La territorialidad turística en Centroamérica: ideas, procesos y actores en la modernización regional del sector

Angélica Duarte | Alba Sud

El turismo en Centroamérica reproduce relaciones sociales capitalistas que penetran en todos los espacios. El territorio se reconfigura por medio de la turistificación y la urbanización, a través de las cuales actores hegemónicos imponen sus propias prácticas espaciales.

Centroamérica ocupa el 2,7 % de la superficie de América Latina y engloba el 7,2 % de su población (FAO, 2011). La región centroamericana está integrada por Panamá, Costa Rica, Nicaragua, Honduras, El Salvador y Guatemala. En el caso de Belice, al ser colonia de origen británico no se inserta dentro de los procesos políticos, económicos y sociales de los países vecinos. A nivel global, Centroamérica captura el 2 por ciento de los viajeros internacionales, del cual el 70% proviene del turismo intrarregional y del resto de Latinoamérica (Banco Centroamericano de Integración Económica, 2018).

En este sentido, se ha experimentado un crecimiento gradual de la urbanización turística en la región centroamericana, que se presenta al mismo tiempo como un proceso creciente de apropiación territorial. Esto ha tenido una expresión concreta en el caso de los desarrollos inmobiliarios en las zonas costeras, que en el caso centroamericano significan 5,570 kilómetros cuadrados de línea en el Caribe y el pacífico, lo que representa un alto potencial de los destinos de sol y playa; aunado al turismo de cruceros. De igual manera, la región se destaca por sus destinos complementarios de naturaleza, el turismo de congresos y convenciones, que empieza a tener mayor auge en los países de Panamá y Costa Rica. Asimismo, su patrimonio histórico y cultural es demandado por los turistas internacionales, como la ciudad maya de Tikal en Guatemala, ciudades coloniales, entre estas se encuentran las ciudades de Granada y León en Nicaragua, Antigua en Guatemala, Comayagua antigua capital en Honduras, Sushitoto, Cuscatlán en El Salvador y las Ruinas de Panamá Viejo.

La industria del turismo en Centroamérica sigue creciendo y continúa en la búsqueda de potencializar la competitividad de sus destinos a nivel internacional. La región recibió aproximadamente 11,2 millones de turistas en el año 2017 (Consejo Centroamericano de Turismo, 2018). En este caso, Panamá, Costa Rica, Guatemala y El Salvador son los que generan ingresos significativos en la región para el sector turismo. En 2017, Panamá recibió 2, 517,496 millones de turistas , en el caso de Costa Rica se estimaron 2,959, 869 millones de turistas y El Salvador recibió 2, 246,618 visitantes internacionales.

Las condiciones de la política turística en Centroamérica apuntan a privilegiar los desarrollos turísticos de sol y playa, transformando los espacios políticos, económicos y culturales de la región. De esta manera, se presentan procesos de reconfiguración en el territorio cuando se instrumentaliza el espacio físico y social con la intencionalidad de convertirlos en objeto de inversión para los países altamente industrializados (Palafox, 2015). Se activan las zonas de interés económico que ubican los atractivos puntuales de cada país, los espacios turísticos o segundas residencias tienden a ocupar grandes dimensiones del espacio físico del territorio donde se establecen. Este es el caso, por ejemplo, del hotel Meliá Panamá Canal localizado en Colón, en las inmediaciones del lago artificial Gatún, que ha transitado de ser una escuela de adiestramiento militar para América Latina, a convertirse en un centro de lujo y confort.

El turismo visto desde la perspectiva socioeconómica como motor de crecimiento económico, sector generador de divisas, que incrementa la tasa de empleos y atrae la inversión de la empresa local y transnacional; ha cobrado importancia en los países de la región, teniendo como referente a los países del Norte y del Caribe. Las políticas turísticas reflejan planes y estrategias de atracción para garantizar la inversión turística extranjera que incluye hoteles, inmuebles de entretenimiento, corporativos, temáticos o deportivos, así como infraestructura portuaria o aeroportuaria. Así los gobiernos de estos países deben procurar cierta estabilidad política y económica que favorezca al modelo de turismo hegemónico.

