Un olvidado plan de paz de EU para Medio Oriente

Robert Fisk

Hace casi 100 años, el presidente de Estados Unidos buscó el “trato del siglo” en Medio Oriente. El académico cristiano Henry King, del Oberlin College, no era un Jared Kushner. Tampoco él ni el industrial Charles Crane, cuya familia se volvió rica fabricando retretes en Chicago, eran yernos del presidente. Sin embargo, Woodrow Wilson los envió en una ambiciosa gira en 1919 a través de las ruinas del imperio otomano para averiguar qué se podía hacer por los árabes musulmanes y cristianos y por los judíos de Medio Oriente… y también por los turcos, los armenios y los griegos.

Hace 100 años volvieron a Washington con una serie recomendaciones que aún hoy arrojarían sombras sobre nosotros. A diferencia de Kushner y el actual embajador sionista de Estados Unidos en Israel, David Friedman, no anduvieron vagando por la región para hablar con los árabes más ricos que pudieran encontrar, ni tampoco los judíos y árabes de Palestina rehusaron acudir a su encuentro. Lejos de ello. Querían saber si el principio de autodeterminación nacional del presidente Wilson podría aplicarse en Tierra Santa.

King y Crane cruzaron con obediencia las montañas y lechos de ríos de Medio Oriente en aquel verano de 1919, transitaron sobre antiguas vías férreas y caminos de herradura, y navegaron por la costa del Mediterráneo. Visitaron 36 ciudades y poblados –entre ellos Jerusalén, Jaffa, Damasco, Beirut, Trípoli, Homs, Hama y Alepo–, escucharon a delegados de mil 520 aldeas y recibieron mil 863 peticiones. Se cayeron de caballos, sufrieron mareos, se sentaron a la mesa de gobernadores británicos y del rey Faisal. En el palacio de este último, vistieron ropajes árabes y se embarcaron en una comida de cinco tiempos servida desde un enorme caldero humeante… y al final produjeron un informe que Wilson estaba demasiado enfermo para leer y que fue suprimido después por un Departamento de Estado carente de carácter.

Por supuesto, el Departamento de Estado actual no tiene carácter, cerebro ni ninguna otra forma de existencia corporal. El pobre fue destripado hace tiempo por Trump. Hasta el ex secretario de Estado tuvo que reconocer que Kushner lo mantuvo en la oscuridad. En cambio, Wilson confió en King, Crane y sus asistentes, aun cuando eran todo lo que quedaba de una comisión internacional que se suponía que iba a incluir diplomáticos de Gran Bretaña y Francia. Por desgracia, la Declaración Balfour y el acuerdo Sykes-Picot ya habían condenado a la comisión King-Crane desde antes que partieran en tren desde París hacia Constantinopla a través de los Balcanes.

Y es un signo de los tiempos –de los nuestros– que, en el momento mismo en que Kushner y el propio Trump proclaman su lastimoso “trato del siglo” para destruir cualquier Palestina futura en un océano de dólares del Golfo Arábigo, ni una sola alma estadunidense, europea o árabe –ni un musulmán o un solo israelí remotamente interesado– ha recordado que este es el centésimo aniversario de la investigación occidental más intensiva jamás realizada con respecto a lo que la gente que realmente vive en Medio Oriente quería para su futuro. ¿No valdría siquiera una pequeña conmemoración en este año sombrío de traición y peligro en Medio Oriente?

Porque una de las conclusiones de la comisión –y expertos árabes han confirmado su veracidad– fue que la mayoría de las personas en Medio Oriente querían vivir bajo mandato estadunidense. En otras palabras, la mayoría confiaban en Estados Unidos más que en todas las demás potencias occidentales (odiaban a los franceses, pero también recelaban de los británicos) para proteger su nación unitaria en su camino hacia la independencia. Jamás, antes o después de 1919, habían puesto los árabes tanta fe en el buen nombre de Estados Unidos: nunca se había invertido tanto en las demandas estadunidenses de autodeterminación. ¡Qué aniversario! ¡Y no es extraño que lo hayamos olvidado!

