¿Totalitarismo digital?

Por: Iroel Sánchez

¿Piensa usted viajar a Estados Unidos en algún momento? Entonces tiene que pensárselo mejor a la hora de expresarse en Internet, no sólo publicar, compartir o dar “Me gusta” en las redes sociales, sino incluso al enviar un correo electrónico o un mensaje de Whatsapp.

El Departamento de Estado ha comunicado que desde este mes de junio las personas que soliciten una visa estadounidense tendrán que para ello entregar sus perfiles en redes sociales, sus direcciones de correo electrónico y los números telefónicos que hayan utilizado en los últimos cinco años. Obviamente, las contraseñas no las piden porque como la mayoría de esas empresas son norteamericanas no las necesitan, tienen las puertas traseras de sus servidores.

Por tanto, si usted piensa viajar a Estados Unidos viva donde viva, haya nacido donde haya nacido y piense como piense tendrá que entregar al gobierno norteamericano todo lo que ha hecho y dicho en internet en los últimos cinco años.

Por supuesto, que con esa información procesada por potentes computadoras y algoritmos no sólo determinarán si usted amenaza con tirarle una trompetilla al inquilino de la Casa Blanca sino que sabrán mucho más de usted que sus progenitores, toda su familia, sus amigos y hasta usted mismo.

Pero eso no es lo peor, ¡qué va! Lo peor es que una parte del planeta también se lo va a pensar mejor. Al menos entre los más de cuatro mil 400 millones de personas que utilizan internet, que casualmente son los que suelen viajar, votar en las elecciones, comprar en los mercados y hablar en las redes sociales, aquellos que piensen en acceder a territorio estadounidense van a preguntarse si deben limitar su expresión política en la red de redes.

Incluso, algunos -no pocos, hablamos de millones- tal vez se sentirán tentados a cambiarla y pasar de la crítica al halago. Por supuesto, que no es la expresión política en general la que está siendo limitada, sino aquel tipo de expresión política que puede molestar al gobierno que da las visas y que casualmente es el que con sus actuaciones provoca el mayor rechazo universal pero también el del país que con su poderío económico y su extraordinariamente influyente industria cultural ejerce la mayor atracción para inmigrantes o simples viajeros.

Es una pena que un espacio ideal para el intercambio de conocimientos, la participación política entre iguales, y la facilitación de procesos económicos y sociales devenga -por obra y gracia de su creciente concentración en pocas manos- en el instrumento de censura con mayor alcance en la historia de la humanidad.

No ha bastado a Estados Unidos acceder a los servidores de las principales empresas de internet, ni la capacidad para, usando las redes globales, atacar infraestructuras críticas de sus adversarios -como ha hecho con Venezuela o Irán-, violar las reglas del libre comercio -como acaba de hacer con la empresa china Huawei-, inducir comportamientos en las redes sociales para derrocar gobiernos que le son hostiles, además de construir falsos líderes, convertir, a base de repeticiones casi infinitas, en verdades las mentiras más evidentes, y perseguir con saña a quienes las usan para difundir información que les resulta incómoda -remember Snowden o Assange-, o acosar hasta el suicido a quienes abogan -como Aaron Swartz- por una internet verdaderamente democrática y al servicio de todos.

Y no culpemos sólo a a Trump. Caen las máscaras porque tampoco fue suficiente que Alec Ross, director de Innnovación del Departamento de Estado en tiempos de Hillary Clinton, dijera tramposamente que Internet era el Che Guevara del Siglo XXI, mientras su jefa reconocía cómo había usado Twitter para provocar una revuelta en Irán, donde según la revista Bussines Week sólo el 1% de los participantes en la protesta tuiteaba desde dentro del país. O que “Una chica gay en Damasco” -que luego se supo era un estudiante norteamericano en Escocia– contribuyera desde un blog correspondientemente amplificado por los grandes medios de comunicación a crear el ambiente para desatar el desastre humanitario que ha vivido Siria en nombre de la libertad de expresión.