Un ejemplo de hacia dónde están girando las normativas o las legislaciones en los países centroamericanos es el caso de Nicaragua. En 2013 se aprobó la Ley General de Cámaras, Federaciones y Confederaciones Gremiales Empresariales de Nicaragua. En esta ley se plantea la necesidad de institucionalizar el modelo de diálogo y consenso tripartito que se venía practicando desde el Gobierno, Empresa Privada y Sindicatos. En este sentido, se facilita la organización, conformación y las relaciones económicas de los Gobiernos Gremiales Empresariales con el Estado de Nicaragua. En el caso del Turismo implica generar mayores facilidades jurídicas a los gremios empresariales turísticos para ser beneficiarios de incentivos, financiamiento y garantías de parte del Estado para sus inversiones. Sin embargo, a fin de cuentas, los que logran beneficiarse de este tipo de legislación, son los capitales más grandes e importantes del país, nacionales e internacionales, quienes se encuentran en mejores condiciones organizativas.

En los últimos años se están generando obras vinculados al crecimiento del turismo en toda la región centroamericana. Por ejemplo, la ampliación del aeropuerto Internacional Tocumen en Panamá, así como la ampliación del canal interoceánico, uno de los mayores atractivos turísticos del país. En Nicaragua, la inversión inmobiliaria en las zonas costeras venía creciendo hasta antes de la crisis política que atraviesa el país a partir de abril del 2018, tal como el megaproyecto Santa María con una inversión de aproximadamente 40 millones de dólares. En Costa Rica fue inaugurado en abril del 2018, el centro nacional de congresos y convenciones al mismo tiempo que aumentó la conectividad con Europa con el establecimiento de 8 nuevas rutas.

Existen algunos indicadores que muestran datos respecto a las condiciones socioeconómicas de la región, que son utilizados para estos fines. Por ejemplo, el Reporte Anual sobre el índice de Competitividad Global, presentado por el Foro Económico Mundial, que mide 140 economías del mundo, agrupados bajo las categorías (entorno habilitante, capital humano, mercados y ecosistemas e innovación) es una referencia importante para los potenciales inversores en materia de turismo en Centroamérica.

Los países que presentan las mejores condiciones en cuanto al índice de competitividad global en la región son: Costa Rica (55) y Panamá (64), ubicados por encima de los países de Sudamérica Colombia (60) y Perú (63). El resto de los países se encuentran en condiciones de rango inferior como Guatemala (96), El Salvador (98), Nicaragua (104) y Honduras (101). Las principales debilidades que presentan estos países para ocupar los últimos puestos se centran en aspectos de: infraestructura, educación, mercado de trabajo y capacidad de innovación. Es decir, a final de cuentas, estos indicadores muestran países con altos índices de pobreza y desigualdad, pero que prestan al mismo tiempo las condiciones para el establecimiento de enclaves turísticos.

Por tanto, el desarrollo turístico en la región no representa una distribución homogénea y esto vuelve aún más difícil la idea de pensar que la oferta de turismo en Centroamérica se posicione como un multidestino con su marca regional promueve, “Centroamérica tan pequeña, tan grande” [1]. En este sentido, las alianzas turísticas no son viables cuando existe una brecha entre los destinos maduros frente a los emergentes. Los intereses del capital transnacional forman parte de esta estrategia, ya que claramente sus intereses están bien focalizados en dos países de la región que cuentan con condiciones favorables para un desarrollo turístico de tipo corporativo, como Costa Rica y Panamá.

La oferta turística de las zonas costeras predominante en la región se encuentra liderada por los grupos hoteleros españoles como: Meliá, Barceló, Iberostar. Por ejemplo, Barceló tiene presencia en las zonas costeras de Puntarenas Costa Rica, Montelimar Nicaragua, La Ceiba en Honduras y en las ciudades capitales de San Salvador y Guatemala.

Sin embargo, a manera de contraste, la industria turística en Centroamérica está compuesta en su mayoría por pequeñas y medianas empresas. Se distribuye en empresarios locales y extranjeros que se insertan en el turismo con la prestación de servicios como: alojamiento, restaurantes, y productos complementarios a las demandas turísticas. En este sentido, es posible caracterizar a estos grupos, por ejemplo, uno está representado por extranjeros que dejan su país de residencia y se establecen en el país donde eligen invertir, se convierten en empresarios, se dedican más al establecimiento de hostales, hoteles y restaurantes con modelos preconcebidos de negocios turísticos europeos o estadounidenses, tal como los backpackers o alojamientos de mochileros.

Por otro lado, los empresarios locales que en la región tienen un peso importante en la generación de empleos, son estructuras familiares que han decidido invertir su patrimonio familiar para negocios turísticos, aprovechando el conocimiento de la zona. De esta manera, van abriendo mercado en otros espacios de la economía familiar interna de acuerdo con las demandas de los mismos turistas (panaderías, lavandería, cafeterías, tiendas de abarrotes). Es decir, representan un factor clave en la generación de empleos locales para sus lugares de origen y las divisas generadas permanecen en muchos casos en el circuito económico de la zona.