Debemos recordar que, bajo el dominio otomano, la gubernatura de Siria abarcaba lo que hoy es Líbano, Israel/Palestina y Jordania. Y esta es la sección crítica del informe estadunidense: “Recomendamos… que Siria, con inclusión de Palestina y Líbano, se mantenga como una unidad, conforme a los deseos de la gran mayoría… que Siria esté bajo un mandato único… que el emir Faisal (después rey de Irak) sea rey del nuevo Estado sirio… que el programa extremo sionista [en Palestina] se modifique seriamente [sic]… que si por alguna razón Estados Unidos no asume el mandato [sic], entonces se entregue a Gran Bretaña”.

Allí tenemos, pues, la sugerencia de la comisión de que los británicos deberían ser la principal potencia mandante si los estadunidenses no querían el trabajo. Aunque parezca increíble, se esperaba que Estados Unidos ocuparan un nuevo Estado de Armenia y lo protegieran de los ejércitos turcos que acababan de masacrar a un millón y medio de armenios en el genocidio de 1915; era una obligación moral que Estados Unidos declinó de modo nada heroico. Y al final, claro, la Declaración Balfour, en la que Gran Bretaña dio su apoyo al establecimiento de un “hogar nacional para el pueblo judío” en Palestina, y el acuerdo Sykes-Picot –por el cual Gran Bretaña y Francia ya se habían repartido el Levante– socavaron las aspiraciones de King y Crane.

Por lo tanto, en 1919 los estadunidenses se inclinaron ante las viejas potencias imperiales que, con su ayuda, habían ganado la Primera Guerra Mundial contra Alemania, los austrohúngaros y el imperio turco otomano. Cuando esas mismas potencias mostraron su final y absoluta irrelevancia en el fiasco de Suez, en 1956, Estados Unidos retornaría al poder en Medio Oriente… y todos sabemos lo que ocurrió después. Gran Bretaña ya había abandonado a Palestina diez años atrás.

Para ser justos, Turquía en 1919 se encontraba aún en un estado de incipiente guerra civil, mientras los griegos –con apoyo aliado y la protección de cinco buques de guerra estadunidenses– habían desembarcado en Esmirna y se abrían paso combatiendo hacia el este, hacia Ankara, cometiendo muchas atrocidades en el camino. Los militares franceses estaban bajo fuego del creciente ejército de la resistencia turca de Mustafá Kemal Ataturk en Cilicia. Tal vez la comisión estadunidense ocupó tanto tiempo en Turquía y su territorio circundante como en lo que hoy definiríamos más estrechamente como Medio Oriente. Cuando los principios de autodeterminación de Woodrow Wilson se desvanecieron por la enfermedad del presidente y por el creciente aislacionismo de su país, ¿fue sorpresa que Washington suprimiera el informe de la comisión King-Crane? Sólo tres años después fue publicado subrepticiamente en Estados Unidos.

Desde el principio, sin embargo, hubo graves dudas incluso de que la comisión estadunidense fuera a viajar a Medio Oriente. Los franceses, según la importante investigación histórica del ex diplomático estadunidense Harry Howard, casi 40 años después, pensaban que los estadunidenses eran “demasiado honestos para tratar con los orientales” (así lo dijo el diplomático francés Robert de Caix). Los franceses hicieron cuanto estuvo en su poder para destruir la comisión y persuadieron a Lloyd George de que se retirara de ella. En cambio, el futuro rey Faisal escribió a Wilson que, cuando los delegados visitaran Siria [con el territorio de entonces], encontrarían “una nación unida en el amor y la gratitud hacia Estados Unidos”.

Cuando los estadunidenses partieron hacia la gira, llevaban montones de documentos por leer en la primera parte del viaje, desde panfletos sionistas hasta guías de viaje, uno de los primeros volúmenes de Gertrude Bell e incluso un volumen de 1888, Viajes en el desierto árabe, de Charles Doughty.