Hoy se sabe que fue Ross quien, según la revista Foreing Policy, entrenó a los “rebeldes” libios y sirios en el uso de las Tecnologías de la Información y las Comunicaciones.

Si el propagandista en jefe de Hitler, Joseph Goebbels, dijo que una mentira repetida muchas veces puede convertirse en verdad, pensemos en cuántas veces se ha repetido el titular de BBC diciendo que en Cuba “la gente casi se mata por comprar una lengua de puerco” y que los policías custodian las colas “con armas de alto calibre”.

Tampoco ha bastado la manada de trolls a sueldo -sin descontar los tontos útiles que en ocasiones se les suman voluntariamente- llenando de burdas mentiras las redes sociales, sino que linchan en ellas -como en época del fascismo hitleriano- a poetas, músicos y actores por situarse frente a las agresiones de Estados Unidos contra Cuba o Venezuela. La máquina de inducción que alimenta acosos y extremismos virtuales ha logrado llevar a las calles jóvenes capaces de quemar vivas a personas cuyo único delito era “parecer” chavistas y estimula en Cuba comportamientos tan inhumanos como filmar en su agonía a víctimas de accidentes masivos para su posterior publicación en Internet.

¿Cómo sino con la mentira repetida y el fomento de reflejos condicionados fue posible convertir a una parte significativa del pueblo alemán, una de las primeras poblaciones en ser alfabetizadas y heredera de genios humanistas como Bethoven y Goethe, en seguidores fanáticos para el exterminio de otros pueblos?

“La mentira afecta el conocimiento; el reflejo condicionado afecta la capacidad de pensar. Y no es lo mismo estar desinformado que haber perdido la capacidad de pensar, porque va te crearon reflejos: “Esto es malo, esto es malo; el socialismo es malo, el socialismo es malo””, reflexionaba Fidel en su célebre diálogo con Ignacio Ramonet, antes de que Donald Trump ilustrara desde el podio de la Asamblea General de la ONU, y también desde el de la Casa Blanca, lo que explicaba el Comandante.

Cierto que al avance de la mentira contribuyen silencios y lentitudes a la hora de informar, pero también lo es que con lo primero que cuenta una noticia falsa es con nuestra predisposición a reaccionar más emotiva que racionalmente, más por reflejos condicionados que por un análisis de quién, cómo y por qué lo está diciendo y qué intereses tiene para presentarlo de esa y no de otra manera. El sentido crítico, la cultura para no dejarse embaucar, son entonces las claves para saber distinguir, en un engañoso maremágnum de mensajes confusos, el trigo de la paja.

No deja de llamar la atención que, más allá de sistemas políticos, todos los países que han resistido prolongadamente la hegemonía estadounidense, con excepción de Cuba, coinciden en poseer una lengua propia, masa crítica demográfica y una cultura milenaria. Precisamente, suele atribuirse a Goebbels y también a otro jerarca fascista, Herman Goering, una frase que en realidad tiene su origen en una obra teatral aplaudida por el mismo Hitler “cuando oigo la palabra cultura, echo mano a la pistola”.

En las antípodas de esa expresión, Fidel insistía en que “sin cultura no hay libertad posible” y fomentó todo tipo de vías para expandir el conocimiento y democratizar el acceso a la cultura del modo más amplio posible.

El totalitarismo digital, a donde los dueños de nuestra huella en internet pretenden encaminar el mundo con Estados Unidos a la cabeza, requiere de un proceso de embrutecimiento masivo, del cultivo de la insensibilidad y de la despolitización absolutas. Sólo desde el fomento de una cultura solidaria, humanista y conocedora de cómo operan esos mecanismos, que nos permita usar estas tecnologías sin ser usados por ellas, podremos sobrevivir los pueblos jóvenes y pequeños a las puertas del nuevo Reich.

(Tomado de Granma)

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