Las organizaciones comunitarias rurales son las que gestionan proyectos vinculados a los modelos de turismo alternativo como: el ecoturismo, turismo rural comunitario y turismo de aventura. Los actores locales han impulsado junto con organizaciones ambientalistas y organizaciones civiles, estrategias de desarrollo turístico local, donde ofrecen servicios turísticos comunitarios vivencial que implican una interacción más cercana con los turistas. Algunos ejemplos pueden se presentan en la Isla de Ometepe Nicaragua, con los proyectos autogestivos de turismo comunitario en la Asociación de Mujeres Puesta del Sol y la Cooperativa Finca Magdalena.

Esta dimensión comunitaria del turismo refleja también una serie de contradicciones en la implementación de los modelos de turismo en los espacios rurales. Más allá de convertirse en alternativas contra hegemónicas compatibles con la economía campesina, envuelven a los actores locales en la dinámica de la mercantiliación de los bienes comunes.

Por lo tanto, las familias crean fuertes relaciones de dependencia con la exterioridad, es decir con los turistas, con los intermediarios turísticos o con las organizaciones ambientalistas. Esto representa un problema social para las comunidades ante la vulnerabilidad y lenta recuperación de la actividad turística frente a desastres naturales, crisis políticas o violencia organizada. Es lo que está ocurriendo en Nicaragua con la crisis política que arrancó en abril 2018, que produjo la pérdida de 60,000 empleos turísticos en el país y ha llevado al estancamiento de esta actividad (Cámara Nicaragüense de Turismo CANATUR, 2018).

En este sentido, emerge una planificación espacial en la región que resignifica y refuncionaliza el territorio y lo impregna de imágenes turísticas del modelo extractivista, pensadas como formas de objetivación del territorio de carácter funcionalista, como un discurso ideológico y como recursos de la formación de comunidades (González, 2010:15).

Se puede observar en la geografía de las cadenas hoteleras de all inclusive, los desarrollos inmobiliarios de turismo residencial, construcción de puertos, carreteras, supermercados, aeropuertos, centros comerciales, entre otros. Como plantea Lefebvre: “El capitalismo ya no se apoya solamente sobre las empresas y el mercado, sino sobre el espacio. […] El capitalismo se ha amparado de los espacios que quedaban vacantes […] ha creado una industria nueva y de las más potentes: la industria del ocio” (Lefebvre, 1991: 221)

El turismo en Centroamérica manifiesta esas formas de reproducción de las relaciones sociales capitalistas que penetra en todos los espacios (Lefebvre, 1991), tanto en los espacios rurales, urbanos y periurbanos. De esta manera, se está reconfigurando el territorio mediante la producción de nuevos significados, ya que los procesos de turistificación y urbanización están provocando que los actores hegemónicos impongan sus propias prácticas espaciales (Raffestin, 2011). Es así, que Centroamérica reproduce las imágenes territoriales del modelo de megaproyectos turísticos en las zonas costeras, apuntando a convertirse en una Riviera Maya en un futuro cercano, dejando bastante claro cuál es la utopía del mercado turístico.

Este proceso de homogeneización turística de los destinos en la región está en expansión. Las decisiones políticas están marcando las pautas para aumentar el ingreso de divisas a partir del turismo, mediante la apropiación extractiva de los bienes naturales. Es decir, las propuestas sustentables siguen estando presentes en Centroamérica, sin embargo, no son prioritarias para el modelo turístico hegemónico, que prioriza el turismo a gran escala e invisibiliza otras alternativas de desarrollo endógenas.

Notas:
[1] Marca regional Centroamérica tan pequeña, tan grande: Promovida en el año 2002 por El Sistema de Integración Centroamericana SICA, El Consejo Centroamericano de Turismo CTT y la Agencia de Promoción Turística de Centroamérica CATA.
Este artículo se publica en el marco del proyecto «Campaña internacional de visibilización de las vulneraciones de derechos humanos para la inversión turística en América Central» desarrollado por Alba Sud con el apoyo de la Dirección de Relaciones Internacionales de la Diputación de Barcelona (convocatoria Derechos Humanos 2017).

Fuente http://www.albasud.org/noticia/es/1110/la-territorialidad-tur-stica-en-centroam-rica-ideas-procesos-y-actores-en-la-modernizaci-n-regional-del-sector
Foto de Angélica Duarte