Pero existe una nota interesante, de hecho inquietante, en un memorando de uno de los asistentes técnicos de King-Crane que viajaba con el equipo, en el cual se observaba que “es necesario resaltar la extrema importancia de que la nación estadunidense mantenga una posición fuerte en el comercio de petróleo… Es un hecho que los recursos nativos de petróleo de Estados Unidos se están extinguiendo… cuando nuestras reservas están a punto de declinar… la necesidad de garantizar ahora a la industria estadunidense el derecho a tener su parte en el desarrollo de los recursos petroleros de los territorios [de Medio Oriente] que están por pasar a control británico será evidente”.

¡Caramba! Aquí viene el Gran Hermano Petrolero, hace 100 años, a enfriar todas esos lindos panegíricos sobre la autodeterminación nacional para la región. Y es algo chocante escuchar a la comisión predicar que, en Palestina, los británicos “deben resguardar los lugares santos y todo el territorio para beneficio de toda la gente interesada, y no sólo para los judíos”, cuando la mayor parte de los integrantes de la comisión aceptaron los términos de la Declaración Balfour. Además, en palabras de un líder judío (Felix Frankfurter) en una carta a Wilson, “como apasionado estadunidense estoy, por supuesto, más que deseoso de que los judíos sean una fuerza constructiva y no perturbadora en el nuevo orden mundial”.

Los gobernadores y generales británicos aportaron té y alimentos para los visitantes estadunidenses a Palestina, y el mismísimo general Allenby, libertador de Jerusalén y Damasco, prestó a los estadunidenses su yate personal, la Doncella de honor, para recorrer la costa de Levante.

King y Crane sospechaban que algunas de las muchas peticiones locales eran presentadas por árabes escogidos expresamente. Un comité cristiano-musulmán favorecía la unidad de Siria con Palestina, bajo mandato británico (con lo cual los británicos podrían gobernar el territorio de Siria/Líbano, escogido por Francia, según lo acordado por Sykes y Picot). Luego, una delegación sionista rogaba por un Hogar Nacional Judío, de acuerdo con Balfour. Muchos musulmanes y una gran proporción de cristianos, y quizás algunos judíos, afirmaban que Siria –una vez más, hablaban del territorio formado hoy por Siria, Líbano, Palestina/Israel y Jordania– era “casi o enteramente capaz de un pleno autogobierno, aunque por un tiempo necesitará… consejo y ayuda financiera”.

Charles Crane concluiría que el gran número de sectas musulmanas, maronitas (católicas), drusas y otras sectas cristianas cuyas familias habían emigrado a Estados Unidos eran “intensamente leales” a su país adoptivo y, por tanto, habían “hecho que la gente de Siria y Palestina confiara en Estados Unidos”. La existencia de lo que hoy es la Universidad Americana de Beirut se añadía al lustre estadunidense. Sólo los judíos sionistas, una décima parte de la población, favorecían el establecimiento del hogar nacional judío; los árabes afirmaban que ellos eran “los dueños… del territorio… los árabes estaban ahí antes de que llegaran los judíos… ellos [los judíos] fueron… expulsados por los romanos y formaron residencia permanente [sic] en otras partes hace mil 300 años”.

Para cuando King y Crane llegaron a Damasco, se vieron confrontados por demandas de la “gente de la costa” que exigía “la completa independencia de Siria con sus fronteras naturales, las montañas Taurus [es decir, la frontera sur turca] al norte, los dos ríos Jabur y Éufrates al este, la línea entre Akaba [sic] y Rafa al sur y el mar Mediterráneo al oeste.” En otras palabras, todo el territorio entre la frontera egipcia, Irak central y el mar. “Rechazamos la inmigración de los sionistas a nuestro país y la creación de Palestina… un hogar nativo para los judíos”, continuaban las demandas, aunque es interesante que su rechazo a la tutela francesa sobre un Estado sirio tenía al parecer más importancia para la “gente de la costa” que su temor a un enclave judío.

