Colombia a las armas otra vez

Miguel Angel Sandoval

En los últimos años seguí con atención las peripecias del proceso de paz en Colombia. Tenía la impresión que finalmente se iba por la senda de un proceso político sin la presencia de las armas. Sin embargo este miércoles un video de varios dirigentes de las FARC nos dice que retoman las armas ante los profundos incumplimientos de los compromisos de la paz.

Es un tema sumamente complicado y grave. En Guatemala viví el proceso de negociación de la paz que con todas las diferencias del caso, tenía muchas cosas en común con la realidad de Colombia. Se trataba de guerras añejas, de procesos democráticos interrumpidos por la violencia, de insurrecciones armadas con legitimidad, y con situaciones de violencia contrainsurgente de la más perversa factura. Adicionalmente la insurrección armada estuvo en el inicio de estos procesos una especie de gran marco. La guerra se justificaba casi sin esfuerzo. No hacer la insurrección armada había llegado a ser una suerte de falta de principios o de coherencia.

En la actualidad, hacer la guerra puede ser vista como una falta de compromiso con la paz, con la democracia, con las tendencias dominantes en esta nueva época. Sin embargo…

En Colombia el tema de la dejación de las armas o de la entrega de las armas se convirtió en uno de los más emblemáticos del debate político en los momentos que la firma de la paz se acercaba pues la negociación avanzaba con realmente buenos acuerdos. Que no la revolución menos todas las soluciones a los graves temas estructurales del país. Quizás el planteo más lúcido sobre el tema fue el de Iván Márquez en el video que anuncia el regreso a las armas, cuando dijo que lo que había que hacer era sacar las armas de la política pero no entregarlas.

El tema planteado en Colombia sobre la cuestión de las armas no se planteó con tal vehemencia en los procesos que a finales del siglo pasado tuvieron lugar en Centroamérica. Ni en El Salvador ni en Guatemala, el tema fue un debate central. Pero ahora parecería que el mismo ocupa el lugar central en la discusión que como un tsunami se presenta en Colombia.

El asunto de las armas con toda la importancia que tiene, no resuelve otros temas que en el caso colombiano parece que pasan a un segundo plano por el tema de las armas. Me refiero a los incumplimientos brutales de los compromisos firmados en La Habana. Así como a la violencia que desde la firma de la paz ha dado como resultado decenas y decenas de excombatientes asesinados así como de decenas y decenas de activistas sociales, sin que exista de parte del gobierno y de las instituciones de la paz en el terreno de la justicia, solución a esa espiral de violencia.

Aquí se puede ver enormes diferencias con los procesos de Salvador y Guatemala. En los dos países no hubo luego de la firma de la paz, un solo muerto por violencia política. Ni un solo combatiente desarmado fue víctima de atentados, ni nada por el estilo. Fueron procesos de paz blancos, sin violencia. Los problemas fueron otros y no es momento de analizarlos.

Pero si se puede afirmar que en el Salvador, el Fmln luego de varios procesos electorales, gano las elecciones e hizo gobierno en dos ocasiones, de acuerdo con las condiciones particulares de ese país y si no hubo mejores resultados no fue por culpa de la derecha, sino por responsabilidad de la propia izquierda. Mientras que en Guatemala, los propios errores de la izquierda no permitieron avanzar más en la vía política y en los procesos electorales. Sin embargo, en la actualidad sus expresiones políticas, dispersas, constituyen una fuerza electoral nada despreciable.

En este sentido, la participación electoral de las FARC convertida en partido político, no tuvo ni de lejos, resultados a la altura de las expectativas despertadas luego de los acuerdos de La Habana. Y por esa razón, entre muchas, ante los escasos resultados políticos o electorales, el acoso político de la derecha recalcitrante, el balance totalmente negativo de los compromisos de la paz, el tema de las armas vuelve a tomar un lugar central en el debate.

No se puede concluir un largo proceso de lucha insurreccional con un pacto político cargado de engaños y sobre todo de violaciones sin par. Es un tema que compromete a la ONU, a la comunidad internacional pues sus buenos oficios y la intermediación no pueden ser estafadas por un gobierno como el actual que desconoce los Acuerdos de paz de La Habana.

Creo que vienen días difíciles para los insurrectos colombianos que retoman el hilo ahí donde la traición de los acuerdos de paz los dejó. La decisión de Iván Márquez o Jesus Santrich, expertos negociadores de la paz, no puede dejar de despertar dudas e inquietudes sobre la manera que el gobierno de Colombia y la comunidad internacional valoren este gesto extremo. Que a diferencia de otras épocas y situaciones, demanda junto al hecho de alzarse en armas, legitimar esa decisión.

Como ex negociador de la paz en Guatemala, le deseo lo mejor a los compañeros de las FARC-EP, que obligados por la traición del gobierno de los Acuerdos de La Habana, no tienen más alternativa que la insurrección con todos los riesgos y peligros que ello conlleva. Desde Guatemala, mi comprensión a esa grave decisión.

Finalmente, el tema de la paz sigue abierto en Colombia. Los mismos renacidos insurrectos lo analizan de esa manera y hacen llamados a formas nuevas de concertación política. Es un momento particularmente difícil, insisto, y ojala esta decisión tenga el acompañamiento de muchos sectores colombianos y con ello se abran las puertas anchas a la paz que ese país hermano tiene todo el derecho de disfrutar.