Fragmento de “Retrato de una marxista como una joven monja”, de Helena Sheehan

César Antonio Estrada M.

Helena Sheehan es una intelectual marxista, filósofa académica, historiadora de la ciencia y del marxismo y escritora de estudios de la comunicación. Es Profesora Emérita de la Dublin City University y en su juventud fue monja de la orden de Hermanas de San José. Nació en Filadelfia, Estados Unidos, en 1944. Su autobiográfico ensayo “Retrato de una marxista como una joven monja” (Portrait of a marxist as a young nun) es rico en experiencias vitales, filosóficas y políticas. Por su interés, a continuación, presento, como muestra, un fragmento que traduje.

En los años setentas, me dispuse a reconsiderar mi postura de nueva izquierda hacia la izquierda tradicional, y a llenar los vacíos que quedaron abiertos en mi visión del mundo de la década de 1960. Esto se facilitó bastante por el hecho de que salí de Estados Unidos a inicios de los setentas, y de que desde ese momento he vivido en Europa.

En Estados Unidos, crecí a la sombra anticomunista de la guerra fría, y al principio fue bastante difícil hacerme a la izquierda y adoptar un anti-anticomunismo sin todavía adherirme al comunismo. Después de criarme en el ambiente de las audiencias de McCarthy y de la serie de televisión I led three lives, (“Tuve tres vidas”, de contenido anticomunista, producida de 1953 a 1955) fue una experiencia impresionante encontrarme en un mismo salón con comunistas en coaliciones contra la guerra. Al igual que otros activistas de la nueva izquierda, constantemente chocaba con seguidores de la vieja izquierda ya fueran estalinistas o trotskistas, a los cuales veíamos como lentos, manipuladores, sin imaginación, demasiado cautos y reduccionistas. Por su parte, ellos siempre anteponían temas que consideraban básicos a los excesos de la cultura de las drogas, del poder de las rosas y del amor libre.

En Europa, la distancia entre la vieja y la nueva izquierda se acortó considerablemente, lo cual fue tanto por mi estudio más serio del marxismo cuanto por una atmósfera política más propicia. Luego de varios años en Sinn Fein (que después se llamó Partido de los Trabajadores), en el que me hice marxista y organicé cursos educativos de marxismo, cambié mi actitud hacia el movimiento comunista mundial y al socialismo de Europa del Este.

Antes de llegar al estudio serio del marxismo, yo había desarrollado una visión del mundo que describía como procesual, contextualista y naturalista. El ímpetu de mi búsqueda filosófica fue trascender las dicotomías de actos y valores, razón y emoción, naturaleza e historia, teoría y experiencia, etcétera, y lograrlo de tal manera que estuviera firmemente fundada en el mundo empírico. Además, tenía un ardiente compromiso de transformar el orden social de forma que se superara la opresión de clase, raza y género.

Fue natural que gravitara hacia el marxismo. Lo sorprendente es que me hubiera desarrollado en esa dirección sin tener su influencia o conciencia directa del mismo. Cuando, por fin, llegué a él, el efecto fue electrizante. Fue el tipo de integración que había estado buscando, más profundamente enraizada que cualquier cosa con la que me hubiera encontrado o que hubiera podido lograr. Fue en este momento que comprendí el fundamento de lo espiritual en lo material, la conexión crucial entre lo psicológico, lo filosófico y las dimensiones culturales de la existencia humana con las bases económicas. Llegué a ver el largo alcance de las consecuencias del modo de producción dominante de cualquier período.

Resulta interesante que de los autores que más me influenciaron –Engels, más que el mismo Marx, Gramsci y Caudwell– dos fueron de origen católico. Pero, así como ellos, qué largo camino había recorrido, y me hice comunista.

Más y más de lo que leía venía de Europa Oriental y de fuentes comunistas de Europa Occidental. Cuán diferente fue el cuadro, la representación del socialismo existente de la imagen que daba la guerra fría y que yo mantuve incluso en los años sesentas. Un día, me levanté, fui a (la biblioteca) “New Books” en Dublín y pedí un formulario para solicitar la admisión en el Partido Comunista de Irlanda. No conocía a ningún militante, simplemente me pareció lo correcto, y lo hice.

También estaba trabajando en mi PhD en filosofía en el Trinity College de Dublín. Fui perfectamente consciente de que lo uno cancelaba lo otro en lo que concierne a expectativas de carrera. Sin embargo, mi compromiso con la compenetración de las dimensiones políticas y filosóficas a todo nivel era tan fuerte, que puede decirme, no sin cierta amargura y cólera, pues que así sea, en tanto veía a la gente más cautelosa llevarse bien con el mundo de una forma que yo no podía.

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