El alcalde de Damasco, el mufti, el kadi y otros querían que Estados Unidos tuviera el mandato porque le interesaba la humanidad, había entrado en la Primera Guerra Mundial a favor de las naciones oprimidas y era “muy rico”. En Líbano, donde el feminismo demostraba ser tan fuerte como en el Egipto de posguerra, King y Crane visitaron una escuela comercial de mujeres en lo alto de Beirut y recibieron a una delegación de mujeres musulmanas, encabezada por Ibtihaje Kaddourah, quien demandaba no sólo independencia, sino el derecho a un desarrollo que garantizara a Siria un lugar “entre las naciones responsables del mundo”. Pero, para un miembro del equipo estadunidense, Estados Unidos había “hecho promesas muy definidas a los judíos”, cuya puesta en práctica causaría “indecibles dificultades con los musulmanes y complicaciones políticas en su propio país”.

Los franceses, de mano más pesada que los británicos, mandaron delegaciones al encuentro de los estadunidenses cuando visitaron la ciudad siria (hoy libanesa) de Trípoli, dando prioridad a los cristianos que favorecían un mandato francés sobre los musulmanes que favorecían la independencia total. A la vez que ocurrían “conatos de disturbios”, King informó que su delegación había atestiguado “la más descarada supresión de opinión que se haya visto”. Pero al menos los estadunidenses habían hablado con las personas que vivían en Medio Oriente.

“Pueden surgir peligros si se hacen tratos imprudentes e ilegales con esas personas”, concluyeron, “pero existe una gran esperanza de paz y progreso si se les trata con franqueza y lealtad.” Los cínicos no deben sonreír. Pero eran falsas esperanzas para los árabes, lo cual provocó que Gertrude Bell denunciara que la comisión King-Crane era un engaño criminal. El rey Faisal, que se dirigió a los estadunidenses con gran elocuencia, fue más tarde destronado de Damasco por los militares franceses, y Winston Churchill le entregó Irak como premio de consolación. Irak ya había estado bajo dominio directo de Londres; King y Crane nunca visitaron lo que entonces se llamaba Mesopotamia.

¿Fue todo por nada? De la comisión había venido otra advertencia. “No sólo usted como presidente”, indicó a Wilson, “sino el pueblo estadunidense en conjunto, deben darse cuenta de que, si el gobierno estadunidense decidiera apoyar la instauración de un Estado judío en Palestina, comprometerán al pueblo estadunidense al uso de la fuerza en esa zona, pues sólo por la fuerza puede establecerse o sostenerse un Estado judío en Palestina”.

Crane, simpatizante del Partido Demócrata que haría campaña por la independencia de Checoslovaquia, se oponía a la instauración de un Estado judío. Pero más tarde hubo graves dudas morales sobre el fabricante de instalaciones sanitarias nativo de Chicago. En la década de 1930 expresó admiración por los nazis, y se afirmó que había dicho al nuevo embajador estadunidense en Berlín que debería rechazar invitaciones sociales de judíos alemanes y le aconsejó: “Deje que Hitler logre lo que se propone”. Crane murió en febrero de 1939, consciente de que ese mismo Hitler había destruido la libertad checa, pero antes de poder saber lo que ese terrible consejo podía significar. Henry Churchill King, el rector del Oberlin College que más tiempo duró en el cargo, murió cinco años antes; era un congregacionista cuyo trabajo sobre los territorios bíblicos, que tan asiduamente había estudiado, fue relegado al olvido.

En aquellos días, el conocimiento de la Biblia aún se consideraba un buen entrenamiento para entender a Medio Oriente. Hoy día, los estadistas prefieren creer que un conocimiento funcional del Corán puede resultar más útil. En verdad, la historia puede ser un mejor indicador de los asuntos de los hombres y mujeres que eligen decidir el futuro de la región. Pero eso sería demasiado pedir, cuando los sucesores de Woodrow Wilson prefieren las dádivas de dinero, un “trato del siglo”, y hablan de “problemas” y “negatividad” en los pasillos de un hotel de Bahréin.

© The Independent

Traducción: Jorge Anaya
Fuente La Jornada