, con una población de chafarotes y políticos exgobernantes.

Pero el Estado no solo permite, sino que se convierte en cómplice criminal cuando, pudiendo evitar el uso de teléfonos en las prisiones, permite abiertamente la comunicación externa a condenados y no condenados. Evitar las llamadas telefónicas de los reclusorios por parte de los reos, es de lo más fácil.

Primero, impidiendo el ingreso de aparatos, lo cual es imposible gracias a un sistema penitenciario corrupto que involucra a mandos medios y subalternos, compartiendo el poder con los reos. De esa cuenta, la vida de la población está a merced de quienes llaman desde simples teléfonos celulares en prisiones comunes o desde aparatos de última generación en la zona militar donde vacacionan los penúltimos depredadores del Estado.

Segundo, bloqueando las señales telefónicas, para lo cual existen tres formas clásicas: antenas, circuitos y fuentes de alimentación, más el último grito de la moda, que es una especie de pintura con componentes que evitan la comunicación celular. Bastaría con pintar las paredes penitenciarias para evitar tanto crimen.
¿Por qué el Estado es incapaz de tomar una u otra medida? No se necesita ser payaso (en el caso presidencial) ni servidor de un pésimo cuenta chistes (en el caso del ministro de gobernación) para bloquear a uno de los sectores que tiene aterrorizada a la población desde las cárceles.

Al igual que las empresas mineras, al igual que quienes controlan aeronáutica civil, las aduanas y otras instituciones estatales, las empresas telefónicas son entes tan poderosos, como para impedirle al Ejecutivo una acción en contra del crimen organizado, vinculado con la élite criolla. Nada más hay que ver la yunta de Álvaro Arzú, el criminal de cuello blanco, y Bayron Lima, militar criminal de la guerra sucia.

En recargas electrónicas, las empresas Tigo, Claro y Movistar venden 60 mil quetzales diarios en 18 centro de detención, más el centro vacacional para criminales de la Zona Militar. Es decir, más de 20 millones de quetzales al año.

Acudiendo a terceras contabilidades, que incluyen la no declaración de multi-millones en recargas electrónicas, estas empresas son de las más rentables y con suficiente capital para influir en el gobierno por la vía de la corrupción. De esa cuenta es que se dan el lujo de somatar dinero en los despachos presidenciales y ministeriales.
Los montos varían según sus objetivos. Si de mantener la comunicación telefónica de la población reclusa se trata, basta con un par de millones. Si se trata del uso ilegal de frecuencias y en condiciones ventajosas, eso ya requiere de muchos millones más. Las escuchas telefónicas ilegales por parte de Tigo son gratis con fines políticos.

Pero las telefónicas no solo tratan con funcionarios. Se anticipan a los acontecimientos en la vida política. Por eso es que la CICIG allanó una de las sedes de la empresa Tigo, cuyo dueño es Mario López Estrada, dueño del 20 por ciento de acciones de Prensa Libre. Estrada fue vinculado con el financiamiento de partidos políticos corruptos como la UNE, amén de sus conquistas por tributar menos, ya sea por la vía de reducción o el funcionamiento de fundaciones con fachada social.

Si las telefónicas son capaces de semejantes cosas, no necesitan hacer “lobby” en la carpa presidencial para mantener abierto el mercado tarjetero telefónico dentro de las cárceles. Para eso basta un mensajito